Casa de citas: R. L. Stevenson

Stevenson en su carta al joven artista para cuando se te ocurre dudar de lo que haces y su por qué, y sientes la tentación frívola a cierta edad, de desertar de aquello a lo que te has entregado, con buen y mal viento:

La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

René-Guy Cadou/Jorge Teillier

«Quien entra por azar en la casa de un poeta», de René-Guy Cadou en Les biens de ce monde (1951).

Quien entra por azar en la casa de un poeta
No sabe que los muebles se apoderan de él
Que cada nudo de la madera encierra
Más gritos de pájaros que el corazón del bosque
Y basta que en la tarde sobre un rincón brillante
Una lámpara pose su cuello de mujer
Para liberar de pronto mil enjambres de abeja
Y el olor a pan fresco de cerezos floridos
Pues tal es la alegría de esa soledad
Que una caricia cualquiera de una mano
Devuelve a los muebles pesados y taciturnos
La levedad de un árbol en la mañana

Traducción de Jorge Teillier

Texto original:

Celui qui entre par hasard dans la demeure d’un poète

Celui qui entre par hasard dans la demeure d’un poète/ Ne sait pas que les meubles ont pouvoir sur lui/ Que chaque noeud du bois renferme davantage/ De cris d’oiseaux’ que tout le coeur de la forêt/ Il suffit qu’une lampe pose son cou de femme/ A la tombée du soir contre un angle verni/ Pour délivrer soudain mille peuples d’abeilles/ Et 1’odeur de pain frais des cerisiers fleuris/ Car tel est le bonheur de cette solitude/ Qu’une caresse toute plate de la main/ Redonne à ces grands meubles noirs et taciturnes/ La légèreté d’un arbre dans le matin.//

El poeta de este mundo (A René-Guy Cadou), de Muertes y maravillas

«Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente, 
reunías palabras que eran pedernales 
de donde nace un fuego que no es olvidado. 
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista, 
vivías en una aldea de seiscientos habitantes. 
Allí eras profesor rural, 
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases 
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro. 
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda, 
caminar descalzo, 
ver jugar a las cartas en la taberna. 
En la noche a la luz de un fuego de espino 
abrías un libro mientras Helena cosía 
(«Helena como una gota de rocío en tu vaso»). 
Tenías un poeta preferido para cada estación: 
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard, 
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes 
y la estación violenta 
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas. 
Tú nunca estabas solo, 
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno. 
Y mientras tus amigos iban al Café, 
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots, 
tú subías a tu cuarto 
y te enfrentabas al Rostro radiante. 

En la proa de tu barco 
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos, 
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia. 
Tus palabras llegaban 
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta 
al fin del mundo. 
Y los poemas se encendían como girasoles 
nacidos de tu corazón profundo y secreto, 
rescatados de la nostalgia, 
la única realidad. 

Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda, 
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse. 
La poesía debe ser una moneda cotidiana 
y debe estar sobre todas las mesas 
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo. 
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles, 
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda, 
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas, 
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención 
con bromas de payasos pretenciosos 
y que de nada sirven 
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir. 
La poesía es un respirar en paz 
para que los demás respiren, 
un poema 
es un pan fresco, 
un cesto de mimbre. 
Un poema 
debe ser leído por amigos desconocidos 
en trenes que siempre se atrasan, 
o bajo los castaños de las plazas aldeanas. 
Pocos saben aquí lo que es un poema, 
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal; 
pocos saben lo que es un poeta 
y cómo debe morir un poeta. 
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera 
mirando un cesto con manzanas. 
He visto morir a un príncipe 
dijo uno de tus amigos. 

Y este Primero de Noviembre 
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo 
y pienso en tu serena y ruda fe 
que se puede comprender 
como a una pequeña iglesia azul de pueblo 
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan. 
Tú hablabas con tu Dios 
como al pobre hijo de un carpintero, 
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta 
(Jesús tenía treinta y tres años, 
Jean Arthur también era Cristo 
crucificado a los treinta y siete). 
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran 
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro 
que cante en la más alta cima, 
y el poeta derribado 
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.

