Y en esta situación (otra)

Y en esta situación termina el año,  a modo de hoja de servicios, quedó dicho, con lluvia y viento que arranca las últimas hojas de los castaños, en las calles de Madrid. Termina mejor de lo que empezó, en todos los sentidos, en Arraioz, valle de Baztan, sin más arrepentimientos de los debidos y con proyectos nuevos entre manos. Hubo sorpresas, cierto, imprevistos, pero casi todos buenos; los malos se han desvanecido sin dejar daños apreciables. No todos los proyectos se quedaron en el camino ni mucho menos. Me he cruzado con gente estupenda, tanto en Bolivia como aquí, qué más puedo pedir. La pena es el fallecimiento de dos buenos amigos, Javier García-Larrache en Bayona, y Juan Carlos Calderón en La Paz, y el tío René en París, a quienes en esta noche recuerdo con sentimiento. Creo que es una buena nohe para recordar a quienes ya no están con nosotros. A otros amigos que las han pasado canutas, les deseo la mejoría de la mejor vida. Mis expectativas de publicación de nuevos libros para el año que viene no pueden ser mejores, sobre todo por lo que se refiere a los libros «bolivianos». De modo que lo de los píos deseos para acabar y empezar el año, lo dejamos para otro momento, en la medida en que ya vamos de otoñada vencida. Bastante hacemos con tirar hacia delante y hacer lo que podemos. ¿Cambiaría algo de vivido? Sin duda, como todo el mundo, pero ese barrunto es por completo inútil. Por lo que se refiere a lo público, me temo que nos encontramos ante una repetición tenaz del presente, así que no me hago muchas ilusiones. Iremos viendo.

Mañanera de Auzkue

DSC_0345.jpegLlevo veintitidos años patiperreando por estos parajes. Creo que he subido a todos los montes de los alrededores y sé que es probable que a alguno de ellos, al Auza por ejemplo, ese imponente cubierto de nieve, no vuelva a subir. Se te hace tarde.  Eso sí, estoy seguro de que no he recorrido ni la mitad de las sendas y trochas que se pierde en la espesura y van de un sitio a otro, de un camino a una borda, de un caserio a un pueblo, a un prado, a un regacho, a una calera… quienes las usaban, lo saben.  Y ahí sigo. No sé hasta cuando. Hoy se oían lejanos los trompeteos de las grullas, los pasos resonaban porque la hojarasca estaba helada, de las castañas solo quedaba el erizo, el frío parecía verse en la lejanía.. Cuando estaba arriba, ha llamado D., desde Madrid. Estaba viendo entusiasmada una exposición de De Chirico. Le he dicho dónde estaba, en la cruz de Auzkue para variar. Extraña conversación. Supongo que en estos veintidos años me he perdido muchas cosas, pero habré ganado otras, sin duda. Esas son consideraciones vanas. No hay quien no hubiese podido llevar otra vida. Si lo miras bien y no te dejas, no hay tiempo perdido en vano y menos para un escritor. El otro día leía en Joan Fuster que él no necesitaba de Madrid para nada. No soy tan radical, porque me parece una ciudad imponente para patearla, pero todo ha tenido su tiempo.

Ayer y hoy

DSC_0187.JPGDSC_0202.JPGAyer y hoy sigue  igual, al menos por lo que a la agenda mediática, esto es, al antiguo noticiero, se refiere: todo en su sitio, algo más deteriorado, si cabe, y el público más acostumbrado a ese deterioro social hecho rutina. Pla decía que esto es propio de países baldados, pobres, que se acostumbran mejor que otros a más pobreza, más empujones, más arbitrariedad y desvergüenza institucional. Hacen lo que les viene en gana y a eso le llaman gobernar, impartir justicia y no sé qué más mandangas.
En lo privado es otra cosa. Un día acaba con luz de confitura –decía Morand de la que le iluminaba a Prosut mientars este escribía– y otro comienza con amenaza de borrasca: «Me han dicho que soy bipolar… y ya de mayor», me decía hacer poco un buen amigo que tiene la sana costumbre de asombrarse de sí mismo a fecha fija. No hay que perder esa capacidad de asombro que va pareja a la de la incredulidad, también sana. Envidiable esa gente que tiene en la cabeza la misma climatología o eso nos hace ver, lo queramos o no, para que veamos lo recios de alma que son, sin reparara en que ese jactancia de matasiete es una descortesía.

