Fingimientos y desarraigos

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Setenta y dos poemas, dieciséis años después de los últimos que publiqué. ¿Excrecencias autobiográficas? No, Fingimientos y desarraigos…

y «Un prólogo necesario».

Han pasado casi diecisiete años desde que publiqué un libro de poemas, La marca del cuadrante, que reunía todos libros publicados hasta entonces, además de algunos inéditos. En diecisiete años caben varias vidas. No es el mismo quien empezó a escribir estos poemas en una casa del valle de Baztan, que al final no fue la de la vida, y quien los acaba de reunir, en el mismo valle, en otro pueblo, sabiendo que está de paso. En este tiempo ha  habido cambios de casa y varios viajes para mí importantes, y con ellos han cambiado los escenarios, los humores y las rutinas de vida; han fallecido ya muchos de los compañeros de ruta; los tiempos que parecían afables o cuando menos aceptables en lo público y en lo privado, se ensombrecieron de mala manera y eso creo que se nota mucho en lo que he escrito.

Nunca dejé del todo de escribir poemas.  Hubo años en que solo escribí algunos versos sueltos, poemas que quedaron truncados; en otras ocasiones los poemas más acabados se fueron quedando a la espera de vete a saber qué, no sé si a causa de la desgana, la pereza o de ese insidioso sentimiento de que eran palabras prescindibles. Ahora, con tiempo de por medio, estimo que es distinto, por lo que tienen de testimonio de un recorrido vital.

Ajuste de cuentas hay en estos poemas, no voy ni a negarlo ni a esconderlo, pero sobre todo conmigo mismo, con empeños, afanes y grandilocuencias emocionales que han dado en poca cosa o en nada, y que en el momento de su escritura parecían poco menos que de vida o muerte. Pessoa está detrás de la primera parte del título, pero tampoco hace falta ser Pessoa para reparar en que no hay puesta en escena que no tenga algo o mucho de fingimiento, de máscara que esconde más que desvela, algo más que un lugar común. León Felipe por su parte, con  unos versos de su poema «Qué lástima»,  está detrás de los poemas que hablan del desarraigo, ese camino que va del vivir en la que crees que va a ser la casa de tu vida y la certeza de que no tienes otra que el camino.  Arraigo, desarraigo, puesta en escena, exabruptos, sí, conjuros, osadías, despropósitos, añoranzas, desahogos, burlas y exorcismos contra el desacuerdo con uno mismo que el paso del tiempo me hace ver que resultan a la postre ineficaces, por mucho poema que escribas.

El prólogo lo firme en Arraioz, en julio pasado, antes de salir de viaje para Bolivia, junto con unas cuantas notas finales aclaratorias de algunos de los poemas fundamentales del libro, que los sitúan en su momento y circunstancias.

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Tormenta en la ciénaga

otto-Dix-IIAsomarse estos días a las redes sociales equivale a tropezarse con una florida muestra de expresiones de desprecio, odio e irrefrenables ganas de dar un escarmiento a los catalanes secesionistas y de paso a los que no lo son, pero que no han formado en las filas castrenses del berrido patriótico permanente. Expresiones de violencia extrema que son a todas luces consentidas por los vigilantes de las redes y lo que para unos es motivo de multas y procesos judiciales, para otros es libertad de expresión plena. Así las cosas, resulta difícil reflexionar con algo de sensatez y no ceder a la tentación de arrimar bencina a un fuego ya muy vivo que amenaza con abrasar a quien a él se acerque. Estamos ante un paisaje de enfrentamiento social con una red de fosos y trincheras políticos que crece de día a día y que resultan poco menos que insalvables, como si no cupiera otra opción que alienarse con unos o con otros, y sobre todo que fuera obligatorio tomar uno de esos dos partidos por entero. Ya no es posible decir «Aquí no ha pasado nada» porque con referéndum o sin él, sí ha pasado, y si el Gobierno termina por suspender la autonomía catalana y emprender una campaña de detenciones en cadena, peor que peor. La vida política de un país entero va a quedar hipotecada.

         Por su parte, el Gobierno avanza día a día medidas en contra del referéndum catalán, dentro y fuera de Cataluña, algo que en la práctica se va a convertir en un atípico, pero eficaz, estado de excepción de consecuencias imprevisibles. Con Constitución o sin ella, no creo que el gobierno central admita jamás el derecho a decidir llevado a la práctica. Que no se pueda debatir en público los asuntos referidos al referéndum catalán, a su oportunidad o al derecho a decidir, porque son de inmediato prohibidos por decisiones judiciales no puede menos que recordar  a maneras dictatoriales de represión pura. Ahora mismo hay garantías judiciales que en la práctica están suspendidas a favor de una actuación meramente policial (calificada de «administrativa») que puede ser empleada en cualquier momento.