Casa de citas: Dominique de Roux

En Dominique de Roux (1935-1977) hay Ezra Pound, Céline (La mort de L.F.–Céline), Witold Gombrowicz (Lo humano en busca de lo humano), Borges, Allen Ginsberg, el Portugal colonial, abocado a la revolución del 73, las ediciones de Cahiers de L’Herne, la editorial Christian Bourgeois, el poeta Guy-René Cadou (traducido con fervor por el chileno Jorge Teillier)… De Roux polémico y provocador, visionario, a contracorriente siempre (o casi), de inclasificable ideología, ligado al golfo de Jean-Edern Hallier…

«La gente que viene, universalmente presurosa, todavía somos nosotros soñando con nuestras casas, con nuestros destinos, a medida que estos se derrumban al cruzar la frontera del mundo nuevo, la vida errante». (Maison jaune)

«Guerre», novela inédita de L. F. Céline

Salió de imprenta hace unos días. Se trata de una pequeña parte de los inéditos de Céline que de manera rocambolesca aparecieron el año pasado y que tienen una historia aparte con enredos judiciales de por medio. Esos inéditos le fueron robados a Céline cuando fue saqueada su casa tras la Liberación de París, o quizás nada más escapar este hacia Alemania con intención de ir a Dinamarca donde tenía escondido dinero.

Céline había dado por perdida esta novela, algo más que un borrador, anunciada (1934) junto con otras a su editor Denoël. Delirante ficción autobiográfica esta de Céline a partir de las heridas sufridas en acción de guerra de 27 de octubre 1914, cuyas secuelas le durarían toda la vida. La guerra mundial en el frente de Flandes en su crudeza delirante, en las bajezas de la supervivencia, en las monstruosidades de depósito de cadáveres, en los episodios de sexo bravo en un retaguardia en la que se beben hasta los vasos… Dudo mucho que, a juzgar por la censura practicada sobre Muerte a crédito en su primera edición, hubiese sido posible publicar tal cual esta novela que encajaría, dicen, en Viaje al final de la noche. ¿Pornografía? ¿Entonces o ahora? Entonces porque ahora se trataría de otros pujos censores… sin duda. Queda el inimitable verbo celiniano –huele a lenguaje de cuadras y cuerpo de guardia de coraceros de Rambouillet: Casse-Pipe–, el humor de verdad negro, desternillante sin duda en más de una escena, más allá de las enormidades, el desgarro frente a hombres y cosas (así nombrado en el Viaje), las ganas de vivir sin importar el medio para conseguirlo. No hay heroicidad alguna, por mucho que se lleve en el pecho la Medalla Militar (esa Legión de Honor para suboficiales y clase de tropa, dice su albacea, el abogado Gibault), solo hecatombe, como si estuviera Grosz o Dix pintándola, pero era Céline en guerra, aborreciéndola hasta después de que una nueva le atrapara desde antes de 1939 hasta su muerte.

Perec/París/Memoria

¿Qué recuerdos durmientes despiertan en nosotros las calles de los lugares en los que hemos vivido? ¿Y los cuartos, las casas? Ramón Rocha Monroy me hablaba de esto, a modo de proyecto autobiográfico, en nuestras conversaciones de su heteroteca de la calle Baptista, en Cochabamba.

La ciudad como laberinto de la errancia y de la memoria, o como abismo del tiempo al que procuras no asomarte recurriendo al olvido voluntario: nombres de gente con la que has tratado de niño o de adolescente, compañeros de colegio, de Instituto, de Universidad, dueños y clientes de comercios inevitables, ultramarinos, droguerías, guarnicioneros, sastres, ferreterías, pastelerías, panaderías, hitos de unas vidas, la tuya y la de los tuyos, espacios físicos que han desaparecido como quienes los habitaban, lo mismo que, en algún caso, las casas en las que has vivido.

Lectura detectivesca la mía, sin duda, que me recuerda a ciertos libros de los que habla Charles Nodier en «L’amateur de livres»: nada que ver con libros al uso, ya sean novelas, ensayos o tentativas autobiográficas convencionales. Lo de Perec, situado en París, en 1969, es una propuesta (como otras de sus obras), un acicate para tu propia errancia.

El crítico Bernard Frank también tiene un ensayo en esa guía: «Les Rues de ma vie» (2005).

