La nave de los locos (Michel Onfray)

El último de Onfray es un libro facilón.  La nave de los locos, en la que de grado o por fuerza, todos vamos camino del país de los necios. Un anuario de comentarios sarcásticos a las demencias y estupideces que en torrente nos suministran los medios de comunicación a diario, esas que se comentan solas. De emprender algo parecido, yo iría más lejos y lo titularía «El asco de nunca acabar», pero me da flojera y me faltan verdaderas ganas de acometer  un trabajo parecido con lo que veo y oigo en el país en el que vivo, con mis gobernantes y compatriotas. En mi caso no serviría para nada. Onfray al menos hace caja a diario haciendo de sí mismo un negocio y con sus publicaciones incesantes añade combustible a la caldera de su locomotora. Hace tiempo que empecé a tener a Onfray por un charlatán (beau parleur), como a Savater, autor de mi juventud, a quien hace mucho que dejé de leer y seguir. A Onfray sin embargo lo sigo todavía aunque no con el mismo entusiasmo que hace unos años. El suyo es un discurso que abruma, por repetitivo, por obvio y por sectario, aunque compartas sus temores y rechazos: el islamismo, el imperio de lo políticamente correcto, el puritanismo y a la vez el todo vale y todo es respetable… Pero cansa mucho la gente que está en posesión de la verdad, de cualquier verdad y no deja resquicio alguno para la perplejidad y la duda, cruzados de la propia causa. Ayer mismo leía en Le Monde Diplomatique este artículo minucioso, aplicado como quien no quiere la cosa, al derribo de Onfray, emprendido  hace ya unos años por escritores y comunicadores diversos con fortuna escasa: «Libertaire, Michel Onfray ? Le dernier nouveau philosophe», de Jean-Pierre Garnier. Hoy recorro sin emoción esas páginas de comentarios a una actualidad  que me desborda y me produce un asco que me empuja a un en la práctica imposible emboscamiento, ni siquiera al sarcasmo, ese que es expresión de importancia frente a la fuerza de la necedad.

Raúl Lara

Raúl Lara, pintor, boliviano, un recuerdo… Esa fue una buena relación que se vino abajo por un equívoco siniestro. Ramón Rocha Monroy sabe lo que pasó y tal vez lo haya olvidado, yo casi. Yo no tenía dinero para apadrinar a ningún estudiante y pagarle los estudios superiores. Tampoco conocía a nadie que pudiera hacerlo. Ni era ni soy una ONG. A Lara  lo conocí en su preciosa casa-estudio de Tiquipaya, un barrio de Cochabamba, en la que estuve varias veces invitado a almorzar o a tomar algo. En una ocasión vino a buscarme a mediodía  a mi alojamiento de la calle Lanza  para llevarme a su casa y en la recepción coincidimos con los K’Jarkas que (vejestorios) salían después de una noche muy larga de trago y farra dura que había durado hasta entonces. Iban ciegos y le confundieron con un escritor y a mí con un pintor, estaban besucones y con las narices muy tocadas. La última  vez que estuve en su casa fue viendo un pase de cuadros junto a Mariano Baptista que medio se durmió aburrido y eso que en su casa paceña tiene un buen cuadro de Lara. Se trataba de  escribir un texto para un catálogo de una exposición que iba a tener en Santa Cruz de la Sierra. Me dijo que me iba a hacer un retrato. No hubo ocasión, tampoco vi nunca el catálogo para el que le escribí aquel texto. Hoy, que repaso cuadros suyos, pienso que me quedó con su bonhomía (un hombre bueno) y con su arte. Solo que el tiempo pone las cosas en su sitio, salvo que las edulcores, y francamente se me han ido pasando las ganas de poner en escena lo vivido para contentar a quien me lea. Las cosas como las he vivido.

