A contrapelo

DSC_0292

* Bien está lo que mal acaba porque debería haber acabado  mucho antes.

* Te vayas de donde te vayas, porque te sobran motivos para ello, cuida de no dejar nada a tu espalda.

* Al guardián de ortodoxias que dejas a la espalda, puerta de olvido.

* «No es mi guerra», decía campanudo para ocultar que no tenía ninguna.

* Para cuando despliegas la divisa de «Mejor nada que cualquier cosa» la sábana está apolillada, es demasiado tarde, pero mejor cuídate de echar en falta el barato que tenías.

* Lo más común es que quien denuncia con un deje que este es un mundo de amiguetes y solo de eso, los tiene y los cultiva en el alegre pimpón del toma y daca. La tribu cerril es siempre cosa del otro.

El chalé y los pisitos

IMG_0286 ¿Me importa algo el chalé del dúo dinámico Iglesias-Montero? Nada. «Hor konpon», diría mi fallecido amigo Antton Basurde. No soy militante ni simpatizante de ese partido o mogollón o lo que sea. Pero si bien me aburre el asunto como noticia bomba y albondigón ineludible del menú mediático del día, me irrita como pretexto de esgrima de política trapacera.

Me importa mucho más que un asunto particular como es ese se haya convertido en una cuestión no ya de agenda mediática, sino poco menos que de salud ética del Estado, en un país, este, en el que se ve que hasta el más tonto hace relojes de madera, tiene su grupito de trile y es un trueno que se viste de nazareno cuando toca. Nunca me he fiado de quienes se rasgan las vestiduras por asuntos que ellos mismos se permiten con largueza o codician de manera furiosa hasta que los consiguen. Virtudes públicas, vicios privados. Quienes alancean a los diputados que ingresan cantidades que la mayoría ni soñamos, callan cuando se trata de hablar de las dietas por alojamiento de diputados que poseen varios inmuebles en la misma ciudad: esto es una bagatela, lo primero no. Ganan dinero, mucho, ¿qué deben hacer? ¿Meterlo en Suiza o en Panamá como los otros? ¿Hacer caridad (la llames como la llames)? Yo no lo sé y como no lo sé, no daré lecciones a nadie sobre sus dineros. ¿Congruencia? Eso es mala retórica, me temo.

Dicho sea al margen, si alguien quiere informarse del precio de los inmuebles en Madrid, y quitarse el hipo de paso, puede acudir a alguno de los varios portales inmobiliarios que sirven de Bolsa de valores no ya a particulares necesitados de una vivienda, sino a grupos y grupitos de inversores que compran preferiblemente lo más barato que pueden para alquilar lo más caro posible. Los pisos de medio lujo, situados muchas veces en las proximidades de infraviviendas o restos de chabolismo, superan en mucho la cifra que escandaliza a quien no tiene mejor cosa que hacer. El mercado inmobiliario y sus excesos, la estrecha relación del negocio bancario con el imparable chorro, que no goteo, de desahucios no son noticia, no merecen otros comentarios que los marginales, aburren, estropean el decorado del espectáculo arrevistado «Viento en popa».

De las penalidades ciertas de los jóvenes y menos jóvenes que en la búsqueda del pisito y la hipoteca son abusados en el mercado de los alquileres —descontrolado, digan lo que diga– o de la arquitectura-basura tampoco se habla más que si toca hacer un reportaje del tren ferial de los sustos o pedir otro trago después de concluir que se trata de una leyenda urbana, porque aquí todo termina de esa manera: leyendas urbanas de quita y pon, sí, pero el derecho a la vivienda digna es constitucional, es elemental, no puede equivaler a un lazo de horca.

Un país, este, en el que personas con demostrada instrucción deficiente llegan a presidir la Cámara de Diputados, en el que se falsifican títulos universitarios, se cometen fraudes administrativos de manera impune, y se avalan documentos oficiales, de trascendencia jurídica, por parte de profesores que admiten de manera alegre haber recibido presiones para aprobar –facilitar, facilitar, en qué estaría yo pensando– el carrerón de un donfigura del partido en el Gobierno; un país en el que una cleptómana de la vida guapa preside una comunidad como la de Madrid, mientras otra se escurre como puede perseguida por lebreles no del todo jurídicos, en el que un juez decide que la trapisonda de las preferentes, ese negocio de unos pocos a costa de los bienes de muchos, fue por arte de magia, por climatología adversa, por las buenas y no por las malas, asunto este del que todavía estarán partiéndose el orto de la risa quienes las vendieron como si de un deporte de elite se tratara; un país, este, en el que un asunto que dejó hace mucho de ser estrictamente jurídico para ser político y de Estado, como es la euroorden de persecución de políticos catalanes refugiados en Bélgica, se sustancia con marrullerías procesales y engaños a la opinión pública… ¡El chalé, el chalé!