El dedo del Borbón

No era fácil seguir las noticias sobre la deportiva aparición del Borbón en fuga para subirse al Bribón porque, francamente, hoy por hoy tenemos asuntos de más calado que ese del emérito y sus chanchullos y andanzas indecorosas. Estoy seguro de que no soy el único que da ese asunto por irremediable desde un punto de vista jurídico y político. La magistratura le ha echado al patrón del Bribón el capote de su vida, el que está visto no usó en otras ocasiones, y el PSOE otro tanto, ese partido monárquico ya no sé si solo por conveniencia o por emoción servil, como buena parte de la ciudadanía que no pierde ocasión de aplaudir fenómenos de feria y disfrutar de las mojigangas de la realeza y los famosos cuando andan por los tablados, que es casi siempre. Está bien entrenada. 

         Era imposible sustraerse a la noticia, a no ser que cerraras o casi mejor obturaras, todos las páginas y canales de información. Titulares rotundos, de denuncia tan severa como en balde o sarcásticamente fatalistas unos, que expresaban más impotencia que otra cosa, lacayunos hasta la baba otros; y muchas fotografías a pie de avión o en compañía de elementos de la clase alta local, que estas hablaban por sí solas. 

Sobre todo habla por si sola una en la que se ve al Borbón saludando a sus súbditos con el dedo pulgar hacia arriba como un campeón de algún esfuerzo merecedor de aplauso o como un césar que fuera a perdonarle la vida a un gladiador. Porque ese dedo pulgar en alza es propio de un césar o de un deportista después de un esfuerzo de aúpa. Pero en el caso del borbón fugado no ha habido otro deporte que el de amasar una fortuna por medios que no parecen muy decorosos y que en el común de los mortales serían, con mucha probabilidad, delictivos. Pero el caso es que el patrón del Bribón no pertenece al común de los mortales, por mucho que padezca las enfermedades y taras de estos, y defeque, como hace el común, cuando sea necesario. Que el derecho divino ande suelto en este fiemal no me parece asunto a tener en consideración, al revés, el esperpento está asegurado.

También he visto ese dedo en alza en gente que ha sido rescatada de pasar un tiempo bajo tierra o a punto de ahogarse. No es el caso o no del todo, porque estar lo que se dice estar este estaba lejos y si estuvo a punto de ahogarse no se le nota. Ese dedo  es el dedo triunfal de un jatorra seguro de gustar, que sabe que está por encima de la acción más elemental de la justicia y de la acción política de quienes verían con gusto un cambio radical de régimen.

Ese dedo en alza de un personaje sin escrúpulos se le muestra a la ciudadanía el mismo día en que las pensiones bajan un 9% y en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. Hubiese sido más sincero hacer la higa con el dedo corazón, el digitus impudicus o dedo deshonesto de los romanos, que es el que la realeza y el gobierno nos hacen de manera consuetudinaria, ya sea por cuestiones de sanidad, de hacienda, de educación, de ambiciones políticas elementales o derivadas de la Ley Mordaza que el gobierno no tiene la más remota intención de derogar.

¿Para qué derogar la ley mordaza si les sería de extrema utilidad en un caso de alianza con el PP? Además, ahora mismo Sánchez, el Trilero, está muy ocupado ejerciendo de hombre de estado dadivoso, entregando armas y dineros, y gesticulando a lo grande en los foros europeos por cuenta de Ucrania y sus padecimientos, y de la guerra mundial en la que estamos embarcados sin atisbo alguno de paz a corto o a medio plazo, al revés. No hay más que prestar atención a las bravuconadas, que en otro serían delictivas, del repulsivo Borrell, repartiendo un dinero que no hubo para Grecia ni para otras catástrofes y avalanchas de refugiados. Peligra que nos impongan un impuesto especial de guerra para acudir al pago de las dádivas necesarias y del descalabro al que, como otros, estamos abocados.

