Caza de citas: Ramón sobre Quevedo

Quevedo en su torre maltrecha (calavera de torre) de Juan Abad, señorío inútil como no fuera para retirarse, rumiar y aguzar el aguijón de su ingenio: «Todo es preparación para el viaje de vuelta cuando en la noche de Madrid descubra otra vez las cucarachas»

Y más adelante:

«Cuando llegaba a la corte era un compañero alegre de vivir esa solidaridad que han inventado los hombres para creerse libres del enterramiento en la tierra, que es la idea que viene del campo como una polvareda».

Escribir con makila

Escribir con makila. Es un bastón fuertemente herrado como el de los jitos y tiene un pequeño puncho escondido a rosca en la empuñadura rematada en un pomo de cuern, debajo del cual hay una leyenda alusiva a la quita y la defensa. La de esa de la imagen es Hitzemana zor: ¿lo prometido es deuda? Está hecha por Cassou, en Bassussarry, un pueblo que hasta que me muera asociaré a Francine Sauterau du Part, esposa de Javier García-Larrache. Por Dios, qué gente tan estupenda he conocido. Se fueron cuando más los necesitaba. De eso te das cuenta cuando ya es demasiado tarde.

A la makila la consideran un arma prohibida. A la familia Iturrioz (Andoni) le quitaron una centenaria, no ya por exceso de celo, sino con intención plena de fastidiar y de agraviar, algo que hoy se lleva mucho por parte de la autoridad, cuando vamos camino de no ser más que unos gobernados en libertad vigilada o condicional. Escribir con makila… Oteiza. No me fio de los pacíficos apesebrados, ni de los místicos silenciosos que les tocan el culo a las orondas camareras de la chocolatería, y menos de los malditos de pueblón que se jactaban de haberse metidos borracho en la cama donde reposaba el cadáver de su padre a cantarle las cuarenta o a declararle su amor filial (para hacer o decir esto hace falta ser muy cretino).  Toca a contar las campanadas de muerto y devolver los palos, pero con alegría, ¡Vamos a bailar! Venga.

Viaje interior, dicen…

Glorioso ese empezar el día con una hora o más de marcha (de palos dicen en el Valle) a buen paso por el parque del Borbón priápico. Dejas al celebro que vaya a su aire, que trabaje solo, luego ya escribirás tú si te acuerdas de algo, sin preguntarte, sobre todo esto, para qué escribes, porque a cierta edad, esa es reflexión venenosa. No sabrías reponderte ni responder al entrevistador que no te ha leído una sola línea con un vete a la mierda, cabrón. Escribes, los asuntos vienen solos porque están en el aire, bullen o han dormido en tu sesera, e incluso puede pasar que mientras tú duermes, tus personajes, sombras y fantasmas se vayan de copas, como le pasaba a O’Brien, irlandés. No hay cuidado.

Mi difunto amigo, Carlos A., y enemigo del alma de los 3 a los 70 años, decía que él participaba en las redes sociales para hacerse enemigos y ma foy que lo conseguía. Yo no llego a tanto ni lo pretendo, aunque tal y como están las cosas, a nada que tomes partido tienes como mínimo morros sociales. Nos puede la tribu y la secta.

A Carlitos A. le echo mucho de menos para reír y para reñir. Cosas que pasan. Me gustaba su Madrid tan de alcurnia como canalla, y sobre todo inesperado. No hay día que no me acuerde de alguna y me eche a reír: los falangistas de Guinea, grandullones, elegantorros y cubiertos de rojigualdas, simpáticos, mucho, noches del Patas y del Candela, altos discursos patrióticos del Peláez, tras patanear un rato con los de nuestro pueblo en el Jurucha, la prodigiosa morterada de copas que le levantamos a un cazador de bichos raros (y de dotes) que andaba con el maleante de Rodríguez Meléndez; el día que le tomó el pelo bien tomado a García-Posada, punto fuerte de la crítica literaria y solemne mala sombra en lo personal; el piso de su amigo Narváez (encima del Bar) que le dio dos hostias bien dadas a Hermann Tertsch, aquellas tabernas de Argüelles de hace cincuenta años… Ni él va a regresar, ni lo va a hacer aquel tiempo, aunque lo rescate en la escritura y sea invención pura.

Hablar con los difuntos, eso es lo que hago cuando escribo, pero no a la manera de Quevedo, o no solo así, sino con los amigos, camaradas, enemigos también, del tiempo ido todos.

El Loro Coirón por Madrid

La obra del dibujante y grabador francés y ya porteño Loro Coirón (Thierry Defert) la conocí en el suelo de la librería Crisis, de Valparaíso, la del mapuche Mario Llancaqueo, por donde el Congreso y el Cardonal y la terminal de buses… motivos estos dos últimos de muchas obras del Loro Coirón. Digo que lo conocí en el suelo porque solo allí podíamos abrir los grandes carpetones de dibujos y grabados, algunos de tamaño colosal (el mural de la estación Puerto): la ciudad, Valparaíso, sus plazas, sus jóvenes y sus viejos, sus menestras y palomas, sus fuentes de soda y el barullo de sus calles, los bares que ya son historia, como sus orquestas–«los cerros con sus calles y sus niños» que cantaba el Gitano Rodríguez, exiliado y recogido luego al fondo azul oscuro del Pasaje Pierre Loti –. Este de la imágen me lo traje en mi viaje de 2003 y lo dejé en Madrid, ciudad de paso. El Loro Coirón está unido indisolublemente a Valparaíso como dijo el Hombre de Playa Ancha de ese gran poeta del Puerto que es Guillermo Quiñonez.

