De errores y horrores

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La documentación que acusa a Ayuso de tener responsabilidad política directa en la muerte de ancianos en la Comunidad de Madrid por falta de atención hospitalaria, es abrumadora, pero quienes la sostienen se quedan tranquilos si se les dice que  las instrucciones de no atención se enviaron «por error»… Nos conviene creer aquello que queremos creer. La fractura social está servida, pero el miedo será la maleza que ocultará las trincheras, como si lo viera. Lo que sí está visto es que este espantoso asunto no les preocupa tanto a los jueces de instrucción y a la policía política (GC) como urdir una trama acusatoria sobre el 8-M sin otro objetivo que tumbar al Gobierno. ¿Es así o así lo veo? Lo ignoro, porque es mucho lo que ignoro de lo que está sucediendo. Me limito a comentar noticias que unas veces se refieran a hechos ciertos y otras a invenciones de propaganda política. Incertidumbres basadas en una certeza: los fallecidos a causa de una epidemia vírica de la que es mucho más lo que no se sabe que lo que se conoce con la certeza necesaria para responder con total eficacia clínica.

Las botas de R. L. Stevenson

 

Las botas de R. L. Stevenson  (De 2008 a 1962)

LAS BOTAS DE R. L. STEVENSONLas botas de R. L. Stevenson están en una vitrina del museo de los escritores escoceses, que abre su puerta en un callejón de Hampton Court, en Edimburgo. En ese museo se custodian recuerdos de tres escritores escoceses mayores: Robert Burns, Walter Scott y Robert Louis Stevenson.

De los dos primeros no hay gran cosa –toda la cacharrería que reunió Walter Scott, que fue mucha, está en otra parte– pero de R. L. Stevenson sí que hay reliquias literarias de interés, las que pudo reunir su admirador Charles John Guthrie, lord Guthrie, que fundó el Robert Louis Stevenson Club, y casi el culto literario y algo más que literario del escritor.

El sótano del edificio está dedicado a Stevenson: un corto pasillo rojo fuego con su firma rotunda en negro. Son dos habitaciones con vitrinas llenas de objetos, fotografías, cuadros el precioso teatrillo con el que jugaba Stevenson y algunos muebles, entre ellos el armario que perteneció a Deacon William Brodie, el criminal que le sirvió para construir a su doctor Jeckyll. Está prohibido sacar fotografías, pero unos sacan y a otros no les dejan. Lástima, porque tampoco las vendían. Ni fotografías ni guías, nada, pacotillas, marca páginas, lápices, malas postales, cuadernos, jarras… toda esa pacotilla del negocio museístico sin la que no se podría sostener estos, dicen.

Es en una de esas vitrinas, casi debajo de una copia fragmentaria del retrato que le hizo Girolamo Peri Neri, donde se exhiben las botas del escritor, muy lustrosas, a fuerza de cepillo y betún. Me gustaría saber en qué piensa quien las lustra mientras les pasa el cepillo. Creí que eran de caminar o de las clásicas de montar a caballo, pero son unas botas de media caña, negras, de puntera chata y suela herrada. No son las botas de sus juveniles caminatas escocesas, sino de sus últimos días en Vailima. Con ellas calzado aparece en la última fotografía que de él se conserva, tanto en solitario como junto a su familia o dictándole a su esposa en su estudio de su casa. ; como aparece tocado con la gorra blanca, tipo quepis de verano, y las espuelas y la fusta elegantes que están en la misma vitrina.

Se ve que poco después de la muerte de Stevenson hubo un trasiego de reliquias y de pertenencias que fueron a parar a sus admiradores. El anillo de carey con la palabra Tusitala incrustada en plata también que tenía Stevenson en la mano cuando murió, también está ahí: se lo regaló Fanny a sir Edmund Gosse.

Las botas se las regaló la madre de Stevenson al escultor D. W. Stevenson que a su vez se las regaló al también escultor H. S. Gamley y este a lord Gutrie. Es decir, que la reliquia pasó por varias manos de devotos stevensonianos, en un culto que la viveza y en el entusiasmo vital de su obra alienta.

