La patada en la boca

¿Es o no esto una incitación al delito impune? ¿Y de no actuar la fiscalía y el juez de instrucción, no desligitimaría eso, no ya el principio de autoridad famoso, sino la administración de justicia misma?

¡Cómo me gustaría conocer la opinión de la magistrada Murillo sobre este asunto!

¿Desde cuándo la indefensión ciudadana ante los abusos de autoridad está servida y más que servida?

El silencio de los gurús de los grandes medios de comunicación ante este y otros hechos es estruendoso.

 

El Sindicato Unificado de Policía denuncia que un mando de la Unidad de Prevención y Reacción pide a sus subordinados que se empleen con brutalidad: “Aquí menos…
publico.es

«El que la hace, la paga»

«El que la hace, la paga», dicen con manifiesto cinismo quienes  manejan las riendas de este fabuloso desgobierno.

A qué comentar lo que se comenta solo… Ya no se trata tanto de comentar, sino de actuar y eso, eso son fantasías.

«¡Esto va a explotar por algún lado!»… No, esto no va a explotar por ningún lado. La patada en la boca la tenemos asegurada no bien pisemos la calle.

Quienes siempre han estado lejos (muy) del mundo en el que vivimos la gente común, no corren riesgo de fuga alguno.

 

La acusación particular, que ya ha pedido al tribunal que se celebre una vista para adoptar medidas cautelares, cree que existe riesgo de fuga y añade que debe…
publico.es

La ley es tela de araña

captura-de-pantalla-2017-02-24-a-las-17-19-24

«Particulares circunstancias, sobradamente conocidas, nos eximen de su pormenorizado análisis.»
Y se acabó la función…
La ley es tela de araña
«Si a esto se llama igualdad…»
A mí, a veces, Zitarrosa me reconforta.
Amargo.
Hay su dificultad… mejor no olvidarlo.

«Las pirañas» sobre la mesa

 

img_0045

Cuando llegaba un nuevo libro a casa era motivo de celebración y un rito ponerlo sobre la mesa. Ahora no es muy diferente, pero ante este libro, 25 años después, siento una melancólica incredulidad. Miro hacia atrás y me tengo que creer lo que veo: un barullo. Tuve que escribirlo, era para mí un libro necesario, una puerta a franquear. Casi me alegro más por la gente que se ha ilusionado con su edición y puesto mucho empeño en ella que por mi mismo. Les estoy muy agradecido a (por orden de aparición) Víctor San Frutos, Beatriz Jordán, Eduardo Irujo, Juncal Pibernat (que me dijeron era pariente del Santo Job) y Silvia Broome. Juncal ha hecho un trabajo minucioso de revisión del texto y Silvia y Eduardo han escrito una marginalia generosa y acertada, desde la elección del epígrafe, un poema de Las palabras perdidas (1993) titulado «Acuérdate de estos años», que guarda una estrecha relación con esta novela; el poema que da título a ese libro también tiene que ver con el motivo por el que la escribí, ahora que gracias a ellos lo releo me fijo. Hoy, con que  mi novela encuentre un (buen) puñado de lectores, en este tiempo de pocas lecturas reales, me conformo.

Casi todo lo que tenía que decir sobre el libro ya lo he dicho en el prólogo que he escrito para esta reedición y en un texto que publiqué aquí mismo semanas atrás.  Con todo, diré que nadie vea la vida del prójimo por el ojo de esta cerradura de papel, porque probablemente será la suya, la que preferiría no ver, y sobre todo diré que Las pirañas es una novela, esto es una «historia fingida y texida de los casos que comunmente suceden, ó son verosímiles», como decía el Diccionario de la Lengua Castellana, en su edición de 1786.

Para mí Las pirañas es sobre todo  el retrato de una época, los felices ochenta, pero  fue tomada por otra cosa. Eso no dependió de mí, tampoco ahora. Solo sé que me quedé corto  y que en estos últimos veinticinco años he tenido ocasiones sobradas de escribir novelas como esta porque motivos no faltan, sobran. Ahora lo que me faltan son ganas y me temo que  fuerzas, pero sobre todo ganas… ¿Para qué? Cuando te haces esa pregunta es porque no sabes responderla. Ahora todo se resuelve en equívocos, malentendidos, reclamos… Corregir esta novela ha sido una tarea ingrata, por asomarme a una época que recuerdo con disgusto, y para mí un recordatorio no ya de una serie de incidentes miserables y desagradables, sino de errores personales que estimo  graves, como el no haberme ido para siempre del lugar donde nací, entre otros relacionados con el por qué de mi libro,  y eso me temo que ya no tiene remedio. El exorcismo se quedó a medias,  solo fue de papel y tinta, y eso poco vale en realidad, para completarlo debería haberme despedido de mí mismo, y no fue así o no del todo. La escritura que vino luego, sí, fue diferente, pero no del todo, se bifurcó, me bifurcaba, intentaba caminos distintos, hasta esa final Perorata del insensato (2015), que es como si no la hubiese escrito, pero siempre quedó algo pendiente. Siento que me eché un cepo al cuello con una alegría impropia de la ceremonia de exorcismo de la que se trataba. El cepo, buen título para novela… La picota tampoco está mal, porque a ella me subí creyendo que era un tablado de barraca de feria que hoy está aquí y mañana, allí. Bien, esto es todo amigos, que sus lectores de hoy sean bienvenidos…

