El general Bisson, solaces bibliofílicos y otros

IMG_0039bisson10I.- Carta manuscrita y autógrafa del general de División Baptiste-Pierre-François-Jean-Gaspard BIsson, Conde del Imperio, Gran Oficial de la Legión de Honor, Caballero de la Corona de Hierro y Comandante de Navarra durante la francesada 1808-1809, ordenándole al obispo de Pamplona que se trasladara a Madrid para prestarle juramento de fidelidad a José I Bonaparte… el obispo, según el borrador de la carta que poseo (decían los bibliófilos rancios galleando), elude el viaje contestándole que, como está lejos, le ha llegado tarde el correo y no ha podido ir… Bisson era famoso porque se bebía ocho botellas de vino en cada comida y parecía que solo había trasegado una. De lo que hizo en Navarra no tengo ni idea, ni voy a perder un minuto en averiguarlo. Lo siento, no soy historiador… y le he perdido mucha afición a la historia de la tierra en la que nací.  Quise donar esta correspondencia  al Archivo Municipal de Pamplona hace muchos años, cuando compré ese y otros documentos (del general Thouvernot comandante de Guipúzcoa) en un chamarilero, pero no les interesó. Pensé donarlo luego al Real y General de Navarra, pero en el año 2012, cuando estuve investigando en los papeles de la Junta Central de Guerra Carlista, se me quitaron las ganas para siempre. En cuanto pueda los venderé. ¿Para qué los compré? Pues por el gusto de la caza primero y de poseerlos luego (y exhibirlos en ocasiones), es decir, codicia, vanidad, manía, algo que, hoy, cuarenta años después, me resulta risible, solo bueno para un episodio estrepitoso de algún guiñol burlesco de los que me traigo entre manos, un Auto de Fe, en la línea de Canetti, pero más demente, mucho más… “¡Fuego, fuego!, fuego al chaparral!”, gritaba mi loquico en Perorata del insensato.

II.- Vender la propia biblioteca era el último recurso de algunas personas que se venían abajo en el fragor de las ruinas y los negocios cerrados de estos años, antes de enterarse de que las bibliotecas formadas durante años de entusiasmo no valen nada o, como mucho, menos de lo que parece. Si te pagan es a 0,20 euros la pieza… como mucho, o tienes que dar las gracias porque se los lleven. Muy buenos tienen que ser para que te den algo. Cuando no está descomponiéndose el papel… He visto desbaratarse varias bibliotecas, buenas y colosales. Las bibliotecas públicas o universitarias tienen trastiendas que no se muestran. En ciertos casos es imposible realizar una donación, no te la admiten, en otros sencillamente no los quieren.  Y ya cuando a los gitanos que acuden a  la Papelera con el derribo de una librería legendaria no les cogen los libros ni para pasta de papel porque tienen excedente, es para preguntarse qué ha pasado aquí. Me pregunto por el poema “La petite auto”, de Apollinaire, y por el difuso momento en el que a empujones entramos en una época nueva.

III.- Hay libros que no vendería, no porque tengan un valor tan alto como irrealizable, sino porque están unidos a episodios de mi vida, como la Opera de Mengs, publicada por Nicolas de Azara (Roma 1787) que me dieron a cambio de un gin-tonic bien tirado en el Dena-Ona. No puedo vender la historia, que es lo único que para mí  tiene interés, con el suicidio del librero incluido, y así con otros libros y con muchos objetos de la cacharrería: “Ciertos espíritus que aman el misterio quieren creer que los objetos conservan algo de los ojos que los miran…” (Proust en Le temps retrouvé). No sé, mucho decir es eso. Tiradores de la memoria los llamaba Castilla del Pino.

IV.- Carlos Castilla del Pino confesaba sin reparos su inquietud con respecto al destino de sus colecciones una vez que él desapareciera. Lo cuenta en sus memorias. Pocos lo hacen, aunque muchos la padezcan y callen, o la envuelvan en baladronadas de matasiete.

V.- Mientras repaso las páginas del tiempo perdido (retrouvé), pasa un coche con altavoces electorales a todo volumen: no he entendido un carajo de lo que decían, y me temo que esa va a ser la música de fondo de estos días de trile y desplantes de majos y tramposos. Una cosa es el mundo en el que me gustaría vivir y otra este en el que vivo.

