La gallera nacional

NICARGUA-COCKFIGHTING

Que la vida pública española se parece cada vez más al palenque de una gallera es algo que queda claro a nada que te alejes un poco del reñidero, bien por hastío, bien por haber sido desplumado. En la pugna participan hasta los que dicen estar por encima de la pelea de gallos, de la goyesca riña a garrotazos, o ser inmunes a la cainina nacional, esa que en la más feroz de las representaciones ha que Caín mate a Abel a mordiscos. Y si es raro encontrar a alguien que admita no participar en la gallera, más raro es encontrar a alguien que renuncie a presentarse como un Abel sin fisuras. Caín es siempre el otro. Se ve que cuesta renunciar a cuando menos hacer valer tu voz en el mentidero de las redes sociales con más o menos ferocidad, mala intención o ánimo de injuriar, de hacer sangre.

         Resulta asombroso que la comparecencia del expresidente Aznar en el Congreso haya provocado un aluvión de apoyos que ignoran a sabiendas o secundan con descaro las mentiras dichas por el político con una arrogancia y una desvergüenza notables. Porque Aznar mintió con descaro, se negó a contestar, faltó al respeto y de paso lo perdió ante sí mismo por mucha chulería que desplegara. Y más asombroso todavía es que el propio debate haya perdido importancia frente al galleo de los partidarios y los adversarios del mentiroso. Las estocadas verbales, los aplausos y abucheos han sido más importantes que lo que realmente sucedió y se dijo en la comparecencia parlamentaria.

         Con los másteres y los currículos de los políticos, bajo sospecha, pasa algo muy parecido. En España, dependiendo de en qué bando estés, se defiende lo indefendible porque sí, por ser vos quien sois y porque me da la gana… «¡¿Qué pasa?!» Eso, qué pasa. Pues pasa algo muy grave, que se transige con la mentira flagrante, con las conductas «moderadamente fraudulentas» o fraudulentas con descaro, que lo que te hace rasgarte las vestiduras en tus adversarios (y también enemigos) políticos te lo permites tu mismo con largueza, que lo que cuenta no es la ética o el ejercicio honesto de la actividad política, sino darse rejón, descabellar si es posible y brindar la faena al tendido de los tuyos para cosechar un aplauso seguro. Maneras de majos y de majas. Repulsivas. Y todo vale, hasta la vida estrictamente privada o los insultos tabernarios, como los muy festejados de Arcadio Espada al diputado Rufián, con pollas de por medio. Así son, y saben que cuentan con el aplauso de los suyos, que eso es lo que esperan y no otra cosa. Que la convivencia esté cada vez más dañada, sea más sectaria, no parece importarle a nadie.

         Dudo que la presencia de Correa y el Bigotes en la boda de la hija de Aznar no le ataña a este porque por algún motivo fueron invitados cuando ya sus andanzas financieras iban viento en popa y eran conocidas de la elite pepera que se beneficiaba de ellas a su modo.

         Y por lo que respecta a la administración de justicia, si esta no actúa como gallo de pelea político es cuando menos un buen pretexto para gallear tanto si las sentencias o actuaciones son a nuestro favor como si son en contra, con independencia del sentido estricto de lo actuado, o de lo ajustado a derecho que estén los fallos y decisiones, porque lo único que cuenta es si estos nos sirven de arma política arrojadiza con la que intentar darle matarile al adversario. Hay fallos judiciales que se festejan como triunfos deportivos o taurinos. Muy honorable todo.

         La cuestión catalana, que lo es, ofrece unas inestimables oportunidades de dar rejón, desear la muerte en un alarde de furia desatada que se pone en la cuenta del adversario catalanista en extremo violento y si hay que mentir, se miente. La patria común lo justifica todo, hasta las sinrazones. Que la convivencia esté dañada, no importa, quedó dicho. Todo sea por ahondar el callejón sin salida o sin otra salida que la violencia institucional, y ver quién gana el combate y a quién se silencia, somete y agravia para que perdure la pugna. Y vuelven los Abeles a la gallera, todos, ciudadanos de primera, pacíficos, demócratas. ¿Convenir, pactar? Eso no se contempla.

