Diálogos de sordos

John Sayles, en Honeydripper. Hay días que no estás para blues y el espectáculo del desgarro te resulta molesto, indecente. Nada más patético  que un fracasado bailando la jiga grotesca de sus viejas mañas en las palestras mediáticas. Artistas de variedades sin público haciendo como que todavía creen en lo que hacen y que no ven la sala vacía… qué mérito, qué lección moral en manos del que tiene todos los triunfos de su parte.  Escribas lo que escribas acerca de tu obra, no te van a entender, no por nada en especial, sino porque no quieren. Tienen arraigadas ideas preconcebidas, les gusta oír lo que quieren oír, no otra cosa y no puedes desafinar… un motivo más para insistir. Moriremos nosotros también, ahora sí, porque me sobran motivos.

 

Ni el día ni la hora

        Atentado en París, atentado en Londres… atentado futuro en quién sabe qué ciudad, qué lugar, ni cuándo, ni cómo, ni quién… No es derrotismo, pero me temo que Occidente/Europa tiene la guerra perdida contra el terrorismo islamista, porque de una guerra se trata, de mayor calado que los saltos inesperados de «unos locos suicidas, drogados y desesperados».

         Hasta ahora, solo en los atentados de Madrid/Atocha hubo un juicio en el que los autores o cómplices de aquel crimen pavoroso pudieron ser escuchados con arreglo a nuestros sistemas jurídicos vigentes en el que todos tienen derecho a ser oídos y defendidos en juicio, por muy monstruosos que sean los hechos de los que se les acuse.

Leo a menudo obras de maître Jacques Vèrges, el abogado del diablo, ya saben, el que defendió a Klaus Barbie y a Pol-Pot, y no estando de acuerdo con muchas de sus estrategias de defensa, cuando pasan por versiones veraces de los hechos, sí lo estoy en que prefiero en todos los casos un juicio justo a una ejecución sumaria que impide que el autor de un atentado explique sus motivos, lo que para nosotros son siempre sus sinrazones. Lo último que se sabe de ellos es su grito religioso por Alá. Se va imponiendo la ejecución sumaria para evitar juicios político-militares, convertidos en palestras de ideas que rechazamos de plano.

Además, al muerto se le pueden colgar toda clase de medallas: drogadicción, alcoholismo, demencia, marginalidad, fanatismo… y no solo eso, sino que en periodo electoral se puede utilizar al autor del atentado como munición de batalla para cargar contra el candidato oficial si por casualidad el criminal estaba fichado y no suficientemente controlado, demostrando con eso la laxitud o la inoperancia oficial, o si no estaba fichado, lo que viene a demostrar la ineficacia de los servicios de información. Todo muy digno. Los profesionales de la política y a ella adheridos están dando lecciones continuas de indecencia creadora de opinión.

Con batallas electorales de por medio o no, llama la atención la desproporción entre los sistemas de defensa europeos y norteamericanos, y los medios con los que cuentan los islamistas que siembran el terror de manera inopinada, hoy aquí, mañana allí. Las respuestas tampoco van muy lejos: los bombardeos indiscriminados en zonas sustraídas a una información independiente no parecen disuadir ni de lejos a quien está dispuesto a morir por Alá poseído de un bagaje de creencias religiosas extremas y de resentimientos sociales y políticos muy enraizados, algo que dudo mucho estemos en condiciones de entender. Me gustaría saber cuántos de los lectores de esta página han siquiera ojeado un Corán o leído los suras dedicados a lo que se conoce como guerra santa.

 Dudo mucho que se les pueda vencer por la fuerza. Los estados de emergencia, como el decretado desde hace ya mucho en Francia, prorrogado una y otra vez, tampoco van muy lejos, como no sea para ampliar empresas de seguridad privadas y para vigilancia callejera de uniformados, fuertemente armados y pertrechados, y controles callejeros por el color de la piel, que se ve enojan y ofenden a los controlados, de manera brusca digamos: en París son un numerito callejero habitual. El agravio que no cesa y la fractura social cada vez más profunda y más enmascarada. Aquí no pasa nada, y pasa, claro que pasa. Atentados frustrados, dicen, pero la información es parca y muchas veces dudosa, con tufo a manipulación. En España, la detención de yihadistas es una constante, aunque luego no sepamos muy bien qué pasa con los detenidos. Es probable que noticias como esta nos den algo de seguridad que se ve frustrada a fecha fija.