Ese cuadro, La Pérez Velasco (o La Pérez a secas), inspirado en esa plaza o encrucijada paceña por la que pasas a poco que merodees por sus calles a la husma. Toda la vida paca pasa de una manera o de otra por ese lugar. Eso sí, mejor lo hagas de día que de noche, porque de madrugada y por mucho bombillón que haya es un lugar de bronca, eso que los bolivianos llaman pesado: choros, chupacos, putas, travestis, pichicateros… A mi amigo el poeta García le han dado en ese lugar varias pateaduras. De día hay gente al ojeo, vendiendo comistrajos, esperando quién sabe qué, en pose de como quien no hace nada, bajo ese sol del altiplano que no calienta pero quema.

Las redes sociales y la publicidad (Cristina Fallarás)

Acabo de leer este artículo de Cristina Fallarás, «Las redes como cuestión de clase», que resulta triste, más que nada porque acierta en ese esfuezo más baldío que otra cosa de recurrir de manera acuciosa a las redes sociales para promocionar la propia obra literaria cuando no tienes el apoyo de medios de comunicación y espacios mediático, y suplementos literarios, esos que Umbral llamaba «leproserías de la literatura, pero se beneficiaba de ellos, o este apoyo es tan a cuenta gotas que es como si no tuvieras presencia alguna, algo que se parece al desenterrador de cadáveres. No acierta del todo Cristina Fallarás al señalar que escritores de rotunda presencia mediática no recurren a las redes para promocionarse, porque sí lo hacen o lo hacen otros por ellos. Es igual. Lo que cuenta, al menos para mí, es que su artículo me ha hecho reflexionar sobre el uso que yo mismo hago o he hecho hasta ahora de Facebook y de Twitter, las dos redes sociales en las que me he movido, r y pienso que he invertido mucho tiempo, de mirón y egosurfeando, en ellas. No tengo edad. El tiempo se me ha echado encima. Tendría guasa emplear más tiempo y energías en promocionar mi obra que en escribirla. Un sinsentido. Para conseguir algo  debería escribir en exclusiva para las redes, corriendo el riesgo de no acertar con lo que los lectores quieren. ¿Qué quieren los lectores? No lo sé. Es tarde para hacer estudios de mercado y muy tarde para rehacerse una verdadera clientela, como decía Céline. Es tarde para casi todo y además el barullo de las redes me aturde tanto como el callejero, del que ahora mismo huyo.

Dicho lo anterior al margen de que las redes sociales han deteriorado la comunicación personal encamarando es deterioro en una hipercomunicación. Es raro recibir mensajes al margen de las redes. Es raro tener algo que contarse cuando nos estamos contando (exhibiendo) de continuo. En lo del prójimo no me meto, pero antes de naufragar en las redes leía más, ponía más atención en mi escritura y hacía cosas que ya no hago. Es como para pensárselo.

 

«Las redes como cuestión de clase», de Cristina Fallarás

Bernard Noël, Le rôle du poète (Caza de citas).

Sans doute vaut-il mieux partir du fait que la société actuelle n’assigne aucun rôle à la poésie que, généralement, elle ignore. En conséquence, la poésie doit se fortifier de ce qui la nie et tirer de cette présence négative un nouveau souffle. D’ailleurs pourquoi est-elle ainsi reléguée? Parce quelle n’appartient pas à l’univers médiatique même s’il peut arriver qu’un poète y soit momentanément considéré. La raison de cette mise à l’écart est simple : la poésie ne saurait parler le langage simplificateur de la consommation sans y perdre sa nature, et elle ne saurait être lue sans contester la passivité qu’engendre cette simplification. Cela étant, faire acte de poésie, c’est aujourd’hui faire un acte de résistance à l’avilissement de l’intériorité par des stéréotypes qui, sous prétexte de démocratie, stérilisent l’émotion et l’imagination tout en privant de sens la pensée. Un produit conçu pour tous est forcément un produit insignifiant selon les critères de la consommation. La poésie, donc, est d’emblée inconsommable parce quelle a besoin, comme l’amour, d’un effort d’attention pour qu’advienne le partage. Sa signification est dans la qualité qu’elle rend alors au langage et, par lui, à la relation humaine…

El papel del poeta en el mundo actual, en esta época de consumismo e imperio mediático, antes de la calamidad y cuando esta acabe, que ignora a los poetas y a la poesía… La poesía, asunto de conjurados, aunque como acto de resistencia no lo vea yo muy claro. [Del muro de Facebook de Florence Vanoli lo traigo].