Llegó la nieve

dsc_0015Llegó la nieve. Empezó a caer antes de que amaneciera del todo. Los críos entraron en la ikastola con más alboroto de lo habitual. Voces festivas las suyas. La nieve trae con ella una inexplicable alegría. Ahora se ha ido y las ovejas que hay en el prado frente a mi casa se han quedado quietas y han terminado por ir a buscar un abrigo. Un golpe de esquila de cuando en cuando. El tiempo de las andadas de la nieve ya pasó, eran feroces, largas, imprevisibles… La nieve está bien para verla a cubierto o para caminar un rato y prestar atención al silencio que viene con ella, quedarse a la escucha, aparece el pájaro que no ves y las huellas del corzo o del jabalí que de ordinario se esconden en la espesura. Invita a sentarse a la mesa, a los platos contundentes, a la sobremesa y a la converación. Y que el fuego arda en un rincón, como postulaba Thomas de Quincey en sus Confesiones de un inglés comedor de opio… la botella de laúdano a mano y un libro de metafísica alemana (en su caso). Si es para descargar camiones no está tan bien, me dice un amigo escritor que anduvo de costalero por los Estados Unidos (Claudio Ferrufino-Coqueugniot lo cuenta en El exilio voluntario) y para perderse en ella o quedarse bloqueado en un lugar perdido, tampoco… Una novela de la nieve: Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer. Sigue nevando y acaba de pasar un rebaño, ganas me dan de echarme a dar una vuelta…

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Otoñal de Las pirañas

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No creí que corregir un libro como Las pirañas fuera tan complicado. ¿Sobran o faltan páginas? Pues las dos cosas. Y además resulta difícil poner orden en lo que nunca lo tuvo, no ya como labor de edición, que salta a la vista que no hubo, ignoro por qué, sino de escritura. Fue hace vienticinco años, más de veinticinco años, entre finales de 1985 y 1992. Podría decir que si estoy aquí, frente a ese panorama otoñal, es gracias  a haber escrito aquello (o a consecuencia), pero eso no es del todo cierto. Lo fue hace 21 años, no ahora. Podría decir que no me reconozco en quien escribió aquellas páginas alucinadas ni en el personaje que protagoniza el libro, cuyo soliloquio,  viaje interior y andada destructiva ocupa la casi totalidad del libro, pero eso tampoco es cierto dicho así. Lo que sí sucede es que hay muchos pasajes que no reconozco como si fueran de la vida de otro. Los personajes me resultan repulsivos, pero lamento de veras haber tratado con los que traté, en la época de escritura del libro y más tarde sobre todo.  Eso no tiene remedio, así te vayas o te quedes, o cierres la puerta y abras la ventan, o tomes otra dirección. Toda escritura es irremediable y no admite “vuelta de hoja”, esta tampoco.

Vuelta de Lezabe

dsc_0118Esta mañana me fui para Lezabe, un paraje del valle que me gusta mucho, pasando por Lekaroz y por Arrazkazan, el barrio al que fui a parar hace 21 años. Ese topónimo parece que hace referencia a cuevas o simas que nadie ha encontrado, y a mí me recuerda un episodio de la Primera Guerra Carlista,  cuando Espoz y Mina, en 1835, fusiló a unos cuantos vecinos de Lekaroz y pegó fuego al pueblo en venganza a que no le dieran información acerca de donde estaban escondidas piezas de artillería carlista; incendio que tuvo un testigo militar-literario: un jovencísimo oficial llamado Ros de Olano que dio cuenta del atropello. Nunca volveré a escribir sobre carlismo ni carlistas, al menos desde el punto de vista histórico, un asunto hoy hecho cortijo en manos de mafiosos, como tantos otros, una jauría erudita que muerde y escupe. Ya lo hice. Toca otra cosa, las páginas del último tranco, ese que puedes oler a nada que pongas atención.

Lezabe es un paraje muy boscoso, atravesado por un camino luego senda estrecha y cerrada que transcurre junto a un regacho entre robles autóctonos y americanos, castaños, muchos helechos y más silencio, unas caleras en ruinas como para escenario de atrocidades de Cormac McCarthy… siempre pienso lo mismo y me cuento alguna historia tenebrosa de venganza y demencia. Creo que fue en ese bosque cerrado, junto a la boca musgosa de una calera, donde imaginé mi novela La sima (luego Zarabanda). La senda es enrevesada, tal vez por eso me gusta, rodea árboles majestuosos, desaparece en algunos tramos tras una cortina de zarzas y lianas, y al final se abre, luminosa y va a parar al camino de Arrazkazan a Legate, y de ahí, por la pista de Arraioz, a casa. Es probable que quien me lea o vea estas imágenes, se aburra, yo no. No hay ni dos días iguales ni dos parajes que lo sean ni mucho menos el estado de ánimo es el mismo. Además, no estoy en Nueva York, ni conspirando y escachando famas en un comedero del barrio de Salamanca, ni manipulando premios literarios desde el consejo de administración de un periódico; estoy donde estoy, ni más lejos ni más cerca de nada, y desde ahí escribo, de otros asuntos, menos idílicos y más urgentes.

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