El pisito no y el chalé menos, el blocao, el ciudadano que quiera salir indemne de este desdiós necesita un blocao, una guarida camuflada antes de que le den caza y le desahucien de la vida.

*** Artículo publicado en el Diario de Noticias, de Navarra, el 20.5.2018

OTROSI DIGO: que me importa mucho más que el habitáculo de la imágen sirva de vivienda habitual a un sin techo… desde hace meses además y en el centro de Madrid.

 

 

 

 

«Camarada Pedersen»

GtvLbWBGymnaslaerer Pedersen (2006), del noruego Hans Peter Moland. La he empezado a ver visto con prevención, pero me ha acabado enganchando ese retrato vitriólico de militantes maoistas noruegos del 68 y los setenta en una sociedad acomodada, que me ha recordado a otros enardecidos sesentayochistas, chequistas de alma (El chekista, temible película de Aleksandr Rogozhkin), pasionarias de pueblón racistas hasta las katxas, inolvidables, pequeños burguesas que jugaban  a hacerse proletarias o proletarios hasta que la cadena de montaje o la cantera las tiró a la cuneta de la historia, tras haber vendido infumables pasquines de propaganda, inquisidores de taberna, ideólogos vinosos… y todo para nada, para amorrarse a la escudilla del poderoso de ocasión. El dinero no huele. ¿Ser dichoso? Eso es o era cosa de pequeños burgeses. La razón de la historia estaba con ellos, decían aquellos maoistas de pueblón en la alta madrugada de los tragos, estaba con ellos, iban de obreros a Alemania para poder leer los textos de Rosa Luxemburgo en alemán y han acabado dando lecciones reaccionario-cristianas desde la más palurda derecha…. Sermones, sermones, arengas, empujones, los más listos siempre… «La perra que los tiró», diría Alfredo Zitarrosa (en La ley es tela de araña)… Si al menos hubiesen sido anarcos de alma, libertarios de los de ni Dios ni amo, pero no, no, las filas (prietas), el orden, la crueldad ratera, las reglas, la vida entregada a la Causa les vencía el seso… ah, sí, y el dominar al prójimo y jalear la lucha armada y etcétera… Recuerdos durmientes que a la menor despiertan y desvelan.

Mayo de 1968

DcM9lsbX4AMrx_0Hace cincuenta años. No hay mucho que celebrar y hace ya años que quienes recordaban haber estado en aquellas calles de las que arrancaron los adoquines para montar barricadas, dejaron de hacerlo. Desmemoria y nómina, pompa, senequismo. La inmensa mayoría vivimos aquellas semanas desde lejos, desde muy lejos habría que decir, tanto que hasta los hechos y las voces concretas quedaban muy desdibujados por un presente que nos tenía acogotados con una policía política que maltrató por sistema y un Tribunal de Orden Público que envió a la cárcel a miles de ciudadanos. Aquel espectáculo lejano venía a ser un golpe de aire fresco. Nunca he entendido el encono hacia aquel recuerdo, porque recuerdo es, de gente que aquellos días era un niño de parvulario, ni siquiera un adolescente, pero saber, saben más que nadie, y pontifican de lo no vivido o se burlan, eso a capricho.

         Aquellos de mayo de 1968, al menos en los recortes de prensa que conservo –la prensa del régimen execraba solemne de aquel levantamiento callejero–, fueron días de rebelión callejera, de barricadas, de gritos, pedradas, banderas, utopías, ni Dios ni amo, gases lacrimógenos… los parachutistas y los tanques del general Massu, el responsable confeso de las torturas en la guerra de Argelia, estaban apuntando, desde Baden-Baden, hacia París por si había que repetir la masacre de la Comuna de 1871. Se olvida. Todo se olvida. Se recuerda, es más cómodo, una épica juvenil que el tiempo ha convertido en un mascarón de cartón piedra y enviado a sus protagonistas al olimpo de la derecha malencarada, en el mejor de los casos, el más común. La banderas rojas y las banderas negras tenían otra cara, otro futuro, que no pasaba por la calle y sí por caja. Dura lección. Muy extendida esta.

