Diablada (escolios)

IMG_0051Lo de menos es que Diablada sea un duelo a muerte literaria —con la ficción biográfica  como arma blanca de mucho filo—, entre dos escritores de novela negra (neo-noire), hoy tan de moda, ya maltrechos por la edad y por lo vivido y bebido, o  una sucesión de episodios burlescos, tanto en el cruel y grotesco Madrid de la Busca que no cesa en tiempos neoliberales como en una Bolivia alegre, sórdida y tumultuaria.

Lo que para mi cuenta son  dos asuntos que creo tienen su importancia. Uno, el planteado por Max Aub en su biografía sobre Luis Buñuel acerca de quiénes somos de cara a los demás, y otro la posibilidad de  cambiar de vida en el otoño de esta,  tal y como hizo Mateo Alemán. al hilo de una de las frases más vacuas y que más se han oído en los últimos años: «Yo es que de aquí me iría».

 Dice Max Aub: «Luis Buñuel quisiera dejar un retrato suyo, dibujado a su gusto. Supongo que a la mayoría de los hombres les sucede lo mismo y que ninguno lo logra. No permanece uno como lo que es –como lo que fue–, sino como lo ven –como le vieron– los demás». ¿Cómo nos vemos, cómo nos ven, cómo nos escribimos unos a otros y por qué? ¿Cuál es el valor de un retrato oculto en una novela de ficción biográfica como la que escriben los protagonistas de Diablada? Burla va, burla viene… ¿Personas o personajes? ¿Desvelan estos a la persona?

El caso de Mateo Alemán hace años que me llama la atención. Siendo ya un anciano (para su época), deja todo a su espalda, hasta el éxito de su Guzmán de Alfarache, y  se embarca en la flota de Nueva España con intención de vivir mejor los años de vida que le queden. Sin los recursos necesarios esos cambios tienen su dificultad por no hablar de la burocracia, los visados, los funcionarios de inmigración, la xenofobia, la sanidad… muy desesperado hay que estar para echarse de cabeza en el desastre de cambiar de tierra como hizo, Pablos, el Buscón. Ficciones, fantasías de quien pinta puertas de escape en el callejón sin salida de su propia vida.

Ramón Acín

38391566_480549632371612_7252754807096606720_o38461308_480550042371571_1677193336202461184_oMe acuerdo de aquel «erúdito» que en los ochenta no se atrevía a escribir que a Ramón Acín lo habían fusilado porque eso era conflictivo y echó mano del «a consecuencias de la Guerra Civil»… De aquellos polvos, el pozo negro rebosante que ha venido luego. 

 

LOS BUENOS VECINOS DE HUESCA

«¡Ay, Ramón Acín, fusilado y fusilada su mujer por culpa de sus buenos vecinos de Huesca!»
Max Aub, “La gallina ciega. Diario español”

La represión se había iniciado frenéticamente en la ciudad desde el mismo 19 de julio, pero la mayor impresión se hizo presente con el fusilamiento del artista y profesor anarcosindicalista Ramón Acín, hecho que tuvo lugar el 6 de agosto. Un detenido que no se anotó en registro alguno, ya que desde su casa pasó a la comisaría y de allí, tras ser brutalmente apaleado, al cementerio u otro lugar del entorno urbano, donde un tiro acabó con su vida.

La denuncia de alguno de los «buenos vecinos» del artista anarcosindicalista llevó a diario a la gran casa de la calle Las Cortes a policías y jóvenes joseantonianos deseosos de prender y acabar con uno de los más significados antifascistas de la ciudad. Acín y su compañero Juan Arnalda, zapatero e igualmente ácrata, se escondían en una suerte de zulo, un habitáculo oculto tras una enorme consola, pero desde allí podían escuchar cómo Conchita no solo era interrogada y amenazada, también golpeada delante de sus hijas Katia y Sol.