Quienes se han ocupado de analizar estos hechos hablan de «guerra pequeña», frente a la que los grandes sistemas defensivos tienen poco que hacer, porque sus operaciones brutales no resultan disuasorias para enemigos como el Isis/Daesh. El enemigo es muy numeroso y más invisible de lo que puedan alcanzar los servicios de información, está ampliamente extendido y golpea con una regularidad alarmante. Hablar de erradicación es una falacia tan grande como hacerlo de aniquilación, y quiénes hablan de conversaciones de paz no dicen ni con quién ni sobre qué bases… y entre tanto, ni el día ni la hora, pero a fecha fija.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 26.3.17

*** La imagen, publicidad callejera de Charlie Hebdo, sin duda resultará inapropiada para la mayoría de los que se abanderaron detrás de «Je suis Charlie» hace dos años sin haber tenido, en muchísimos casos, un solo ejemplar de la revista en sus manos.

La mandragora en Gît-le-Coeur

Raro es el viaje que he hecho a París que no haya pasado por esa calleja de Gît-le-Coeur, buscando la Taverne des Ratés de l’Aventure, donde beber un negroni o un spitz veneciano, según receta de Hugo Pratt, o un mezcal; esa taberna que pasa inadvertida pero que abre sus puertas, en un resquicio, junto a la academia de esgrima, salle d’armes, de maître Pinel de la Taule que hoy estaba tapada con andamios, con los floretes de reclamo ya muy maltrechos. Quería dar con una edición de Pequeño manual del perfecto aventurero, de Mac Orlan, en edición de La Sirena, y esta vez lo conseguí, y con un par de negronis pude leerlo sentado en un rincón de la taberna. La aventura, dice Mac Orlan, mejor a parado y además se reduce siempre  a una cuestión de paga. Sabía de qué hablaba.
Me importa poco que en esa calle estuviera el Beat hotel (Hôtel du Vieux Paris) de la generación beatnik –Burrouhgs, Ginsberg, Corso, Orlovsky…–, o que el surrealista Stanislas Rodansky –más personaje de su propia novela intensa que autor de verdad conocido y frecuentado: los invisibles, los olvidados de la librera Agnés Denis, en Courant d’air esa que nos va  a llevar a todos–, merodeara por los patios y bodegas en busca de piezas para nutrir el rompecabezas de su locura.

Me importa mucho más, para mi novela desordenada de ahora,  que en 1971 esa librería hoy mortecina estuviera especializada en libros esotéricos, ciencias ocultas y que en el escaparate exhibiera dos frascos  con mandragoras, esas que crecen al pie de las horcas y se riegan con  orina o semen  de ahorcado, según consta en tratados de época, y puedo comprobar en el tratadillo de Albert-Marie Schmidt. Escribí sobre el particular un artículo que le sirvió al mala sombra de Cándido para insultarme en otro –demostrando que no tenía ni puta idea de lo que decía, pero dándose pisto: cultura española genuina–, al que no pude responder porque en ABC no me dejaron, aduciendo que era «autor de la casa» e intocable por tanto, que no era mi caso, a pesar de ser también autor de la casa, cuando les convenía.  ABC, esa gran academia de tragar sapos que recuerdo con asco. Pero estaba en 1971, frente al escaparate de las mandrágoras, junto a un amigo de entonces, aficionado al esoterismo, a los fantasmas, a las investigaciones de creencias populares centroeuropeas de los hermanos Grimm, al abate Migne y al Diccionario infernal, de Colin de Plancy, amén del Martin del Rio y del Pierre de Lancre, que ojeábamos en la pequeña biblioteca (casi un cuarto secreto) de un pariente suyo que había vivido en París, en el tiempo del Buey en el Techo, ese del que hablaba el otro día, y que había regresado a su ciudad en compañía de un caimán, varios cajones de libros, y unas cuantas pipas de opio testimoniales en las que no logramos fumarnos más que alguna triste china legionaria (seguirá en cuanto pase po mi biblioteca y pueda consultar algunos libros).

Ya está aquí… y no se va a ir.