 

Vuelta de Aroztegia

DSC_0124Fui a parar a Aroztegia en el mes de junio de 1974, hace mucho, y recuerdo que aquel día olía a hierba recién segada. La gente que estaba en el palacio, trabajando en el larrain, bajo la enramda de los plátanos, me miraron de manera zumbona como a una aparición, y sin duda lo era. Regresé en el mes de diciembre de aquel mismo año, con niebla cerrada y lankarra que no he olvidado porque en un camino me crucé con dos guardias civiles a caballo con capotes relucientes del agua que me impresionaron. No volví  hasta veinte años después, cuando la casa estaba ya de capa caída, y no vivía nadie en ella, aunque sirviera para  cuadra y establos.
En parte utilicé ese escenario para una novela, escrita del año 1987, La quinta del americano, y otras. Cuando investigué la historia de la casa me apareció un militar chileno de hace 200 años cuyo rastro he perdido.
Desde 1995 he pasado ni sé cuántas veces por Aroztegia. He asistido a su deterioro, a la ruina de sus dependencias, al arrase de sus manzanos e higueras en lo que fue su huerto… la vieja calera estaba hasta arriba de jiña. Conozco bien sus sendas, caminos, y portillos, yendo y viniendo de Lekaroz a Elizondo, y de Elizondo a la regata de Beltxuri, a las bañeras de los frailes, a Legate… conozco también árboles magníficos, ejemplares extraordinarios, y como decía el difunto Gastearena: «Estate seguro de que los árboles también te conocen a ti…». Es un lugar muy especial, lo saben quienes lo conocen, no así los que hablan con autoridad de él y no lo han pisado de verdad nunca.
Volví a Aroztegia, con otro nombre, en mi novela Perorata del insensato, escrita en 2014 y publicada el año pasado, y puse en escena atropellos y matones de seguridad, y a mi loquico, Juanito pastillitarojigualda, que en sus delirios no sabía muy bien si allí iban a hacer un hotel de quince hoyos o una golf de cuatro estrellas, o viceversa, una avería en todo caso. Ahora van a hacer una urbanziación de lujo, un campo de golf y un hotel y no sé qué más.
Me apena que ese mundo, por muy crepuscular que fuera, se haya convertido en lo que los desvergonzados llaman con desparpajo «una bonita operación inmobiliaria», y que no haya otra forma de devolverle vida a todo aquello que la tuvo intensa que entregarlo en bandeja a la especulación inmobiliaria… y  me indigna (con mucha desgana ya porque nada espero de ellos) la actuación de los  políticos que iban a traer con ellos el cambio social y político y que entregan en bandeja las condiciones legales necesarias para llevar a cabo ese proyecto de urbanización, hostelería y ocio a los especuladores inmobiliarios o financieros que a mi juicio son, en buena medida, los causantes de la crisis y sus principales beneficiarios, y lo hagan encima con añagazas, estas sí populistas, como es la creación de puestos de trabajo, un señuelo más falso que sus programas electorales, pero que funciona como eficaz tapabocas. ¿Demagogo? Por supuesto, todos los somos para el otro, cuando no gusta lo que decimos y sentimos.
Hoy he dado una vuelta a Aroztegia y recorrido las sendas y rincones que conozco, he visitado los robles, y he pensado en que no es que las cosas cambien, sino que nosotros envejecemos. Voy viendo que entre lo que me gustaría que fuera y lo que es, está la realidad: «lo que nos rodea y resiste», en palabras de María Zambrano. No me rindo, tampoco doy por perdido ningún combate que me parezca justo, pero empiezo a aceptar que las cosas no son siempre como me gustaría que fueran y que mis razones no tienen por fuerza que imponerse, y mucho menos donde no hay otra razón de peso que la ventaja inmediata, una lacra ya vieja en este país. Contra la devoción al dinero y a quienes lo poseen, y llevan por ello la razón de mano, poco se puede hacer… hace cuanto quiero… y ablanda el corazón. Además, sé que hay caminos que no vuelves a recorrer y que cuando desapareces de su trazado  es como si no hubieses pasado nunca por ellos.

