Ulises y Fermín Negrillos (Me acuerdo)

Esta es la portada de la primera edición del Ulises en castellano, publicado en Buenos Aires, en 1945, con la traducción de Salas Subirat, bajo la dirección de Max Dickmann, escritor y periodista, traductor, todo un personaje.
Mi ejemplar terminó, en 1946, en la colosal biblioteca de un ricachón pamplonés de la calle Eslava, previo pago de 31 pesos o pesetas, no sé bien. Se llamaba Fermín Negrillos Goicoechea y era abogado y directivo de una importante compañía de seguros: La Vasco-Navarra. La factura está emitida por la Librería Atlántida, de Buenos Aires, calle Florida 643.
Negrillos, nacido en 1895, formó, desde muy joven, una colosal biblioteca de literatura, tanto en castellano como en francés. En sus viajes a Biarritz, Bayona o París compraba las ediciones de las últimas novedades, como Proust, Morand, Mac Orlan, Cendrars, Carco y hasta Sade, en las ediciones semiclandestinas de Jean-Jacques Pauvert. Siguió de cerca los ballets de Diaghilev y tuvo una relación amistosa con Serge Lifar (documentada).
Entre 1935 y 1936, en su fantástica biblioteca diseñada por el arquitecto Víctor Eusa, se reunía el sanedrín de los golpistas: Eusa, Raimundo García Garcilaso, director del Diario, un Frauca, Goicoechea, Elío… Tras el golpe, en agosto, llevó en su coche a Garcilaso a visitar la España en paz (eso decía la prensa), para que el periodista escribiera una sarta de mentiras sobre los asesinatos de Yagüe en la plaza de toros de Badajoz. De ahí fueron a visitar a Queipo en Sevilla.
En su biblioteca tenía un documento episcopal permitiéndole leer libros prohibidos. Por parte de los alzados su biblioteca no corrió peligro alguno.
A su fallecimiento, en 1975, su heredero, P. G., repartió entre sus amigos (Ciganda, Alli…), y a capricho, cajas y cestos de mimbre llenos de la literatura española de comienzos de siglo a la Guerra CIvil: ensayo, novela, poesía… Liquidó todos los bienes inmuebles, hizo fotos, no tan buenas como las de su cuñado Chamorro, y viajó… Era procurador de los Tribunales, y en una ocasión que lo necesitaba para un pleito en el que él estaba de procurador, le llamé y su secretaria me dijo: «No, no se puede poner, está en Tailandia». Al final liquidó los bienes inmuebles heredados, la biblioteca se la vendió a la viuda de Abárzuza y se fue a California a poner un restaurante o algo. Mi ejemplar lo compré en 1980, aunque para entonces ya lo había leído en una edición también de Salas Subirat y de Rueda, que me prestó José Luis Insausti Catón, a comienzos de la década, cuando estudiábamos derecho en la UN; ejemplar que conservo y es la que más manejo. Esa es mi primer edición proustiana.


Vuelvo a ese ejemplar de Ulises. ¿Lo leyó Negrillos? Creo que sí porque el libro usado está y no creo que lo prestara a nadie, como no fuera a su pintoresca esposa, la que en 1972 anunció: «El chico de los Sanchez-Ostiz se ha escapado a París a meterse jipi». Ulises en Pamplona… qué extravagancia o tal vez no. No más que muchos otros títulos de su biblioteca: «Tuvo la mejor biblioteca erótica de Navarra», dijo con sorna el Moro, que la conocía de la mano de su primo Rafa Elío (Ablitas) o de su propio padre, bibliófilo también.
Ese ejemplar fue sin duda y por mucho tiempo el único en aquella Pamplona profundamente reaccionaria de la posguerra que, inmóvil, se quedó años detenida en el tiempo, tras su protagonismo guerrero: muchos cuarteles, un colosal seminario diocesano obra mística de Eusa –un cubil de ochenta mil cristales y una tapia, en verso de Ramón Irigoyen–, muchos conventos, poca industria… Podría parecer el Washington de la jota por tener «obispo y toa la hostia, casa putas y frontón», pero de lo demás, nada. Desapareció por orden gubernativa el barrio chino pamplonés de García Serrano y enseguida los chalés de fuerapuertas, lejos… todavía queda uno en pie, uno que tenía un enorme lavadero al fondo de la huerta, la famosa Casa Aurora (dicen, aunque es dato en conflicto), escenario de anécdotas propias del Ulises: es la actual Facultad de Ciencias de la Familia de la UN, la universidad del Opus. Pedro Manterola, recio pensador y artista pintor, me contaba… pero esta es otra historia (decía el bodeguero de Irma la dulce)