IMG_0022.JPGEl miedo a expresarse libremente, el medir lo que se dice, el temor fundado a las represalias, a las multas, al empapele, a que te metan un parte los delatores profesionales que abundan, defensores de un orden reaccionario que no es sino desorden más fuerza, temor a que   te procesen luego por un chiste, una canción, una obra de teatro, una opinión disidente, una burla carnavalesca, una página que ya no es libre, que hay que escribir y leer entre líneas, entre conjurados… humillación de víctimas del terrorismo, enaltecimiento ídem, herir sentimientos religiosos, la Patria, el ultraje a la Bandera, la Policía, el Ejército, la Magistratura, los especuladores inmobiliarios de los que ya no puedes decir que pegan muy serios pelotazos, la doctrina política servida a diario acerca de lo que no se puede siquiera pensar y es obligatorio (Lean, lean el Código Penal en sus reformas represivas)… ojo, oído, arenas movedizas, arbitrariedad a raudales. La clandestinidad y el anonimato nos esperan con los brazos abiertos, y los muros de la noche para embrearlos. Tú puedes escribir lo que te venga en gana, ya veremos si encuentras un editor o un periódico que te publique y se arriesgue a ser procesado. Tus ideas a buen recaudo no valen nada. Criptodisidencia… Oh, sí, sí, claro, tremendismo el nuestro, apocalípticos, pero las máquinas tragaperras de las multas gubernativas no dejan de cantar sus trofeos.

Cerrazones (Diario volátil)

*** Escribir el artículo del domingo: la piedra sobre la cabeza no, la cabeza dentro de la piedra (En el espacio de un antiguo circo parisino).
*** Entre expresar lo que pienso y arriesgar el malentendido, prefiero lo primero, lo segundo no depende de mí, en ningún caso, y me es ajeno.
*** Hablando no se entiende la gente, escribiendo menos… en esa certeza es preciso seguir en el empeño, en la confianza de que algún cómplice encontrarás en el camino.

*** «¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»… ya saben cómo sigue. En las redes sociales, la bulla o el desprecio los tienes asegurados como te permitas el lujo de decir de verdad lo que piensas… Y a defraudar, a decepcionar, algo que siempre me ha parecido un abuso, una forma de culpabilizar al prójimo por ser quién es,  por actuar con arreglo a su conciencia, por ser libre o intentar serlo, y veraz, sobre todo veraz consigo mismo.

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Cartelería parisina brava… ¿Quién es ahora Charlie? Con ese mensaje dudo que los mismos que en enero de 2015 se hicieron la foto de famiglia. Esos, ahora, manipulan, muerte sobre muerte, la emotividad del público para exigirle manos libres en la represión del terrorismo e ilimitada capacidad de ensuciárselas.
*** Una buena noticia: la Audiencia de Navarra considera que los incidentes de Alsasua no son terrorismo: a ver si ahora ese desdichado asunto pasa de las manos de burócratas togados de la política a las de juristas que actúen con arreglo al ordenamiento jurídico y no a la ideología que sostiene el Gobierno.
*** Los ataques terroristas de París y Londres conmocionan al público, esta noticia nada, encogimiento generalizado de hombros o aplausos: «Más de 200 civiles muertos por un ataque aéreo estadounidense», en Mosul, Irak.
 *** A ver a quién le cuentas que estás lejos y que en tu casa no hay nadie, mientras de la mano de Satie vuelas  allá lejos y hace tiempo, felices ochenta, miopes ochenta, Gambela y su voraciad mal disimulada, París y sus pasajes, otro saco de humo, naderías esteticistas, erudicón baldía, ficciones, Satie, insisto, en El fuego fatuo, la película de Louis Malle, sobre la novela de Drieu la Rochelle, una noche en un pabellón boscoso, en Versalles, 1972, un escritor, Gerard de Rudder, que estudiaba El fuego fatuo, entre melopea y melopea, Satie, yo me acuerdo, Perec y Búnkol, el luchador  contra el Mal, nada menos que contra el Mal, pero del PCml entonces o del Grapo, o del qué más me da, si todo eran arengas y sermones, allí por Malakoff, 1976 ya, enero, mucho antes de bailarse un agarrao con los corruptos urralburidos y sus herederos en el Altxerri, bar de trueno este, abierto las 24 horas para quien sepa encontrar la puerta de entrada, en ese barrio, Biargieta, en el que todo tiempo es presente… Satie, Gymnopedias, memoria.