Unas botas sugieren caminatas, espacios abiertos, los soñados de Escocia en la lejanía de los Mares del Sur, o desde estos en la Escocia de las Highlands. Stevenson caminó mucho, de joven y de menos joven, por los caminos de Cevennes, por los Alpes o por los alrededores de Edimburgo y por sus callejuelas. Pasos empujados por una intensa pasión de vivir y un sentido animoso de la épica y de la ética cifrado en el valor y empeño personales y no solo en la Escocia de las rebeliones, los motines, las disidencias y los perdedores que no se merecían la suerte de la traición y la derrota: dejar el lugar por el que había pasado mejor de como lo había encontrado, o cuando menos intentarlo. Desde que fueron publicadas, sus lectores buscaron y encontraron en sus páginas algo más que historias. Él podría decirle a Conan Doyle que sus aventuras de Sherlock Holmes le curaban hasta un dolor de muelas y que cuando sufría en el alma, las historias eran su refugio, pero hay muchas páginas de las que él escribió que son nuestro opio y no podemos mandar al diablo su filosofía.

A Stevenson yo no lo leí, sino que lo escuché. Me explico. Era un disco con el relato de La Isla del Tesoro que no me cansaba de escuchar en un pikú hasta que descubrí el libro editado por Austral. Dibujé a saber cuántas islas del tesoro para mi uso particular. El disco no lo conservo, pero sé que lo venden en un anticuario de Biargieta, ese barrio que abre sus puertas entre dos luces, junto con muchas otras cosas perdidas, robadas, regaladas, esfumadas… El libro lo tengo y lo he leído muchas veces. Convendría leer los preparativos del viaje en la Hispaniola, antes de emprender cualquier viaje.

Quince hombres van en el Cofre del Muerto
¡Ay, ay, ay, la botella de ron!

La canción estaba en el gabinete de Pierre Mac Orlan, en Saint-Cyr-sur-Morin, al pie de un grabado que representaba un bote cargado de piratas acercándose a la Hispaniola.

 

De Allá lejos y hace tiempo (Balcarce)

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Sé para donde cae Balcarce, pero nunca estuve, nunca llegué a Balcarce, provincia de Buenos Aires, plena Pampa, pero en un armario abierto de mala manera, en la casa abandonada de los abuelos, que se había quedado «como cuando», quieta, muerta, encontré un tarro de vidrio con tierra y a él atado con liza un sobre doblado, hecho una tira, y dentro una hoja escrita con la letra rotunda de mi abuela paterna expresando su deseo de que cuando muriera pusieran aquella tierra en su féretro. No fue el caso. Para cuando murió hacía algunos años que habían botado la tierra, junto con papeles familiares, argentinos y navarros, nacimientos, defunciones, bodas, testamentos, facturas extrañas, como las de un embalsamador de cadáveres, y algunas fotografías antiguas. Recuerdo una de una casa baja, más destartalada que otra cosa, con un pozo, unos caballos, perros y gente, mujeres, niñas, y recuerdo un cementerio. A ratos me da por pensar que si escribo es contra ellos, contra quienes hicieron desaparecer esa y otras historias familiares, hasta que de ellas no quedó nada, al grito abusivo de «La memoria es sagrada», que es una forma de imponer la tuya, de adoctrinar, de arrebatar, de dominar en propio nombre y en el de quienes te inspiran, con la religión de la mano encima. Borrar la historia, borrar la memoria. Estaba en el aire. Había que olvidar, todo; esa era la consigna, y si no lo era, lo parecía.

No estaba en la ciudad cuando desmantelaron aquella casa y atascaron el fuego de la cocina y de la chimeneta con los documentos de una historia familiar, pequeña, común, irrelevante, de mala, de pésima suerte si se quiere, pero que en cierta manera me pertenece, porque de ella vengo. Me había ido de viaje, negro, oscuro, y no sabía que al menos allí, no iba a regresar, salvo en sueños, eso sí, y de manera recurrente. Y de Balcarce solo me han quedado jirones de historias, pocas, tan pocas en el fondo, los malones, las cabalgadas del bisabuelo, los peones de la estancia… Y es que había tanto tiempo para escucharlas, mañana, mañana, además, seguro que no las voy a olvidar, mañana, seguro además que van a estar ahí para contármelas, en las primeras tardes del otoño, con el fuego de San Miguel. No estaban, no estoy, son brumas de «Allá lejos y hace tiempo», el libro que habla del campo, aunque sea de otra parte, pero el niño que lo leía, el que está tumbado en el pasto mirando pasar las nubes, no es uruguayo ni argentino, ni siquiera sabe con certeza de dónde es.