En unas circunstancias como estas, el regreso del Borbón en fuga, dedo en alza, para ir de fiesta a unas regatas a Sanxenxo, suena a pitorreo mayúsculo. Así, ese dedo es más insultante que los 97.000 euros que ha costado (¿a quién?) el viaje en vuelo privado del patrón del Bribón hasta la Galicia marisquera por completo impune.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y otros periódicos del Grupo Noticias, el 22-V-2022

Guerras y paces

Tengo la impresión de que conforme avanza la guerra mundial en el territorio de Ucrania, sé cada vez menos de lo que allí sucede, tanto sobre el terreno como en las trastiendas que son muchas, rusas y occidentales, a las que veo bullir con una intensidad de indignación inaudita que no gastan en otros horrores. Una cosa es lo que yo vea y otra lo que sucede. Si doy con una fuente de información independiente y crítica con la OTAN, veo que de inmediato está tachada de conspiranoica, cuando no desaparece su acceso por arte de birlibirloque. Lo que me hace ver que estamos de lleno en el mundo de la verdad revelada y del dogma de fe política, de la mano de unos medios de comunicación que imparten catecismo y teología guerrera a cucharadas soperas. Los partes de guerra de los Estados Mayores y servicios de inteligencia británicos o americanos (repicados por los medios de comunicación) son los artículos diarios de fe, mientras que los rusos dicen que… No es lo mismo.

Extraño mundo ese en el que quien comete repetidos e impunes crímenes de guerra en medio planeta, pide la cabeza del enemigo actual: EEUU contra Rusia en la cabeza de Ucrania donde el desastre humanitario es cada vez mayor. Extraño mundo este en el que quien lleva la voz cantante de una de las partes en conflicto nutre a diario con armamento pesado, mercenarios, instructores, inteligencia militar, a su aliado y amigo, y dice no estar en guerra, cuando a todas luces se ve que esta es una guerra subsidiaria como ya ha ocurrido en otras ocasiones. Una guerra que hasta tiene nombre técnico, empleado por los estudiosos de estos asuntos: proxy war. No hablan de paz, sino de derrota militar, que no es lo mismo. Hablan de legislación internacional y de respeto a las leyes, y se proponen expoliar a todos los ciudadanos rusos que andan por el mundo, sean o no putinescos. Ignoro cuál es la ley que ampara ese robo. Occidente (EEUU+OTAN+EU) aspira a una derrota de largo alcance que dé pie a la configuración de un mundo no sé si nuevo, pero sospecho que poco atractivo. Hay formas sordas de sucumbir a la guerra. En ese sentido el engaño que se inflige al público me parece mayúsculo, pero mientras creamos lo que nos dicen, la actividad guerrera va sobre ruedas, en realidad, todas, hasta esa delirante patochada de que la única manera de luchar contra el independentismo son las escuchas telefónicas. ¿Beben? ¿Mucho?

Como no viene a cuento, cito al fallecido escritor Rafael Chirbes en su novela Crematorio, cuya lectura aconsejo vivamente: «Ahoya ya hemos aceptado que esto no admite cambios, o que, en los cambios que admite, nosotros no pintamos nada. Y eso nos ha destrozado». Y aun así seguimos dando la tabarra, en esta y otras páginas, unos escribiendo, otros leyendo, compartiendo indignación, miedos y un afán de justicia sin violencia.

Hasta hace nada habíamos disfrutado de una calma inaudita, por mucha mugre nacional que hubiera y por mucho espejismo que fuera ese sentimiento intenso, porque las guerras, las tragedias estaban lejos y nos rozaban apenas. Fotografías, muchas, grandes reportajes. Mucho temblor, antes de pasar a otra cosa. Eso era la paz. Eso y que las informaciones y las imágenes se diluían y con el paso de los días o semanas perdían fuerza. Tremendas las últimas semanas de Afganistán. Tremendas. Temblor mundial ante el futuro de los afganos no talibanes. Resultado: Nada. Lo mismo cabe decir de los refugiados sirios entre Grecia y Turquía, los de Lesbos. Han pasado dos años ¿A dónde fueron a parar? ¿Y de los civiles iraquíes masacrados y convertidos en cifras de daños colaterales, qué, hay ayudas? Se puede seguir más lejos, mucho.

Los saharauis que luchan por su territorio, su país, su tierra, su cultura no son merecedores de ayuda militar española, al contrario, el gobierno español del trilero Pedro Sánchez se deja chantajear por Marruecos y cede. Sánchez, fuera de la Moncloa, tiene el futuro asegurado en el callejón de Preciados y zona de influencia con la monigotesca ministra de Defensa de gancho y a dar el agua, si vienen los munipas y hay que abandonar el cajón.

