Los tres magos de Oriente, según Michel Serres

51tdKWpk+2L.jpgEl silencio pacificado (aquietado) es una vieja idea de Michel Serres, pareja al dorsiano corazón en calma. Relire le relié, su libro póstumo que leo en tarde de luz invernal: unir lo unido, ligar lo ligado… páginas que invitan a preguntarse por lo que nos une, en estos tiempos de tumulto y enfrentamiento cainita, por encima de lo que nos separa. ¿Mucho, poco? ¿Lengua, instrucción, cultura, bienestar material o falta de recursos elementales…? Y lo que nos une, ¿dónde anida? ¿En qué consiste?  ¿En la conciencia de nuestra extrema fragilidad, del sentido de la fraternidad y de la justicia, de la compasión y la benevolencia, del humor vagabundo y escéptico, de la razón y la conciencia de sus límites y de nuestra propia finitud, la de las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, la que bailaba en las sombras medievales de los muros oscuros…? ¿De dónde viene la empatía y simpatía entre diferentes? Las palabras está tan devaluadas (como aquello que nombran) que da risa hablar de condición humana, cuando sabemos que esa misma condición es capaz de cometer los peores horrores.

Serres da una interpretación lírica e imaginativa, con apoyos de historia de la Filosofía, al relato de los Tres Magos de Oriente, como representantes de sus presentes: «el dinero, la ciencia y la lengua». En unas apretadas páginas, a las que el filósofo les dio vueltas toda su vida, Serres atribuye a Melchor, con su oro, el poder económico, a Gaspar, con su mirra de poderes terapéuticos, la ciencia y a Baltasar con su  incienso «utilizado en todas partes desde la noche de los tiempos, para hacer llegar a los dioses alabanzas, oraciones y súplicas», la poesía, el lenguaje y la magia de las palabras.  Cada uno de ellos es el rey de su dominio, su viaje es en busca de la iluminación y la encuentran en un rincón de expatriados, vagabundos, gentes simples, simplonas incluso… en un rincón donde se enfrentan (encuentran) el poder absoluto y la debilidad de la desposesión… y Epifanía, es decir, aparición en la luz, en forma de religión, que da sentido al viaje de los Magos. ¿Falsedad mítica, representación? Es posible, dice Serres, pero ese improbable relato mítico sin fuente documental alguna es más perenne que las hazañas más documentadas de los mortales.

Hacía tiempo que no leía un libro tan luminoso, emocionante, conmovedor en su sentido de inquietar, que me hace ver que la contaminación lumínica no me obliga por fuerza a cantar, con los guardias suizos, que nuestra vida es un viaje en el invierno y en la noche en la que nada reluce. Nubes y claros, espesuras y claros, bosque en la niebla y luz cegadora del Altiplano, sendas recorridas y por recorrer… el viaje de invierno tiene su sentido.

 

Vuelta de Bozate

dsc_0061Llovía, mucho a ratos, y los colores que ayer estaban luminosos, a pesar del día encapotado, hoy se mostraban apagados, detrás de una cortina de agua. Anduve entre la torre de Ursua, el camino de Maia y  el de Bozate –el barrio de los agotes, sí, y de una gente estupenda que  ya tuve la oportunidad de conocer, como para ilustrar algunas páginas del último ensayo de Michel Serres que leía ayer: Darwin, Bonaparte et le samaritain, gente que con sencillez te confima en la certeza de que nada está del todo perdido, pese a la bulla apocalíptica: empatía frente a hostilidad. Tal vez por eso no nos hemos extinguido, dice el filósofo, un misterio en todo caso. No soy optimista, pero me complace el ciclo seguro de las estaciones. Bien, bajo la lluvia estaba, sin filosofías, una buena caminata de una senda a otra, de ningún sitio a ninguna parte, “por ahí”, que se dice para abreviar, por el bosque y por caminos que no conocía, con el ruido a ratos del torrente al fondo del barranco y el de los chaparrones en las hojas de los robles, y pensando que lo que iba viendo  no hay quien de verdad lo atrape, ni cámara, ni ojo, ni pincel, ni el lápiz quieto del hombre de ayer, o el del año pasado, el de Cohen.