El Gitano Rodriguez en su canción Valparaíso


Pero este puerto amarra como el hambre
No se puede vivir sin conocerlo
No se puede mirar sin que nos falte
La brea, el viento sur, los volantines
El pescador de jaibas que entristece
Nuestro paisaje de la costanera

Vuelta al Capricho

La última vez que anduve por El Capricho fue antes de la pandemia. Es uno de mis paseos madrileños preferidos, si no se trata de derivas urbanas. Además, está relativamente cerca de donde vivo. Esperaba encontrarme el otoño en sazón, pero va muy retrasado, salvo la luz oblicua que iluminaba a primera hora ese lugar extraordinario, mezcla de jardín asilvestrado y de jardín francés (lo diseñó a origen Boutelou, autor de un precioso tratado de jardinería) Me meto por sendas que suelen estar solitarias, pero dé las vueltas que dé, acabo en los mismos lugares de siempre: el estanque del jabalí, la casa de las abejas, el canal y sus reflejos, las puertas y respiraderos del búnker del general Miaja, posición Jaca, la última antes de caída de Madrid, que hoy tenía una de sus puertas abierta o cuando menos en plan exhibición.

¡A trabajar!

¡A TRABAJAR!.-  No sé si será cierto todo lo vomitado en sede parlamentaria por el corrupto comisario de policía Villarejo, personaje ya ineludible del esperpento nacional, pero vistos los antecedentes suena verosímil que M. Rajoy o Mariano Rajoy, o lo dos, se expresara en esos términos con el fin de hacer desaparecer las pruebas de que M. Rajoy era y es M: Rajoy, entre otros: «¡A trabajar!». Y el pocero de las cloacas se puso a ello con entusiasmo, convencido de que aquel trabajo servía para engordar su ya considerable fortuna, conseguida en el inmenso pozo negro del Estado  de una manera que le ha conducido al banquillo de los acusados por hechos delictivos y punibles de grueso calibre.

La de este siniestro personaje ha sido una canallesca exhibición de desvergüenza hablando de personas desaparecidas en manos del GAL –«Hubo dos o tres que se perdieron por ahí», o de quienes estaban detrás de esas siglas, como Barrionuevo o el siniestro Vera que hace unos días se permitió el lujo de afirmar que esos crímenes (organizados a todas luces desde aparatos del Estado) estaban en la línea correcta: la del asesinato de Bin Laden. El delincuente oficia de mártir…

El gánster policiaco declaró que a él le hubiese gustado participar en los crímenes del GAL, pero que no participó, que sus compañeros lo hicieron muy bien. Sientes asombro e indignación, pero ahí para la cosa. Es decir, lo que la policía no te permite a ti a él se lo consiente. A esto se le llama Estado de derecho, sobre todo si comes de él.

El problema no es que ese maleante que alcanzó la cúpula policial de un país mienta o no tenga pruebas de lo que dice, sino que justifique en sede parlamentaria el terrorismo de Estado sin que pase nada ni se mueva en su dirección un solo dedo jurídico de esos tan sensibles en casos del común. Y no solo eso sino que afirma que al emérito en fuga que Felipe González quiere traer en pompa, le inyectaron hormonas femeninas para rebajarle la libido o su priapimmo, que decía un poeta del madrileño Café de Gijón: «Se consideraba un problema de Estado que fuera tan ardiente». El esperpento y la certeza de vivir en un país chungo de veras, los tenemos servidos.

Sin salir del Ruedo Ibérico, un juez aduce la obediencia debida como justificación del delito perpetrado por uniformados; otro más dice que el uniformado cometió un delito de detención ilegal y otro de lesiones leves, pero nada dice de la evidente denuncia falsa por parte del uniformado ni del abuso de autoridad que va con ella; la inclusión en el Tribunal Constitucional de la verde magistrada del caso Altsasu no se ve como algo temible, sino como una conquista democrática. ¿Qué clima es este? Irrespirable, pero lo respiramos a pleno pulmón y más si es sentados en una terracita birra en mano disfrutando de una libertad de la que no goza ningún otro país europeo, ninguno, oiga, este, dicen, es el modelo de vida feliz a seguir, lo dicen y son aplaudidos..