Pocas lecturas de la adolescencia tan impactantes para mí como este Allá lejos y tiempo atrás, que hablaba de un paisaje lejano y a la vez familiar a fuerza de recuerdos y de historias contadas por gente tan querida como perdida; un paisaje de estancias y estancieros de origen ramillete, palenques, caballos, rebaños de ovejas, pájaros, nubes, en la provincia de Buenos Aires, de la que era originario W. H. Hudson.

Me temo que es de esa manera, por completo seducido, como se forma intención de coger un día el portante e irse a ver de cerca esos cielos que pueden aplastarnos, la pampa verde grisácea, la serpiente de la cruz, la loica de pecho escarlata y toda la pajarería pampera, y saber algo de esa gente, gaucha, que todavía se hace una con su montura. El viaje de nuestra vida empieza en las páginas que nos hicieron soñadores. Y es que leer a Hudson es emprender el viaje de regreso a esos territorios que nos aguardan, siempre, desde allá lejos y hace tiempo, para celebrar en ellos los dones de la existencia.

Hudson fue el ornitólogo que hubiésemos querido como amigo –es la única manera de saber de pájaros–, dicen, un naturalista muy seductor y contagioso en su gusto, expresado de manera muy sencilla, por esa comunión con la naturaleza y un soberbio catador de cielos –él era el adolescente que se tumbaba en la hierba para ver pasar las nubes– alguien que sabía de ese valor incalculable de la vida terrenal –«la única vida que el corazón puede concebir»–, del ser real, de la vida de aquí abajo. Hudson fue un vitalista apasionado, pero también alguien que se propuso entender a sus semejantes en sus afanes, dolores y sueños; desarrolló un agudo y emocionante sentido de la piedad y de la entereza, el que conduce a la limpia estima del prójimo, la estima generosa por los seres vivos.

Breves del desconcierto

EYXiPS1XsAEZmlwMe pregunto para qué me han servido los ya casi tres meses de bloqueo, reclusión e incertidumbre… para nada, a nada que se vea. Cansancio, mucho. ¿He reflexionado al modo preconizado por los gurús de recio y apretado discurrir? Poco o mejor, nada; a nada nuevo me refiero. No he tomado decisiones que no se hayan tomado solas ni tampoco he preparado ningún libro ad hoc –si exceptuamos algunas de las notas diarias que componen la parte final de Breves del desoncierto, libro que ya estaba acabado antes del estado de alarma.

Al principio leí con curiosidad algunos diarios de encierro y comentarios de los gurús de moda, pero luego lo dejé porque me parecieron palabras en el vacío, desconectadas de la realidad que íbamos viviendo lejos de las cátedras y los medios de comunicación, y que solo hacían repicar la caja registradora de las editoriales.  La pandemia  también es un negocio, de muchas caras. Lo que parece nuevo, era viejo o estaba dormido, pero a la vista, si querías verlo. Cierto que el recelo y los enconos se han agudizado y en mi caso una misantropía que ya venía de lejos. El presente es el ayer con peor cara, de más lejos no me ocupo, que de eso se trata de ocuparse de lo que esté en tu mano. Eso en lo personal, en lo público tal vez se hayan reforzado los movimientos asociativos de barrio, mutualistas digamos, capaces de responder a las carencias y abusos de poder, pero está por ver, una vez que el empuje de la pandemia ceda y las cifras reales de paro y ruina se impongan y se ve si las peores predicciones eran palabras en el vacío o certezas ineludibles.

