Juan Perucho

con PeruchoFue en enero de 1990, por estos días de finales de enero. Miro con asombro la fotografía porque Perucho tenía  la edad que yo tengo ahora. Todo un aviso. Entre ambos, el sinfonión que aparece en varias novelas suyas. Pasé un fin de semana de aquel enero 1990 en Cal Groc, su casa de Albinyana, donde ya había estado en el verano de 1985, preparando con él el número de la revista Pasajes que le dediqué, bajo la higuera de su huerto.  La palabras grabadas que tengo con él de aquellos días de invierno, frente a un fuego muy vivo de sarmientos y ramas, en una cashota que había en la huerta, son las de hombre sabio que hablaba de vida, de libros, de trascendencia, yo no lo soy. Iba a hacer un reportaje sobre él y su casa para una revista de lujo que dirigía un Murillo. No lo hice. Llegaron días feos y lo que parecía ir viento en popa se vino abajo. Hace unos días, comentando la publicación de un ensayo de Julià Guillamon sobre Perucho, decía que no renegaba de mis devociones literarias de hace treinta y cuarenta años. Ahí están, ahí siguen. Tal vez haya llegado el momento de seguir el consejo de Marguerite Yourcenar e intentar dar con la huella de los propios pasos y si no los encuentras, te lo inventas. Y me acuerdo de una carta muy hermosa que recibí, hacia 1982, como contestación a una mía en la que le manifestaba mi admiración por su obra y su talante de señor particular: «Me ves como me gustaría ser, no como soy»… Enseñanzas de don Juan.

La ama…

74425027_140516137268226_8380879219235749888_nMe había jurado no escribir ni una línea más sobre Bolivia, porque para qué, allá cada cual con su gache, que no es el mío, por muy intensa que haya sido mi vida allá en los viajes que he hecho; pero esta estampa tiene que formar parte de la galería de Imágenes para la Historia.  La he encontrado en un muro de Facebook que prefiero silenciar porque también, para qué. Allá ellos con sus aspiraciones políticas, sus creencias y sus mandangas; bastante tenemos con las propias y nuestras negruras de a diario. Pero creo que la estampa religioso-política, de nacional-catolicismo sin rebozo o de nacional-evangelismo, o de lo que sea pero celeste,  bíblico, amenazador al cabo, ejemplifica bastante bien parte de lo que está sucediendo en aquel país, entre oportunistas, mesiánicos, golpistas,  pichicateros que atacan al narco, feroces ateos que tragan biblias y Cristos como carretas, paladines de la Verdad que hacen oídos sordos a las patrañas descaradas que les roen los zancajos, revanchistas, cantores ciegos y demócratas de toda laya, esperanzados unos, sorprendidos otros, postulándose a unas elecciones que podrán o no celebrarse en unos meses… con la ayuda de Dios evidentemente. Menudo panorama.

Apostilla (Onfray)

«En este mundo intelectual en el que la izquierda dicta la ley, pasar por un hombre de derechas descalifica definitivamente», escribe Onfray en un ensayo dedicado a Albert Camus, «L’art de gifler un cadavre».* Parafraseándolo y trasladando el comentario a España, se puede decir todo lo contrario porque aquí quien dicta la ley es una tribu hosca, conservadora, neoliberal de mala traza, archidemócrata, para la que un escritor que sea reputado de izquierdas, populista, bolivariano, podemita, independentista no digamos, equivale no ya a la descalificación y al desprecio, que también, sino a la exclusión… si te lo niegan es que has acertado.

* Recogido en Le temps de l’ètoile Polaire (2019)

Las cartas boca arriba…

IMG_0036Nada, ni tocar, boca abajo, como mejor están, no vayamos a descubrir que solo eran cartones de trile sin figuras ni ases ni comodines. Además, atrévete a levantar las tuyas, antes de intentar abusar a nadie con tus verdades e impertinencias…

«¡Las cartas boca arriba!», grita el tahúr, porque sabe que las que tiene en la mano están marcadas.

—¡Las cartas sobre la mesa!
—Tú primero, campeón.

—¡Las cartas boca arriba!
—¿Pero qué dice, hombre, no ves que estás haciendo un solitario…?

—¡Les han mamao, les han mamao!…
—A ti también.

Aparecieron de pronto, regresados del olvido, haciendo espantus, dando abrazos, brindando… y desaparecieron de la misma manera. Igual ni estuvieron.