         61Wwf6pPlPL._SL1200_Mayo de 1968. «Nobleza de calendario» cantaba años más tarde Léo Ferré, emocionado después de haber visto por primera vez en su vida la bandera negra de los anarquistas flamear en las calles de París, en el atardecer del viernes 10 de mayo de 1968, la noche de las barricadas, la víspera de una huelga general que paralizó un país y se disolvió en humo. Dura lección, insisto, que hemos tragado a cucharadas soperas. El nuevo mundo que parecía nacer aquellos días tardó poco en hacerse viejo. Palabras, muchas, miles de páginas, iconografía de adorno y culto… hechos, pocos, condenados de antemano a transiciones pactadas, al juego parlamentario, al lenguaje de las urnas, al más de lo mismo o muy parecido.

         Puedo preguntarme qué queda de aquello, pero no tengo más remedio que contestar que, como mucho, unas fabulosas tragaderas para los empujones que propinen los poderosos de ocasión o algo peor, el olvido más completo, la lírica utopía de la rebelión y del apropiarse de las calles hoy proscrita por la religión del orden y de la democracia, por una reacción de buen tono que no quiere líos, ni calles incendiadas. Nunca más. Debajo de los adoquines no está la playa sino la porra, la cárcel, las multas. La autoridad no se deja así como así y eso que los motivos de rebelión callejera se han multiplicado de manera alarmante. No hay día que no suministre un pretexto para la sedición más completa. El orden es el desorden más la fuerza, el poder, conviene tenerlo presente. No vivimos tiempos de barricadas, sino de represión del terrorismo, porque toda repuesta por muy aleve que sea al poder y sus excesos, lo es, terrorismo. No levantes los adoquines de las calles, allí donde queden, para buscar la playa porque te morderá el Código Penal azuzado por un centurión togado.

         Y sigo preguntándome qué queda de todo aquello, cincuenta años después. Como mucho, canciones y una melancolía intensa de lo que no pudo ser y no fue… «antes de hacer la revolución en la calle, hay que hacerla en la cabeza», decía el mencionado poeta, Léo Ferré, y eso es más complicado, mucho más, sin comparación. Espolinar esas telarañas de convenciones, sectarismos de banderín y tribu, dogmas, consignas, prejuicios, autoritarismos caseros, machismos, sexismos y xenofobias de puertas para adentro, donde nadie te ve, es mucho más costoso que salir a la calle a pegar voces para regresar por donde se ha venido.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, el 13-V-2018

Ver «París no siempre era una fiesta», de Antonio Pérez

Espejismos

IMG_0168Los amigos de tus enemigos… se me ha olvidado cómo sigue, o no quiero admitir la por fuerza sectaria conclusión, esa que conduce a vivir en banda o a cara de perro. De algo de esto hablé ya en Diario volátil, aunque creo que de manera inútil o volátil porque las ocasiones de enfrentar situaciones como esa del enunciado se multiplican a nada que salgas de tu guarida, que eso es lo que acabas teniendo. La pachanga social es compleja y hay que saber bandearse en ella. Nabokov, en Mira, los arlequines!, diciendo que soledad equivalía a libertad y conocimiento. No estoy tan seguro. Soledad equivale más bien a ensimismamiento y a soliloquio… y a mucho mito literario recurrente y desgastado.

Barojiana

 

DdA0OlkX0AM95-B

* «El laberinto de las sirenas», por Carlos García-Alix, en su exposición «Bandera de Francia»: españoles sin patria 1936-1940.
Baroja y las estudiantes extranjeras del Colegio de España, de París en sus años de expatriación.
«Las norteamericanas eran las más atrevidas y entre ellas había muchas borrachas y entusiastas del whisky».

* Barojiana: a cierta edad cuesta hacer como si sí, cuando es no. No queda sino cerrar la puerta para evitar falsedades y enredos.

* Baroja, permanente pretexto para un roto y un descosido… y hasta para el blanqueo de capitales.

* Baroja: una cuestión no de leer en lo que está escrito, sino de culto y clero, por eso se oculta y tergiversa todo lo que estropea la imagen del estafermo subido a los altares. El que se atreva a poner en entredicho las verdades oficiales del culto barojiano verá cómo sus trabajos no serán publicados por muy documentados que estén.

* Con Baroja en el centro de la escena lo que se dilucida es mucho más que una obra literaria: un desacuerdo radical en la forma de vivir el presente y de nombrarlo. No hay acuerdo posible. Todo un síntoma.

 

Bilbao, Bilbao..