Josep Igual Febrer

Hace un rato, por Facebook, me he enterado de que hace unas semanas falleció Josep Igual Fabrer, un magnífico escritor (poeta, narrador, cantautor…) a quien seguía con gusto en las redes sociales y fuera de ellas en libros magníficos. Sus palabras de apoyo me reconfortaban. Leer su diario de su combate diario con la enfermedad que ha acabado con él te invitaba a no andarte con dengues y a tomarte en serio la escritura de un diario, y con él tu vida de todos los días, conseguir que esta no sea una «extraña cargante», como escribía Kavafis. Eso era un diario, sí, pero sobre todo el testimonio de una vida vivida con intensidad y coraje. Ojalá se publiquen. Hace unos meses leí un diario suyo de quitarse el craneo, tenía eso que los franceses llaman gran estilo, sin grandilocuencia ni mañas de impostor literario, sino con elegancia, riqueza de lenguaje y expresión, de lo mejor que he leído en ese género, y se lo dije: L’eternitat enamorada. Notes d’un diari, 2016-2017. Premi Joan Fuster 2019.  Qué bien contaba su vida, invitaba a vivir la tuya con la misma plenitud e intensidad, ¿qué más le puedes pedir a un escritor? 

Hace tiempo que voy detrás de una máscara Mbole Yela. En concreto desde que leí la primera versión de su significado, pero están por encima de mis posibilidades. Leí que era un máscara de circuncisión como de condenado a muerte para que este entrara con paz en el otro mundo. También leí que era la máscara no del condenado, sino de verdugo, femenino. Y también que eran máscaras que se destruían una vez fallecido quien las había utilizado como propias. La máscara —el otro, el mismo, nadie, Nemo…—  y quien detrás de ella se oculta para sacar al que de verdad es. Ser, lo que se dice ser, Alonso Quijano era Don Quijote.

Doctor Jeckyll y mister Hyde, solo a uno dieron tierra, dijo Chesterton en su ensayo sobre R. L. Stevenson. 

 

Moriremos nosotros también (evento)

Mañana presento Moriremos nosotros también, desbarre autobiográfico, más que novela, que solo tiene que ver con El Escarmiento y El Botín de manera tangencial, mucho. Cierto que de aquellas páginas  salió hace nueve años, pero ir, lo que se dice ir, ha ido a parar a otra parte. Me repugna que en el cartel anunciador aparezca el emblema del Gobierno de Navarra que aquí no organiza nada y yo le sirvo para sus mandangas de blasonar de actividades culturales, una línea más.  Igual es porque presta un techo en donde Cristo pegó las tres voces porque si no, no lo entiendo. En más de quince años, los últimos, es la primera vez que acudo a un centro oficial. Mal me fue con la derecha upenera (tras el 2001), pero peor me ha ido con los rompedores progresistas que han venido luego… por lo que a lo oficial se refiere, aunque tal vez haya sido mejor así porque me ha dado una libertad inapreciable. Al margen de que no puedes obligarle a nadie a gustarle y a apreciar tus dones. Pero por mí pueden irse todos a la mierda: los pasados, los presentes y hasta los futuros pluscuamperfectos. ¿Por qué me presto ahora a esta mojiganga, que lo es? Por ayudar al editor en lo poco que pueda y darle visibilidad a la editorial, y al libro que salió hace ya tres mes, así que rara presentación es esta… más bien suena a darle a la novela  los santos oleos y cantarle un responso funeral de primera, disfrazados todos de Hermanos Fosores, aquellos extrañísimos enterradores que eran como una especie de Legión del tenebro para gente que, con motivo, quería olvidar su pasado. Además, como el evento lo lanzan en streaming, los interesados se pueden quedar en casa, de copa y puro, como quien dice, porque, encima, no habrá tragos cuando la cosa acabe, como era costumbre. Además, el amigo Freddy se quedó por el camino y un lamento en su memoria (complainte) contiene Moriremos: nos han quedado muchos negronis pendientes, la bebida estrella de la novela en La Huerta de Larequi, taberna de lujo, atendida por dos simpáticas catrinas txalapartaris.  Qué vida más rara llevamos. Por mucha claustrofobia que me acometa a ratos, el vivir a lo mío, sentado a mi mesa de trabajo, no tiene precio para soportar esta calamidad.  Sé que no voy a recuperar la vida de antes y que me va a costar salir de mi refugio. Hasta la fecha, Moriremos nosotros también  solo ha cosechado una reseña, la de Iñaki Urdanibia, y dos comentarios privados. El resto, silencio, ya me lo avisaba el otro día José Luis Insausti, amigo y excelente poeta.  Estoy acostumbrado. No estamos en tiempos lectores. Esas costumbres lectoras han terminado de cambiar de manera radical (deteriorarse) el último año con la pandemia. Dicen que el aforo es limitado a 40 personas. Mucha gente es esa, no sé. Iremos viendo.