         No hace falta ser muy lúcido para observar que la convivencia en este país si no está rota, sí se ha dañado de manera me temo que irreparable, salvo que por convivencia pacífica entendamos un estado de sometimiento, no a las leyes, sino al Gobierno de turno y a su ideología. La situación actual es la del agravio que no cesa, el nosotros y el vosotros excluyente, el patriota de ley y el resucitado representante de la «Anti-España» que merece en todo caso la muerte. No se ve más que una manera de ser auténticamente español: la del Gobierno; y no hay posibilidad alguna de proponer otro modelo de Estado que no esté condenado al fracaso político (por el juego de las mayorías parlamentarias) o a la represión,  por la forma en la que el Gobierno ha ido cercando la disidencia política con leyes redactadas de manera expresa para ese fin. Todo ha sido válido, las leyes y su utilización judicial, y el juego sucio basado en montajes policiales para desprestigiar y hundir a los opositores políticos radicales, ya fueran políticos de Podemos o secesionistas catalanes.

         Ahora mismo, entre la cerrazón y el autoritarismo de unos y el enrrocamiento de otros, el juego de las acusaciones mutuas, todo suena a echar un pulso y a sacar pecho, sin que parezcan importar las consecuencias políticas, sociales y económicas que puedan tener esas demostraciones de fuerza en la vida diaria, como si esta careciera de importancia y solo contaran las alturas políticas y financieras, y poco una ciudadanía reducida a peones. ¿Es posible ahora mismo un diálogo entre el Gobierno central y el catalán? ¿Sobre qué cuestiones y con qué objetivo? ¿Es renunciable el derecho a decidir o va a ser este el caballo de batalla de los próximos años? Que la posibilidad misma de reflexionar o manifestarse en público sobre este asunto esté prohibida es ya algo más que una amenaza cumplida: la muestra más patente de una política gubernamental represiva de mayor alcance.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 17-IX-2017

Jorge Manrique en Basusarri

Ayer tarde recordé estos versos de Jorge Manrique en la pequeña iglesia  del pueblo labortano de Basusarri, durante el funeral de Javier García-Larrache, más que nada porque le gustaban mucho y por gratitud también. La tarde –esa luz del suroeste de la que habló Roland Barthes y que presagia el inminente otoño– invitaba a todo menos al lamento del morir habemus.

Correo de la ciénaga

* Se dice (Gabriel Matzneff) que lord Byron, harto de periódicos y de querellas, se fue a Grecia. No somos Byron… y Grecia no está para mucho.

* Ah, se me olvidaba, sé por experiencia que si estás cerca de alguien que arrima liquidos inflamables a un fuego, acabas en urgencias.

* Turbio tiempos estos en los que hay nadie que no se reclame ser el Abel de la historia, la víctima, el inocente.

* Tiempo de patriotas, de arengas cuarteleras, de juego amañado… tiempo revuelto, tormentoso.

Javier García-Larrache, in memoriam

Esta noche pasada se fue un amigo muy querido y una persona para mí ejemplar por muchos motivos: Javier García-Larrache. A Javier lo conocí no hace mucho, cuando publicó su libro Garcia Larrache – Un Republicano Navarro Euskaldún (2007), dedicado a su padre, Rufino, político republicano navarro de prestigio, dentro y fuera de Navarra, amigo de los Baroja, exiliado, como el propio Javier en su infancia, y fallecido en Bayona en 1956. Hicimos buenas migas enseguida. Había oído hablar de su familia a los míos desde que era niño.  A fin de cuentas nos ha unido una ciudad y muchos de sus habitantes, de entonces y de ahora,  a los que evocábamos de manera irrefrenable para desesperación del resto de los comensales o contertulios: una ciudad que está desapareciendo a ojos vistas, un mundo, pequeño, cerrado, familiar. Con él se va también parte de la memoria de una  Navarra republicana y euskaltzale que parece haberse tragado el tiempo.
Javier tenía esa elegancia de quien da la impresión de que no ha cometido una inelegancia jamás. La sonrisa, la mano franca, las carcajadas, la delicadeza  sin remilgos en el trato…
Hace tres días, en su casa de Bayona, todavía me pedía que le contara todo lo que de positivo ha tenido mi último viaje a Bolivia, que ha sido mucho. Insistía en eso, en los aspectos más dichosos y positivos, y los celebraba conmigo: el libro, las charlas, la gente que he conocido y con la que he tratado… daba gusto contarle y verle reír.
«Estoy animado», decía y compartía con Francine, su esposa, la intención de ir pronto a Biarritz a ver la exposición de Ramiro Arrúe.
La gente que te dice cosas importantes para el vivir diario no es solemne, lo hace como quien no quiere la cosa, con las palabras justas y de Javier he ido recordando muchas estas últimas semanas.
A Javier lo voy a recordar en  su horror a la zafiedad, a la mala intención o a la intención torcida del gobernante y el poderoso de turno, en su expresión de la magnanimidad y la benevolencia, en su curiosidad hacia lo que de hermoso tienen las cosas de la vida;  corriendo por una calle de Bayona para que encontráramos el lugar donde habíamos quedado citados a almorzar; en el otoño de las orillas del Adour, hacia Urt; en su casa de otra época –esa a la que nos agarramos como podemos– del boulevard Thiers: bajo los árboles de Telletxea,  en Bera, en casa de los Larratxe; en su propia casa de Beheitikoborda, recitando algunos versos de Jorge Manrique y dejándome en el regazo uno de los mejores regalos que me han hecho en la vida, aparte de su amistad. Una persona categoría. Sé que le voy a echar mucho de menos, estoy seguro.

