Breves del Terramundi

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Mientras lo que me pongan sobre la mesa sea comestible, valoro más la compañía, la conversación, la convivialidad (Plutarco, Cuestiones convivales) que la cocina.

Con todo, la invitación de los cocineros de César Fernández Arias es como para aceptarla sin dudar, que se lo pregunten a Claudio Ferrufino-Cequeugniot, que estuvo.

Te cuelgan el cartel de haber regañado con un editor cuando lo que sucedió es que ese editor era un estafador inmobiliario que cobraba en negro y tú comprabas sobre plano lo que nunca se hizo en la realidad…  Un infierno en el jardín… Demándanos si quieres y se reían de lo primo que eras.

Es probable que no termine de acostumbrarme a «la vida madrileña», que se me haya hecho tarde para estas cosas. Son muchos años de vida al margen para navegar por las sutilezas de la trama social.

—¿A dónde vamos?
—A ver al ogro, que me han dicho que no muerde..
—¡Vamos!

No te equivoques no buscan ni tu trato ni tu amistad, sino lectores, clientes, público…

Pantanoso o cenagoso terreno el que dejé atrás hace ya dieciséis años… Cuando te montas en el Metro camino de extramuros reparas en que estás de más y que eso es una suerte.

 

 

El artista en el arroyo

Para el arrastre. Hay días que el artista está para el arrastre, sonriente, pero para el arrastre, por mucho que la china de la taberna del barrio diga que está estupendamente, hecho un chaval, como corresponde a ese artista que va detrás de las mariposas que vuelan lejos del alcance de los ciegos de alma, algo así, algo así dijo, sí…

Se lo dijeron muchas veces y el lo olvidaba muchas más… «¡Acabarás en el arroyo!»… Qué visión de futuro la suya con una navaja capadora en la mano.

Carolina Martínez y Clemente Bernad en el banquillo

Por seguir con la argumentación del fiscal en el caso de Carolina Martínez y Clemente Bernad: ¿es lícito cometer delitos si estos tienen como escenario un espacio privado? O lo que es lo mismo ¿nuestros actos delictivos solo lo son en la medida en que te descubran y acusen? Más obtuso o malintencionado no se puede ser.

Aquí de lo que se trata es de que hay una permisividad política, judicial, mediática y social con el franquismo y el golpismo, cuando no con su franca y descarada exaltación, en público y en un privado que es culto, clero y milicia descarada.

El tuteo (breves)

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A mí me da asco que me tutee quien lo hace no por igualitarismo, sino para manifestar el poco o ningún respeto que te tiene, o el desprecio que te pueda rebajar: policías, burócratas, seguratas… funcionarios a cuyo superior tú tratas de usted porque te parece lo correcto. El afán igualitario  es otra cosa y dudo que empiece por ahí.

Y cuando te llaman «caballero», en realidad te están insultando, porque no consideran que lo seas, sino que lo que buscan es evitar  llamarte señor que les parece demasiado… guárdate de decirles que son unos macarras.

Tengo fobia a la gente uniformada, armada, a la que lleva la bandera rojigualda decorando las esposas o la porra o el nabo (ya puestos)… en Madrid hay mucha: ejércitos privados de hombres de mano que obedecen al que paga y que, llegado el caso, pegan por gusto y por dinero. El trabajar de algo no lo justifica todo, ¿o sí?

En Madrid sobran motivos para echarse de cabeza en la misantropía.

No eres de fiar… ellos tampoco.

 

Las viejas amistades

IMG_0016.JPG Una visita al Thyssen y el reencuentro con viejos amigos, vistos por primera vez en el Palacio de la Virreina, en Barcelona, en julio de 1986, por indicación de Pere Gimferrer, el día que le conocí y firmé mi primer contrato con Seix Barral, inolvidable día por tanto. Me gustaron mucho tres cuadros. The last portrait, de Freud, Habitación de hotel, de Hopper y El griego de Esmirna (Nikos), de Ronald B. Kitaj. Los tres me han acompañado de una manera o de otra durante todos estos años y han aparecido en novelas y dietarios. De El griego de Esmirna (Nikos) ignoraba entonces que Kitaj se había inspirado en versos de Kavafis en los que este habla de sus derivas por los «burdeles grasientos» –Ramón Irigoyen, su mejor traductor sin duda– de Alejandría y en un amigo suyo de LOndres, un griego escritor, homosexual, que pasa de largo delante de la prostituta. Por las tabernas y los burdeles de Berito me revuelco. IMG_0015.JPG