Y así vamos tirando

Hace un año pensábamos que «esto» para el verano estaba liquidado, andábamos balconeando con aplausos hasta que llegaron las banderas y las cacerolas, y se hablaba con una soltura de espanto de esa sandez recién inventada con el nombre de «nueva normalidad», una especie de Jauja social o de Utopia mesiánica por fin caída sobre nosotros. Los filósofos de profesión se hicieron adivinadores del porvenir y anunciaron al hombre nuevo y su mundo del futuro, cuasi angelical. No dieron una. Éramos peor de lo pensábamos y la calamidad que nos azotaba más seria y honda de lo que parecía. De lo sucedido en las residencias de ancianos no hablo, que lo haga la Fiscalía general de Estado, los jueces de instrucción… pero no albergo esperanza alguna. Dudo quealguien pague por lo cometido. Siempre les quedará ETA. Hoy leo que se ha deteriorado mucho la salud mental o estado anímico de la población de riesgo en la que me encuentro, titulado de viejo cuando la víspera estaba con muchos otros en lo del «a vuestra edad todavía sois jóvenes». Ha cundido el desanimo y la fobia social por mucha imagen de chiringueteo que se publique. Ansiedad, depresión, dolores, pejigueras diversas y paliativos de todas clases. Haces de polichinela de ti mismo y crees que vives intensamente, enmascarado, gruñidor, matasiete, optimista de vacuna, ya te las has puesto, ya estás a salvo, ya, ya… Fue hace un año. Y así vamos tirando, solía rubricar Josep Pla sus notas sobre el tiempo y sus inclemencias.

Entre tanto se ha ido un año de tu vida del que apenas puedo hacer inventario. Me encuentro donde nunca pensé hace un año que me encontraría. Algo he escrito, algo he publicado y algo voy a publicar. Mentiría si dijera que tengo optimismo o entusiasmo… a no ser que hablemos de los árboles que he plantado en los últimos meses, hasta ayer mismo, sabiendo que lo más seguro es que no los vea crecer hasta su madurez… y no solo el laurel que planté hace cuatro días sujeto a esa maldición de que quien lo planta no lo ve crecer. Con lo demás, no me hago ilusiones. La suerte de mis últimos libros me produce indiferencia. Sería de necio alborotarse por algo que va con la época y la calamidad pandémica. Por mucho retiro que haya habido, no creo que este haya creado más lectores. En las redes sociales, sí, porque están que arden, pero los libros… Estoy en un lugar privilegiado, pero no puedo ocultar que a ratos siento una rara claustrofobia y me gustaría estar en La Paz o en París, o en Bayona, aquí al lado, una ciudad que puedo ver si me asomo a Otsondo por el Camino de Napoleón y no hay calima… lo que pertenecía a mi vida de los últimos años y que tengo serias dudas de que regrese. Lo vivido, vivido está. Nada será como antes y eso es casi de agradecer: inventa, invéntate, vete en dirección contraria, no vayas, quédate, en tu huerto, filosofa… más cándido que nunca.