Carlos Edmundo de Ory

Esta mañana he pasado por el librero de la plaza de Santa Bárbara a charlotear un rato con él de manera festiva. Me gusta empezar mi callejeo madrileño desde la plaza, a la salida del Metro. En la mesa de saldos he encontrado esa biografía de Carlos Edmundo de Ory. Curioso, en ella aparece apenas el Ory que yo conocí –salvo su natural caprichoso, arbitrario, maniático y sus displicencias ególatras–, ni la Laure Lachéroy que también conocí, en su célebre cabaña de Amiens, en París, en su vetusta casa de Montmorency, en la Pamplona siniestra de finales de los setenta, cuando pasó por la ciudad, de la mano de un tesinando de Avignon o Montpellier, que le tenía devoción, para no sé qué. Aparece otro, un estafermo de los altares literarios, un genio a contracorriente, un artista descubierto y aclamado de manera tardía, una atractiva rareza de las letras hispanas…  A mí –desde 1971, cuando le conocí, a 1978 o 1979 cuando dejé de verle para siempre–, me ha quedado el recuerdo de un personaje con más oscuridades que claros.  Esa gente a la que tuviste devoción –la suya fue la primera carta de escritor que recibí en mi vida– y acabaste teniendo si no franca antipatía, poca simpatía, algo que siempre es mutuo.

La biografía me ha parecido una hagiografía más acrítica que otra cosa –salvo algunas pinceladas ineludibles del caracter del poeta– en beneficio del bulto subido a los altares de su Fundación, que me parece muy bien, cada cual en su mundo, y el título, aerolítico, Prender con keroseno el pasado, muy apropiado, porque el queroseno, como el pasado, atufa. Me acuerdo de cómo se organizó su viaje a España (omitido) de febrero de 1976, la edición de su lujosa plaquette y quién lo pagó y dónde. ¿Cuál es la verdad de tus recuerdos? ¿Cuando intentas congraciarte con una parroquia o una camorra literaria, o cuando te enfrentas en solitario a tu pequeña verdad? No está claro. ¿Y qué más da? Pero no da igual, y eso lo sabemos todos. Veo que para mí fue una relación de espejismo puro, una de esas ficciones que nos sostienen en los peores momentos y no pasan de ser otra cosa que humo, adornos. Sin contar con que el texto plantea un problema irresoluble: ¿Cómo somos? ¿Cómo nos pintan o como estamos a puerta cerrada?

Eso sí la biografía me ha servido para enterarme de que colaboré en una revista de nombre Caleta con un artículo sobre Ory que no recuerdo haber enviado y desde luego jamás recibí el ejemplar donde aparecía mi colaboración.

A cierta edad

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A cierta edad

A cierta edad era el título de un ensayo que empecé en 2012 y se fue quedando, quedando… otros también.

Ace es más lo que te queda pendiente de hacer que tiempo para hacerlo.

Ace  no puedes perder tu tiempo en guerras ajenas.

Ace no puedes perder tu tiempo haciendo señales de socorro en dirección a la pura nada.

Ace te das cuenta de que ni fuiste, ni eres ni serás de la cuadrilla o de la peña de los auténticos, los idóneos,  (hagas lo que hagas)… a partir de ahí es cosa tuya si brincas, bailas en solitario a ritmo de Nino Rota en el malecón del mar de la niebla o te vuelves pro donde has venido.

Ace el tiempo es lo único que tienes o te queda, y lo pierdes yéndote por Babia (o más lejos) a todas horas, sobre todo en las redes sociales tan modernas como el teléfono, la penicilina, la TSF… pero en realidad un cepo difícil de manejar en propio beneficio.

 

 

Madrid, Gran Parada

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El payador patriótico del barrio que deleita a su parroquia con un selecto repertorio de enardecidas canciones, escuchaba hoy con atención a una anciana que le contaba lo mal que estaba la vida, todo… su guitarra negra no tiene nada que ver con la de Aldredo Zitarrosa. Un poco más lejos, bajo los pinos, y cerca de donde están enterrados restos de un búnker de la guerra civil, un chino maduro cantaba una canción dulce y melancólica enfrentado a un teléfono móvil…

Cirobayesca

Hoy me han llegado ejemplares de Cirobayesca, editada por  Renacimiento. Por fin. Lo digo porque hace ya seis años que me hubiese gustado ver ese libro publicado, pero por una cosa u otra no pudo ser. Mejor omito los motivos. Por fortuna me acordé de Abelardo Linares, aunque tardé en enviarle el original más de la cuenta porque estaba cansado de burlas, trapisondas y negativas por silencio editorial.

