Arquíloco en derrota

Corazón, Corazón, de irremediables penas agitado,
¡Álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles
el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente
con firmeza.

Arquíloco de Paros.

Con o sin escudo
Más ágil de piernas que de cabeza
Tienes la batalla perdida
Contra tu cuerpo agusanado
Y tu memoria horadada a conciencia
Bamboleante cual gigantón él
Temblorosa y dubitativa ella
Contra esa autoridad que puede dañarte
A capricho siempre a capricho
Contra el que poco a poco
Nada a nada
Te sisa por lo fino y sonríe
Contra el que no cumple
Lo prometido y acordado
Y es más fuerte que tú
Tiene mejores mañas
Y a los tribunales te envía
Como quien lo hace a oliscar zambullos
Contra ti mismo sobre todo
Veleta brincadora de cielos y bodegas.

(De Patrañas y desafíos)

Vuelta de Pertalatz

Hace ya un año que un editor me propuso que escribiera sobre mis andanzas por el campo (en general). La verdad es que estimo que es un asunto que está más allá de mis posibilidades. No soy naturalista y para místico no sirvo, por no decir que las ocurrencias de los nuevos caminantes me parecen mandangas; además, esta mañana, al bajar del monte, he reparado en que lo que siento mientras camino por el bosque no da para diez líneas: no pienso en nada muy profundo, en no caerme sobre todo, me reconforta la hermosura de algunas cosas que veo –árboles, helechos, pájaros, musgos, piedras…–, y admiro, pero nada o poco más. Bienestar. Una sola palabra. No soy Jünger ni tampoco Thomas Bernhard, quien sostenía que cuando andaba por el campo se lo llevaban en volandas todos los diablos para llevarle la contraria a quien sostiene que un par de horas de caminar son un buen bálsamo del tigre. Por cierto, Céline, que es mi lectura de estos días, decía detestar la naturaleza («angoissant comme toutes les campagnes», dice al hablar de un parque) que apreció por primera vez en el cementerio, el día del entierro de su abuela Céline, por comentar, porque sé que hay gente a la que el monte, el bosque y sus soledades le causan una ansiedad que les resulta inexplicable.

Londres, de Céline

Sin duda L. F. Céline tiene páginas sórdidas, pero tengo para mí que estas de Londres se llevan la palma. En varios momentos la novela, inédita y rescatada el año pasado de manera rocambolesca, me ha tirado a las cuerdas, por el ritmo nada acorde con la famosa petite musique celiniana (hace pensar que se trata de un borrador no definitivo), cierto, por el soporte del argot y por las historias relatadas que sin duda fueron vividas por el autor como testigo y como compañero de viaje: la trata de blancas de los años 10/20 (denunciada por Albert Londres en uno de sus libros-reportajes), la prostitución callejera, las venéreas, los desertores, la violencia y crueldad de los macarras, el crimen, la brutalidad de los episodios de sexo o trago… excesivo, cierto, desmesurado, desquiciado, exagerado, desternillante en ocasiones dentro de la miseria que lo empapa todo… era el genuino estilo de Céline. Dudo mucho que esta novela, con pasajes de verdad escabrosos, hubiese podido publicarse al tiempo de su redacción, visto lo sucedido con Muerte a crédito y el miedo de Denoel, su editor, a un proceso por «outrage aux moeurs». Con la sensibilidad cada vez más puritana de hoy, esa novela puede resultar intragable para quienes no sean lectores celinianos (casi por oficio). Eso sí, Londres está protegida por la leyenda, el nombre mítico del autor y el irredento esnobismo de hablar de libros que no se han leído, pero que suenan, que están en el ambiente, en el remolino mediático.

Otoño de Baztangoiza desde Zamarrenea de Arizkun

Otoño de Baztangoiza desde Zamarrenea, de Arizkun. Los días corren que se las pelan. Los aguaceros no nos han dado respiro. Apenas vimos y escuchamos las grullas un día, justo antes de las borrascas. Como ya no escribo artículos dominicales, he dejado de asomarme a los periódicos, algo que ya sospechaba, de modo que me entero de manera muy relativa de lo que pasa lejos y cerca porque es vomitivo. Estoy con Chirbes cuando dice que es mejor admitir que tú al menos no puedes drenar ese cieno público, ni poco ni mucho. Contento con que puedas refugiarte en un salvavidas de cabecera, como la filosofía y el jardín, que propugnaba Voltaire en Cándido (con todas sus variantes y actualizaciones). El alcance de lo que pueda escribir es tan limitado, que mejor intentarlo de otra forma. ¿Egoista? Sin duda. Pero lo prefiero a disfrazarme de Espartaco de descampado.

