Pablo de Rokha, por Álvaro Biasma

Se llamaba Carlos Díaz Loyola y nació en Licantén, a las orillas del río Mataquito, cuando el fantasma del presidente José Manuel Balmaceda recorría los campos como un ectoplasma tibio, hecho de culpa y promesa. También llegó a ser conocido como Pablo de Rokha, nombre con el que reemplazó al de Carlos poco antes de la década del veinte, en el momento en que se convirtió en un escritor furioso al que nadie supo leer muy bien, porque él mismo era una vanguardia privada, un ejército de sí mismo y la fábula de una genealogía. En esa heráldica inventada, fue el patriarca de su propio clan y avanzó por su época como una bola de demolición, rompiendo y perdiendo todo a la vez mientras escribía una obra que lo instalaría como uno de los cuatro grandes de la poesía chilena del siglo XX. Los otros, que eran Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, fueron sus amigos y enemigos y nunca supieron muy bien qué hacer con él, ni cómo entender su obra que era atroz, tremenda y suponía un gesto radical para los demás (los lectores, la cultura chilena, la historia completa de la literatura) pero sobre todo para sí mismo.

Finis coronat opus

Esta tarde di por terminado un nuevo libro escrito en diversos momentos a lo largo de este último año de encierro. Se trata de una gavilla de recuerdos provocados por distintos objetos que tengo en mi cuarto de trabajo: en realidad es un viaje alrededor de mi cuarto aprovechando el retiro forzoso de la pandemia: libros, gentes, películas, cuadros, objetos pintorescos (curiosidades). Estoy contento porque a pesar de que no todos los recuerdos lo fueran y en ocasiones ha sido asomarme a episodios que me hubiese gustado no haber vivido o haberlo hecho de otra manera, ha sido un trabajo más grato que otra cosa. Tiempo de memorias el mío, ya setentón. Georges Perec tenía por costumbre limpiar su mesa de trabajo cuando terminaba un libro, a mí me ha dado flojera y la mesa se ha quedado como estaba. En otras ocasiones la limpiaba y le daba una mano de jabón. Mañana será otro día… iremos viendo.

Galgos y podencos

 La decisión del Tribunal Constitucional de declarar inconstitucional el estado de alarma dictado hace unos meses  por el Gobierno, me recuerda la célebre fábula de Tomás de Iriarte, esa que pone en escena dos conejos que ante la amenaza de ser atrapados por perros que se les echan encima discuten si los que vienen son galgos o podencos, hasta que la llegada de los canes que les dan caza pone fin a la discusión.

Bien, bien, pongamos que no fueran galgos sino podencos los que nos han tocado en suerte, pero los muertos, los miedos, los enfermos, los que viven con secuelas que no se pasan, las carencias sanitarias, las órdenes criminales dadas contra los ancianos recluidos en residencias madrileñas, que es lo que de verdad importa, son las mismas con alarmas o con excepciones. ¿O es que importa más la virguería jurídica, redactada con la preceptiva confusión, que supongo además adornada de latinajos y autoridades del Fuero Juzgo para arriba?

 Me dirán que los jueces están a otras. Convengo, por mí que no quede. Pero a mí no me tranquiliza mucho saberlo y saber que en lugar del de alarma debería haberse declarado el estado de excepción porque mi miedo a la enfermedad, con o sin vacuna, sigue siendo el mismo. Estoy seguro de que si hubiese sido al revés, la bronca habría sido la misma. La pandemia está en el aire, recrudecida, sin alarma y con poca excepción, con jueces a los que no les gusta el toque de queda porque se ve que saben de epidemias un rato.

Hay ocasiones en que los juristas, en el uso excesivo del papel de fumar con el que cogen con delicadeza los hechos más delicados, resultan poco menos que asociales. No se trata de investigar las 8.000 muertes de ancianos, gracias en parte a ordenes criminales sino de hacer virguerías trentinas con el sentido de las leyes y ver si de ese modo se socava al gobierno y se coadyuva en la tarea de tumbarlo. Los muertos pueden esperar y los enfermos que van a diario en cascada a los centros de salud y acaban en las UCI amenazadas otra vez de colapso, también. A estos últimos les debe confortar mucho saber si lo suyo es constitucional o no. ¡Qué alivio! Las ordenes criminales del código penal fuera, las abstracciones del tribunal constitucional a la palestra. Resultan un buen encubrimiento de problemas de más hondo calado.