Qué tristeza de fondo. Alberti una vez más, en su Nocturno de 1938: ¡Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,/ qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!/ Balas. Balas

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en otros periódicos del Grupo Noticias, el 15-V-2022

Rafael Chirbes

Esta tarde tengo el compromiso de ir al Museo Nacional Reina Sofía a hablar un rato de Rafael Chirbes, un autor y una persona a quien admire como escritor y estimé como persona. Lo conocí no como escritor sino como gastrósofo cuando me encargó (en 1990) un artículo para la revista Sobremesa. Echo en falta sus apoyos y muestras de afecto que sigo agradeciendo, ahora que no puedo expresárselo. ¿Escribir sobre Chirbes? ¿Para quién? Es mucho lo ya escrito sobre él. Las entrevistas son muy ricas de contenido. Poco puedo añadir. Sí que voy a contar por qué me gusta tanto Chirbes: por el desdiós social que me tocó conocer en mi vida laboral, desde una promotora-constructora a las bajezas del periodismo cultural, pasando por el delito y los abusos que conocí como abogado. Chirbes, una mezcla de rebelde inacallable, hedonista refinado y desencantado en pie de guerra permanente, plasmó de una forma admirable, galdosiana si se quiere, ese mundo de trampa permanente y cartón de trileros, miseria social sin paliativos, clases sociales en las que «solo se puede entrar a punta de navaja» (me dijo en una ocasión) nuevos ricos y viejos franquistas, especuladores y ladrones, y también su disgusto consigo mismo, su propia guerra interior, algo que resulta incómodo para el lector si este coge vela en ese entierro. Decepción, desilusión, desasosiego, nada es como parecía que podía ser, nada es como se desea, nada… no sigo. Solo soy un lector que coge tea de la mano de sus escritos y con ella intenta atravesar la ciénaga.

*** Fotografía de Mikel Ponce.

«Espuelas para qué os quiero», por Iñaki Urdanibia

«Miguel Sánchez-Ostiz, poeta»

 

A modo de espuela, pidiendo la última para el camino, pues, aun sabido, para cualquier que ame las tabernarias barras, que prácticamente nunca es la última; en tiempos ya otoñales, el escritor navarro desgrana unos poemas, setenta y dos, con la convicción de que «en el último tranco estoy; en eso no me hago demasiada ilusiones, por mucho que este dure», poemas los que componen su «Espuelas para qué os quiero», editado por Pamiela, que tienen aires de balance, de recuerdos y lecturas que toman el verso y que veloces saltan de unos a otros temas, con el denominador común al que ya he aludido, con una especie de resabios de agur!, o de la cercanía a él. «Palabras que huelen a fracaso, / a desidia, a ruina, …Lugares que iban a ser y no fueron ni por asomo, o dejaron de serlo…».

Ya mirando para atrás del presente que es umbral del futuro, el prolífico escritor navarro cruza en sus poemas, en sus escritos en general, y más en concreto en los que ha escrito en los tiempos de encierro pandémico, con un bagaje de lecturas de poetas, novelistas y pensadores que le sirven de estímulo e inspiración, de escrituras, de viajes y amistades que hacen que el tamaño del cuarto no corresponda al mundo de los metros cuadrados sino que se catapulte en diferentes y dispersas direcciones a la amplitud de horizontes varios; de sus inspiradores y de otras coplas existenciales da cuenta en la aclaratorio Adenda. Visita a lo no-vivido, a lo que iba a hacer y no hizo («mal que te pese eres lo no vivido, /lo que ibas a hacer y no hiciste») y al resultado de ser sin haberlo pretendido («has conseguido ser aquello /Que ya no querías ser/…Y sobre todo ser lo que no has hecho»), tal es el estado que a veces se asemeja a aquel beckettiano volviendo de las ciudades en las que nunca he estado, y no me refiero a desbrujule alguno que afecte a Sánchez-Ostiz sino a cierto espíritu saltarín, que hace que en vez del modelo arbóreo con el eje arriba y abajo, siga con más fidelidad el rizoma que en su horizontalidad asoma aleatoriamente, mas no a la deriva. Del Baztán navarro a Bolivia pasando por Madrid y otros lares, sin abandonar «el sarcasmo y la burla [que pasados los setenta] suelen estar presentes en el menú diario a modo de parva defensa. Pasados los setenta, la poética verdad de la historia se impone», y por las grietas caben los ajustes de cuentas con uno mismo, y por qué no, con los demás, con los Faros de la patria…que esperan la vuelta de banderas victoriosas, horas encabezadas con cabras legionarias de dos patas…o un periódico del norte con olor a sacristía, el púlpito obedeciendo a quien mejor paga, y pistoleros y camaradas de brazo en alto que hablan la lengua de las cuadras, o patriotas rojigualdos propietarios de la calle, etc., etc., etc..Todo ello cuando es más tarde de lo que crees.