Recuerde el alma dormida… (Javier y Francine García-Larrache)

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Me ha costado encontrar esta fotografía. Es de una edición de las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Me he acordado mucho de ellas estas semanas. La edición me la regaló, en 2017, Javier García-Larrache, a modo de despedida en su casa de Bera. Yo me iba a Bolivia y a él se lo estaba llevando un cáncer. Me dijo que se había reconciliado con una Pamplona ingrata para su familia. Nos vimos a mi regreso de La Paz. Le llevé un ejemplar de la Deriva de La Paz, editado allá. Fallecería muy pocos días después. Javier es de las personas que más echo en falta, un amigo de última hora con el que –al margen de las informaciones preciosas que me facilitó para mis trabajos barojianos–, compartí burlas y veras sobre nuestra ciudad de nacimiento y la tela de araña de algunos de sus habitantes a los que por una razón u otra conocíamos o padecíamos (para desesperación de amigos comunes). Con él se fue también un bagaje importante de memoria compartida. A su memoria y a la de su esposa, Francine Sautereau du Part, está dedicado mi trabajo biográfico sobre Baroja. Nunca más su maravillosa casa de Bayona, ni las comidas en Tellería, de Bera, ni las conversaciones telefónicas a carcajadas… ni la voz dulce de Francine.

Maison de Balzac

P1050402Lo he llevado de un lado a otro desde enero de 1989, cuando estaba escribiendo La gran ilusión y pasé  un par de ajetreadas semanas en París, pateando calles y pasajes, fijando escenarios. Reuní una copiosa información de esos días. Una mañana helada fui hasta Passy para visitar la casa de Balzac, motivado por unas cartas a Madame Hanska que acababa de comprar en la librería Jousseaume, de la Galerie Vivienne. Era el único visitante, así que recorrí al casa y el jardín como me dio la gana. Quería ver el sillón en el que Balzac se sentaba a escribir y dijo desfondaba, porque me parece un símbolo de lo que es la escritura, al menos como yo la he concebido durante años, y también una cafetera de porcelana que era idéntica a una que había en los vasijeros de nuestra casa de Obanos. Al salir, en un callejón que baja hasta el Sena, la rue Berton, tuve un incidente desagradable con una mujer empingorotada que creía que la iba a atracar y con un gendarme de la guardia de la embajada turca. Son cosas que echas a beneficio de inventario del relato. Curioso callejón ese que serpetea entre tapias, una de ellas la del palacio de la princesa de Lamballe,  personaje o cuando menos seudónimo de una novela de Patrick Modiano, La Ronde de nuit, Swing Troubadour, alias la princesa de Lamballe. Volví a la casa en otras ocasiones, pero, como es preceptivo, nada fue lo mismo. [Del Viaje alrededor de mi cuarto]

Irse… y quedarse

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Les oyes hablar al paso de irse «al pueblo», que es de donde vienen. Lo harán, en cuanto puedan. Otros dicen:  «Yo es que me iría, para no volver», pero se quedan porque no les queda más remedio. El encierro les hace añorar un pueblo, un campo, cuya vida en realidad desconocen y que sin duda se les vendría encima. Son urbanitas sin remedio y tras el primer respiro vendría el agobio del día a día por mucho que los gurús de la nueva normalidad preconicen, de manera desvergonzada, la vuelta al campo, a la naturaleza, a los huertos de quietud y a los jardines cerrados. Es poco probable que eso suceda y que se hagan realidad los cambios de costumbres profetizados durante las semanas de reclusión domiciliaria. Nos quedamos, en el lugar donde tenemos la guarida, por mucho que pensemos en Trebizondas y pueblitos con encanto. Y cuando la borrasca amaina empezamos a olvidar.

No merece la pena… pero

96e36d35c966f582af3494d7a4ac239dLas estadísticas y herramientas informáticas son determinantes en el negocio de las redes sociales: está visto que ni los asuntos de los que tratas ni su punto de vista son los que el público pide, no conectas y en consecuencia tu audiencia es casi irrelevantes, reducida a la de los cuatro amigos. Hombre de pocos amigos, se diría en otro tiempo, por mucho que no sea la hosquedad el color de la tinta que empleas. ¿Merece o no la pena el gastar tiempo e ideas en esos medios? No, pero si renuncias, aceptas que no puedes     dar publicidad por otros medios a lo que escribes –artículos dominicales y fragmentos de libros futuros sobre todo–. En eso no puede haber queja alguna, sino un motivo de reflexión sobre le propio trabajo y su alcance. No puedes obligar a nadie a que le guste lo que haces. Lo mejor es admitir que no tienes olfato para saber lo que se cuece, lo que se lleva, lo que hay que decir y lo que no, también esto, sin olvidar el cómo y el uso de palabras proscritas.