Caza de citas: L. F. Céline, Sterne y Yorick

Leo en una pesquisa biográfica, Elizabeth & Louis*, sobre Elizabeth Craig la musa de Céline a la que está dedicado Viaje al final de la noche: «¡Por desgracia, pobre Yorick! No somos más que Yoricks todo a lo largo de nuestra vida».
Eso le escribe L. F. Céline a su editor norteamericano en 1954, asimilándose al célebre bufón de Shakespeare, retomado por Lawrence Sterne en Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy y a cuya muerte por una tunda de palos dedica una célebre página en negro tras alabar su ingenio y poco seso para reparar en quiénes eran los ofendidos: «Así como el deudor y el acreedor se diferencian por el tamaño de sus respectivas bolsas, así el bufón y el objeto de la bufonada por sus memorias respectivas».

* Elizabeth & Louis, Alphonse Juilland, Gallimard, 1994. p. 65.

Esa forma de vida

Miente, difama, calumnia, echa a rodar el bulo malicioso, que algo o mucho queda, sobre todo si estás convencido de que tu público, tus secuaces, tus votantes es eso lo que esperan y no otra cosa. Les decepcionarías si no les ofrecieras basura para rumiar.

Lo que circula a todo trapo no son fakes, son mentiras y sobre esas mentiras se está construyendo, desde hace tiempo, la vida pública española. Porque dulcificar con el cartelito anglosajón fake las patrañas rebuscadas no es de recibo, como si con eso se quisiera decir que solo se trata de un juego, de un sobrentendido, de una variante de la verdad, teniendo como se tiene un preciso surtido de sinónimos para Mentira, con todas las letras. Un estado de falsedad dolosa continuada e intensa que está calando en el tejido social como forma de vida. Pensar lo contrario es una ingenuidad. Unos mienten a sabiendas, con intención de hacer daño, otros lo hacen convencidos de que sus patrañas, que no bulos, son poco menos que verdad revelada y los convierten en paladines de la verdad y el camino recto.

No es un bulo ni una falsedad que un figurón de la derecha haya sido condenado por sentencia del Tribunal Supremo a pagar lo que no quería pagar, y santas pascuas; ni lo es que su esposa firmara proyectos de arquitectura sin tener la titulación necesaria… otra cosa es que fiscalía y colegio profesional del ramo le hayan echado el preceptivo capote corporativo y sectario, que no pasa de ser sino una más de las formas de vida nacionales.

No es un bulo el fallecimiento por falta de atención y cuidados adecuados de algunos miles de ancianos recluidos en residencias madrileñas durante lo más crudo de la pandemia bajo la responsabilidad directa del gobierno regional del PP, documentada y en directo admitida, pero sí son patrañas rebuscadas las que encubren este hecho y una indecencia por parte de la fiscalía la negativa a investigar hechos criminales silenciados hasta por las cabezas urdientes más que pensantes, de quienes apoyan desde sus palestras de lujo esa forma de gobernar.

En cambio sí es una patraña dolosa plenamente difamatoria armar una camorra en torno al ex vicepresidente Pablo Iglesias a sabiendas de que es falso lo que se dice; y lo es la ducha de mierda que cae de continuo sobre Irene Montero. No importa, cuenta mucho la firma de lujo de quien miente y acusa. No se trata de opiniones, ni políticas ni alcantarilleras, sino de patrañas lanzadas con intención de dañar a la persona en lo público y en lo privado, con el objetivo de alcanzar ventajas (públicas y privadas). Tampoco es un juego, sino una expresión de lo podrido que está ya el tejido social o la parte, importante, de sus miembros que actúan a modo de público alborotado de ese siniestro espectáculo y piden más y más y más y mucho más. Y lo obtienen alejando de sí el tremendo peligro de poner en duda lo que se recibe. Los medios justifican plenamente el fin, en lo público y en lo privado, donde entra en juego las deshonestidades profesionales, por ejemplo.