El cuarto oscuro (Memoria por castigo)

El cuarto oscuro era una habitación ciega que había en las viejas casas en la que por una razón u otra acababas castigado: «¡Al cuarto oscuro!». Que recuerde no era un castigo tan terrible porque permitía evadirse, imaginar, desaparecer en lugares de las Mil y una noches, como la cueva de Alí-Babá (una de las lecturas de mi infancia junto con El Quijote) sin contar que por el ojo de la cerradura aparecía proyectada la magia del mundo al revés. Conocí otras habitaciones ciegas, alguna había servido, convenientemente tapiada, de escondite en tiempos de guerras y tumultos, y también de laboratorio fotográfico de placas de vidrio hoy poco menos que indescifrables. Aquella tenía su encanto, sobre todo porque en su fondo dormían baúles y maletas que habían sido de viaje entre América y España, o entre Madrid y la casa muerta. Hurgar en el contenido de aquellos equipajes era una tentación irresistible: papeles y más papeles, testimonio de vidas que fueron a parara al fuego. Secretos. Historias a conciencia silenciadas. Miedos. Honras de unos sobre la espalda de otros. Fracasos que convenía ocultar.

Las bodegas, sótanos, cuevas, habitaciones y puertas secretas, pasadizos, muebles cerrados como si fueran ataúdes, que sin duda lo eran, fueron para mí una obsesión adolescente, mucho antes de leer la Póetica del espacio, de Gaston Bachelard. Algo había allí, escondido, siempre escondido, siempre secreto, algo que debías hacer tuyo, que de alguna forma oscura formaba parte de ti: fantasmas bien palpables a nada que te lo propusieras.

He vuelto a ese cuarto de la infancia porque ya no existe y a su contenido porque tampoco, y lo he hecho con redobladas ganas después de leer días pasados un texto de Eric Poindron:
«El investigador es una persona de razón. Por el contrario, el detective literario es alguien de meditación, de trabajo de campo y de intuición. Dotado, es posible, de una incurable imaginación, hurga en los archivos y en los terrenos baldíos novelescos, cierto, pero también está ahí para restablecer una verdad; una verdad que no pide más que coger forma»


«Los humores eremíticos…»

«La barque du soir et les humeurs érémitiques» es un verso de un poema de Eric Poindron, poeta de lo insólito y los fantasmas literarios, unas veces gratos, otras inquietantes. Me quedo con esos humores, esas rumias, que no son producto de la amargura, sino de la decepción. Robert de Ventós habla de algo así en su Oficio de Semana Santa, pero estás en una edad en la que esas citas literarias que son referencias vitales, se escapan; ni las puedes concretar ni dar con su autor. De amargura y decepción habló Salvador Allende en su último discurso radiofónico; pero aquí no se trata de eso, sino de que el recuento de lo vivido entre escritura y publicaciones más el trato con autores, editores, periodistas y agentes arroja un saldo poco grato que invita a cerrar puertas y ventanas, y a ocuparse de lo que no es de niebla. Hace poco, uno que sabía de qué hablaba, resumía la sociedad literaria en un «hablar mal de los ausentes». Lo viví en directo en Bucarest, de modo que había quien no se atrevía a levantarse de la mesa para ir a mear. Denigrar, difamar, injuriar, calumniar incluso de manera impune.. son artes de las trastiendas escachafamas.
«Mi vida no sé en qué se ha sostenido», escribió Garcilaso de la Vega en un soneto amoroso, pero aquí se trata de una reflexión en la senectud de una vida a trancas y barrancas. Mi vida se ha sostenido, entre otras cosas, en los míos y en una obra literaria escrita contra viento y marea, y me temo que pocas capacidades a origen. En el crepúsculo ni me rindo ni arrojo el escudo, como Arquíloco, en busca de tiempos mejores porque otros no los hay.

Un recuerdo y dos poemas

Hace ya dos años que terminé de plantar un liquidambar que costó mucho trabajo porque el terreno está macizado de escombro y restos de obra, antiguas vigas de roble, ferralla y demás nutrientes, eso al margen del barrizal, y hubo que sanear y rellenar con buena tierra. Carlos Arraiza (Carlitos) llamaba todos los días para preguntar cómo iba la plantación de su árbol. Hasta que no llamó más. El árbol ha crecido bastante en estos dos años, pero no acaba de cuajar en su colorido. Hace falta tiempo, para todo. Tiempo, el que pierdes de manera lastimosa. Le echo de menos al Carlitos (nos conocimos hace 68 años dicen las fotografías de entonces), pero creo que ese va siendo el estado natural (a cierta edad quiero decir): echar de menos lo que has perdido, lo que vas perdiendo sin reparar en ello hasta que se hace tarde. Perder hasta lo que no has tenido nunca.

