Nabokoviana

Un personaje (sombra) de alguna de mis novela dijo aquello de que se había gastado mil duros en libros sobre mariposas y se iba a hacer como Nabokov, tal vez fuera uno de mis alter egeos que disputaba sus guasas de Augusto con el Cariblanca, su doble… Habría sido en los años setenta y comienzos de los ochenta, cuando hubo pasión por Nabokov. Yo la tuve, de la mano de un amigo de entonces que hace un tiempo me pidió que no hablara de él en mis recuerdos (Viaje alrededor de mi cuarto). Quedará así, fundido en negro, aunque mucho contara en mi vida y en mis lecturas de aquellos años, y hasta en recuperar mi afición a la montaña y las caminatas. Le estoy agradecido. Me he acordado de él esta mañana cuando hemos pasado por unos caminos que estaban plagados de mariposas, modestas si las comparo con los enjambres que vi por las orillas del Beni, en Cachuela Esperanza. A Nabokov creo habérmelo leído entero en aquella época, tanto en castellano como en francés, y raras veces he vuelto a sus novelas y ensayos. Me falta aquella edición española de Barra siniestra, cuyo paradero ignoro (de forma involuntaria), aunque me acuerde ella cuando trato de ilustrar alguna crueldad policial gratuita. Nabokov contó mucho más en mi vida de escritor que el de las zapatillas de amortajado. De mariposas a día de hoy no sé nada y lo de la caza sutil, al modo de Jünger, no se me da bien. Cada cual en su mundo, admirable el de los dos autores citados, el mío es como es… no se pue contimparar, canta como puede el avejentado Augusto que sestea a mi sombra.

Tinta roja

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         Escribir como Gómez de la Serna, con tinta roja, y decir, enseguida además, «Escribo con sangre», sin reparar en que la frase puede resultar tremebunda, porque lo es, además de una formidable gansada ad usum amigos de las altivas enormidades, pero tampoco en que con sangre no se hacen más que morcillas y que estamos hablando de tinta y de papel, y del tener algo que decir, sobre todo de esto último. Gómez de la Serna, personaje literario ya más que autor al que de ordinario no se frecuenta o se frecuenta poco, menos de lo que parece, escribía, además, sobre papel amarillo. Todo muy rojo y gualdo. Ahora, eso sí, lo primero, el material, el atrezzo, y sin visitar a Cornejo, luego ya se irá viendo, a lo mejor vivimos para contarlo, a lo mejor contamos a palo seco, que es una forma como cualquier otra de ir viviendo, a lo mejor no contamos nada.

         Con Nabokov pasaba lo mismo, te comprabas unas cartulinas Bristol , unos lapiceros HB2 de buena marca y dos o tres mil duros de libros de mariposas y, hala, a escribir Lolitas y Adas y Arlequines. Nada como el atrezzo, el disfraz. Luego resulta como con las plumas estilográficas robadas, sustraídas, distraídas, del mogolloncillo madrileño de Ramón para el temblor aquel famoso de la reliquias literarias, que con ellas en la mano, cuando escriben, que no siempre lo hacían, no es tan fácil escribir algo que logre cautivar a un lector, no es tan fácil llevar la vida a los papeles, no es tan fácil inventar sobre el dechado de los hechos que comúnmente suceden, y hasta el más tonto se da cuenta de lo cansadas que resultan las imposturas que no dan en invenciones y el andar todo el día a vueltas con una máscara literaria en el empeño vano de ser el que no se es al margen de la página, al margen de ese discreto comercio que caracteriza la relación entre el autor y sus lectores, y que es lo único importante del negocio, lo demás, las tintas de colores, el papel, la mesa, el atril nabokoviano, el relicario al completo, no pasan de ser sino pijadas que sólo salen a escena cuando el autor se hace personaje literario y nada más que eso. [Gorritxenea, 1999]

 

Nota de 2020: eran burlas sobre las propias imposturas, gatillazos, manías… de todo había.