Merle d’Aubigné (El tranvía fantasma, fragmento)

Este fragmento pertenece al artefacto narrativo El tranvía fantasma, ahora mismo en curso de edición en la editorial Pamiela. La fotografía la saqué en uno de mis viajes a Valparaíso, en los de 2003 0 2004, porque entonces tenía sentido, luego no. Merle d’Aubigné era el apellido de la agente literaria que cuando empezó la borrasca, me dejó tirado. Hay cosas que son de olvido difícil, aunque luego las transformes en relato burlesco, como es el de mi tranvía, en el que paseo muertos muy fallecidos y muertos vivos que han contando en mi vida, no todos, no me dan ni las páginas ni la memoria a nada que quiera hacerlo con detalle. Pero a ese tranvía se lo tragó la tierra por debajo del Cerro Barón (Valparaíso) y veremos por donde sale, si es que lo hace.

Porque la estación Merle d’Aubigné de Polonia no era, suiza sí, ginebrina o de Berna, como el trolebús en el que viajamos por ese país más negro que ningún otro, en el que cualquier día entramos sin darnos cuenta y sin reparar siquiera en que es demasiado tarde para dar marcha atrás. Merle d’Aubigné, mala estación esa, mala, casi mejor no pasar nunca por ella. Recuerden: Merle d’Aubigné, protestantes, suizos, de Berna, gente honrada a carta cabal, por Dios, qué frases, y luego nada, poca cosa, al arrebuche, como todo Dios, al bisnes bravo, al aquí te pillo, aquí te mato. no, por favor, que se me parte el culo de la risa, ay, Antoñito Melón del Castells (Don Antonio), la que me hiciste, la que me hiciste, pichón. 

Les adelanto un cuento ya muy mentado, como el corrido de Juan charrasqueado, parrandero y jugador: a fines del año 2005 le dijeron a mi manager, Corita Zavatta, una salsera muy amante del vino, pero protestante de mucho himno, que yo, muá, ni, ay, el aquí vamos, su representado en los espectáculos de variedades, cabaretes y circos en derrota varios, defendía «las tesis de ETA» y era de Batasuna, de modo que la titular de la parada del tranvía se escapó a la carrera y me dejó en la cuneta, con mis camellos, mi enano Badajo, un par de travestis con bronquitis, y un rinoceronte pequeñajo que tuvo la culpa de todo, porque una noche le pintaron en un muslazo un «Gora ETA» en rojo. ¿Cómo lo hicieron? ni idea. La culpa, muá. Me confiscaron el rinoceronte y no sé qué hicieron con él. Lo habría devuelto a alguna selva. Yo, como el bicho era manso, mucho, pensaba meterlo en el I Gobbi, pero sin pintada porque eso también fue una sorpresa para mí. No sé si la cabronada fue de la mano de un picoleto de alma que tenía en su agencia de pufos literarios, un tío más chungo que ella, que ya es decir, o a causa de la potencia de la ola mundakesa de un gocho cebón – «¡Un rinoceronte! ¡No salgo de mi asombro!… ¡Es inadmisible!»… y la parroquia alborotada–, echada a rodar en una cena de gala celebrada en el diario ABC, el 26 de junio del 2005, con motivo de la entrega de los premios Mariano de Cavia y otros. El Borbón de la arábiga cueva de Alí-Babá presidía la farra, y en esas mesas sentaban a gente importantísima, mucho, como Fusi, que igual se enteró de esto o igual no, y esta gente se encargó de hacer correr lo allí oído de boca importante, porque hacía efecto, vaya que sí hacía, era un escándalo e invitaba a subir al del I Gobbi a la picota y a emprenderla contra él a pellazos: «¡Tiene un rinoceronte que le hace propaganda de la ETA y un enano que también!». Me dejó tirado. No le convenía a la Corita Zavatta verse o que le vieran en mi compañía, como le pasó luego a la catalana Yintonis Cardigan, después de escribirme, con dos ovarios y algún yintonis de más, que era un honor representarme.