UN ARTE (Elizabeth Bishop)

No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.
Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.

No es difícil dominar el arte de perder.
Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
—quizás por la penúltima— de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

DECLARACIÓN DE PÉRDIDAS (Hans Magnus Enzensberger)

Perder el pelo, perder la calma,
¿me explico?, perder el tiempo,
librar una batalla perdida,
perder peso y esplendor, perdón, no importa,
perder puntos, déjame terminar de una vez,
perder la sangre, perder al padre y a la madre,
perder el corazón, hace tiempo perdido
en Heidelberg, y ahora otra vez,
sin parpadear, el encanto de la
novedad, olvídalo, perder los derechos civiles, me doy cuenta,
perder la cabeza, por favor,
si no puede evitarse,
perder el Paraíso Perdido, y qué más,
el empleo, al Hijo Pródigo,
perder la cara, que le vaya bien,
dos Guerras Mundiales, una muela,
tres kilos de sobrepeso,
perder, perder, y volver a perder, hasta
las ilusiones perdidas hace tanto tiempo,
y qué, no desperdiciemos una palabra más
en la tarea perdida del amor, digo que no,
perder de vista la vista perdida,
la virginidad, qué lástima, las llaves,
qué lástima, perderse en la multitud,
perderse en las ideas, déjame terminar,
perder la mente, el último céntimo,
no importa, termino en un momento,
las causas perdidas, toda sensación de bochorno,
todo, golpe a golpe,
¡ay!, hasta el hilo del relato,
el carnet de conducir, las ganas.

Coincidencias

Las coincidencias las carga el diablo, decía Ramón Rocha Monroy, allá lejos y hace tiempo, pero en Cochabamba.

Estaba leyendo la formidable biografía de Marcel Proust, la de Jean-Yves Tadié, y al llegar a las páginas finales, me doy cuenta de que hoy es el centenario de su muerte, que el escritor había, digamos, aplazado para poder terminar su obra corregida hasta el último momento, Albertine disparue, en estado semicomatoso, dictando la muerte de Bergotte.

Y esa muerte me recuerda la de uno de mis personajes favoritos, Ablitas, radicalmente proustiano, alojado, hacia 1972, en un hotel «como de monsieur Jupien» decía, el Flamel, de la calle del mismo nombre en París. Un hotel vetusto a más no poder y dedicado a la prostitución. Un sitio asombroso. Ya de mayor y hecho mierda se fundió la herencia en el Georges V, pero esta es otra historia… Ablitas conocía al dedillo la obra de Proust, tal vez por ser pariente de alguno de sus personajes («Pastiches»), y aunque estuviera bebiendo en solitario en un tabernón sórdido, veía con toda claridad los salones proustianos y los describía con detalle, era fascinante… luego se lo tragaba la noche. No he podido leer a Proust nunca más sin recordarlo y verlo entre líneas. De su siniestro velatorio ya hablo en El tranvía fantasma.

El dibujo es de su amigo Paul-César Helleu.

Abatido vate (©Humberto Quino)

El poeta (por llamarlo de alguna manera, aunque prefiera llamarle pueta) no solo no está de guardia permanente, sino que anda oliendo la chamusquina, aguafiestas de su propia vida, digamos, sin subir el tono, y se toma un respiro que piensa ganado a pulso de páginas cuyo destino y sentido al final se le escapa. Al poeta pues, le ha llegado la desgana, legítima, y se ha quedado al pairo de sí mismo, a verlas venir, aunque no haya ni tapete ni baraja. Desinterés, pero muy raro porque las noticias siguen irritándole, a sabiendas de que nada puede hacer.

Hume, Sacks y el desapego

Vuelvo a menudo a la carta de despedida del eminente neurólogo y escritor Oliver Sacks, en la que, comentando un hermoso texto de David Hume y refiriéndose a su propio anunciado fin, dice:
«De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. »
Distanciamiento, desapego, escritura… Por fortuna no puedo quejarme de mala salud, pero la barra de la taberna de los cuatro gatos está, me temo, muy gastada.