De «En Bayona bajo los porches» a «Moriremos nosotros también» (18 años)

En la fotografía, Tristán de Barraute, el mentor de Pual-Jean Toulet en la vida golfa de Pau 1900, personaje de «En Bayona, bajo los porches» y de una novela que ya no escribiré, por falta de ganas, acerca de sus andanzas en la guerra ruso-otomana (batalla de Plevna), como teniente coronel de unos escuadrones de Caballería carlista, antes de esfumarse en las redes de una «sultana» entre Sofía y Estambul (donde fue envenenado), cuyos descendientes (a los de Barraute me refiero en el château de Mongaston) asimilan a la Aziyadé de Loti… ¿Vivió en París con la sultana? ¿Se ahogó su hijo en el puente Henry IV, de quien descendía “par la main gauche”? Quien se ahogó fue el propio Barraute, pero en el estanque de los patos del parc Beaumont, de Pau, tras haber rumiado su leyenda, entre la absenta y el Oporto, en la terraza del Café de Champagne. Me aburro y no solo porque ya hace tiempo que aborrezco de las novelas novelescas (como Chesterton)… ¡Con qué gente habré yo bebido…!
La historia me trae malos recuerdos porque está relacionada con «Moriremos nosotros también»,en la medida en que un pariente de Barraute ejerció de matón bajo los porches, no de Bayona, como en el poema de Toulet, sino de Torresmotzas del Baruglio, una ciudad que Goya pintó en el aire y llamó Asmodea: Ahí estaba Pepito Andada de la Maltosa, bajo los porches, con su matón de guardia, el bávaro Morritos, y con sus compinches, Gonzalón Goyzaldi, marqués del Cuarterón –”¡Puto rojo, puto separatista, te voy a matar a hostias!”–  Nachito Lerdo de Tajada… personajes todos de mi furioso desbarre, Moriremos nosotros también, que la semana entrante sale de imprenta.

Dignimont ilustra a Francis Carco

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La imagen de la cabecera de este blog es una viñeta de André Dignimont, de las que ilustran Les innocents (1924), de Francis Carco, escritor muy prolífico y de éxito rotundo en sus novelas, crónicas, recuerdos, poemas y canciones… Fue el escritor del hampa y de su argot, de los legionarios y la Colonial, de Montmartre, de la rue de Lappe, la de los bailongos y los cabarets de la perra suerte, de la bohemia, las calles oscuras de la prostitución, de los puertos del norte, y de un París casi ya por completo desaparecido en su urbanismo. Sus camaradas de los días felices: Dorgèles, Mac Orlan, Aragon –que le dedicó un poema memorable gracias a Jean Ferrat–, Paul-Jean Toulet, Gen Paul (el amigote de Céline), Derain, Vlaminck… Cafés, bares, bistrots, barrios descalabrados, tanto si son los arrabales como el vientre de la ciudad, son los escenarios en los que se mueven los hampones y gamberros de Les innocents. Épica de la desdicha y de la mala suerte la suya, como la de Mac Orlan, por mucho que lo disfrazaran de pintoresco sentimental.

El ejemplar del que está sacada la viñeta estuvo en la biblioteca de Fermín Negrillos, cuya sombra pasa por el Diccionario de las vanguardias. Negrillos fue un lector furioso en una ciudad de curas y militares, poco amiga de la lectura y los libros, y casi ciudadela todavía en la época en la que él leyó allí a Proust en primera ediciones, a Sade en las clandestinas de J.J. Pauvert o a Joyce en su primera edición argentina de Ulises, que no tengo ni idea de cómo pudo ir a parar allí. Durante años, Negrillos tuvo un permiso del gobernador civil de los alzados permitiéndole leer libros prohibidos habida cuenta de la furia por la destrucción y el expurgo de bibliotecas privadas que les entró a los amos de la situación en 1936. Lo tenía colgado en su biblioteca, diseñada por el arquitecto Víctor Eusa, miembro de la Junta Central de Guerra Carlista en los años más negros de la represión de la retaguardia, y responsable de esta. Esa biblioteca de la calle Eslava, fabulosa en su diseño y colosal contenido, era el escenario de las reuniones del sanedrín de los alzados, y luego vencedores muy enriquecidos, durante y después de la Guerra Civil, con el periodista Garcilaso a la cabeza: todo lo que la gente de orden, la de toda la vida, ha venido ocultando con tesón hasta ahora mismo. Escribas lo que escribas no se dan por enterados. Leyera lo que leyera, viajara a donde viajara, Fermín Negrillos fue un colaborador de los alzados y quien llevó en su coche a Garcilaso a Badajoz, pocos días después de la matanza para que este escribiera un reportaje de contra propaganda franquista que encunriera el crimen de Yagüe. La biblioteca de Negrillos se desbarató en los felices ochenta. (De La novela desordenada)