Desde los medios de comunicación afines a la derecha reaccionaria y desde los propios puestos parlamentarios se ve que la táctica continua de acoso y derribo al gobierno es la mentira descarada y el retorcer y tergiversar lo que se dice para poder acusar en falso, como sucede con el ministro Garzón y sus declaraciones a propósito de las muy contaminantes macrogranjas de ganado, nada que ver con lo que ahora mismo hacen los ganaderos en nuestros pueblos. De lo que se trata es de emponzoñar a estos y ponerlos en pie de guerra con un pretexto falaz.

Lo público no es ya una cuestión de hechos probados, sino de fe de corte religioso, y sus administradores, tipo la maliciosa majadera de la IDA, gozan de infalibilidad papal en esta nueva religión del culto a la mentira. Retorcer lo dicho a la manera en la que los ya muy mentados magistrados habituales retuercen leyes para obtener lo que pretenden por encima de todo sistema probatorio, admitiendo como fe pública lo que a todas luces es una patraña urdida con intención de dañar. Una extraña y lamentable forma de vida española.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en otros periódicos del Grupo Noticias.

Defensa de Madrid

Un nido de ametralladoras reventado en el descampado-basurero hecho desangelado parque borbónico de Baldevevas. Enfrente, La Moraleja, urbanización lujosa o así presentada. En esas zonas de Madrid –Hortaleza, PInar del Rey, Canillas, El Capricho, Ifema…– todavía pueden verse restos de fortificaciones republicanas de la Defensa de Madrid. Fue hace más de ochenta años, pero esos restos siguen sobrecogiendo. Carlos García-Alix fue un gran pateador de descampados a la búsqueda de restos de búnkeres y de fortificaciones artilleras.

Me acuerdo: Bucarest, 2003

A Budapest fui a finales de abril de 2003, recién llegado de un largo viaje por Chile. Fui invitado por el Ministerio de Cultura a una Feria del Libro en la que España tenía no sé qué participación. Dudé en ir porque mi experiencia con las cosas oficiales españolas no era buena e iba a ser mucho peor enseguida, hasta cesar del todo en 2007, como relato en Cornejas de Bucarest (2010).
Estando en Juan Fernández creo haberme escrito con mi agente literaria de entonces y ella consideró que era interesante que acudiera. Fue ella la que reunió un montón de libros, un prolijo dossier de prensa incluidos ejemplares de la revista Quimera en la que me habían dedicado un monográfico. Al final, perdieron todo menos cinco libros (según las fotografías que conservo) y entregaron al hispanismo húngaro una entrevista del diario Egin, paradójicamente seleccionado por la Embajada española. Eso sí, aquellos tres días hice buenas migas con Agustín Cerezales y conversamos mucho en caminatas urbanas y en bodegas nocturnas de bóvedas de ladrillo, con música muy buena y copas. Guardo muy buen recuerdo de los hermanos Cerezales y de Moreta-Lara. Toda la demás gente con la que pululé, se me han despistado mucho, por fortuna pienso ahora.
En Budapest me tropecé con un español que andaba a las clases de español o de algo, un imbécil que estaba agazapado por allí a la espera de que le nombraran algo en el Cervantes. A la salida de un restaurante pincho, el Elysée bistro (si no recuerdo mal… ¿Shakespeare entonces?–, donde habíamos sido tratados con descortesía manifiesta por un camarero —le tiró la propina a un diplomático para hacerle ver que la consideraba insuficiente y que quería más—, desplante que comenté a la salida. Entonces fue cuando el jebo se me encaró y me dijo que no me consentía que hablara mal de un país que consideraba ya su patria… Ahí es nada, patria, consentía… manda huevos, es decir, un rojigualdo disfrazado de húngaro, o un hijueputa gonorrea. La verdad es que me quedé con las ganas de darle un sopapo. Le dejé plantado en la acera. Además, ya estaba yo muy caliente con lo que estaba pasando con la Embajada, con la feria del libro a la que me habían invitado de florero y con una hispanista húngara, una vieja malhumorada, a la que le dio por insultarme al grito de ser un estafador, algo que repitió más tarde por escrito en una carta absurda y rabiosa que recibí ya en mi casa. Otra fue más agradable y trató de tapar las coces. Sigo si entender lo que pasó aquellos días. De no ser por algunas personas con las que me crucé, no fue, que yo sepa, un viaje de recuerdo grato. ¿Mereció la pena el viaje? Y yo qué sé. Alguna estampa sí guardo, como la de los grupos de judíos ortodoxos que se dirigían a una sinagoga, detalles maravillosos de arquitectura, esculturas callejeras, los Goyas del museo… La cena en la Embajada española fue un espanto, por el menú más que mediocre y por la teatral tertulia de sobremesa con adoctrinamiento sobre el conflicto vasco por parte de embajador y la presencia de unos matones de malas pulgas que incomodaban con su sola presencia. Me juré no volver a pisar una Embajada española y he cumplido.
No creo que vuelva a participar en un viaje oficial jamás. ¿Para qué? Espejismos. Recuerdos harapientos. De no estar repasando mis diarios de ese año, hasta es posible que hubiese olvidado ese incidente, y así con todo. Los diarios, ese aliviadero o lo que gustes. Episodios que dudas haber vivido y más olvidos que recuerdos. Debería poner orden en mis diarios, pero me da flojera.