Y poemas que conversan o derivan a partir de, o toman como trampolín, hechos o autores, como Blaise Cendrars, Washington Irving, Thomas Bernhard, Luis de Góngora, Kavafis, Teillier, Louis Aragon, Céline, Malcom Löwry, y unos cuantos amigos bolivianos, y la banda sonora de Léo Ferré, Jean Ferrat, Germaine Montero, Carlos Gardel y don José Larralde y algunas canciones populares, berridos dice, como el de los borrachos que juegan al mus en el cementerio.

Y aquí podría aplicarse a la actitud de Miguel Sánchez-Ostiz, cambiando lo que haya que cambiar, la propuesta por Gilles Deleuze, y mientras huyes coge un arma, transformado en el dale espuela, no mires atrás, corre y embóscate contra los intentos de domesticación ambientes, sin bajarse los pantalones, ni agachar la cabeza…«¡Arrea, Lucifer, caballo prieto azabache!».

 

 
 

Emboscaduras (y resistencias)

Hace unos meses, cuando di por finalizadas esos breves nada podía prever el estallido de una guerra mundial como la que ahora estamos viviendo, la llamen como la llamen las partes en conflicto. Emboscarse y permanecer al margen no es fácil porque tarde o temprano las consecuencias de esa guerra te van tocar si no la cara sí el bolsillo. Tampoco creo que resulte fácil el hurtarse a la propaganda y a la información mendaz o dirigida que va con ella; a no ser que cierres las fuentes o te cierres a ellas, algo que veo cada día más difícil en la medida en que casi vivimos en ellas. No veo cómo se puede ignorar la marcha de los acontecimientos, por mucho que las informaciones provengan casi en exclusiva de los estados mayores de las potencias en conflicto, casi más que del EM del país invadido. En más de dos meses de guerra, las acciones han ido a más, no se ve intención alguna de un alto el fuego y mucho menos de unas auténticas conversaciones de paz. Al revés, el escenario y sus trastiendas (y descaradas provocaciones) con el envío masivo de armamento pesado de última generación, se enrarece de día en día, y te hace temer lo peor. Crímenes de guerra, fosas comunes, ejecuciones sumarias, torturas, patrañas, manipulación emocional de los espectadores dirigida a obtener un aplauso inficionar a las medidas que tomen los contendientes occidentales frente a una Rusia que no cede y tiene cada día más difícil la retirada. Son miles y miles de millones de euros y de dólares que están saliendo en metálico de las arcas occidentales, de la cuantía real del parque y el armamento enviado (¿y en parte destruido?) ni se sabe. De la participación directa y furtiva de EEUU poco se sabe, pero cabe sospechar que existe. ¿Quién va a pagar todo esto y cómo? Expoliar a magnates y no magnates rusos, por el hecho de serlo, no parece que tenga un fundamento legal de los muy invocados a cada paso para otros menesteres, y no sea un abuso de guerra como cualquier otro, lo disfracen como lo disfracen. Son varios millones los desplazados que intentan sobrevivir en países que no son el suyo en condiciones cada día más difíciles, por mucha ayuda que se les preste. Hay muchas formas sordas de sucumbir a la guerra. Ante un panorama así que invita, qué duda cabe, a mostrarse apocalíptico, qué puedes hacer para cuando menos no participar en el jolgorio de condenas, petición de cabezas, procesos, aniquilaciones, envío de explosivos y fraternidades huecas a la hora de prestar verdadera ayuda a quien la necesita (en la puerta de tu casa). ¿Cultivar tu jardín (o huerta) y filosofar como aconseja de manera concluyente Voltaire al término de su Cándido? Puede sonar cruel o insolidario en esta circunstancias, pero me resulta más veraz que el ardor guerrero, el Himno a la Alegría,  el sacar pecho europeo y demás actitudes  huecas como saco de humo.