La situación se hacía cada vez más difícil y peligrosa, provocando además un sufrimiento insoportable para todos, de tal manera que Ramón determinó que Arnalda se pusiera a salvo y, si volvían a maltratar a Conchita, se entregaría. Juan Arnalda abandonó la casa en la penumbra de la llegada de la noche uno de los primeros días de agosto, llevaba ropajes que confundían su aspecto y no levantó las sospechas de los guardias. Llegó a la casa de sus suegros en la calle San Jorge y al día siguiente escapó de la ciudad escondido en un carro cargado de paja.

Pero Ramón no se dio esa oportunidad. El día 6 salió de su encierro, se encaró a los policías que apaleaban a Conchita y de este modo se entregó a una muerte segura. La reacción de Concha, desesperada al intuir la suerte de su marido, fue de una enorme agresividad verbal contra sus captores, de tal manera que también ella quedó detenida. Las hijas del matrimonio, Katia y Sol vivían con espanto la escena en el piso inferior, en la casa de su tía Enriqueta fallecida pocas semanas antes.

Ese mismo día de la detención, Katia y Sol contemplaron cómo policías y falangistas cargaban sus vehículos con libros, cuadros, objetos de todo tipo, documentos, muebles… El universo de intimidad, cultura y progreso de los Acín era esquilmado y la familia destruida por unos verdugos de codicia insaciable. Incluso Katia llegará a ser desposeída hasta de su nombre al final de la guerra y deberá adoptar el de Ana María, acorde con el imaginario nacionalcatólico.

Desde la Escuela Normal, el conserje del centro, casualmente, pudo ver a Ramón Acín cuando subía a un vehículo en la puerta de la comisaría. El aspecto del entrañable profesor de Dibujo no podía ser peor, probablemente habría sido sometido a un intenso y metódico interrogatorio en los calabozos policiales, donde las torturas y la brutalidad anunciaban los tiempos venideros. Los guardias celebraban de este modo la captura del gran enemigo del nuevo orden.

Murió en las tapias del cementerio, probablemente a manos de los jóvenes falangistas aplicados en la estremecedora «limpieza» de la ciudad, y fue enterrado en el cuadro número 1, de acuerdo con las anotaciones del conserje del recinto, Carlos Casales. Posteriormente fueron trasladados sus restos al lugar en el que se reuniría con Conchita, su inseparable compañera, abatida en el mismo escenario trágico el 23 de agosto.

Carnavalada andina

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Después de meses de trabajo, llego al orillo de un artefacto narrativo que empecé hace años, al hilo de unos carnavales vividos en La Paz, y que con el tiempo se ha convertido en una agridulce carnavalada y en un sombrío esperpento andino, con la expatriación no siempre posible, la muerte y su culto como fondo.  Pepinos traviesos (y aviesos), Ch’utas burlescos y por qué no, Chinas Supay y diablos diversos, pecados y pocas virtudes, algo que puede no ser muy riguroso, pero a mí me conviene que aparezcan, que para eso es esperpento. Dentro de unos días aparecerá en La Paz mi crónica de patiperreo urbano Chuquiago. Deriva de La Paz, esto que ahora acabo es otra cosa, es una pesquisa biográfica inspirada en un personaje de Blaise Cendrars, en La mano cortada, el Monocolard, su camarada de la Legión extranjera en las trincheras de la guerra de 1914,  a quien el autor se dirige diciendo: «Dime Monocolard, quién eres, iría al infierno por saberlo».

En Luis Buñuel, novela, escribía Max Aub que el cineasta  hubiese querido dejar a su espalda un retrato dibujado a su gusto, pero que no lo logró porque «No permanece uno como lo que es –como lo que fue–, sino como lo ven  –como le vieron– los demás» y peor aun cuando con nuestra inestimable ayuda nos convierten en personajes imaginarios y juzgados como si fuéramos reales. De ahí la galería de espejos deformantes y mi cortejo carnavalesco…  con un final de yaraví, la música del ensimismamiento y el tristeo.