Ulises, por Eduardo Arroyo

Esta mañana anduve de librerías por el centro a la búsqueda de la novela de Sergi Bellver, pero me he tropezado con esa joya. Es una edición fabulosa. Esta es, digamos, la edición completa porque han caducado o van a caducar los derechos de Joyce, de modo que el libro que estaba esta mañana en las librerías, saldrá, según los créditos, el mes que viene…
Arroyo se trabajó mucho este nuevo libro antes de fallecer, cuando supo que iba a ser una realidad la edición en castellano y en inglés una vez no hubiera problemas con los herederos.
No solamente disfruto con el texto, ese divertidísimo (al menos para mí) capítulo 13, por ejemplo que he releído esta tarde, sino que las ilustraciones de Eduardo Arroyo me parecen soberbias, tanto las que son en color en color y a todas páginas como las pequeñas viñetas en blanco y negro que ilustran los márgenes.
El mundo de Joyce puede seducirte de tal modo que ya no te despegas de él. Y eso parece que le pasó a Eduardo Arroyo. Como me ha dejado dicho el boliviano Edgar Arandia Quiroga, se puede frecuentar abriéndolo por cualquier parte con la seguridad de verse atrapado en alguna burla o en alguna expresión o idea sorprendente. Torrente Ballester decía que lo leía todos los años. Algunas de sus apreciaciones de El Quijote como juego pueden aplicarse al Ulises.
La edición que se emplea es la Salas Subirat de la que hablé hace poco. Me gusta mucho una edición de esa traducción hecha por Eduardo Chamorro, y he leído la de Valverde y la de Marcelo Zabaloy.
Arroyo es un pintor que me gusta mucho, alguien que me hubiese gustado conocer (por lo que me han contado sus amigos) y tratar. Un artista pintor y escritor que ha dejado páginas hermosas: Minuta de un testamento, sus impagables memorias. Arroyo tenía un mundo literario muy rico y llevó una vida intensa allí donde fuera a parar.

La historia del libro viene pormenorizada en este artículo de Ruiz Matilla en El País.

Me acuerdo… Atlas en la Red de San Luis

El Atlas del tejado sobre la Red de San Luis –¿un poema de Álvaro Pombo?- me recuerda a un filósofo de recio y apretado discurrir de Navarra que suele llevar el peso del mundo sobre los hombros, el mundo que le conviene, por supuesto, al que le puede sacar partido sacristanesco. Una vez me llamó poco menos que para exigirme que firmara un manifiesto o una carta, no me acuerdo bien, porque se sentía amenazado por el mundo abertzale. Se llamó a andana cuando le conté de otras amenazas, agresiones y daños de parte de la gente de la suya canalla savateriana. Aquella amenaza no era cierta, sino una exageración que pretendía aprovechar para mostrarse como amenazado: un periodista había replicado a uno de sus abusivos artículos, sin más, pero para él era un buen pretexto para armar camorra heroica.

