La vuelta

P1040876.JPGLo propio de los viajes es que a la vuelta te encuentras las cosas en su sitio. Eso sí, entre tanto las cotorras han dado buena cuenta de casi todos los frutos del níspero –con tal de que no aniden me da igual: son una plaga urbana–, pero la mesa de trabajo, que es la que cuenta, con su batiburrillo y los cuadernos abiertos como boca de lobo, está donde la dejé. Hay que retomar los trabajos y protegerse de la calorina, y por fuerza asomarse al vertedero de las noticias a la búsqueda de qué escribir para el artículo del domingo. De no tener que escribirlo, ¿escudriñaría ese chirrión? Lo dudo. Qué sensación de lejanía y extrañeza hacia las pugnas gubernamentales que ocupan las cabeceras, por más que sea mucho lo que está en juego; pero qué poco de fiar resultan sus protagonistas, huelen de lejos a naufragio. ¿Piensan en sus votantes? ¿En qué piensan en realidad? Me lo pregunto porque los programas electorales tienden a esfumarse. Con todo, cuesta desentenderse, es como un pringue difícil de limpiar, una incurable intoxicación, así lo veo.

Decía Pepe Mujica que el poder no cambia a las personas, sino que solamente revela cómo son en realidad. En mi ya larga vida he comprobado en demasiadas ocasiones lo acertadas que son las palabras del buen expresidente uruguayo. Algunas veces para bien, todo sea dicho, pero mayoritariamente para mal, para muy mal. (Iñaki Errazkin)

Turismo


P1040822El viaje bien, aunque no creo que repita viajar en verano, como no sea a Bolivia, a Chile o a la Argentina donde es invierno. Días de turismo, lo pintes como lo pintes, los pasados en Londres, de mal dormir y de bien comer en cambio; cayendo a veces en aglomeraciones impracticables: niños, grupos organizados o sin organizar y de razas y nacionales ramillete, voces, empujones…  pero también conejeando a placer. ¿Qué te esperas? Basta con huir a la carrera. La masificación de los museos no ayuda, pero basta con llegar a la hora de apertura y largarte cuando el asunto se pone imposible y es difícil asomarse a un cuadro. Pasa en Madrid, pasa en París y pasa allí donde vayas.

Una cultura en cambio acelerado la británica, condenada a un mestizaje que no puede ser más que enriquecedor a la postre (con todas sus fricciones) y al gueto de supervivencia, pero que por fortuna conserva valores de trato social inestimables: la gente a la que te diriges o que te atiende no muerde, sonríe, es amable, te trata con deferencia y a veces hasta hace bromas. Eso se agradece. Viéndote, podían muy bien tratarte a zapatazos, como sucede en otros lugares. ¿Cortesía venal? Qué importa. Con que esté en el ambiente y te facilite la vida basta.

Baroja decía que si le gustaba Inglaterra –Londres que fue lo que él conoció– era porque daba la impresión de ser un país que funcionaba y la gente se respetaba.

La vuelta ha tenido sus cosas chuscas. Hice mucho tiempo en el aeropuerto. Me tocó un vecino de asiento, un feroz ejecutivo, que le mintió a placer  a su esposa  por el móvil , diciéndole que no tenía hambre porque acababa de comer mucho y muy bueno en la sala Vip, y pormenorizarle sus hazañas de gestión, para pedirse de seguido un café con leche con unas galletas,  y ponerse  a ver películas de niños y adolescentes intrépidos.

«Adiós Artemidoro»

P1040843

Me gustó mucho el retrato de ese sarcófago, por el rostro y la leyenda, más que por la historia que tiene detrás. Sí, es de la época griego-romana de Egipto, pero lo que para mí cuenta es la despedida: Adiós o Hasta siempre Artemidoro. Algo que decimos y que nos dirán sin duda. Las despedidas. Más corrientes con ocasión de un fallecimiento que en vida. Despedirse en vida cuando cada cual va a llevar la suya, tiene algo de sombrío cuando no de hostil. Mejor entonces ni siquiera despedirse y dejar morir la amistad en el silencio. Es común. Nunca sabrás por qué se han despedido. Puedes lamentarlo, pero te has ahorrado un mal trago. Adioses privados y no algaradas de taberna y humazos de asaduras.

La trampa descubierta (Edward Bird)

The Cheat Detected, 1814 (oil on panel)

Mucho me ha gustado este cuadro de Edward Bird que vi esta mañana en el gabinete de pintura del abigarrado museo de Sir John Soanes. No hay escena estrepitosa que no me guste y esta del juego amañado y los tramposos me resulta particularmente grata. Estaba en buena compañía, junto a la campaña electoral de Hogarth, el bribón. Hay muchas maneras de jugar sucio y no todas tienen que ver con los naipes, pero está claro que el tramposo se merece un sopapo… y algo más. Iremos viendo.