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Javier con Fernando Mikelarena el día que presentó el ensayo biográfico-histórico dedicado a su padre y su mundo.

Legalidad y democracia

Masque_au_musée_De_EnsorIdentificar legalidad con democracia de manera indisoluble resulta lamentable en un licenciado en Derecho, pero coherente en quien defendió con entusiasmo el franquismo y se ha negado de manera reiterada a condenarlo. En efecto, sostener semejante enormidad, como acaba de hacer el presidente de Gobierno, requiere tener un nulo sentido de la historia e ignorar, probablemente a sabiendas, que una dictadura puede sostenerse en un férreo sistema legal, con sus poderes legislativo y judicial funcionando a pleno rendimiento. No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos de lo que digo, con remitirse a los orígenes de la dictadura franquista basta. Desde el mismo momento del golpe de Estado de julio de 1936, los servicios jurídicos de los alzados subvirtieron el orden constitucional implantando una legalidad a la contra, que fue la base de un régimen de cuarenta años nulamente democrático. De entrada, los ciudadanos, fueran de la clase que fueran, fieles a la legalidad republicana, fueron tachados como rebeldes y así juzgados, y en muchos casos ejecutados por sentencia de tribunales de excepción vergonzosos, o sin ella. Se fundó, al decir de Serrano Suñer, una «justicia al revés», basada en un sistema legal impuesto por la fuerza de las armas que acabó siendo el único vigente.

         Tal vez lo que quiso decir el presidente de Gobierno es que lo que no coincide con sus ideas políticas y deseos personales no es democrático, algo que puede no ser ni legal ni democrático. La referencia a la Constitución española ya no basta en la medida en que un texto legal del que se toma lo que conviene y se obvía lo que resulta molesto, referido al bienestar de los ciudadanos, resulta cuando menos chocante. Las actuaciones dudosamente democráticas han abundado estos últimos años sostenidas, eso sí, por las urnas. Pienso en la ley Mordaza y sus consecuencias, entre las que destaco la manera en que se han hurtado cuestiones de orden público a los tribunales de justicia para entregárselas al aparato burocrático del régimen. Las deficiencias democráticas han sido señaladas de manera reiterada no solo en cuestiones de libertad de expresión, sino en la persecución policial de adversarios políticos que en la práctica aparecen amparadas por la legalidad, en una flagrante doble vara de medir de los tribunales a la hora de aplicar las leyes… Todo aparece como legal o cuando menos amparado por leyes ad hoc, y así es tomado por los votantes del partido en el gobierno, así como los medios de comunicación afines, que aplauden una detrás de otra las medidas políticas adoptadas por este.