La flecha del miedo

1.- El sueño del caballero, Pereda: siempre vuela, rapidamente hiere y mata… La flecha del miedo, cuyo vuelo olvidas (A cierta edad)

2.- «Miedo de esa ginebra que se te abre en la mente cmo una flor loca de palabras, como un daño indecible y amargo», Francsico Umbral en Un ser de lejanías
–Eso mismo le iba a decir yo… pero no encontraba las palabras.

3.- Tiempo. Siempre falta, por muy organizado que lo tengas, con los años cuesta acomodarse a la disciplina de un horario estricto, los desfallecimientos te aguardan a la vuelta de cualquier esquina, las horas del día como esquinas.

4.- La renuncia virtuosa, pero por necesidad, porque no queda más remedio… en ese monólogo mejor que no tengas público, porque de lo contrario el pateo lo tienes asegurado.

5.- No hay que fiarse de quienes se venden barato… tragos, platazos, obsequios, billetitos… (reflexión inútil de burlado).

6.- Cuestión de ventriloquía: el periodista que con tal de dar el pelotazo, revienta trabajos ajenos, muy noble el empeño, mucho.

7.- A cierta edad el periodista que se te acerca  más que para interesarse por tu obra es para perdonarte la vida, y ojo con no agradecérselo… Oú va la nuit

8.- La queja sorda de los que más cerca tienes, su doble cara y al final el doble juego: no eres como debías ser. No les gustas. Esa falta de elemental franqueza que toman por cultura.

9.- Ver en ruinas, desde lejos, estaciones de tren por las que siempre pasaste de largo… ni las vías, albergues de humos.

 *** La flecha del miedo (2000), otra novela perdida en el limbo de la inexistencia. Javier Reverte, que estaba en el jurado del premio nacional, sabe lo que pasó allí.

Benevolencia Real

captura-de-pantalla-2017-02-18-a-las-7-20-17Pienso en el escritor del futuro, y en que tal vez, alguno de ellos, escriba una novela o lo que sea, con toda esta trapisonda de empaque que ha llevado a un miembro de la Casa Real a las puertas de una prisión y a otro a pagar una multa multimillonaria por poder sostener ante la justicia que no sabía nada del monumental negocio montado alrededor de la cosa pública, un nuevo Ruedo Ibérico, con su  Viva mi Dueño y su siempre renovada La corte de los milagros; pero el escritor del futuro no será, sin duda, como el del presente, así que me quedo con un palmo de narices y no sé qué culebrón, novela histórica o qué pompa de jabón echarán al aire.

Me parece del todo inútil detenerme en algo como el futuro de la infanta y su vida de lujo. No soy ese que sabe de familias reales y de esas sabidurías ha hecho fortuna. El que tenga interés que agarre el Hola, donde sin duda vendrá casi todo, o se amorre a los programas de tertulianos y golfos de la comunicación. No sé lo que va a hacer la hermana del rey, tampoco de dónde sacará dinero para pagar la multa que le ha caído ni quién la va a pagar en realidad –excluida que está una ley, como es la del origen de las fortunas, imprescindible en todo proceso de cambio, que aquí ni se da ni se va a dar– , no sé cuánto tiempo puede estar en prisión Urdangarín o si va a entrar o no, no sé nada, es quinielismo puro… A estas alturas ya no sé si la condena es mucha o poca, si fuera hay muchos de los que tendrían que estar dentro y sobre todo no sé nada de las verdaderas entrañas de aquel montaje y de todas sus implicaciones, porque la sentencia echa encima de este pozo negro de corrupción de altos vuelos una pesada y sólida tapa de registro que no la levanta ni chatarrero de polígono. La absolución de la infanta suena a lo que suena, a música celestial. Dudo muchísimo que sea la tonta de la película y no solo por sus piruetas sociales y laborales, las que le llenan la bolsa de manera imparable, sino por haber declarado hace unos meses: «Qué ganas tengo de que acabe esto para no volver a pisar este país». Eso denota lucidez e inteligencia a raudales, al menos para mí, y me suscita una envidia sin futuro. Afortunada ella que incluso una vez pagada la multa millonaria que le ha caído puede pensar en irse a otro país y no volver a pisar este. Es curioso, eso mismo es lo que hacen muchos, más por verdadera necesidad que por gusto de correr mundo y acumular experiencias, que es lo que me parece piensa el hermano de la infanta.

