Maison de Balzac

P1050402Lo he llevado de un lado a otro desde enero de 1989, cuando estaba escribiendo La gran ilusión y pasé  un par de ajetreadas semanas en París, pateando calles y pasajes, fijando escenarios. Reuní una copiosa información de esos días. Una mañana helada fui hasta Passy para visitar la casa de Balzac, motivado por unas cartas a Madame Hanska que acababa de comprar en la librería Jousseaume, de la Galerie Vivienne. Era el único visitante, así que recorrí al casa y el jardín como me dio la gana. Quería ver el sillón en el que Balzac se sentaba a escribir y dijo desfondaba, porque me parece un símbolo de lo que es la escritura, al menos como yo la he concebido durante años, y también una cafetera de porcelana que era idéntica a una que había en los vasijeros de nuestra casa de Obanos. Al salir, en un callejón que baja hasta el Sena, la rue Berton, tuve un incidente desagradable con una mujer empingorotada que creía que la iba a atracar y con un gendarme de la guardia de la embajada turca. Son cosas que echas a beneficio de inventario del relato. Curioso callejón ese que serpetea entre tapias, una de ellas la del palacio de la princesa de Lamballe,  personaje o cuando menos seudónimo de una novela de Patrick Modiano, La Ronde de nuit, Swing Troubadour, alias la princesa de Lamballe. Volví a la casa en otras ocasiones, pero, como es preceptivo, nada fue lo mismo. [Del Viaje alrededor de mi cuarto]

Rue des solitaires

13221059_1150862364946236_5116867257641907973_n1.- Esa es una calle muy frecuentada sobre todo por los que no lo son  y hacen de la soledad una impostura literaria de baja estofa. Pocos son los que no reivindican estar en ella domiciliados de fijo, nada de residencia secundaria, nada, por mucho que la miga de su vida sea el enredo, la madeja de dímes y diretes, la bulla de los acólitos, el cruce incesante de llamadas y mensajes… solitarios, sí, del mundo uníos, dejó dicho D’Ors de aquel escritor falangista que se murió en una sucia ciudadela disfrazada de vergel toscano… De no creer… sí, de mucho creer, tal vez demasiado… los cepos te esperan donde menos te lo esperas

2.- En la calle de los Solitarios, del barrio de Belville, en Paris, localizó Pío Baroja su novela El hotel del cisne (sobre la que escribió un magnífico ensayo Juan Pedro Quiñonero), pero en la que jamás hubo un Hôtel du Cigne, como sostiene Mainer. Yo ya dije donde y en qué circunstancia pudo ver Baroja un Hotel del Cisne, con su flamante enseña de neón, y no voy a repetirlo, porque para qué. Pasé por ella por última vez hace seis años. Estaba menos descalabrada a como la recordaba de otras ocasiones en las que, por razones familiares, anduve por esos rumbos… habían pasado unos cuantos años, la verdad. Dicho lo cual, esa novela crepuscular de Baroja y su historia es para mí de lo que más interés conserva su obra (y el ensayo de Quiñonero, que me parece ineludible y ofrece un copioso abanico de pistas a seguir en la novela y más allá de esta)