         La forma en que se plantea ahora mismo llevar a la práctica el referéndum catalán podría no ajustarse a la ley, si esta se dicta de manera expresa o se retuerce para lo mismo, pero la voluntad de realizarlo me asombra que pueda considerarse antidemocrática. Lo que suena poco democrático es la férrea voluntad de impedir no ya que se realice, sino que se plantee la idea misma de celebrarlo, discusiones de fondo aparte que más suenan a soliloquios o a diálogos de sordos que a voluntad de pacto y entendimiento. No se quiere escuchar ese deseo, se sostenga en el porcentaje social que se sostenga, eso es lo de menos, lo que cuenta es la inamovilidad del modelo de Estado español, las soluciones de fuerza y el encono social que se ha producido;  algo que no hace falta ser un adivino del porvenir para afirmar que va a ir a más en detrimento de la convivencia. De nuevo la fuerza en el horizonte como única forma de dominar, que no aplacar, ese encono cada vez más irreconciliable por ambas partes. Un vivir el nuestro desajustado, con un permanente rumor de fronda como música de fondo en una esquina o en otra, con los tribunales de justicia arbitrando la vida social y política no en casos excepcionales, sino a diario y para todo, con el poder ejecutivo hurtando al debate todo aquello que contradiga su modelo social, y con su aparato represor persiguiendo y multando disidentes cuyas demandas son aplaudidas y calificadas de legítimas si se producen en otros lugares, y cuya represión produce ruidosos rasgados de vestiduras. Un paisaje de verdad amable el nuestro, idílico incluso, pero me temo que por el momento no tenemos otro.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 10-IX-2017

Chuquiago, por Pablo Mendieta Paz

Me suelen preguntar a menudo a qué voy a Bolivia. Es fácil responder a esa pregunta: a encontrarme con gente amistosa, peculiar, generosa… como Pablo Mendieta Paz, músico y poeta, a quien lamento profundamente no haber podido ver en este viaje. No hay cuidado, cada día estoy más cerca del próximo viaje. Los monumentos, los paisajes, pueden esperar, la gente no, de arriba, de abajo, de un lado, de otro, ese creo que ha sido para mí un regalo, en este último viaje y en los que le precedieron. Son ya muchos viajes a un país y a la ciudad a la que le dedicado ese libro: La Paz, Chuquiago en lengua aimara, fascinante, ruidosa (atronadora), termitero, de noche y de día, con tormenta o con ese sol que te abrasa. Estoy muy contento de la acogida que ha tenido el libro y de lo generosos que han sido quienes han escrito sobre él… Volveré a vivir su encrucijada, el viaje no ha terminado.

PABLO MENDIETA PAZ Chuquiago, reciente trabajo del laureado escritor español Miguel Sánchez-Ostiz, es un incesante amanecer y atardec…
sugieroleer.blogspot.pe

El viaje de regreso

Ya son unas pocas horas las que me separan del  viaje de vuelta a mi tierra. Toca pues dar la vuelta del gitano no ya para ver qué me has dejado, sino que me llevo en el equipaje. Mejor no mirar atrás y hacerlo solo hacia delante. Han sido unas semanas nutridas de encuentros gozosos, de callejeo, de asomarme a la prensa de un país problemático. En este viaje he conocido gente notable; escritores jóvenes estupendos de lo que voy a ir hablando; me he reencontrado con viejos amigos y encontrado nuevos,  y estoy contento de que por fin mi libro sobre La Paz haya visto la luz. Ahora hay que intentar publicarlo en España. He dado dos conferencias y he trabajado a ratos algo menos que perdidos en las últimas correcciones de una Cirobayesca que es posible publique Abelardo Linares (él sabe cuánto me gustaría). Veo que las notas de mi diario de viaje son menos nutridas que las de otros viajes. Con las fotografías me pasa lo mismo. ¿Podría haber hecho más de lo que he hecho? Sin duda, esa es una pregunta que se queda siempre en el aire y que en condiciones normales se hurta contestar. Voy descubriendo que soy cada vez más perezoso… y una vez más no he ido a Sepultura.

 

Propaganda negra

Tengo idea de que la propaganda negra la echó a rodar el general Emilio Mola en las primeras semanas del alzamiento militar de julio de 1936. Fue una eficaz arma de guerra que provocaba no ya el desconcierto de la población –tanto de territorio alzado como del que no lo era–, sino que creaba un sistema de dudas y de certezas favorables a los golpistas: las verdades oficiales, incuestionables, cómodas sobre todo. Lo que sin discusión posible ocurría era lo que decían los altavoces callejeros, la prensa, las radios con sus vibrantes locutores… importaba muy poco que lo que se dijera fuera siquiera remotamente verdad. Propaganda negra. Era muy difícil luchar contra ella.

De esto me he acordado estos días con la noticia del aviso de los servicios secretos americanos a los mossos catalanes avisando de la inminencia de un atentado en Barcelona. Hace unos años, pocos, podía resultar indignante, y mayoritariamente rechazable, que un medio de comunicación publicara una noticia falsa que pusiera en tela de juicio a un opositor político o a alguien relacionado con este, el independentismo catalán en este caso. Sonaba grosero, casi bolchevique… de no acordarse de aquella propaganda de guerra en la que las enormidades eran la norma, convertidas de inmediato en dogma. Ahora no, ahora tragamos con cualquier cosa; tragamos sobre todo con lo que nos conviene o con lo que le conviene a quien tiene en un puño los medios de comunicación. No se lleva poner en duda lo que circula por los canales de información a los que estamos abonados. Quien urdió esa infame grosería contaba con ello.