Esta mañana, en el Café Iruña, me acordaba de mis viajes a Bilbao en los años setenta, ochenta y hasta mediados de los noventa. Casi todos fueron viajes felices: conferencias, lecturas, libros y encuentros con buenos amigos que todavía conservo y con otra gente que lamento de veras haber conocido y tratado. Las cosas se han torcido y retorcido mucho en estos años por razones diversas, la política una de ellas,  y el mismo periódico que te jaleaba entonces y en cuyas páginas escribías, hoy te silencia y veta de manera grotesca. Aquellas tertulias del Café Concordia pasaron a mejor vida antes incluso que el propio café… lo del remedo de una nueva Escuela Romana del Pirineo era una sandez y al final, del modelo liberal unamuniano solo quedó la bandería y las trincheras, es decir, la más genuina tradición del país.
Esta tarde, después de presentar en una librería mi libro Chuquiago, llegué al Hotel Carlton a tiempo de escuchar a una escritora decir que le gustaba tanto Bilbao que iba a meter o había metido «un personaje vasco» en una de sus novelas. Cosas que oyes y te hacen desternillarte de la risa. Somos estrafalarios de veras y cuando nos ponen un micrófono delante de la boca no nos resistimos a soltar lo primero que se nos ocurre. También oía al pasar un retazo de conversación: «Oye, a sus treinta y cinco años se ha escrito una novela entera… y él solo», le decía un trabajador a otro que estaban a las puertas de EITB echando un pitillo. Frases, palabras aladas que se quedan colgando, como esta escuchada con desgana: «Bah, un escribidor que escribe de esto y de lo otro», puesta en boca de un jurado del premio Euskadi de literatura para desautorizar la obra de un autor hacia el que tiene inquina manifiesta expresada  de manera pública.
Bilbao, Bilbao… en los versos de Brecht o en los de Blaise Cendrars, y sobre todo en los de Blas de Otero.

Madrid, ese circo

goya-peregrinacion-a-san-isidro

Si la calle madrileña es la Gran Parada, el Metro es una de las muchas pistas del circo, entre Buñuel, Berlanga, Segura..
Entra en la línea de Serrano un rumano tullidísimo, lisiado a más no poder, arrastrando sus piernas retoricas y apoyándose en una muleta, a pedir la voluntad y dar los buenos días. Recorre el vagón de un lado a otro y no recoge gran cosa, por no decir nada. Pasa al siguiente vagón renqueando y en esto un tipo joven, con barba y gafas, pinta de estudiante añoso le pega una patada a la muleta del lisiado  que se va a freir puñetas y entonces  salta, y brinca, brinca, como un atleta, maldice, jura y se echa a por su muleta no con intención de apoyarse en ella, sino de partirle la cabeza al gamberro que ante la amenaza se levanta y saca su credencial policial y como el falso lisiado persiste en la intención de arrearle con ella, lo saca del vagón agarrado por el cuello de la zamarra… allí se quedó, en una estación, vaciando sobre un banco el bazar que llevaba en los bolsillos.
[Para el apartado de cosas vistas]

La burra al trigo

       Y no me refiero a Cristina Cifuentes, sino a mí mismo porque no me queda más remedio que volver, como la burra al trigo, al asunto de la semana pasada: el máster de Cifuentes y lo que va con él, que es mucho.

         Cifuentes comparece y ni aclara sus embustes ni prueba nada y se limita, como hacen todos, a amenazar con querellas, demandas, denuncias, que es el deporte nacional, algo que más que al reclamo del legítimo amparo judicial se parece cada vez más a la práctica deportiva de la estafa procesal.

         La defensa de Cifuentes se basa no solo en el desvergonzado apoyo político de su partido, sino en negar y negar la evidencia. Llega la hora del sacudirse las pulgas. Mientras unos dicen que no hay acta, otros que nada han firmado y que las firmas son falsas por lo que el acta es un pufo urdido, al parecer, por obra del diablo. Por su parte, el rector de la Rey Juan Carlos, tan acosado en este caso como la propia Cifuentes, comparece y se desdice de lo dicho, embarulla un poco más el caso y echa el apestoso paquete a la fiscalía. ¿Cuándo mentían? ¿Entonces, ahora o siempre? Si nos enteramos de algo como lo sucedido, resulta temible pensar en qué no habrán hecho.

         Lo que entre unos y otros dejan en claro es que Cifuentes mintió en su currículo político, lo hizo en sus primeras explicaciones oficiales y lo volvió a hacer en su comparecencia parlamentaria.

