Las manos sobre la ciudad

Las manos sobre la ciudad, Francesco Rosi, 1963… como si fuera hoy, ahora, ayer mismo y por supuesto mañana. La especulación inmobiliaria es el único proyecto económico de la derecha… y de la falsa izquierda del cambio, tipo Geroa Bai porque solo así se entiende su apoyo a los pelotazos, perdón, a las «bonitas operaciones inmobiliarias».

Martes de carnaval

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Con imágenes de Domingo de Carnaval, la película de Edgar Neville, mi preferida, con Conchita Montes, aunque hoy sea martes de destrozonas, disfraces, cortejos de carroñas, berridos, allí donde todavía se celebre el día del mundo al revés y los ajustes de cuentas del de abajo hacia el de arriba, y no un episodio de folclore controlado, subvencionado, vigilado… y multado. Día también de nostalgia de carnavales pasados, en Baztan sobre todo, embestidas del oso en Arizkun, inolvidables «damas», tambores y cortejo de máscaras, en Erratzu… No volveré a ser jóven.
–¡Uuuh, pero si eso fue hace mucho!
Poco importa, lo que cuentan hoy son las máscaras y los versos de Jaime Gil de Biedma, escritos cuando era de verdad joven:
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Pero esto, mañana, mañana, en el baile de los tartufos.

Vuelta de Orabidea

 

dsc_0060Unas hora de caminata te disipan la niebla que puedas tener en la cabeza, eso dicen al menos, y si es por el bosque más. Hay aflicciones que cuesta más aplacar, pero el poner un pie detrás de otro, ayuda. Hay oscuridades que resultan más acogedoras de la luz, menos violentas. El ventarrón soplaba con fuerza en el collado de Beltxuri, luego, la bajada, hacía el hondón de Orabidea, ha sido más silenciosa. Musgos, agua, hojarasca, algún pájaro, golpes de viento, muy altos, de cuando en cuando. Parece mentira que alguien haya podido vivir en esos bosques, que más que a la vida retirada, invitan al esconderse, al acogerse a la madriguera; pero las ruinas de algún caserío son la mejor prueba de que así fue. Otro mundo, otra vida sobre todo, que hoy nos resulta incomprensible: huimos hasta de su relato, como no sea acorde con nuestros prejuicios y lirismos de pacotilla, convencionales hasta la náusea. Idilios frente a oscuridades de candil y mordaza. Entre lo que podemos ver y lo que hemos leído o visto, preferimos lo segundo. No ver con nuestros propios ojos, sino con ojos ajenos, es más fácil. Mejor Arthur Rackham (que está muy bien), que tú mismo, y mejor siempre los bosques lejos, que los que tienes en la puerta de casa y te esperan con los brazos abiertos. Se nota mucho cuando alguien escribe del bosque y no lo ha pisado. Si ayer, en Sara, mi encuentro fortuito fue con gente del pasado, hoy, al regreso de la caminata, ha sido con gente del presente, otra, muy distinta y más cercana en todos los sentidos, y todo han sido risas y muestras de afecto, sin hipocresía ni maneras salonardas. ¿Puedes pedir más? Para qué.

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Vuelta de Lezabe

dsc_0118Esta mañana me fui para Lezabe, un paraje del valle que me gusta mucho, pasando por Lekaroz y por Arrazkazan, el barrio al que fui a parar hace 21 años. Ese topónimo parece que hace referencia a cuevas o simas que nadie ha encontrado, y a mí me recuerda un episodio de la Primera Guerra Carlista,  cuando Espoz y Mina, en 1835, fusiló a unos cuantos vecinos de Lekaroz y pegó fuego al pueblo en venganza a que no le dieran información acerca de donde estaban escondidas piezas de artillería carlista; incendio que tuvo un testigo militar-literario: un jovencísimo oficial llamado Ros de Olano que dio cuenta del atropello. Nunca volveré a escribir sobre carlismo ni carlistas, al menos desde el punto de vista histórico, un asunto hoy hecho cortijo en manos de mafiosos, como tantos otros, una jauría erudita que muerde y escupe. Ya lo hice. Toca otra cosa, las páginas del último tranco, ese que puedes oler a nada que pongas atención.