Palabra de Macbeth

WordleY  de Shakespeare por supuesto, y de William Faulkner que lo toma prestado, y de cualquiera que se pare a escuchar el insidioso ruido de las hojas del último otoño, ya casi del todo podridas, arrastradas por el viento sur, despedigadas, como los días, esos mañanas sobre lo que declama  Macbeth cuando el camino de su vida declina y el bosque de Birman se le va a echar encima en pago a la sangre derramada, y considera que lo del vivir es un cuento narrador por un idiota, lleno de ruido y de furia, un cuento que nada significa, profundas palabras repetidas hasta la saciedad por nihilistas de ocasión  (muamém que diría mi loco preferido) que a un clavo ardiendo se agarran, abrasados, con tal de convencerse de que esto tiene algún sentido, alguna trascendencia, algo, y de que al cómico se le va a recordar cuando salga de escena, y perora y perora con menos sentido que el bufón del rey Lear que sugiere cresta en mano, que si no sabes sonreír según el viento que sopla, pronto te aterirás de frío (temible asunto este, temible).

*** A propósito del Macbeth de Justin Kurzel, es decir, viviendo dudosamente a cuento.

Eduardo Laporte, en ABC

Captura de pantalla 2016-01-04 a las 10.03.29El sábado ABC Cultural publicó un reportaje-entrevista que me hizo hace un par de meses Eduardo Laporte. Imagino que a unos les gustará bastante más que a otros, o bastante a secas. Sé que ha sido escrito con afecto, pero sin adulación ni compadreo, y que recoge algunas cosas de las fundamentales de mi vida en estos últimos años, como el haber publicado estos tres títulos el año que he dejado atrás: A trancas y barrancas, Perorata del insensato y El Botín, libros que no han tenido el menor eco en la prensa nacional, la misma en la que tuve las puertas abiertas o entreabiertas, o que cuando publicaba un libro, se hacía eco del mismo. Tempus fugit.   –Oh, qué mal gusto hablar de esto, dirá el que tiene la jubilación asegurada–. Tanto Alfonso Armada, que dirige ahora ese suplemento literario, como Eduardo Laporte han sido generosos conmigo, algo que les agradezco en el alma. No voy a elogiarlos aquí porque suena a lambisconería y eso es algo que detesto, pero Alfonso y su obra andan por un libro que me traigo entre manos, Bon voyage, y Eduardo en el que ahora mismo corrijo para mandar a imprenta. Hombre, un poco excesivo me parece el reclamo de ser el prototipo de escritor maldito y de outsider, pero bueno, reclamo publicitario es; la realidad, como siempre, otra cosa, y entre gente del hampa literaria, más. Además, me acuerdo de la zorra y las uvas verdes, cuando en realidad lo estaban y la pobre se fue de vareta. Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide connada, ni el que vive a oscuras con el que vive a la luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo.

El reportaje de Eduardo Laporte, aquí, en pdf, para quien quiera consultarlo

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La fotografía es de Clemente Bernad y salió mal impresa, lástima, porque es del dominio público que es un excelente fotógrafo.

Entrevista a Miguel Sánchez-Ostiz, para Gara, por Patxi Irurzun.

Publicado en Gara, el lunes 11 de mayo de 2015. De la web oficial de Patxi Irurzun la traigo.

“Mientras escribía este libro pensaba en el epitafio de Gogol: “Se reirán de mis amargas palabras”.

El pasado jueves el escritor navarro presentó su última obra, Perorata del insensato, el delirante soliloquio de un pintor ante la momia robada de una monja, con el escenario de fondo de un manicomio abandonado. Un libro escrito con ánimo de chanza, al modo del esperpento o los títeres de cachiporra. 

 Patxi Irurzun. Iruñea
Con Perorata del insensato  Miguel Sánchez-Ostiz ha regresado a su infancia, a las representaciones de títeres, a los curriños, como popularmente eran conocidos los guiñoles que solía ver en la pamplonesa plaza de San José, o a las propias funciones que él representaba, como un germen de su literatura, en un teatrillo que le regalaron de niño “con el que aprendí a hablar en solitario, con voces distintas, desde detrás de la escena, sin ser visto, a  veces aunque delante no hubiera nadie”, recordó el escritor navarro en la presentación de su nueva obra, el pasado jueves en la librería Walden de Iruñea.

Porque eso es Perorata del insensato: “Un guiñol burlesco, escrito con ánimo de chanza, y por tanto una representación de títeres de guante, al margen de ser  una “Historia fingida, texida sobre los casos que comúnmente suceden o son verisímiles”, que decía el Diccionario de la lengua castellana en su edición de 1791, y en consecuencia por completo imaginaria”, aclara.

