Peatón de París

Estos días he tenido tiempo de sobra para caminar sin rumbo por París. Bueno, sin rumbo no, porque me he dedicado a revisitar algunos lugares que me remitían a una vida imaginaria, más que al pasado de verdad vivido: Pasos perdidos, gazeta de, 1987. Los días encapotados y los raros soleados no han tenido nada que ver en el humor, la climatología ha sido otra y sobre todo interior. Estar fuera, lejos, viviendo en una geografía difusa, desvaída… Ensoñaciones de peatón solitario las mías, como las de cualquiera en esta época siniestra y no del todo previsible, que se recita, lo quiera o no, explicaciones a su propia vida, que no sueña, sino que chamulla con el bulto vital que lleva a la espalda. El balance no es bueno, no puede ser bueno. A cierta edad, ¿qué quieres? La vida o la edad o la riada se me ha echado encima, y las perspectivas no son buenas ni halagüeñas, eso sí, con mucha poesía de por medio y mucho leer a Séneca y a los estoicos y a los hedonistas y a quien sea con tal de aplacar el canguelo, la trouille esa que te despierta en medio de la noche con el corazón en la boca. Ya no tienes fuerza ni para inventarte una vida imaginaría, en esta o en esa calle, en esta o en esa casa. En vez de quedarte, te irías, te vas a ir, a tu rincón, a tu zahúrda, el único lugar donde te sientes seguro. Una ciudad como París te da miedo, te sientes perdido como nunca lo habías estado. ¿Qué ibas a hacer aquí? Nada o mucho menos de lo que haces a diario en tu casa, en tu paisaje y sobre todo en tu mesa de trabajo. Aquí no haces sino asomarte al escenario de la vida de otros, que no te concierne. Ni viajero ni turista, un mirón desocupado, uno que pasa y se va. ¿Qué vida vas a imaginar? Tienes la que tienes y va de capa caída. No hay canonjía posible a la vista, ni varita mágica, ni tío de América… Hay Kavafis tocándote las narices del alma. Demasiado tarde también para hacerse japonés de pueblo, demasiado tarde, a secas.

Antonio Pérez en la rue de Seine

_DSC0055Ese capricho de malpuestería en un muro de la rue de Seine me ha recordado a Juan Pedro Quiñonero por un lado, y por otro a  Antonio Pérez que vivió muchos años en París, trabajando en Ruedo Ibérico y luego en La Joie de lire, la librería de François Maspero, donde españoles y no españoles robaban a placer, antes de regresar a su Cuenca natal y a sus colecciones, pinacoteca, biblioteca y museos.  Antonio era un rescatador de pobretorios, de piezas de arte povera y bravo, encontradas en el azar de los descampados, los derribos, las basuras –un hurgabasuras a la caza de lo singular– que sacada del lugar donde se encontraba equivalía a asombrosas piezas de arte contemporáneo a las que no les hacía flata firma alguna. A Antonio le he visto en Madrid metido dentro de un contenedor de derribos, a la caza de una de esas piezas únicas o insólitas para su museo inagotable de Cuenca. Hace muchos años que no sé nada de él, lástima, porque era un amigo generoso y afectuoso, e inolvidable por muy lejos que pueda estar.

 

Puertas

_DSC0403A qué cerrar puertas que en realidad no existen o que te cerraron en las narices hace ya mucho… lo mismo por lo que respecta a aporrear muros ciegos o puertas tapiadas. Decía el crítico Bernard Frank (una puesta en escena como cualquier otra) que él no llamaba a  puerta alguna, pero que tenía abierta la de su casa… para eso hace falta mucho valor.

Muros de París (Rue de Seine)

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«No trabajeis jamás»… Bien, bien, bonito, el mensaje «anar» queda dabuten, histórico, mítico incluso. Luego las cosas se presentan, indefectiblemente, más complicadas… Vete a saber dónde estará el autor de la frase… ¿En un consejo de administración, en la fuesa, jubilado, muerto de asco hace ya mucho…?

En los cafés de la juventud perdida

_DSC0036.jpgEn uno había troskos o maoistas o algo, yo qué sé, si todos han dado en lo mismo o en muy parecido, la cucaña, la cucaña… y también camelletes que ejercían en el barullo de la acera y con los que no era difícil tener grescas; hoy debajo de las banquetas de hule rojo y del cartel de les Fréres Jacques corrían ratones, y en un rincón, un lector leía aplicadamente a Lèvi-Strauss…Lo encontré de escenario de una novela que he olvidado.

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En el otro, ruidoso, lleno de humo, había aprendices de artistas de la vecina École des Beaux-Arts, mucha zamarra de borrego, se bebía abundante vino baratejo y las copas quedaban vacías sobre la mesa, hasta cubrirla, y Ablitas peroraba acerca de Proust y de los Tayllerand-Perigord y de Toulouse-Lautrec con quien decía estar emparentado, Pepelu por su parte,  en la duda de si ir a cenar a casa de los Murat o seguir desbarrando sobre el Coloso de Maroussi, escogió para siempre lo primero,  mientras que  J., que hoy lleva las finanzas de una secta, alababa las virtudes del blanc-cassis, y K. soplaba a más y mejor, y no sabía que era un suicida, y el pintor Gallego hacía retratos al paso entre trago y trago, y loqueba poéticamente… Ah, sí, y un día entró Mike Jagger a mear y causó sensación. Hoy es un local de medio lujo, con estilo, con sabor eh, con clase y los camareros te miran de arriba abajo antes de franquearte el paso…