El país puede irse a la mierda, pero, zambomba, menudos magistrados tiene, gobernándolo con el código hecho repetidora en la mano, vigilando que no haya cambios de rumbo en el viaje que conduce a estrellarse contra la piedra imán, como Sinbad el Marino. Porque ese parece ser el proyecto político.  De hecho, ya da un poco igual que haya elecciones de partidos pudiendo hacerlas de magistrados (Aitor Esteban en una de sus intervenciones de lujo), e incluso tirar a suertes los puestos.

         ¡Libertad, libertad… con sed! y de paso ¡Que le quiten el tapón al botellón, al botellón!, por mucho que lo persigan. Hay sed en el aire. Mucha, pero no de justicia, o no en la misma cantidad. Porque vamos a ver, me repito ¿Se van a investigar por parte de los jueces con la misma celeridad las muertes de los ancianos o no? ¿O la demora y las quisicosas son un capote a la derecha que teme verse alcanzada de lleno por esa investigación como autora de delitos graves?

Nos encontrábamos y nos encontramos ante una pandemia desconocida frente al la que se ha actuado a base de aciertos, errores y palos de ciego porque no había otra forma. ¿O la hay? Porque si la hay y alguien posee el secreto, no estoy muy seguro de que lo comparta: es negocio.

Tal vez ese campeón de la mala fe que es el pepero Casado sepa algo, porque es una especie de imparable Don Nicanor tocando los… la moral, y lo mismo que te dice una cosa, te dice la otra, como Pazos (pero sin tanta gracia), el fabuloso gánster gallego de la película Airbag, el del conceto. Tenía razón el hombre, aquí se ve que lo que importa es el conceto, no los muertos, no la amenaza constante de una imparable pandemia, no el miedo o la inconsciencia asocial, pandémica también esta, no la privatización de la sanidad hecha negocio… Ay, amigos, el conceto, «a los hechos me repito».

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, el 18-VII-21

Me acuerdo… (15)

Me acuerdo de un poema de Luis Cernuda dedicado a Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, titulado Birds in the Night, porque es de lo primero que conocí de él, gracias a Ramón Irigoyen

El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida
En esa casa de 8 Great College Street, Camden Town, Londres,
Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,
Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,
Durante algunas breves semanas tormentosas.
Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,
Todos aquellos que fueran enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían.

Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,
No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.
Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,
Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo
Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,
Bailan unos, los jóvenes, los otros van a la taberna.

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho
Y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.
Mas podemos pensar que acaso un buen instante
Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno
Que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.
Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,
En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,
Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura
De la separación, el escándalo luego; y para éste
El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres
Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas
Errar desde un rincón a otro de la tierra,
Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro
Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía
Su vida; Verlaine la besa, aceptando su castigo.
Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro
Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos
En entredicho siempre de las autoridades, de la gente
Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de insultarlos;
Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,
Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos,
Ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres y ambas obras
Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.
Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público
Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora, ni protesta.

“¿Verlaine? Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro.
Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,
Igual que usted y que yo. ¿Rimbaud? Católico sincero, como está demostrado”.
Y se recitan trozos del “Barco Ebrio” y del soneto a las “Vocales”.
Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda
Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;
Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias.

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.

Me acuerdo… (14)

Me acuerdo de ese tremebundo cuadro de Arturo Borda, pintor y escritor boliviano. Se titula Filicidio y representa a un recién nacido, con un cartel de niño abandonado colgando del cuello, me dijo Ricardo Camacho, arrojado a un muladar donde una chancha se lo come. Está o estaba en el Museo de la Policía boliviana, en La Paz, entre truculencias varias. Borda, autor de El Loco, esa inclasificable obra literaria, murió tras beber un vaso de muriático por error (es lo que asegura la leyenda urbana que le sigue como buscapiés). El cuadro se lo regaló Borda a la Policía por haberle dado pasaporte para exponer en Buenos Aires…

Me acuerdo… (12)

Me acuerdo de la Odalisca (1912), de Francisco Iturrino, porque fue la cubierta de mi novela Tánger-Bar (1986). El cuadro es de la colección Zorrilla Lequerica (Bilbao). Y me acuerdo porque la publicación de la novela me procuró un desagradable incidente con unos airados puritanos de guardia que me acusaron de pornógrafo y pervertido sexual, y de no sé qué negocios de condenación eterna, todo un síntoma de un mundo cerrado y miserable de cuya existencia se duda a no ser que lo conozcas por ti mismo… Era el año 1986, la Movida, ya saben, los felices eitis