Esa desolación reflejada en el rostro del cuadro de Freud  y el cansancio de la mujer en su habitación de hotel, con una carta en la mano, decía yo, cuando en realidad dicen que es un horario de trenes. ¿Cambia en algo mi visión del cuadro? En nada, creo. Una vuelta de tuerca más en mi relato.

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El psiquiatra, de Kurt Schwitters

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Merzbild 1A, de 1919. Hacía 1969, en la ciudad de todos los demonios, todavía intoxicada de clericalina y de ramplonería, había pintor que insistía con poca fortuna en ese ensamblaje de objetos dispares. Hacer dadá en ciudades como aquella de la BPS, los curas, el Opus, los militares, los carlistas, metidos en un laberinto de un kilómetro cuadrado, era coger boleto seguro para el manicomio.

Matta Echaurren, Roberto (en Pamplona)

IMG_0014.JPGFue hace mucho, en 1976, y en los antiguos pabellones en la Ciudadela de Pamplona. Para mí fueron años de desconcierto. Hacía poco más de un año que había empezado a ejercer de abogado, menudo error. Leía en Faulkner la historia de aquel Compson que había llevado un largo periodo de personalidad dividida queriendo ser el maestro de escuela que creía querer ser, hasta convertirse en el jugador que en realidad era.

Me lo he encontrado, a Matta, en el Thyssen, y he recordado aquellos años y un cortejo de comparsas de carcajadas rotas, mucho humo, quinquis, listos a lo Jolderlín que no han dado un palo al agua, César Vallejo como último consuelo, considerando en frío, imparcialmente, Ramón Irigoyen, a quien salvo del naufragio, antes de que publicara uno de los dos mejores libros de poemas de la década, escritos por poetas de su generación, Cielos e inviernos (1979), allí está condensada una época, aquella, los días y sus noches, el ir de ningún sitio a ninguna parte… aquí estamos.

Beckmann

IMG_002146368789_2150066475056325_3165447393151811584_oThe Beginning, de Beckmann, lunes 12.11.18, al día siguiente del centenario de Armisticio de la Gran Guerra en la que el pintor actuó de enfermero (buenas páginas de diario de esos días de guerra y hospitales).

Demasiado antológica la exposición para mi gusto. Hubiese preferido más obras del periodo berlinés o parisino.

«Un pintor alemán en una Alemania confusa», decía el reclamo. ¿Seguro? Quienes la padecían tenían clarísimo en qué época estaban y quienes urdían golpes y subversiones nazis, también. Ese confuso, evita hablar de manera directa del fondo del asunto, incómodo, sobre todo ahora.

República de Weimar… los espartaquistas, las compañías libres de pistoleros, los billetes de un millón de marcos que servían para empapelar habitaciones,

Interiores que ahora mismo la serie Babylone-Berlin reconstruye: mugre, sordidez, perdedores, lisiados de la Gran Guerra, pobreza extrema y lujo, prostitución, drogas, negocios sucios. luchas callejeras de comunistas condenados a desaparecer aplastados…

Hace años era Fasssbinder con su Berlin Alexanderplatz en la estela de Döblin.

Alfred Döblin, Thomas Mann, Heinrich Mann, Stefan Zweig, Bertold Brecht y su ópera de cuatro cuartos, Remarque…

 

Beckmann… heraldo de apocalipsis… entonces y ahora.

Franz Hessel, páginas de flâneur berlinés, prologadas por Walter Benjamin: Berlín secreto, Paseos por Berlín..

Hace muchos años estuve ahí mismo viendo una exposición de Grosz con Valentí Puig, amigo inolvidable, como aquella exposición y las reflexiones de Valentí acerca de aquella época putrefacta.

Beckmann, Max (1884-1950): Family Picture. 1920..

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