¿Obligados a mezclarnos?

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Extraña idea  tiene el candidato socialista a la presidencia de Gobierno de la convivencia política, de la convivencia a secas y sobre todo del ejercicio del poder. ¿Mezclarnos? ¿Con quién? ¿Con nuestros adversarios políticos o con aquellos a quienes consideramos nuestros enemigos y así los tratamos… o simplemente con nuestros cómplices, nuestros iguales, aunque vistan de otro modo y solo sean competidores comerciales de ocasión? Un descacharrante melting pot de trileros que se adueñan del cajón de la vida pública (y de la privada). Detrás de esas torpes palabras yo no veo más que una voluntad de hacerse con el poder y sus ventajas a cualquier precio.  Lo que cuenta es el poder y el negocio a su ejercicio aparejado, en propio beneficio y en el de aquellos que mueven los hilos cada vez menos en la sombra y se muestran como los verdaderos protagonistas de la obra y sus autores.

*** Utilizo como imagen el cartel del grupo de teatro La Trapera para su obra El Tartufo.

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Chapapote y olvido

tartuffe2 En opinión del actual presidente de Gobierno en funciones, el crudo que escapaba a chorros del petrolero Prestige solo era «como hilillos de plastilina». La realidad fue que se produjo una catástrofe ecológica de proporciones difíciles de evaluar ante la que el disléxico Rajoy sacó la lengua boba, la habitual de no darse por enterado. ¿Recuerdan? ¿No? Es igual. De eso se trata, de que no recordamos porque no podemos, porque de hacerlo, los recuerdos nos aplastarían. No damos a basto. Bastante tenemos con masticar y digerir si podemos los indigestos menús del día. Hay veces que las palabras de Lady Macbeth no resultan acertadas porque la memoria no es, como ella dice, «ese centinela del cerebro», al contrario, da la impresión de que es el olvido el guardián de la salud de nuestro cerebro y de nuestra alma, es decir, de nuestros intereses económicos, de nuestro bienestar más inmediato. El olvido, la renuncia a recordar, nos protege. La casi totalidad de los casos de corrupción que hoy bullen en el alboroto mediático-judicial-político, llevan años, muchos, siendo denunciados, de manera tan machona como en balde, demasiados como para creer en el correcto funcionamiento del aparato judicial. Cabe preguntarse el motivo, aunque solo sea a efectos del guión de la pícara tragicomedia nacional.

Al final se destapa que no eran hilillos de plastilina de chapapote de la vida pública y saqueo de lo público y lo privado, sino una avalancha de mugre, un sistema, algo que ha sido denunciado, como he dicho, de manera inútil, quijotesca, un combate casi condenado al fracaso y a la guerra de trincheras. Ahora resulta que no eran casos aislados de corrupción, sino un sistema que se sostenía en la medida en que no era de verdad investigado y sí negado por sus protagonistas y encubridores en todos los foros, empezando por el Congreso de los Diputados o la sede gubernamental, algo que también se olvida. El ministro del Interior se queja ahora de lo que él mismo ha propiciado. No cabe mayor desvergüenza. En este país la impunidad ha venido expandiéndose desde arriba y se ha convertido en un sistema, en una ideología, en una moral, que de manera sospechosa se resquebraja en apariencia de cara al callejón sin salida de unas elecciones frustradas.

El olvido del chapapote de la vida pública y de la desvergüenza delictiva de sus protagonistas, es una forma de supervivencia. Solo así se puede digerir la manera en que las promesas electorales se transforman en traición descarada, el cambio social, llevado adelante como banderín de enganche, en más de lo mismo o peor, algo que se prefiere ignorar, hacer como si no, cuando es sí. Maestros, somos maestros en este arte. Hay que olvidar aquello en lo que confiamos ayer. ¿Confiamos? ¿O también nuestra confianza y ambición eran una fantasía política, espuma de esa mugre en la que chapoteamos como en ciénaga, al tiempo que creemos estar en un rutilante piscina olímpica? No sé, pero la vida pública suministra más argumentos para el descreimiento que para la confianza.

 Ser memoriosos equivale a admitir que participamos, de la manera que sea, en un juego en el que la banca, que siempre gana, está en manos de una casta a la que no pertenecemos y que, encima, está amañado hasta el delirio, y que no hay promesa que se sostenga en el tiempo si va contra los intereses de la casta, la secta, el cogollito, el mundo financiero que vigila sus intereses en la sombra y a la sombra. Eso asusta, eso nos hace ver hasta qué punto estamos atrapados, inermes, incapaces de auténtica rebelión.

 «Se diría que las falsedades ya no importan», se le oye decir a más de uno, pero es que hace tiempo que dejaron de importar, que eso formaba parte de las nuevas reglas del juego, que aquí no hay idealismos que valgan, que solo cuenta la realidad evaluada en cifras. No existe más que la conveniencia política y alrededor de esa rueca se teje una moral utilitaria en propio beneficio siempre. Olvida cuanto puedas y pon la mano, y si recibes, aplaude, hazlo también para recibir, hay chapapote para todos, la riqueza se reparte, muchacho, y es raro el que no aplaude y busca algo en el arrebuche.

Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 28.2.2016, “Y tiro porque me toca”

Item más: entre que escribes el artículo y lo publicas, te dices que las iras de hoy son los bostezos de mañana y te preguntas si de verdad sirve de algo aventar el fiemal, ya muy aventado por otra parte, en rincones como este.

“El orden que atacaron…”

mayo1Más libros del derribo del Astrónomo, más embriagador olor a moho, una droga eficaz si se sabe usar. Este de Peter Weiss… ¿Quién se acuerda? ¿A dónde fue a parar? El, sí, pero también nosotros, ¿A dónde hemos a parar? Cómo, por qué, si esto no era lo previsto?. Peter Weiss, digo, en  Informes (1968), donde encuentro «Del diario de París» y estas líneas: «Un día se hizo el intento de rebelión, y sus resultados se guardaban en tres exposiciones […] Aquellas obras que pretendían desgarrar lo usado […] se presentaban puestas en conserva, en salas bien cuidadas, con sofás muy cómodos desde los cuales contemplarlas. El orden que atacaron, que pusieron en ridículo y cuya mentira denunciaron, los acogió con benevolencia, y las manifestaciones de los agitadores no habían logrado más que cobrar una gran dignidad una vez encerrados en las cámaras de tesoros de sus enemigos». La traducción chirría, pero es de Gabriel Ferrater, de modo que a misa. Lo que importa es el texto de Weiss, la manera en que señala que la rebelión acaba siendo dominada y digerida por la clase dirigente, hecha mercancía o espectáculo, en su propio beneficio. Léo Ferré ahora: dessinant les orages du Guevara/ Le Che crevé, crucifié, pourri déjà, même sur vos images. Avisos de caminantes. [Con las cartas marcadas]