De «En Bayona bajo los porches» a «Moriremos nosotros también» (18 años)

En la fotografía, Tristán de Barraute, el mentor de Pual-Jean Toulet en la vida golfa de Pau 1900, personaje de «En Bayona, bajo los porches» y de una novela que ya no escribiré, por falta de ganas, acerca de sus andanzas en la guerra ruso-otomana (batalla de Plevna), como teniente coronel de unos escuadrones de Caballería carlista, antes de esfumarse en las redes de una «sultana» entre Sofía y Estambul (donde fue envenenado), cuyos descendientes (a los de Barraute me refiero en el château de Mongaston) asimilan a la Aziyadé de Loti… ¿Vivió en París con la sultana? ¿Se ahogó su hijo en el puente Henry IV, de quien descendía “par la main gauche”? Quien se ahogó fue el propio Barraute, pero en el estanque de los patos del parc Beaumont, de Pau, tras haber rumiado su leyenda, entre la absenta y el Oporto, en la terraza del Café de Champagne. Me aburro y no solo porque ya hace tiempo que aborrezco de las novelas novelescas (como Chesterton)… ¡Con qué gente habré yo bebido…!
La historia me trae malos recuerdos porque está relacionada con «Moriremos nosotros también»,en la medida en que un pariente de Barraute ejerció de matón bajo los porches, no de Bayona, como en el poema de Toulet, sino de Torresmotzas del Baruglio, una ciudad que Goya pintó en el aire y llamó Asmodea: Ahí estaba Pepito Andada de la Maltosa, bajo los porches, con su matón de guardia, el bávaro Morritos, y con sus compinches, Gonzalón Goyzaldi, marqués del Cuarterón –”¡Puto rojo, puto separatista, te voy a matar a hostias!”–  Nachito Lerdo de Tajada… personajes todos de mi furioso desbarre, Moriremos nosotros también, que la semana entrante sale de imprenta.

Artículos de viaje

rollos 2La fotografía la tomé en el Rastro de Madrid, un día de primavera de 1994, en compañía de Juan Manuel Bonet. Era un baúl de cuero negro que estaba repleto de mapas y cartas de navegación. Me pareció todo un emblema del viaje, del viaje inmóvil por entonces. Pau era para mí un objetivo literario, en la medida en que es el escenario por el que anduvo a la deriva don Tristán de Barraute, un personaje de una novela de hace trece años, En Bayona, bajo los porches. 

También fue en Pau donde me regalaron ese diario de navegación (fragmentos) de un navío español del siglo XVIII en su derrota por el océano Índico. Está incompleto y las últimas páginas están escritas con una tinta tan tenue que no pueden leerse. Hacía años que lo había perdido de vista. Lo he encontrado esta mañana en el barullo de la biblioteca cada vez más polvorienta y abandonada, y he pasado unas cuentas horas leyendolo como he podido a la busqueda de alguún detalle que me permitiera saber de qué barco se trataba y quién era el que lo comandaba. En realidad buscaba algo que me permitiera ir tras los pasos de Arthur Gorodn Pym, algún misterio.  El navío español anda entre las isla de la Reunión, Mauricio, la Piedra del Inglés, evita Madagascar y navega por el ïndico persiguiendo deportivamente a un navío holandés, el “Princesa Luisa”… la tripulación enferma y hay fallecidos sin nombre, hay que hacer aguadas, cargar carne, protestar porque les roban un ancla los franceses, hacer observaciones de latitud y longitud, anotar los vientos y la meteorología, páginas y más páginas de datos, los días corren con aquello que dijo Conrad, con la monotonía de una  vida entre cielo y agua, hasta que hay una serie de tormentas que obligan al barco a buscar refugio en Puerto Luis, en la Isla de Francia (hoy Mauricio), del rey de ídem, donde el capitán sin nombre se dedica a redactar una descripción física y naturalista de la isla en la que cuenta, por ejemplo, más de 40.000 esclavos, entre “moros y malavares”… entonces es cuando se me ha hecho la luz, que le dicen los rancios, y he sospechado quién podía ser el autor del diario y de ese informe. De hecho no podía ser otro en esas fechas (1786-1788): Francisco Muñoz y San Clemente, en su viaje, fundacional para la Compañia de Filipinas, entre Cádiz y las islas Filipinas doblando Buena Esperanza. ¿Y el barco? El Águila Imperial.
Arthur Gordon Pym no saltó de su estante de sombras, pero me pregunto cómo termina ese diario de navegación en un chamarilero de la vieja Pamplona, frente al antiguo Colegio de la Compañía, la ciudad en la que el marino ilustrado y naturalista, compañero de Alejandro Malaspina, nació en 1755 (y más cosas). Me he preguntado si no andaría de por medio un vendedor de momias que aparece en mi novela La flecha del miedo o un traficante de obras de arte, perseguido en algún momento por la Interpol, que exhibía un carnet rojo en cartoné de agente secreto de los servicios de Carrero Blanco, sin otro propósito, imagino, que acojonar al imbécil. ¿Novelerías? No, cosas que pasan y de las que te enteras si prestas atención. He imaginado, una cosa y otra, y se me ha ido la tarde recorriendo mapas, pasando una vez más por Juan Fernández, en el fabuloso viaje de Malaspina… lejos.