San José en las Pulgas de Vanves

_DSC0417.jpegLo mismo le da vender esa espantosa imagen de san José que fetiches de dioses oscuros, diría Apollinaire, pero no más oscuros que los que echó a rodar Constantino, o uno o qué más da. Me acuerdo de la bronca que tuve con una pava que pasó por mi casa (hace mucho) y que se encampanó porque tenía fetiches africanos junto a imágenes religiosas renacentistas.  Gastaba una violencia extraña, una furia más bien opusdeista porque de esa zahúrda salía. Mala crianza y peor sentido de las creencias religiosas. Vino en compañía de un muchacho de Orihuela que iba para poeta o algo. No retuve su nombre, lástima.  Ahora todo es zarabanda de recuerdos, tal vez porque el presente es peor que un pozo de arenas movedizas.

Fervores patrióticos

Días pasados, cualquier lector de periódicos pudo leer un titular como este: «El alcalde del PP de Boadilla del Monte organiza una jura de bandera para civiles», cuyo objetivo no es otro que confirmar, es decir, reafirmar, nada menos que los valores constitucionales y « el compromiso, como ciudadanos, con España y con los españoles», de los participantes en la ceremonia. Esto, dicho así, suena a melonada y saco de humo.

Dudo mucho que una mojiganga de jura de bandera para civiles signifique, siquiera de lejos, una confirmación de los valores constitucionales, cuando no se especifica cuáles son o en qué consisten estos. Esos valores se defienden en el Congreso de los diputados y en el ejercicio diario de la función pública y la actividad política. El resto son pamemas. Lo digo porque se me ocurren una serie de valores constitucionales, estos sí seriamente dañados por el partido del alcalde de ese pueblo, que no han encontrado protección alguna en la bandera de la monarquía, al revés.

Confundir España y los españoles con el partido en el poder es tosco y grosero, además de una vieja añagaza conducente a afirmar que quien no está con ellos es la Anti España bolchevique. Relacionar identidad nacional con alardes militares es propio de regímenes poco democráticos.

Esas mojigangas deben circunscribirse única y exclusivamente al ámbito castrense. Por eso llama la atención la regularidad con la que se convocan y las alharacas virtuosas que manifiestan quienes en ellas participan.

Pero nos guste poco o nada, esto forma parte de la trama de un país real, ese al que hace unos años se referían como una «Suecia meridional». Ahora vamos camino de un país de pacotilla cuyo presidente nos divierte a fecha fija con lapsus desternillantes que tal vez no sean sino manifestaciones de una estupidez que se oculta a duras penas.

A lo anterior hay que añadir que en este país «Más de 200 vírgenes y cristos ostentan cargos honorarios municipales y militares», y que las condecoraciones se suceden y acaban en los tribunales. Lo cuentas en París y no se lo creen, y hacen bien, aunque se equivocan si piensan que son cuentos de Tartarin de Tarascon, enormidades circenses o embustes de charlatán que quiere vender algo invendible.

El teólogo Juan José Tamayo sostiene que la democracia española es rehén de la jerarquía eclesiástica a la que el Gobierno dota de privilegios, con el fin de obtener a cambio rendimientos políticos, en ejercicio de una manifiesta confesionalidad del Estado, que es ya casi imposible ocultar o enmascarar por más tiempo. Es obvio, más que obvio incluso; que no se quiera ver ni tomar en consideración o, lo que es peor, que se defienda como un principio ideológico, es otra cosa. Esta es una cuestión pendiente de aclarar de una vez por todas, pero que va a seguir pendiente con la complacencia de buena parte de la ciudadanía. Claro que Tamayo es teólogo de la Liberación y esos ya se sabe… a esos hasta se les puede asesinar de manera no solo impune, sino con el aplauso y la justificación de la gente de orden que usa de la religión como un detente bala o una escarapela de distinción dudosa. Religión católica y política más autoritaria que conservadora, siguen unidas en España, y así seguirán mientras continúe vigente el Concordato con el Vaticano y la jerarquía eclesiástica enrocada en épocas doctrinarias y de culto pretéritas.

Yo me pregunto si no hay otras maneras de vivir las creencias religiosas o los fervores de identidad nacional que estas, o si resulta imperiosa la necesidad de manifestarlas cuando deberían bastarse por sí solas en el ámbito de la estricta conciencia, sin mojigangas que apuntan a un difuso furor guerrero, y sin el sostén del dinero público. La opinión es muy personal, pero voy viendo que a este país le sobran patriotas de berrido y devotos de ocasión, y le faltan ciudadanos con conciencia de tales, en posesión y ejercicio de derechos civiles plenos, y en cumplimiento de las obligaciones sociales que van con ellos, lo demás es cuartelero y degradar asuntos de conciencia a folklore y a pachanga.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 19.3.2017

 

Desobedecer

Dejad de obedecer, es una orden» Sí, el mensaje es muy claro y muy habitual, casi ya un lugar común… los resultados en cambio, son muy pobres.  Desobedecer no es tan fácil, al menos de manera impune. En el escenario, en la pantalla, en la página escrita es otra cosa, eso es lo malo, que es otra cosa. Desobedecer.. ¿Cómo? ¿A qué precio? ¿Quién está dispuesto a pagarlo?