Parece que estamos informados al detalle de lo que sucede, y en famoso «tiempo real», y es posible que solo estemos adoctrinados o que en esa dirección al menos vayan las noticias que se hacen circular, y que nuestras modestas opiniones no pasen de ser mera bulla. Las relacionadas con el reciente atentado de Barcelona son un ejemplo, pero hay muchos más… olvidados por supuesto. No hace falta remontarse a las que inculpaban del pavoroso atentado del 11-M a ETA. Entre tanto ha cundido ese salpicón de noticias falsas que buscan la ruina de los opositores políticos; en prensa, claro, pero también en las cada vez más poderosas redes sociales, y hasta en sede parlamentaria, lo que antes podía ser un colmo, pero ahora no. Es vergonzoso, sí, pero solo para una parte de la población; otra recibe alborozada las patrañas, las aplaude y repica haciendo causa común con quien las echa a rodar porque conviene y beneficia a algo más que a un estado de opinión: a un poder político. E importa muy poco que los tribunales de justicia terminen, en algunos casos, poniendo las cosas en su sitio y restableciendo algo que de manera lastimosa ya solo tiene «apariencia» de verdad.

Ahora mismo resulta difícil discernir lo que es cierto de lo que es embuste intencionado o mera propaganda política, y lo que es peor: importa cada vez menos. Una noticia tapa la otra, lo que cuenta es el efecto del presente, su fugacidad, el golpe de efecto y sus inmediatas consecuencias. ¿Información? No, desinformación a raudales, de manera grosera, como esa de los atentados de Barcelona, y de manera sibilina, con apariencia de sensatez, objetividad e imparcialidad, a diario, en primeras planas y en los rincones de opinión. Basta haberse granjeado de antemano la credibilidad del público, haber secuestrado su buena fe, ocupado su capacidad de reflexión y de pensar por cuenta propia. Las tertulias radiofónicas y televisivas, protagonizadas por pillos y desaprensivos, son un buen repicadero de las noticias falsas, malintencionadas, que se convierten en última instancia en legítima opinión. Lo que cuenta es la audiencia, la parroquia, las urnas, el poder. Nadie da marcha atrás porque hacerlo no es noticia ni sirve para nada. Y una vez más me acuerdo del poeta Félix Grande en «Boceto para una placenta»: Tengo la prisa del insomne que una noche descubre / que casi todo ocurre sin su consentimiento ni participación. Y no me gusta.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 3-IX-2017

La Paz, en el día del peatón.

Hoy en La Paz es el día del peatón, de modo que las calles estaban desiertas de vehículos y ocupadas por gente a pie, bicicletas, patinetes… Solo que, en cuanto te apartabas del centro, las calles que sueles ver atestadas de gente, comerciantes y vehículos estaban  extrañamente solitarias, como muertas, y los tendales cubrían los puestos de mercaderías. Muchos mendigos y muchos borrachones, en grupo y en activo reñidor, o durmiendo la mona por la aceras. El mendigo afroboliviano de la puerta de la iglesia de San Francisco, se había cagado ostentoreamente encima, pero no cejaba en su empeño de tender una mano a la caridad del peatón, el fraile y el turista, mientras que con la otra hacía esfuerzos por despegarse del cartón sobre el que estaba sentado. Acróbata. Me he subido hacía la Segurola con intención de comprar algo de hoja de coca, buena para el tristeo solitario y los chaquis del alma, pero todas las cocanis  habían desaparecido, incluso el hombre mayor de la León de la Barra, al que le compro habitualmente, tenía el chiringuito cerrado.  Ignoro el motivo porque otros domingos estaba abierto. En la Segurola he encontrado abierto el puesto de una cocani  de edad y malhumorada,  y cuando le estaba pidiendo un cuarto de libra, se me ha echado encima un borrachón que, a juzgar por las mataduras y heridas que le cubrían  la cara, tenía  una noche intensa a sus espaldas, al grito de «¡Money, moneyı», momento en el que la cocani ha cogido un cuchillo que tenía a mano en uno de los tambores y le ha largado un punchazo que el otro ha esquivado trastabilleando… animación, mucha, porque la cocani ha aprovechado el barullo para pesarme de menos, como corresponde y es admitido. Día del peatón. A casa, a verlas venir.