Una lucidez y una clarividencia que se contradicen con las defensas letrada y fiscal con las que ha contado la infanta, que la han hecho aparecer como una persona de una ignorancia excesiva e hilarante a ratos, que nos invita a callar porque si decimos lo que de verdad creemos que ha pasado, pasa y va a pasar, igual nos multan con el diccionario de la Real Academia en la mano, que es la ultima moda jurídica, nada de Código Penal, el Diccionario de la RAE, que se ha revelado un impecable instrumento para impedir decir lo que se piensa, lo que se ve que sucede delante de nuestras narices, de manera clara, llana y por todos entendible, y dado que hacerlo es correr albures y loterías verbales, callar antes de hablar.

Ojo pues con gritar «¡Al ladrón!» porque este puede darse media vuelta y arremeter contra ti por difamación. Ojo con llamar al difamador por su nombre porque hará lo mismo y como la justicia es ciega y caprichosa y el juez puede tener, como tu mismo, almorranas, te puede salir cara la defensa de tus derechos o la denuncia de los abusos públicos. Entre canallas anda el juego.

Elucubrar es fácil, iluminar las trastiendas de esta enorme trapisonda es más difícil, mucho, y lo va a ser más en el futuro. ¿Quién estuvo detrás de esa empresa, Noos, cuya pronunciación evoca de manera involuntaria y fonética a la Cosa Noostra? ¿Quiénes nutrieron de manera imparable sus fondos desde el sector privado, quién o quiénes sabían y callaron…? Eso para la novela o el culebrón del futuro.

Y si me parece del todo inútil elucubrar con ecos de sociedad palaciega, más inútil me parece comparar la sentencia de ex duque con las que les caen desde tiempos inmemoriales a los chorizos de a pie, porque son agravios comparativos tan escandalosos como inexplicables, por no hablar de las penas que amenazan a los acusados ya de manera positivamente injusta. Ay, las fiscalías, pero no del Estado, sino del Gobierno, ay, la justicia politizada, pero no por los que a ella acuden desde abajo, de manera abusiva, sino por los que la manejan desde arriba.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 19.2.2017

Pulgas de Ahetze

img_0028Esta mañana fuimos a Ahetze apenas amanecido para llegar al mercadillo mensual antes de que empezaran las aglomeraciones. Hacía años que no íbamos, pero las calles del pueblo estaban igual de ocupadas que en aquella última ocasión o más. A muchos vendedores, franceses y españoles, gitanos simpáticos y dicharacheros de ambas nacionalidades –por Dios lo que se mueve esta gente con sus fragonetas–, los reconoces de un mercadillo a otro, su mercancía invendible lo mismo, alguna les dura meses entre las manos, otra vuela, claro, pero las defunciones aseguran la renovación segura de la mercancía, las defunciones, las ruinas, las liquidaciones por derribo, los empujones de la especulación inmobiliaria que derriba para elevar construcciones basura, aunque su precio sea fuerte. dsc_0043Puestos y más puestos, toldos, mesas, maletas, furgonas muy trotadas enseñando sus vientres, camiones que venden desde la baca,  ropa, mucha, cada vez más, calzado,   juguetes, juegos de mesa, relojes, y sobre todo el yo qué sé y el cualquier cosa, los objetos de adorno, lo que para nada sirvió nunca, mucha cubertería de plata a pedo burra, mucha vajilla que fue de lujo, mucha pieza despareja y viuda de casi todo, restos del derribo del inventor de Bayona –antiguo aviador militar cuya cartilla de vuelo estuve repasando hace unas semanas combates y bombardeos– y sobre los que han caído varios chamarileros de la zona a repartirse el botín, motocicletas, bicicletas, cartelería de marcas y negocios en extinción, «Allez fouillez, fouillez, c’est le bordel!, berrea el gamberrazo vinoso», cerca del  tipo cachazudo que se aprieta una cerveza al sol y del rabioso que por quisicosas de la compraventa entre negociantes se va echando humo al grito de «Et aujourd’hui je suis calme!», armas, mobiliario antiguo y moderno, maniquís, cuadros infames, lo roto y lo medio roto, lo que viene de la cocina apagada y muerta y de la sala de los muertos, donde ya no entraba nadie antes de que desaparecieran los dueños, alfombras, juegos, cafeteras como la de Balzac, pero incompletas, –ay, qué fetiche eficaz no pondrías a tu lado para inventar de verdad–… un muestrario de todo lo que la mayoría dejamos a nuestra espalda como un lastre enojoso del que otros tienen que desembarazarse.

img_0021Lo único valioso que he visto ha sido un registro de exiliados españoles de 1834, «no amnistiados», entre los que se encontraba un mariscal Méndez-Vigo y un O’Donnell, así como jueces, catedráticos, comerciantes, escritores, abogados, diputados… sujetos a recibir ayudas del Gobierno francés de la época. Lo demás, morralla, ferralla, trozos de trozos, mobiliario más abandonado que vendido, lo que antes iba a parar a… ¿a dónde iba a parar lo de antes? Al fuego, al chirrión, al lugar donde las cosas desaparecen como si nunca hubiesen existido. Lo que la mayoría dejamos atrás y tiene la huella de nuestras manos, poco o nada vale.