No cedas, viejo perro (Humberto Quino)

El hampa, ese motivo literario

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La imagen es una viñeta de André Dignimont, de las que ilustran la edición de Les innocents (1924), de Francis Carco, escritor muy prolífico y de éxito rotundo en sus novelas, crónicas, recuerdos, poemas y canciones… Fue el escritor del hampa y de su argot, de los legionarios y la Colonial, de Montmartre, de la rue de Lappe, la de los bailongos y los cabarets de la perra suerte, de la bohemia, las calles oscuras de la prostitución, de los puertos del norte, y de un París casi ya por completo desaparecido en su urbanismo. Sus camaradas de los días felices: Dorgèles, Mac Orlan, Aragon –que le dedicó un poema memorable, gracias a Jean Ferrat–, Paul-Jean Toulet, Gen Paul (el amigote de Céline), Derain, Vlaminck… Cafés, bares, bistrots, burdeles, barrios descalabrados, tanto si son los arrabales como el vientre de la ciudad, son los escenarios en los que se mueven los hampones y gamberros de Les innocents. Épica de la desdicha y de la mala suerte la suya, como la de Mac Orlan, por mucho que lo disfrazaran de pintoresco sentimental.

Por su parte el montmartrois Dignimont, pintor, ilustrador y coleccionista de lo inverosímil (como Ramón),  que se marchó a vivir cerca Las Pulgas de Saint-Ouen y montó un museo de objetos insólitos (la venta de su taller es una novela) y que pintó e ilustró bailes populares, bares de marineros, actor de cine ocasional, con Renoir en La Nuit du carrefour, en un papel a su medida: hampón, garagista, perista… La novela negra de los tiempos negros, el «Fantástico social» de entre guerras, no sé si inventado del todo por Mac Orlan, que termina en la sordidez de la Ocupación.

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El ejemplar del que está sacada esta viñeta del tipo de aire abatido que camina contra la lluvia, estuvo en la biblioteca de Fermín Negrillos, cuya sombra pasa por el Diccionario de las vanguardias. Negrillos fue un lector furioso en una ciudad de curas y militares, poco amiga de la lectura y los libros, y casi ciudadela todavía en la época en la que él leyó allí a Proust en primera ediciones, a Sade en las clandestinas de J.J. Pauvert o a Joyce en su primera edición argentina de Ulises, que no tengo ni idea de cómo pudo ir a parar allí. Durante años, Negrillos tuvo un permiso del gobernador civil de los alzados permitiéndole leer libros prohibidos, habida cuenta de la furia por la destrucción y el expurgo de bibliotecas privadas que les entró a los amos de la situación en 1936. Lo tenía colgado en su biblioteca, diseñada por el arquitecto Víctor Eusa, miembro de la Junta Central de Guerra Carlista en los años más negros de la represión de la retaguardia, y responsable de esta. Esa biblioteca de la calle Eslava, fabulosa en su diseño y colosal contenido, era el escenario de las reuniones del sanedrín de los alzados, y luego vencedores muy enriquecidos, durante y después de la Guerra Civil, con el periodista Garcilaso a la cabeza: todo lo que la gente de orden, la de toda la vida, ha venido ocultando con tesón hasta ahora mismo. Escribas lo que escribas no se dan por enterados. Leyera lo que leyera, viajara a donde viajara, Fermín Negrillos fue un colaborador de los alzados y quien llevó en su coche a Garcilaso a Badajoz, pocos días después de la matanza, para que este escribiera un reportaje de contra propaganda franquista que encubriera el crimen de Yagüe. La biblioteca de Fermín Negrillos la desbarató su heredero en los felices ochenta y fue a parar a  la librería de la viuda de Abárzuza en la que huroneamos durante años.