 

 

Un awayo

DSC_0038Se lo compré en el año 2004, en La Paz, a un tarabuqueño de nombre Martín, con quien he acullicado luego y conversado de la vida, esa que pasa, sí, en varias ocasiones. Aquel del 2004 fue un viaje especial para mí porque me jugué el pescuezo de la manera más tonta. Era viejo el awayo, pero me gustaron sus colores. A lo largo de estos años me ha acompañado por varios domicilios provisionales. Las polillas se han cebado en él en ocasiones y ahora estoy a punto de perderlo, si no lo he perdido ya, gracias a la mala fe de una enmarcadora de la calle Almadén, de Madrid, que me lo retiene desde hace semanas pretextando retrasos y echando a rodar embustes para encubrir que no me lo quiere devolver, porque sí, por las buenas, por chulería de  fornida y gritona Manola. Eso de gritar en plan sainete en una calleja de Madrid «hace mal efecto», que diría el médico cagueta. El awayo ha desaparecido. Últimamente parece que todo lo relacionado con Bolivia está para mí gafado, es k’encha, y yo también. No voy a correr el riesgo de que una abogada me estafe de nuevo, no cumpliendo con lo contratado, y no creo que acudir a la policía sirva para nada, como ya comprobé cuando, hace unos meses, me estafó un cerrajero que escapó a la carrera cuando llegó la policía. ¿Sicarios? Sería lo mejor, pero… Simple que es uno. Meses intensos estos. Creo que vivo en un pueblo y no en una pileta de morenas. Grave error de óptica este por mi parte. Mi temprana lectura de los pícaros, con Vélez de Guevara a la cabeza, no me ha servido de nada. En toda estafa hay un tonto y un sinvergüenza, decía aquel feroz magistrado del requeté corellano con toga: Don Vito Corellone.

«¡Ojo, zepo…!»

73322483_778342292619083_2005491969064697856_o¿Para que abrir ventanas a las potas y la mugre del alma del vecino? Por preguntar, sin hostilidad, por higiene digamos. Bastante tenemos con dar de comer a nuestros murciélagos y con lidiar con nuestros mentirosos y nuestros tartufos profesionales. Es de tontos o de masocas. Malos tiempos para la épica que no sea ratonera, la del cobarde puntillero.

* El título corresponde a un cartel de aviso en una huerta del camino de Santiago que decía: «¡Ojo, zepo, si pisas t’arranca pierna!» (Vía Gregorio Morán)

***No tengo ni idea quién es el autor de la soberbia imagen que adjunto.

Chalecos amarillos

Curiosamente el libro de Onfray que comentaba ayer se cierra lamentando el fin de los chalecos amarillos hundidos por la fuerza, los infiltrados, los políticos profesionales ‘parisinos’ y la mala saña mediática desde 2018, pero augurando su resurrección tarde o temprano porque el descontento de fondo tiene bases sólidas y ahí sigue.

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La ciénaga

Cómplices por encubrimiento o encubridores por ser iguales y por el hoy por ti, mañana por mí, y estar todos en el mismo negocio… en mis tiempos (de toga y trampa) la comisión de depuración del COA habría actuado de inmediato… ¿Estoy seguro de lo que digo? No… tenía su dificultá, ya saben, la ley es tela de raña, etcétera.

El concejal de Urbanismo describe un modus operandi para aprovechar la ineficacia de la administración y realizar actuaciones no amparadas por licencia urbanística
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Michel Onfray y los chalecos amarillos

IMG_0035Chalecos amarillos, poder económico, revueltas que fracasan reprimidas con violencia extrema, reclamaciones justas desacreditas con la difamación y calumnia d elos medios de comunicación afines al poder, contestarios fagocitados por el poder neoliberal que lo digiere todo con tal de no soltar las riendas…

«Francia está más que nunca cortada en dos: de una parte, aquellos sobre los que se ejerce el poder, y que yo llamo el ‘pueblo’… y de otra, aquellos que ejercen el poder, las ‘elites’…» (p.17)

Onfray habla de un país con tradición de revueltas, no de guerras civiles o golpes de Estado, como el nuestro, donde el disidente y el revoltoso están mal vistos, arriba y abajo, a derecha y a izquierda, donde impera una ley Mordaza que aborta protestas y demandas legítimas… Ay, de los populistas.

Proustiana del arrabal

82909227_173453247301391_1159975408569942016_oPrefiero, con mucho, la codeína al garnacho, ese vino cuyas uvas se cosechaban en lo que hoy son barrios populosos de Madrid y que es golosina para viejos medio ensimismados, tontilocos, octogenarios que al ir a pagar le dejan propina a la camarera y le dicen «Toma, p’a que te compres unas bragas…» Lo qué hace un vaso de garnacho medio dulzón, o dos, sobre la madre de la instrucción deficitaria y la mugre. El otro, en el mercadillo, no protesta porque las acelgas estuvieran feas, de lo que se excusa el vendedor, y dice: «Bah, yo me lo como todo, peor era lo que me daban en la cárcel»… Es el viento, no hay cuidado, escucho y el ventarrón me lleva a Baztan y allí me quedo. Proust.