Declaración de intenciones (al paso)

Esa ventana no es de una casa muerta. La encontré el otro día, conejeando por el pueblo, en un callejón por el que no suele pasar nadie, aunque días antes había unos pintores con sus caballetes. No importa dónde esté, ni lo que haya detrás, al menos ahora. Lo que me importa ahora es esa ventana que se me figura cerrada a la chocarrería por sistema (propia de Miguelico Azcona, un personaje de mi desbarre El tranvía fantasma), la necedad, la mala intención, el jatorrismo como forma de encontrar el aplauso y la aceptación barata, y la pérdida de tiempo… ingredientes todos de El tranvía fantasma que terminé hace unos días. Ya no hay tiempo que perder. Son varios los trabajos que estaban a la cola. De entrada me he apartado de una red social que me parece tóxica, Facebook, donde me metí hace diez años. Es incalculable la cantidad de horas que he perdido asomado a esa ventana por muchos amigos que haya ganado; pero me encuentro agotado en ese terreno; agotado, desgastado. Es cosa mía, no de mis lectores.

Item más de horas más tarde: La muy morne realité de la que hablaba Baudelaire me obliga a repasar lo dicho y añadir esta otra imagen capturada en el mismo callejón oscuro

El tranvía fantasma

Esta mañana le envié a mi editor la versión definitiva de ese artefacto narrativo, un nuevo desbarre, que lleva por título El tranvía fantasma. Ha sido un alivio darlo por terminado. ¿Purga del corazón? No lo creo, ya no me creo esas rimbombancias, por no decir que no me las creí nunca. Palabrería de escritor a la promoción de su mercancía. «No es ni venganza ni desprecio», escribía Céline en Guiñol’s band. Llevaba meses con él, desde comienzos de año. Es el libro que más me ha costado escribir y algo de salud he dejado en él. Me ha envejecido o baldado. No sé si los juegos, las travesuras que propongo y que me han hecho disfrutar en el momento en que las he imaginado, van a merecer la pena. Supongo que siendo un libro difícil tendrá los lectores justos. Lo que sí sé es que con este tranvía que va por donde me conviene y con el cabaret I Gobbi, queda cerrado el camino del desbarre de la memoria. No creo que vuelva a recorrerlo nunca más. Lo que venga a partir de ahora está por ver… Valparaíso, Madrid, «El secreter del indiano», el viaje de invierno que es el de la vejez y el de las limitaciones que surgen a diario, los diarios, Bolivia de nuevo… Lo ignoro. Tampoco sé en qué va a parar la guerra en la que estamos metidos, con chatarra, pero metidos.

Valparaíso, mi amor

Termino por fin un artefacto narrativo, El tranvía fantasma, que se ha llevado más tiempo y salud del que pensaba. Me hTiene mucho de testamentario. Ahora viene otro viaje, con la vida en el asiento de al lado, como en el inmenso poema Guitarra Negra, de Alfredo Zitarrosa. Valparaíso en la noche, siento tus pasos de baile…

Valparaíso, aquí estoy,
reconociendo tu puerta.
Vengo de lejos, cansado,
a convertirme en arena,
a dormir bajo tu brazo,
a dormir bajo tu tierra.

Ángel Parra, uno de los Parra (1965)

El tranvía fantasma

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Empezó el trayecto hace unos meses, pero por una razón u otra el viaje ha sido más largo de lo que esperaba, sobre todo porque era de ida y vuelta, y dale de nuevo, de Aduana a Cardonal, y a donde me venía bien, lo mismo hemos pasado por la Travesía de la Comadre, que por La Parroquia, ese bar portátil que, al decir de Raúl Ruiz en Días de Campo, abrirá sus puertas en el futuro, sin desdeñar bares dublineses y callejones de Biargieta.

Asomémonos a T. S. Eliot cuando habla del tiempo:

Tiempo presente y tiempo pasado
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.
Lo que pudo haber sido es mera abstracción
quedando como eterna posibilidad
solamente en el mundo de la especulación.
Lo que pudo haber sido y lo que fue
apuntan a un solo fin, que está siempre presente.

(La cubierta es provisional, pero imagino que el libro estará en las librerías a comienzos de otoño)

Y así vamos tirando…