Fuego al chaparral

img_0005«Y total p’a ná», habría dicho el amigo Basurde, difunto, para comentar esa sonriente invitación a pegarle fuego al chaparral; invitación que ya nadie va aceptar de manera eficaz, ni siquiera verbalmente, por miedo al multazo, a la cárcel… Las multas y no la música, amansan a las fieras e impiden que quien es socialmente acosado se rebele, que quien se defiende, cese en su defensa y se deje, que quien denuncia abusos y pelotazos se calle y deje vía libre a los expoliadores… No grites «¡Al ladrónı» si te están robando la cartera o te la han robado porque a instancias del maleante te procesarán por difamación, calumnia y lo que haga falta, si de dar un escarmiento político-legal se trata, y te harán  daño. Olvídate de que la justicia está para proteger a todos los ciudadanos, sobre todo cuando es plenamente ideológica. Tú solo tienes las paredes, ellos la bolsa. Que pues doblón o sencillo/ Hace todo cuanto quiero,/ Poderoso caballero/ Es don Dinero.

Viajar a Patagonia

¿Viajar? ¿A dónde? Lejos sin duda… A Patagonia, a Magallanes, al Madre de Dios, a Sepultura… Ese viaje  empezó escuchando a José Larralde contando y cantando de la Patagonia argentina. Solo llegué a conocer el extremo sur de la chilena, viniendo de Chiloé, tras los pasos de don Pancho Coloane… y años después de haber almorzado en Madrid con Luis Sepúlveda que me habló de ese territorio barrido por el viento. Hay cosas que empiezan como empiezan y no se sabe cómo acaban, sí es que lo hacen y no se quedan ahí prendidas, en el aire, como una cuestión pendiente, para siempre.

Y de Larralde me fui en busca de Blaise Cendrars, en la Prosa del Transiberiano, leído y acotado, en octubre de 1971, en un tren nocturno, de Biarritz a París.

He perdido todas mis apuestas
Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que conviene a mi
inmensa tristeza,
la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur

Estoy en camino
Siempre he estado en camino…

 –¿Siempre? Permítame que lo dude, buen hombre…
–¿Quién habla?… ¿Quién está ahí?… Quién sabe, no se ve bien, está a oscuras.

Ese es en el fondo el mejor escenario para admitir que no siempre has sido fiel ni a ti mismo ni a tus sueños, que ha habido más deserciones de las que puedes digerir. El haber llegado hasta Patagonia –un nombre repetido en la oscuridad de las noches de insomnio de quien vive atrapado en un cepo que no le es ajeno– y metido los pies en el agua, fría y sucia, de Magallanes no te absuelve de nada.

 

Benjamin Fondane, en Ulysses

captura-de-pantalla-2017-02-16-a-las-07-27-42Benjamin Fondane, en Ulysses, su libro de poemas de 1929, escrito a bordo del Mendoza, rumbo a la Argentina, su primer viaje, invitado por  Victoria Ocampo.

Ulysses leído hace mucho, en diciembre de 1980, cuando la editorial Plasma publicó Le mal de fantômes, donde está incluido ese libro del desarraigo y la desposesión, al que vuelvo porque a cierta edad… A cierta edad sientes la necesidad de caminar sobre la huella de tus propios pasos los que en lugar de llevarte a regreso alguno, te conducen a un territorio nuevo en el que es mejor que sepas de antemano que puedes extraviarte: el de tu memoria, ya pura invención, refugio de anhelos frustrados, nutrida más con lo que crees haber vivido, que con lo que en efecto viviste.

Tenías una diosa a tu lado, Ulises:
–¿Para qué sirve viajar?
[…]
–Para qué sirve marcharte
ya vencido, antes de haber abierto la boca,
a unos países de los que no volverás más que viejo
lleno de sirenas a las que no habrás escuchado,
de victorias frustradas
y el corazón pesado por haber resistido a tu sed?

Volverás tras haber vivido la ficción de la expatriación y de acariciar la idea de abandonar para siempre la tierra en la que no tienes sitio porque no has sabido hacértelo, no por otra cosa… Pero antes de empezar el ensayo de la apuntación fiscal, mira bien en el espejo y piénsatelo dos veces. [De A cierta edad]