Lezabe es un paraje muy boscoso, atravesado por un camino luego senda estrecha y cerrada que transcurre junto a un regacho entre robles autóctonos y americanos, castaños, muchos helechos y más silencio, unas caleras en ruinas como para escenario de atrocidades de Cormac McCarthy… siempre pienso lo mismo y me cuento alguna historia tenebrosa de venganza y demencia. Creo que fue en ese bosque cerrado, junto a la boca musgosa de una calera, donde imaginé mi novela La sima (luego Zarabanda). La senda es enrevesada, tal vez por eso me gusta, rodea árboles majestuosos, desaparece en algunos tramos tras una cortina de zarzas y lianas, y al final se abre, luminosa y va a parar al camino de Arrazkazan a Legate, y de ahí, por la pista de Arraioz, a casa. Es probable que quien me lea o vea estas imágenes, se aburra, yo no. No hay ni dos días iguales ni dos parajes que lo sean ni mucho menos el estado de ánimo es el mismo. Además, no estoy en Nueva York, ni conspirando y escachando famas en un comedero del barrio de Salamanca, ni manipulando premios literarios desde el consejo de administración de un periódico; estoy donde estoy, ni más lejos ni más cerca de nada, y desde ahí escribo, de otros asuntos, menos idílicos y más urgentes.

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Capitano Giangurgolo (Papeles del limaco)

sand_maurice_masques_et_bouffons_09“¡Io sono il Capitano Spavento da Valle Inferna, soprannominato il Diabolico, Principe dell’ordine equestre, Termigisto cioè grandissimo bravatore, grandissimo feritore e grandissimo uccisore, domatore e dominator dell’universo, figlio del Terremoto e della Saetta, parente della Morte, e amico strettissimo del gran Diavolo dell’Inferno!”

Imponente, oiga, la presentación del gallito del pueblón cuando aparece haciendo ruido en el tablado de la cátedra, esa zahurda racial y ahumada de la baraja, la caza y la pesca de los listos, donde matar la tarde y con ella el poco de vida que va quedando, a echar el veneno del descrédito, la insidia, la radicalidad política disuelta no en votos sino en vino, la triquiñuela que le coloca por encima de los pringaos, todos,  con la seguridad de que va a ser aplaudido desde el temor a ser pasado por la lengua, pero olvidando que no es la primera vez que alguien con más decencia, y más hombría de bien sobre todo, le ha partido los morros. Cosas de la vida rural. Entre tanto, en el lamentable teatro de la vida auténtica y racial, sumido en la niebla, resuena a diario el vozarrón aguardentoso de ese Capitano pariente de la Muerte y amigo íntimo del Diablo,  cuando en realidad no es más que un Giangurgolo, un Juan Bocazas alborotador de tabernas aldeanas… y de capitano nada, como mucho un sargentazo Belcore, engreído, superficial y egocéntrico. Voces que se oyen detrás de la escena, en ese baile de máscaras en el que estamos metidos todos. Y donde también se oyen estas otras, pero del lado del paraíso, el de los espectadores a pesar suya:
“Si al gallito de Txokoto le quitan el vino se queda en capón, por eso no lo suelta”, dice Pulchinella.
“Ya puedes pensar, ya”, añade una Colombina apaleada.