¿Qué pensará Marchena de todo esto? Me gustaría saberlo y con él, todos los togados que se atrincheran detrás de la rojigualda hecha recortada. Después de un juicio infumable que sienta el precedente judicial de que pueden hacer con nosotros lo que les venga en gana, vemos a Marchena empeñado en derribar al diputado canario que tiene pelo y él no, o poco y de mal aspecto (a juzgar por las fotografías).  Marchena contra el pueblo, el pueblo contra Marchena pues, pero no, la Batet, presidenta del Congreso, de manera poco digna (opinión muy particular), se baja los pantalones (expresión muy popular) contra el criterio de los servicio jurídicos de la Cámara y, antes de que se reúna una Mesa del Congreso ya convocada al efecto,  le arrebata el acta al diputado canario Alberto Rodríguez. Está claro quién manda aquí o se impone, o detenta poderes que no le corresponden. Es preciso una batalla jurídico-político, y mediática, en la medida en que se pueda, que poco se puede, ya sé, contra las decisiones políticas de ese magistrado, porque tienen un tufo raro, como a sectarismo y odio de clase, disfrazados del más puro espíritu de culto a la Justicia, como si esta fuera un misterio guardado en una entogada caverna y Marchena su guardián. No la culpo a la Batet, a mí también todo esto me da mucho asco, pero tengo que tragar, no por respeto a nadie ni a nada, sino por miedo a la multa, al palo. ¿Creo en la autoridad? Ni por asomo, procuro que no me vea, parapetarme, camuflarme, etcétera.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en otros periódicos del Grupo Noticias, el 24.10.21

«Un galleguito muy panadero…» (Viene Capellanes)

De tan cariñosa manera llamaban los panaderos de la calle Misericordia/ Mendizabal a su empleado Manuel Lence, una vez que este, comprándoles la panadería y gestionándola como un profesional (y fundara el Café Viena donde me entrevistó en una ocasión el repulsivo Gándara) se hiciera rico. Su biógrafo baturro, el laminero Juan José Baturreta Baquero, se extasía delante de esos escaparates cuando pasa por Madrid y lo cuenta. Hoy, con los huesos de santo y los buñuelos habría disfrutado. Hoy tocaba ir a hablar de los panaderos de la calle Mendizabal y de sus mañas genéticas, por eso me he acordado, al paso y a carcajadas. En A la sombra de la higuera les espero, no hay prisa.

Patio Maravillas en Travesía de San Mateo

Los desalojaron en 2017, el edificio estaba cerrado, así sigue manteniéndose con dinero público (se dice o dijeron ) a la espera de una rehabilitación que encarezca más el mercado inmobiliario de la zona o apartamentos turísticos con abrevaderos y comederos… Merodeo a menudo por esa zona como quien inspirado por dos fantasmas: el de mi abuelo paterno y su hermano que vivieron en esa calle, estudiantes en Madrid, muy a comienzos de siglo, y por la familia desconocida de mi tío, que salió de esa calle rumbo a Marsella para siempre. Por no hablar de la familia del hermano de su padre, mi bisabuelo, que vivía en Madrid y de la que casi nunca oí hablar porque estaban borrados del mapa con esos brochazos de silencio que adornan muchas familias…En la noche de esas calles, silenciosas, galdosianas, cruza un carruaje de ruedas amarillas. Las familias, ese cuento chino que acaba como acaba ¿Hablar con fantasmas o ponerlos en escena con un poco de trapo?

Presentaciones, ruedas de prensa, circo de mala traza

No sé cuántas veces me habré dicho, después de una entrevista o de una conferencia o de una rueda de prensa imbécil, que esa vez era la última. ¿Por qué acudo? Porque creo que le ayuda al editor, en este caso a Chamán ediciones, que de manera muy generosa me editó mi último Baroja. ¿Les habré ayudado en algo? No lo sé. Me temo que muy poco. No es lo mismo una presentación de libro de un autor conocido y jaleado por los medios de comunicación y editado por un grupo editorial poderoso, que uno editado por una pequeña editorial y de un autor que no goza de popularidad mediática.

Dicho lo cual, añadiré que detesto esas ruedas de prensa solemnemente aburridas que me endilgan con una falta de respeto absoluta a lo que yo pienso y siento, como si estuviera obligado al modo de una cabra domesticada a subir la escalerita cuando el chorbo toca la trompeta o la txirula. Lo tomo como un insulto. No me acostumbro. Quieren esa mierda de publicidad gratis, esa existencia de cuatro horas y un bostezo. Que tú te desgastes, que estés incómodo y dominando tu ansiedad como puedes, que el numerito no sirva para nada, les importa un carajo. No eres nadie, nada, y cada salida a escena es cavar un poco más honda la fosa de la nadería ante ti mismo. Ese exhibirse de continuo, qué horror. Hay una edad para todo y pasado los 70 hay que mirar bien lo que haces. El que no lo entienda es porque no quiere. Ha llegado el momento de tenerlo en cuenta, Cuánto tiempo y energías perdidas, qué farsa y qué simulaciones las mías de una simpatía o de un humor que estoy muy lejos de sentir. Todo lo que tenía que decir en ese circo de melonadas de prensa, ya lo he dicho. Yo me iría, pero me quedo. A mí lo que me gusta es estar en mi cuarto de trabajo, sentado a mi mesa, escribiendo, leyendo, tomando notas… y a ratos, como ahora mismo, escuchando a Monteverdi. Voy a echar la persiana de una vida semi pública. No tengo edad para más gilipolleces.