Álvaro Pombo en su libro Variaciones

En la Red de San Luis perdí la vida
recién sidas las cuatro de un desvelo;
en los portales, con la espalda hendida,
Cuaja la noche fina como un pelo.

En la boca del alba sin balcones
se hizo cargo de mí la policía
y robaron mi sangre los ladrones
de los bancos de la comisaría.

En la Red de San Luis me cachearon
y me clavaron con las mariposas
En la Red de San Luis me desnudaron
la identidad perdida entre otras cosas.

Me transportaban cuatro generales,
y en la Red de San Luis se atascó el duelo.
Lloraban reyes lágrimas reales:
hortera y mártir, fui derecho al cielo.

A Álvaro Pombo lo conocí hacia 1978 cuando vivía en un piso siniestro por la parte de San Bernardo. Estaba leyendo la Apología de la lengua bascongada, de Astarloa, y tirando dardos a la esquela de su padre que tenía clavada en la pared. Le había enviado los poemas de Pórtico de la fuga y me había contestado en el sobre del envío, de madrugada y desde la churrería de San Ginés, algo que se veía de manera rotunda en el sobre. Años después, tras la concesión del premio Herralde (89), le perdí de vista.

Madrid, derivas

Fui a Correos a echar una carta, pero aparte de una importante cola callejera, rumorosa y enfurecida, en la flamante oficina no había buzón, de modo que regresé a las calles del barrio en busca de uno. Lo encontré, amarillo y solitario frente a un descampado sembrado de escombros de infraviviendas derribadas hace poco más de dos años. En el camino me tropecé con ese alarde de nocturnidad artística furtiva. Terminé la mañana en la bodeguita de Eric, peruviano, bebiendo un vino (garnacho) con un amiguete anciano que me contó cómo fusilaron a su padre en 1939, cuando la familia era vecina de las viviendas tremebundas de Tetuán de las Victorias, barrio libertario y miliciano, que me suele mostrar Carlos García-Alix cuando voy a visitarle en su estudio. Cosas del Madrid Callejero, digamos.

Mundinovi (Gazeta de pasos perdidos), 1987

En 1987 publiqué uno de mis libros favoritos, Mundinovi (Gazeta de pasos perdidos). Lo ilustró, de manera acertada, Pedro Salaberri. Eran otros tiempos, claro. Luego las relaciones se torcieron de mala manera.Se trata de una recopilación de artículos literarios (eran los que entonces escribía) publicados en prensa, tanto en Bilbao como en Navarra Hoy, periódico que intentó hacerle la competencia al Diario de Navarra y no pudo. Era demasiado pronto.
Navarra Hoy, Tribuna Vasca, El Correo, La Nueva España… es decir «periódicos del Norte».
Un periódico del Norte es el título de uno de los poemas reunidos  en mi próximo libro de poemas «Espuelas para qué os quiero» que va camino de la imprenta (en barca, pero va).
«En un periódico del Norte» es lo donde hizo  circular un granuja del hampa literaria madrileña  que yo había escrito un artículo contra un librero de Madrid, acusándole de vender droga en su trastienda.  Mentira. Ese artículo no aparece por ningún lado porque nunca fue escrito ni publicado, ni en un periódico del Norte ni en parte alguna. Hasta me dió por ofrecer una recompensa a quien lo encontrara.
El título del libro me lo sugirió el hallazgo de qué cosa era un Mundinovi en el Diccionario de la Lengua Castellana, en su edición de 1797 y el ver accionar uno de ellos, callejero, a un argentino en la puerta de mi casa, en el paseo de Sarasate de Pamplona: una maravilla.
Luis Antonio de Villena estaba presente la noche que urdimos el título definitivo con sus pasos perdidos en un restaurante, «de nombre extranjero», del Madrid guapo, Chamberi o por ahí, me es igual.
Decían que la plaza del Rastro que lleva ese nombre es porque allí se instalaba uno de esos artilugios de vistas de países y personajes móviles. Como digo, otros tiempos… y sobre todo, otros artículos que no he podido volver a escribir, y cada día lo siento más, porque escribas lo que escribas del mugriento presente me temo que es hojarasca condenada o a la hoguera o a un humus tóxico.

Tiépolo

Goya

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