Vuelta de Aroztegia

DSC_0124Fui a parar a Aroztegia en el mes de junio de 1974, hace mucho, y recuerdo que aquel día olía a hierba recién segada. La gente que estaba en el palacio, trabajando en el larrain, bajo la enramda de los plátanos, me miraron de manera zumbona como a una aparición, y sin duda lo era. Regresé en el mes de diciembre de aquel mismo año, con niebla cerrada y lankarra que no he olvidado porque en un camino me crucé con dos guardias civiles a caballo con capotes relucientes del agua que me impresionaron. No volví  hasta veinte años después, cuando la casa estaba ya de capa caída, y no vivía nadie en ella, aunque sirviera para  cuadra y establos.
En parte utilicé ese escenario para una novela, escrita del año 1987, La quinta del americano, y otras. Cuando investigué la historia de la casa me apareció un militar chileno de hace 200 años cuyo rastro he perdido.
Desde 1995 he pasado ni sé cuántas veces por Aroztegia. He asistido a su deterioro, a la ruina de sus dependencias, al arrase de sus manzanos e higueras en lo que fue su huerto… la vieja calera estaba hasta arriba de jiña. Conozco bien sus sendas, caminos, y portillos, yendo y viniendo de Lekaroz a Elizondo, y de Elizondo a la regata de Beltxuri, a las bañeras de los frailes, a Legate… conozco también árboles magníficos, ejemplares extraordinarios, y como decía el difunto Gastearena: «Estate seguro de que los árboles también te conocen a ti…». Es un lugar muy especial, lo saben quienes lo conocen, no así los que hablan con autoridad de él y no lo han pisado de verdad nunca.
Volví a Aroztegia, con otro nombre, en mi novela Perorata del insensato, escrita en 2014 y publicada el año pasado, y puse en escena atropellos y matones de seguridad, y a mi loquico, Juanito pastillitarojigualda, que en sus delirios no sabía muy bien si allí iban a hacer un hotel de quince hoyos o una golf de cuatro estrellas, o viceversa, una avería en todo caso. Ahora van a hacer una urbanziación de lujo, un campo de golf y un hotel y no sé qué más.
Me apena que ese mundo, por muy crepuscular que fuera, se haya convertido en lo que los desvergonzados llaman con desparpajo «una bonita operación inmobiliaria», y que no haya otra forma de devolverle vida a todo aquello que la tuvo intensa que entregarlo en bandeja a la especulación inmobiliaria… y  me indigna (con mucha desgana ya porque nada espero de ellos) la actuación de los  políticos que iban a traer con ellos el cambio social y político y que entregan en bandeja las condiciones legales necesarias para llevar a cabo ese proyecto de urbanización, hostelería y ocio a los especuladores inmobiliarios o financieros que a mi juicio son, en buena medida, los causantes de la crisis y sus principales beneficiarios, y lo hagan encima con añagazas, estas sí populistas, como es la creación de puestos de trabajo, un señuelo más falso que sus programas electorales, pero que funciona como eficaz tapabocas. ¿Demagogo? Por supuesto, todos los somos para el otro, cuando no gusta lo que decimos y sentimos.
Hoy he dado una vuelta a Aroztegia y recorrido las sendas y rincones que conozco, he visitado los robles, y he pensado en que no es que las cosas cambien, sino que nosotros envejecemos. Voy viendo que entre lo que me gustaría que fuera y lo que es, está la realidad: «lo que nos rodea y resiste», en palabras de María Zambrano. No me rindo, tampoco doy por perdido ningún combate que me parezca justo, pero empiezo a aceptar que las cosas no son siempre como me gustaría que fueran y que mis razones no tienen por fuerza que imponerse, y mucho menos donde no hay otra razón de peso que la ventaja inmediata, una lacra ya vieja en este país. Contra la devoción al dinero y a quienes lo poseen, y llevan por ello la razón de mano, poco se puede hacer… hace cuanto quiero… y ablanda el corazón. Además, sé que hay caminos que no vuelves a recorrer y que cuando desapareces de su trazado  es como si no hubieses pasado nunca por ellos.

Shinrin-yoku en el hayedo de Larrazu.

DSC_0010Llevo más de 21 años recorriendo de forma habitual parajes como el de la imagen y hoy me he enterado de que hago Shinrin-yoku, cuando menos a ratos. No siempre claro, porque el caminar no es por fuerza sinónimo de corazón en calma, y el bosque tampoco. Lo decía Bernhard, que de ruidos propios sabía un rato. Hay días que sí y días en que se te llevan todos los diablos, ya sea dentro del bosque o fuera de él, y si no pones los cinco sentidos en tu caminar, como recomiendan los gurús, te das un trompazo.

El descubrimiento de que en lugar de caminar por bosques y rincones del valle de Baztan y aledaños, hago Shinrin-yoku, me ha reconfortado. Andar a pelo lo hace cualquiera, lo otro no, es refinado y filosófico, tiene estilo, marca tendencia. No sé si ponerlo en mi currículo. En todo caso el descubrimiento me ha recordado a monsieur Jourdain, de El Burgués gentilhombre, que un buen día, conversando con su maestro de filosofía, el que tenía que escribirle un billete galante con estilo, descubrió que llevaba toda la vida hablando en prosa y se quedó pasmado y contento, contento y pasmado, y no perdió ocasión de dar lecciones al respecto. Por si acaso, yo sigo, un paso detrás de otro.

*** En la imagen, el hayedo de Larrazu esta mañana.

Hace veintiún años…

DSC_0082Va para veintiún años que ando por esos parajes. Muchos años y muchas páginas aquí escritas, días dichosos y días sombríos, días de viento sur y días de lluvia interminable, nieblas, calimas, errores, aciertos y al final desapego, distancia. Lo pensaba  esta mañana desde la falda de Legate, de cara a Abartan y al Saioa.  ¿Lo volvería a hacer? Y yo qué sé. No conozco pregunta más vana que esa que supone ponerse en falso en el lugar donde los caminos se bifurcan. No voy a contentar a nadie con la respuesta ni voy a hacerme el tremendo. Es inútil desbaratar el rompecabezas porque, lo quieras o no, las piezas encajan por sí solas y lo que en apariencia es solo barullo, riada, aparece pleno de sentido. Hagas lo que hagas, no vas a desandar lo andando. Esos son lirismos huecos. Sé que un día me iré y será no ya para siempre, sino como si no hubiese estado nunca. Fantasías, chascarrillos, naderías… lo vivido, vivido está y escrito lo suficiente; con eso basta.

Haizegua

Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía  hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

captura-de-pantalla-2015-08-20-a-las-09-14-32Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]

 

Haizegua, para la revista Siwa.

dsc_00401Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y a andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]