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Peatón de París

Estos días he tenido tiempo de sobra para caminar sin rumbo por París. Bueno, sin rumbo no, porque me he dedicado a revisitar algunos lugares que me remitían a una vida imaginaria, más que al pasado de verdad vivido: Pasos perdidos, gazeta de, 1987. Los días encapotados y los raros soleados no han tenido nada que ver en el humor, la climatología ha sido otra y sobre todo interior. Estar fuera, lejos, viviendo en una geografía difusa, desvaída… Ensoñaciones de peatón solitario las mías, como las de cualquiera en esta época siniestra y no del todo previsible, que se recita, lo quiera o no, explicaciones a su propia vida, que no sueña, sino que chamulla con el bulto vital que lleva a la espalda. El balance no es bueno, no puede ser bueno. A cierta edad, ¿qué quieres? La vida o la edad o la riada se me ha echado encima, y las perspectivas no son buenas ni halagüeñas, eso sí, con mucha poesía de por medio y mucho leer a Séneca y a los estoicos y a los hedonistas y a quien sea con tal de aplacar el canguelo, la trouille esa que te despierta en medio de la noche con el corazón en la boca. Ya no tienes fuerza ni para inventarte una vida imaginaría, en esta o en esa calle, en esta o en esa casa. En vez de quedarte, te irías, te vas a ir, a tu rincón, a tu zahúrda, el único lugar donde te sientes seguro. Una ciudad como París te da miedo, te sientes perdido como nunca lo habías estado. ¿Qué ibas a hacer aquí? Nada o mucho menos de lo que haces a diario en tu casa, en tu paisaje y sobre todo en tu mesa de trabajo. Aquí no haces sino asomarte al escenario de la vida de otros, que no te concierne. Ni viajero ni turista, un mirón desocupado, uno que pasa y se va. ¿Qué vida vas a imaginar? Tienes la que tienes y va de capa caída. No hay canonjía posible a la vista, ni varita mágica, ni tío de América… Hay Kavafis tocándote las narices del alma. Demasiado tarde también para hacerse japonés de pueblo, demasiado tarde, a secas.

Antonio Pérez en la rue de Seine

_DSC0055Ese capricho de malpuestería en un muro de la rue de Seine me ha recordado a Juan Pedro Quiñonero por un lado, y por otro a  Antonio Pérez que vivió muchos años en París, trabajando en Ruedo Ibérico y luego en La Joie de lire, la librería de François Maspero, donde españoles y no españoles robaban a placer, antes de regresar a Cuenca, de la mano de Antonio Saura, y a sus colecciones, pinacoteca, biblioteca y museos.  Antonio era un rescatador de pobretorios, de piezas de arte povera y bravo, encontradas en el azar de los descampados, los derribos, las basuras –un hurgabasuras a la caza de lo singular– que sacada del lugar donde se encontraba equivalía a asombrosas piezas de arte contemporáneo a las que no les hacía flata firma alguna. A Antonio le he visto en Madrid metido dentro de un contenedor de derribos, a la caza de una de esas piezas únicas o insólitas para su museo inagotable de Cuenca. Hace muchos años que no sé nada de él, lástima, porque era un amigo generoso y afectuoso, e inolvidable por muy lejos que pueda estar.

Puertas

_DSC0403A qué cerrar puertas que en realidad no existen o que te cerraron en las narices hace ya mucho… lo mismo por lo que respecta a aporrear muros ciegos o puertas tapiadas. Decía el crítico Bernard Frank (una puesta en escena como cualquier otra) que él no llamaba a  puerta alguna, pero que tenía abierta la de su casa… para eso hace falta mucho valor.

Muros de París (Rue de Seine)

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«No trabajeis jamás»… Bien, bien, bonito, el mensaje «anar» queda dabuten, histórico, mítico incluso. Luego las cosas se presentan, indefectiblemente, más complicadas… Vete a saber dónde estará el autor de la frase… ¿En un consejo de administración, en la fuesa, jubilado, muerto de asco hace ya mucho…?