De la corte de los milagros

bagaria Venía de lejos y va a ir más lejos todavía. Quienes desde su olimpo de ventaja y púlpito de primera no quisieron verlo, y todo era apocalipsis y tremendismo, ahora callarán también, porque qué le importa a un columnista de los medios de comunicación afines al Gobierno, la libertad de expresión de los de abajo, de los que están fuera, de los de verdad disidentes; y, lo que es peor, qué les importa a sus lectores que callen, multen o amordacen a quienes les pueden decir algo que no les guste e incomode, si ya tienen su hoja parroquial con su suministro doctrinario asegurado. Al revés, un amplísimo sector social encuentra acertadísimas las condenas a raperos, tuiteros, titiriteros, cantantes, actores… como encontrará sin duda acertadísimo que se establezca una censura previa de prensa, hoy por hoy innecesaria, en la medida en que los medios de comunicación mayoritarios apoyan sin reservas, por aclamación o silencio cómplice, todos y cada uno de los atropellos gubernamentales. Para el resto sobra la censura, con la recortada de las multas y la prisión, basta.

«¡¿A dónde vamos a ir a parar si todo el mundo puede decir lo que le viene en gana?!», dice la gente de orden; y entre ellos y a carcajadas, añaden: «Y no solo nosotros, los de siempre».  Porque la

incitación al odio, las humillaciones, las calumnias e injurias graves (frente a las que la víctima se encuentra en situación de indefensión en la práctica), enaltecimiento de dictaduras y sus crímenes, no van con ellos porque se saben protegidos por unas leyes (ausencia) y por un sistema judicial afín a su ideología.

Cantantes, raperos, titiriteros, tuiteros, artistas plásticos… «¡No todo vale!». De acuerdo, de acuerdo… Pero entonces, ¿qué es lo que de verdad vale? Es necesario preguntárselo una vez más porque los límites de la libertad de expresión se van estrechando de manera alarmante.

«Quien no ha hecho nada no tiene nada que temer…», dice el otro granuja en su mentidero o sala de prensa.  Claro que tiene, ese, en el actual sistema jurídico español, ese el que más. La indefensión nos la ha servido un Estado fallido que utiliza su aparato legal como un trapo de fregar al que, a fuerza de retorcerlo, todavía se le puede sacar algún jugo dañino para alguien o para algo.

«AI denuncia que España recorta libertades utilizando el enaltecimiento del terrorismo», algo que, encima, cuando se examinan al detalle los hechos motivo de las condenas raras veces se encuentra de manera clara y expresa. En cambio, acusarte de complicidad con terroristas no es delito, sino libertad de expresión, según reiterada jurisprudencia (pequeña) de tribunales afines al Partido Popular. Y me temo que el viejo delito de desacato a jueces y magistrados por las críticas a sus actuaciones que todavía podemos hacer, es cuestión de tiempo que se reponga. Sacralizar, excluir de la crítica, silenciar la disidencia radical es el objetivo de los que hoy tienen el poder en sus manos.

No puedes llamar ladrón a quien te roba, ni elevar de verdad la voz ante lo que es una agresión gubernamental en sesión continua, ni disentir de manera radical del sistema en su conjunto, ni decir que da un pelotazo quien es del dominio público que lo da, porque la especulación está en la base del negocio inmobiliario, lo pintes como lo pintes.  Esto viene de atrás y fue inútil advertirlo, y me pregunto de qué sirve señalarlo ahora. ¿Para que quede testimonio de lo que está sucediendo? Eso son gollerías. La hojarasca tapa la hojarasca. El mundo en el que vamos viviendo es otro y se rige ya por otras leyes.

Pienso en las corrosivas portadas del dibujante Luis Bagaría (1882-1940… muerto en el exilio) para la republicana revista España, fundada por Ortega y Gasset hace un siglo, antes de Revista de Occidente, y pienso que hoy, con el gobierno del PP y su claque, el dibujante no duraba un minuto en la calle. Pienso en todos los atropellos del franquismo… ¿y Valle Inclán diciendo que los españoles habían echado al último Borbón, pero no por rey, sino por ladrón? Corte de los milagros, la nuestra donde quien la hace, por su nombre, su cargo y su posición social, no la paga (salvo que no sea de la famiglia) y no corre riesgo alguno de fuga porque siempre ha estado lejos, inalcanzable para las últimas consecuencias de esa ley que a los demás nos tiene echado el cepo a las manos y a la lengua, y enseguida el cerrojo a las seseras.

Tigres de papel

Además de ser una frase hecha maoísta Tigres de papel es, por el mismo motivo, el título de una novela de Olivier Rolin (2002) que trata de a dónde fueron a parar los pujos revolucionarios sesentayochistas y similares; pregunta vana, porque la respuesta se supo enseguida y se recuerda a fecha fija, a golpe de calendario.  Es casi un lugar común, un motivo de retorno a un pasado que unas veces se pinta dorado y otras con el color hiriente del espejismo, la decepción y el hastío. Tigres que en esta ópera de cuento chino acaban la función fungiendo de mandarines.

Hasta Ortega habló de tigres, post noventayochistas los suyos, que en el peluche de los asientos de los cafés afilaban sus garras y se iban a comer el mundo viejo que no acababa de morir o que con su rabiosa insatisfacción iban a agitar las aguas de la ciénaga nacional… ay, qué imagen más desafortunada. Con el tiempo a los tigres se les caen los piños y para qué hablar de las garras y de los cafés, redes sociales hoy y su tumulto.

No hay generación que no pueda tener su apuntación fiscal, su ajuste de cuentas entre lo pretendido y lo realizado. Aquí, en España, fue Rafael Chirbes quien se aplicó a ese derribo necesario de farsantes, pero me temo que se podría escribir una novela generacional de esas todos los años. Abundan los vientres sentados que exorcizó Cernuda: No hay gas/ No hay plomo/ Que tanto levante que tanto lastre proporcione/ Como vuestra seguridad deletérea/ Esa seguridad de sentir vuestro saco/ Bien resguardado por vuestro trasero. El tigre español, neocon y neolib y neohedonista y neoloquehagafalta y sobre todo rastacuero de alma, no es muy diferente del desencantado y hastiado francés que ve con sesuda preocupación cómo arden las periferias y no sus urbanizaciones de lujo ni sus coches de alta gama, a buen recaudo siempre.  Temible expresión esta, la alta gama, la que está en boca de los que la poseen y disfrutan, y en boca de los que no la poseerán nunca y con ello se refieren a eso tan feo y rancio de «los ricos», que no hay que decir porque te hace pobre de inmediato. Tigres que empezaron conspirando en conventos de monjas y acabaron saliendo de La Fenice, silboteando La Traviata y del bracete de delincuentes económicos, que era realmente lo suyo. Tigres que se escribían La bandera roja o La estrella roja, o lo que fueran, pero enteras, y acabaron de pesebristas del gobierno de la derecha, de todas las derechas… hasta que la muerte los separe. Tigres. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 15.2.2017)