Carolina Martínez y Clemente Bernad en el banquillo

Por seguir con la argumentación del fiscal en el caso de Carolina Martínez y Clemente Bernad: ¿es lícito cometer delitos si estos tienen como escenario un espacio privado? O lo que es lo mismo ¿nuestros actos delictivos solo lo son en la medida en que te descubran y acusen? Más obtuso o malintencionado no se puede ser.

Aquí de lo que se trata es de que hay una permisividad política, judicial, mediática y social con el franquismo y el golpismo, cuando no con su franca y descarada exaltación, en público y en un privado que es culto, clero y milicia descarada.

Las viejas amistades

IMG_0016.JPG Una visita al Thyssen y el reencuentro con viejos amigos, vistos por primera vez en el Palacio de la Virreina, en Barcelona, en julio de 1986, por indicación de Pere Gimferrer, el día que le conocí y firmé mi primer contrato con Seix Barral, inolvidable día por tanto. Me gustaron mucho tres cuadros. The last portrait, de Freud, Habitación de hotel, de Hopper y El griego de Esmirna (Nikos), de Ronald B. Kitaj. Los tres me han acompañado de una manera o de otra durante todos estos años y han aparecido en novelas y dietarios. De El griego de Esmirna (Nikos) ignoraba entonces que Kitaj se había inspirado en versos de Kavafis en los que este habla de sus derivas por los «burdeles grasientos» –Ramón Irigoyen, su mejor traductor sin duda– de Alejandría y en un amigo suyo de LOndres, un griego escritor, homosexual, que pasa de largo delante de la prostituta. Por las tabernas y los burdeles de Berito me revuelco. IMG_0015.JPG

Esa desolación reflejada en el rostro del cuadro de Freud  y el cansancio de la mujer en su habitación de hotel, con una carta en la mano, decía yo, cuando en realidad dicen que es un horario de trenes. ¿Cambia en algo mi visión del cuadro? En nada, creo. Una vuelta de tuerca más en mi relato.

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El psiquiatra, de Kurt Schwitters

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Merzbild 1A, de 1919. Hacía 1969, en la ciudad de todos los demonios, todavía intoxicada de clericalina y de ramplonería, había pintor que insistía con poca fortuna en ese ensamblaje de objetos dispares. Hacer dadá en ciudades como aquella de la BPS, los curas, el Opus, los militares, los carlistas, metidos en un laberinto de un kilómetro cuadrado, era coger boleto seguro para el manicomio.

Matta Echaurren, Roberto (en Pamplona)

IMG_0014.JPGFue hace mucho, en 1976, y en los antiguos pabellones en la Ciudadela de Pamplona. Para mí fueron años de desconcierto. Hacía poco más de un año que había empezado a ejercer de abogado, menudo error. Leía en Faulkner la historia de aquel Compson que había llevado un largo periodo de personalidad dividida queriendo ser el maestro de escuela que creía querer ser, hasta convertirse en el jugador que en realidad era.

Me lo he encontrado, a Matta, en el Thyssen, y he recordado aquellos años y un cortejo de comparsas de carcajadas rotas, mucho humo, quinquis, listos a lo Jolderlín que no han dado un palo al agua, César Vallejo como último consuelo, considerando en frío, imparcialmente, Ramón Irigoyen, a quien salvo del naufragio, antes de que publicara uno de los dos mejores libros de poemas de la década, escritos por poetas de su generación, Cielos e inviernos (1979), allí está condensada una época, aquella, los días y sus noches, el ir de ningún sitio a ninguna parte… aquí estamos.

Leyendo a Eduardo Arroyo

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Llevo desde ayer, que lo compré en la librería del museo Reina Sofía, leyendo Minuta de un testamento, las memorias del pintor Eduardo Arroyo. El otro día, amigos que le trataron, me dijeron que me hubiese gustado conocerlo, que nos habríamos llevado bien. Conocerlo, sin lugar a dudas, lo otro no se puede asegurar, suele ser un azar y un regalo de la vida. La persona y el personaje que aparecen en esas páginas me gustan. Y lamento haber pasado casi de largo ante su obra (y la de muchos otros) durante años y más años que no sé dónde he estado. Un Rip Van Winkle que no se reconociera ni a sí mismo

Aquí traigo tan solo unas citas relativas a la memoria y la desmemoria nacionales, alguna es un comentarios suscitado por la presencia del monumento de Cuelgamuros. Lo dice Arroyo y , tras mirar de reojo a derecha e izquierda, no rechista nadie, si lo dices tú es otra cosa

«Corren tiempos de desmemoria; en un futuro próximo la memoria entrará en coma para no volver a despertar jamás». (pág. 77)

Y del estado laico, qué, se pregunta de manera por completo inútil el pintor.

«La crispación de la sociedad española es manifiesta. […] Españoles indiferentes y mudos que han renunciado a la Memoria y a la Historia por un espeso plato de lentejas […] España no consigue desembarazarse de sus propios deshechos. La Historia de entierra bajo el homenaje y la pedantería mientras el país se va volviendo amnésico […] ¿No será esta amnesia colectiva la que agudiza las contradicciones de la sociedad española que no dejan de aflorar» (Págs. 95-96)

La ilustración corresponde a la serie de cuadros que dedicó Arroyo a la mujer del minero Pérez Martínez, Constantina, alias La Tina, rapada por la policía en 1968.