Lo aclara en la presentación y en la nota final del libro, porque no quiere que este sea tomado por lo que no es, que se confunda lo vivido con lo imaginado, al narrador (“mi loquico”, como llama cariñosamente al protagonista de su obra) con el autor y “para evitar que alguien caiga en la tentación de mirar por la cerradura no la vida ajena sino su propia vida, algo que pasa mucho”, que pasó por ejemplo con una de sus novelas referenciales, Las pirañas, y con la que seguramente habrá odiosas comparaciones. “No me cabe ninguna duda porque esa murga ya ha empezado. Les ha faltado tiempo. Allá ellos”, cuenta a GARA Sanchez-Ostiz

Títeres de cachiporra

Perorata del insensato es el soliloquio que mantiene a lo largo de una noche un pintor loco, un insensato, ante la momia robada de la monja que lo cuidó durante su juventud, encerrados ambos en un manicomio en ruinas y cercados por los antidisturbios. Un delirio absoluto, un esperpento, que sin embargo, recuerda o funciona como espejo, deformante pero espejo, de la realidad en que vivimos, y que quizás, le preguntamos al autor, sea la única manera de narrarla:  “No, la única no es desde luego, pero a este desdiós en el que vivimos, bueno es responder con otro: me he quedado corto”, responde.

Y eso que este guiñol burlesco  “funciona con la exageración, el delirio, el malhablar, el descoque, la desvergüenza…”. Y que a lo largo de sus páginas el loquico de Sánchez-Ostiz va narrando sus internamientos en centros psiquiátricos, sus fugas de los mismos, sus avatares como pintor de cartelones para barracas de feria o incluso como actor en alguna de ellas, o que, cual Gorgorito, saca a menudo la cachiporra y hace una crítica feroz de los ambientes artísticos, de la movida madrileña, del despiporre autonómico, de aquellas épocas en el que el dinero estaba en el aire y lo cogían al arrebuche los más listos o los menos desvergonzados. Cachiporrazos que, comparados con todo eso, se quedan en nada: “Peor se las gasta contigo la gentelmundolacultura afín al gobierno de turno”, dice Sánchez-Ostiz.  “Pero mucho peor todavía quien te deja sin trabajo o te echa de tu casa o te apalea (por gusto y por dinero) o te multa o te condena de manera injusta a una pena de cárcel… Los abusos del mundo de la cultura son dengues, boberías si los comparamos con lo que otros están padeciendo. Lujos. ¿De qué se puede quejar el loquico? ¿De que le han jodido? Bueno, pues no está solo”.

Delirios y bromas literarias

Perorata del insensato es también una reflexión sobre el éxito y el fracaso, sobre las condiciones que hay que tener para triunfar; y sobre “el paso irredimible del tiempo, que nos daña si remedio ni misericordia”, dice Sánchez-Ostiz. Todo ello, sin embargo, contado en un tono descacharrante. “Cuando iba escribiendo la novela tenía en mente la frase que escribió para su epitafio Nikolai Gogol: “Se reirán de mis amargas palabras”, citó el autor en la presentación.  “Yo creo que esto pasa en este guiñol, que yo mismo me he reído mucho, a veces de recuerdos propios no muy gratos, pero me daría por satisfecho si el lector también se riera, aunque fuera de la amargura de fondo de este soliloquio enloquecido,”.

La novela, por lo demás, está trufada de bromas y referencias librescas, y también a canciones (desde Jorge Drexler a José Larralde pasando por Mari Trini) o cuadros (como aquel de Rembrandt en el que este aparecía cagando delante de sus críticos y acreedores). “Aunque esto es como cuando vas a un restaurante, que no nos suele interesar saber cómo esta cocinado o qué lleva el plato, a veces de hecho es mejor no saberlo”.  Sobre la tramoya de este libro, Sánchez-Ostiz dice no recordar con precisión cómo ni cuándo surgió la idea “aunque estas cosas no caen del cielo, un disparate arrastra a otro y al final se va armando”,  y también que no le costó mantener el tono delirante: “Una vez que «coges» esa voz locoide no la sueltas (de ahí la cita de Alejandra Pizarnik en las páginas finales: «No puedo hablar con mi voz sino con mis voces»)”.

Que es de lo que se trata en definitiva en este guiñol burlesco, en el que, como cuando era niño, Miguel Sánchez-Ostiz ha movido los curriños y ha impostado las voces, para deleite de sus lectores.