En lo fundamental son notas de un viaje a Bolivia del año 2011, aunque fuera completándolo en otros viajes posteriores, sobre todo por lo que se refiere a Ciro Bayo y sus publicaciones –tanto El Figaro como los artículos de prensa, pasando por las sesiones parlamentarias de 1895 por él redactadas… no tantas como se dice– que consulté en la Biblioteca y Archivo Nacionales de Sucre. No fue en ese viaje de 2011 cuando escuché hablar de Ciro Bayo y su Fígaro en Bolivia, sino en 2009 y gracias a René Arze Aguirre, que había sido director de la Biblioteca Nacional.

El lector de Cirobayesca encontrará versos inéditos de Ciro Bayo e informaciones sobre su vida y andanzas también inéditas. No está todo lo que puede decirse de Bayo en Bolivia porque, por ejemplo, no pude consultar los últimos artículos suyos publicados en la prensa de Santa Cruz de la Sierra a finales de 1897 o comienzos de 1898 porque los ejemplares se deshacían al tocarlos y casi ninguno se encontraban en la caja en la que se suponía debían estar. De aquellos artículos tiró Bayo para sus libros bolivianos.

captura-de-pantalla-2010-12-23-a-las-16-08-40Lo diga él o lo digan sus exégetas, Bayo solo estuvo en Bolivia entre enero de 1893 y finales de 1897, o muy a comienzos de 1898. Explico el por qué de esta afirmación: no estuvo en Bolivia al tiempo de la guerra civil de 1898. Por otra parte, asomándose al contexto de las actvidades de la explotación de la goma en la región del Madre de Dios, a la que él fue como maestro, se puede afirmar que Bayo no contó todo lo visto y vivido en aquel lugar remoto y violento en extremo, y que puso tierra de por medio en cuanto pudo.

Mi trabajo sobre Bayo no es ni mucho menos exhaustivo porque no tiene intención académica alguna. Ese no es mi terreno. Como dije en algún lado, yo no paso de ser más que un «investigador mochilero».

Lo demás son mis propias andanzas por Potosí, Sucre, el Lago, Riberalta, Madre de Dios… poca cosa en comparación a la hazaña de Bayo, que lo fue. Los suyos no eran tiempos para viajar a la aventura por lugares como Bolivia, país remoto entonces y poco conocido para los españoles, por mucho que el padre Armentia hubiese ya explorado el Madre de Dios.

Enlace a uno de los trabajos que Sergio Campos ha dedicado a Ciro Bayo del que he sacado la imagen que tal vez corresponda a su paso por la región de los Yungas de La Paz: «Agonía bajo las bombas»

 

Ridículums vitae

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 El asunto es viejo y no son los que hoy aparecen en la escena de la esgrima de las acusaciones de fraude académico, los primeros políticos españoles que adornan de manera desconsiderada y engañosa sus currículos convertidos al final en ridículums, adornos y medallas que no tienen otro propósito que acoquinar a quien todavía conserva un respeto mítico hacia las ciencias sociales como forma poco menos que de arte de brujería, por parafrasear a Stanislav Andreski (no consulten, no viene al caso)*. Buena fe de unos que consideran el mundo de los «estudios» como algo sagrado y mala de otros, por sí mismos o empujados por sus asesores de imagen, provistos de un buen bagaje de pocos escrúpulos, empeñados en acoquinar al populacho.

         En toda esta historia que tanto nos arrebata estos días (hasta que deje de hacerlo) de los masters, tesis y doctorados flota una cierta confianza en el qué más da, que lo importante es la pegada, que si tienes el viento del poder de popa nada te puede pasar, porque en el fondo nunca pasa nada con estas cosas, hasta que ha empezado a pasar. Y aflora algo repulsivo: ha sido un negocio de proporciones todavía ignoradas en el que llama la atención que la policía y el juzgado de instrucción que corresponda no hayan tomado medidas más severas. Estamos hablando de falsificación de documentos públicos, de destrucción de pruebas incriminatorias.