 

 

 

Au bon coin

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¿Estaba ahí en 1971 o este es otro de los recuerdos de vida vivida por otro?
¿Y si el Bon Coin fuera otro?
Del adoquinado me acuerdo, es decir, del traqueteo… lo demás.
Pasábamos de largo viniendo de Aubervilliers.
De eso se trata: del pasar de largo.
Por esa calle, ese canal, esa vida.
Luego los recuerdos de lo vivido
y de lo imaginado y de lo soñado
se acumulan
como platos sin fregar (Léo Ferré)
como sueño indescifrable.

* La fotografía es de Robert Doisneau

Fuego de banderas

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Al actor Dani Mateo le han intentado boicotear un espectáculo cómico por causa de su sketch sonándose los mocos con la rojigualda, un viejo número de variedades ya, al tiempo que otros patriotas que, como Vargas Llosa, tienen serias cuentas pendientes con hacienda, retiran la publicidad a su programa, siguiendo unas difusas instrucciones que circulan por las redes sociales.

No voy a negar derechos a nadie, pero a mí no me cabe ninguna duda de que en este país hay gente que se limpia no ya los mocos, sino el bul con esa misma bandera y no son precisamente los secesionistas, separatistas ni populistas, sino esos españoles y muy españoles que con sus votos han sostenido un régimen de corrupción, represión y precariedad social. Si algo no es la patria que esa bandera quiere simbolizar, es la desvergüenza hecha sistema político.

La bandera lo cubre todo, la corrupción, la mentira, el delito, las precariedades sociales, todo. No hay mejor imagen que la fachada del PP cubierta con la rojigualda. Eso lo dice todo, la misma semana que la Cospedal dimite hasta de su sillón de diputada para evitar que se carguen las tintas con la acusación de que quería refugiarse en el aforamiento que tan bien les ha ido a otros. Cospedal vino a confesar de manera paladina que empleó maneras delictivas en defensa de su partido, algo asombroso. Al sentido estricto de sus declaraciones sobre los encargos a Villarejo me remito. Y no pasa ni va a pasar nada, desengañémonos.

La bandera, es la rojigualda con la que Gustavo de Maeztu dijo que se haría una funda para el gramófono al tiempo que decía que la patria era un invento del gentil cuerpo de Carabineros para fumar gratis. Hoy, tal y como está el clima patriótico, le habrían linchado y rajado sus cuadros. Claro que luego, ya de mayor, don Gustavo, disfrazado de pastor de villancicos, dibujó un general Franco de expresión obtusa, pero icónico, y un José Antonio Primo de Rivera «profético» con la puerta de Alcalá al fondo por la que solo pasaría metido en un cajón. Eso lo cambia todo. Hay que arrepentirse, darse golpes de pecho, hacer méritos e ir a morir al palo, de lo contrario, tarde o temprano vas a tropezar con un patriota a quien el cuerpo le pide sangre y necesita sacar pecho, aunque sea frente a nadie: gente que sin enemigo a abatir no son gran cosa, por mucho que berreen ser los novios de la muerte.

Patriotas de una sola patria, la suya, y al ritmo de su cornetín de órdenes. No hay otra España que la suya, ni otras banderas ni otros proyectos vitales y sociales que los suyos, y eso a la postre resulta temible, y creo que no se enfrenta con la suficiente firmeza. La bandera rojigualda se ha convertido en un banderín de enganche que pide guerra a quien no piensa en votos ni en urnas cuando berrea un descompuesto «¡A por ellos!»

Patriotismo es que a un francotirador, franquista y muy patriota, que tenía pensando atentar contra el presidente de Gobierno (si eso es cierto) no le juzguen por terrorismo, mientras que sí lo han hecho con cantantes y tuiteros por motivos de verdad fútiles o con los muchachos de Alsasua, aunque cambiaran la calificación. Y nos lo intentan explicar con palabrería, mañas y marrullerías de trileros, cuando sería más ético decir que hacen lo que les da la gana, lo que les conviene y que tienen la fuerza de su parte.

Esa, la del pufo que no cesa, lo policiaco, la precariedad social, es la patria que se defiende con la banderitis del pijerío madrileño, la burguesía de orden nostálgica del franquismo y el lumpen macarril que ha salido de las cloacas del sistema social y ha sido recuperado en apariencia para la sociedad al sentirse en ella integrado por tener una misión patriótica que cumplir, algo que resulta temible a corto plazo y a lo que no se le presta suficiente atención, que a eso se reduce esta sombría historia: a que por mucho que nos digan que no pasa nada, sí pasa, y nos va a arrollar. Son temibles las medidas políticas que pueden imponer de llegar al gobierno de la nación, solos o constituidos en un «frente nacional» del que ya se habla sin temor. A los partidos que acudieron a buscar camorra a Alsasua es mucho más que una bandera lo que les une en piña.

 

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, 11-XI-2018

**** En la imagen, un gorilón del barrio de Chueca con vestimenta paramilitaroide.

Madrid, al paso

IMG_0092.JPGIMG_0090.JPGIMG_0091.JPGIMG_0093.JPGParadojas y contradicciones del callejeo madrileño, chabolismo urbano (mañas del recoveco, del hueco, el nicho, del abandono, cuerda floja del desalojo) a las puertas y ventanas del organismo oficial que de la vivienda municipal se ocupa, pero supongo que solo de la de quienes pueden pagársela, lo de los realmente excluidos, que son muchos, siempre va por otro lado.

Tu mirada es demagógica, populista y lo que haga falta, pero las chabolas y sus habitantes ahí están, al mismo tiempo que han proliferado las agencias inmobiliarias que ofrecen toda clase de servicios de préstamos incluida la tramitación de herencias y que no hace falta ser adivinador del porvenir para intuir al menos a dónde va a parar esta euforia y esta precariedad manifiesta.