         Pero no solo mintió, sino que lo hizo exhibiendo un documento que produce efectos jurídicos, y que es falso. Un documento que se fabricó de manera dolosa y se exhibió lo mismo, con plena intención de engañar a la opinión pública y de beneficiar a Cristina Cifuentes, es decir, que le fabricaron una coartada con la seguridad de la impunidad política y judicial.

         En resumen: No hay trabajo. No hay acta. No consta en secretaría. A negar se ha dicho. Una profesora ha confesado. Miente. Las firmas son falsas. No es cierto. ¿De quién son entonces? Mienten como respiran. El tutor dice que fabricaron la coartada de Cifuentes. Intentan acallarlo con aplausos. Las notas se cambiaron irregularmente. Que venga un juez y lo bendiga. El rector confirma y no confirma y echa el asunto hacia la fiscalía con la esperanza, tal vez, de que haya suerte y de que en ese terreno nada se aclare… y lo más importante, Cristina Cifuentes sigue sin dimitir.

         Es un cúmulo de irregularidades maliciosas que si no son indicios claros, en algunos extremos, de delito es porque no se pone suficiente interés y diligencia en ello. Pero lo peor, a mi modo de ver, es la indiferencia, el encogimiento de hombros, no ya mediático –la resolución del tribunal alemán del caso Puigdemont ha venido muy bien–, sino social, y el interés en que esta acusación caiga sobre los hombros de una oposición pintada siempre como destructiva, mientras la derecha calla, niega la evidencia o apoya con descaro a la interesada y sus cómplices, y mete todos los palos que puede entre las ruedas para que se imponga el relato de que aquí no ha pasado nada, de que la denuncia del abuso es, según el presidente de Gobierno, «bastante estéril». Declaración esta que ha sido completada con carcajadas… hablar de falta de decoro es poco.

         A buena parte de la sociedad española lo del máster de Cifuentes le importa un comino porque ni siquiera saben qué cosa es, porque eso pertenece a un mundo que no es el suyo y lo de arrimarse medallas es una picardía muy extendida… ¿Y mentir? ¿Qué importancia tiene eso? Ninguna, absolutamente ninguna. Nuestros gobernantes vienen haciéndolo de manera ejemplar. Si ellos mienten ¿por qué no nosotros? Qué más da en consecuencia. Contagiosa falta de ética la de la vida española. Aquí lo que cuenta es la fachenda y como mucho el tener un descuido, «una mala tarde».

       En el refugio del «hablarán los tribunales» tienen, como mínimo, un respiro, añadido a la seguridad de que el paso del tiempo difumina mucho las cosas y de que no hay enormidad que no acabe aplastada por otra de igual o mayor calibre. ¿Dimitir? Ese verbo en España no se conjuga, ha quedado obsoleto por falta de uso.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra (Grupo Noticias), el 8.4.2018

 

Del odio, de lo sagrado y de lo patriótico

Captura de pantalla 2018-04-03 a las 19.58.21

Hace tres días publiqué esta entrada en Facebook y al margen de la borrasca que en un primer momento suscitó lo publicado, hoy he recibido una amenaza de ser denunciado por odio si no pedía perdón a los Gitanos y a la Legión por mis «comentarios racistas y difamatorios».
A la amenaza de acciones judiciales se me adjunta un enlace de un programa de radio en el que se me trata de «sujeto racista», expresión de intención ofensiva y despectiva que falta a la verdad no ya de unas líneas concretas, sino de la obra literaria y periodística de toda una vida.
No voy a rectificar nada porque no sé lo que tengo que rectificar y porque mi opinión es libre, y si el interesado juzga que «jito» es ofesivo, diré que es apocope de «ijito», palabra con la que se designa al gitano en lengua vasca, y expresión de uso común y popular en Navarra, sin connotación despectiva alguna, que yo sepa, de la misma manera que el gitano utiliza la expresión payo sin que nadie se rasgue las vestiduras.
Aquí va a resultar que no puedes hablar de lo que vives y tienes delante de las narices y te resulta chocante –como me resultaron las banderas rojigualdas encima de aquellas casuchas–, de aquello de lo que disientes o no te agrada como perteneciente a la vida pública y social del país en el que vives, sin pedir permiso a algún colectivo. Estamos viviendo en un mundo en el que quien tiene la fuerza de mano establece lo que es sagrado e intocable para sí mismo y persigue, denuncia y delata todo aquello que no le gusta, sea de intención dolosa o no.

Y así hasta el aburrimiento…
fronton_03_2.jito_alai1jito