         No voy a decir que creo que el mundo académico es algo propio de un templo sagrado del saber magistral, porque eso es una fantasía, y que tribus, favores debidos, maestros fules y alumnos fariseos dispuestos a matar al padre cuando se presente la ocasión, no forman parte del decorado. Pero a cambio no me parece aventurado afirmar que quienes de verdad han hecho una tesis doctoral, fruto de un acucioso trabajo de investigación, o han sido testigos de cómo se escribían estas, sienten de manera legítima una sensación de estafa, de devaluación de los trabajos que les han costado años y con ellos de las instituciones que les han otorgado el título. Pienso más en estos doctores, sea cual sea su disciplina, que en los desvergonzados que se han adornado con méritos inmerecidos. Es de ellos y de las universidades y catedráticos que mantienen el preceptivo rigor académico de quienes habría que hablar. Son doctorados que sirven para poder trabajar no para vivir de mangarla. No se puede admitir, sin mentir, que el sistema está por completo dañado y que la sombra de la sospecha de fraude y venalidad sistemáticos cae sobre quienes merecen lo que tienen por esfuerzo intelectual y económico, no por fuerza en condiciones fáciles.

         Está visto que quienes blasonaban de honestos a ultranza y se muestran como adalides políticos de una honestidad que apesta a corrupción de años, no lo son tanto y sí más expertos en el juego sucio en que han convertido la actividad política que redunda en algo peligroso de veras como es el descrédito de las instituciones y la actividad parlamentaria, preludio de opciones propicias a las dictaduras. Es ocioso hasta señalar que exigen para otros lo que se permiten a sí mismos, sin que esto cause alarma social alguna porque es un asunto de trinchera y solo de eso.

         Juego sucio en las acusaciones de fraude y engaño en trabajos académicos, con y sin fundamento, sacadas como navaja cabritera en el momento oportuno –no antes, cuando las chapuzas dormían en los dosieres de información: otro negocio–, y sin otro objetivo que el acoso –el insulto también– y, si es posible, el derribo del adversario con gran acompañamiento de rasgado de vestiduras de repertorio. Cosa distinta es que de manera judicial se investigue y sancione ese sistema de los títulos académicos venales y de concesión graciosa motivada por la militancia política o la relevancia social. Titulitis y alejamiento político de quien no tiene «estudios», pero vota (o no) y paga impuestos y padece recortes y políticas sociales más asociales que otra cosa. Eso sí, desear que estos farsantes del ridículum vitae desaparezcan de la escena pública tal vez sea pedir demasiado.

* Citado a efectos de no ser acusado de apropiación intelectual del título del trabajo de Andreski

*** Artículo publicado en Diario de Noticias de Navarra (Grupo Noticias), 16.9.18.

El comienzo, al final

41650141_2059151024147871_3246449471332024320_oAnselm Kiefer, Am Anfang (2008) [El comienzo]

Para salir del caos se necesita… o de la tormenta o del sorpresas te da la vida (que suelen ser empujones)… No sé lo que se necesita ni cómo se sale, a cierta edad, claro está. Me preguntan por los cambios de vida, refiriéndose a cuando hablo de de Mateo Alemán que ya viejo se fue de España con intención de vivir mejor los años de vida que le quedaban. Otros tiempos, ahora no te vas así como así y no todo consiste en marcharse. Parece más fácil el decir Adiós a todo eso, allí donde te eucnetres, allí donde te pese el culo al cabo de la cuetrda de la propia vida, si es que sabes a qué decir adiós.

El éxito, según Stefan Zweig

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar a alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades y en la eficacia de sus trabajos. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve el cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital y, por otro lado, de rebote, en una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen identificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de su nombre pueden originar en ellos una mayor seguridad, un amor propio más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tan difícil posición.
Stefan Zweig, El mundo de ayer

Que la publicidad nos desgasta, lo tengo claro. Me acuerdo de ello cada vez que me hacen una entrevista, cuando en tu pirvacidad, a boca cerrada, sabes que ya muy poco puedes añadir a lo tantas veces dicho. Me pasa lo mismo en las presentaciones de mis libros cuando veo las caras de decepción de alguno de los asistentes que sin duda esperaba otra cosa. Cuando no puedes convertirte en una empresa o en un negocio, la publicidad y tu permanente exhibición te usan, pero no ante el público, sino ante tí mismo, sobre todo cuando no has perdido de vista quién eres o quién no eres ni por asomo. El pudor te impide mostrarte dubitativo, inseguro, misántropo, tímido, perplejo… y acabas saliendo en los escenarios como la sombra de ti mismo.