Faludy en Bayona, junio de 1940 (Barojiana)

IMG_0068.JPGEstoy leyendo Días felices en el infierno, las primeras memorias del poeta húngaro György Faludy en un ejemplar que me envió hace unos días Alfonso Martínez Galilea, su traductor, viejo amigo de los días felices del Logroño literario, ciudad  donde la editorial Fulgencio Pimentel lo ha publicado.

Por las fechas de las que tratan algunas páginas (1939-1940) las memorias de Faludy se me cruzan con otros trabajos. Faludy huyó de Hungría y se refugió en París, unos meses antes el comienzo de la guerra con Alemanía, la drôle de guerre. Cuenta las dificultades que tuvo para conseguir el permiso de residencia, algo que no pareció inquietarle mucho a Pío Baroja que en esas mismas fechas estaba refugiado en el Colegio de España y en un buen hotel de la rue Marbeuf más tarde cuando el Colegio cerró sus puertas. A Baroja solo le inquietó tener que ir  a hacer cola a la Prefectura de Policía y que le trataran como a todo el mundo. Algo curioso porque las colas fueron formidables a raíz de los decretos de 2 de mayo y 12 de noviembre de 1938 que ponía a los extranjeros de cara a un muro de problemas incesantes. Ignoro cuál era la documentación que tenía Baroja en Francia porque no la he podido ver y me extrañaría mucho que la hubiese destruido. A Faludy le costó mucho más conseguir un permiso de residencia. Esa situación de los extranjeros se agudizó cuando empezaron a enviar a presuntos enemigos de origen alemán a campos de concentración,  el de Gurs por ejemplo, muy cerca de la frontera con Navarra.

 

PA100033.JPGBaroja se fue de París en mayo, ante el comienzo de la verdaderas hostilidades bélicas y la amenaza de la Ocupación alemana de Francia y se instaló en Bayona en un alojamiento que le propocionó su amigo (entonces) Rufino García Larrache, en el Chemin de Masure.

Faludy se fue de París cuando los alemanes estaban a las puertas de la ciudad y llegó en tren a Montauban donde estuvo unos días y se fue cuando se dio cuenta se fue a Bayona con la esperanza de encontrar un barco que le llevara a América. Las fechas, ¿entre el 20 y el 23 de junio? Lo que se encontró Faludy en Bayona fue un caos: soldados que desertaban de su formaciones en estampida perseguidos por sus suboficiales, fugitivos de todas clases, los llamados «indeseables» que ya habían sido recluidos en campos, judíos, refugiados políticos, grandes colas en los consulados para obtener visados —en el de Portugal sobre todo*—, mercado negro, hacinamiento… Faludy se cruzó con Franz Werfel, escapado de Gurs, que debería estar acompañado de Alma Mahler. ** Lion Feuchtwanger da una testimonio parecido y más extenso en Le Diable en France… Los alemanes –Regimiento de las SS Der Führer– entraron en Bayona el 25 de junio. Ignoro el día que salió Faludy de Bayona, pero dijo haber visto ondear la bandera nazi en el ayuntamiento desde el barco en el que finalmente había logrado embarcar rumbo a Casablanca.

En aquel ambiente de estampida y desorganización, Baroja aun tuvo estomago para acudir al Musée Basque a por unas fotografías de las mascaradas suletinas para su sobrino Julito y se lo encontró lleno de soldados polacos. El testimonio que deja le retrata.  No es que no se diera cuenta de lo que en realidad pasaba, sino que no quería.  Son dís de desbandada que él tuvo que ver por fuerza. Es demasiado parco en sus descripciones si las comparamos con las de otros fugitivos.  El día 23, Baroja se dirige a la frontera de Hendaya atestada, que él ve expedita y pasa como si nada. Entre tanto no pierde ocasión de hablar con desprecio  —«judiazos»— de los judíos con los que se cruza que tratan de entrar en España para pasar a Portugal. Baroja viviendo a un paso de la muga no pudo ser ajeno   a lo que sucedía y la paso, pero a él solo le preocupaba el destino de las maletas que había dejado en Bayona con libro caros,  con un ejemplar de Pío Baroja en su rincón y el manuscrito de Reflejos en el sueño.

* Faludy ignoraba que las dilaciones de las que habla en el asunto de los visados del consulado de Portugal se debían a la bronca que tenían el  controvertido cónsul general, Aristide de Sousa Mendes, Justo entre las Naciones,  favorable a otorgar visados sin formalidades y sin otro objetivo que salvar vidas, y el vice-cónsul, Manuel Bieira Braga, que se negaba a hacerlo.

** El crítico de arte y anarquista de la columna Durruti, Karl Einstein tuvo menos suerte y, escapado también de Gurs, se suicidó en la gave de Bétharram.

Baroja, resistente


pio-barojaPocos serán los barojianos que no sostengan que Pío Baroja fue no ya reacio al franquismo, sino un resistente, desde su peculiar exilio interior, aunque esto no se sostenga en página alguna y en boca de algún asaltacaminos sea una embuste publicitario.  Al revés, sobran las páginas en las que Baroja manifiesta su decidido amor por el orden  y  su descreimiento de las democracias y de los sistemas electorales, aun así, salvo leyendo a sus biógrafos oficiales –porque huyen con descaro de todos los aspectos conflictivos de la vida del escritor–, se puede sostener que Baroja fue a votar, al menos en una ocasión. Fue el 6 de julio de 1947, en el referéndum para aprobar la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, un montaje grotesco, pero efectivo, al presente me remito. Los incidentes que hubo aquel día a pie de urna y lejos de ellas pueden encontrarse en crónicas de la época y en novelas como Año tras año (1962), de Armando López Salinas; novela barojiana esta, en la estela de La lucha por la vida.

En 1947, la jerarquía eclesiástica respaldó abiertamente el referéndum y la propaganda oficial se dirigía a los católicos indicándoles que votar sí suponía «estar en paz y gracia de Dios». ¿Votaciones manipuladas? No creo que hiciera demasiada falta, con el miedo a las represalias bastaba. Baroja no sé que votó, pero que lo hizo de eso no me queda la menor duda porque así se lo cuenta a su confidente José García-Mercadal con una carta  de 7 de julio de aquel año que no deja lugar a dudas. A no ser que Baroja fuera de los 3.725 españoles que votaron no en lo que era una estafa electoral, en el más puro estilo totalitario. Por muy mayor que estuviera  –tenía 75 años–, no podía ser ajeno a aquella grosera actuación del régimen franquista. Pudo haberse quedado en casa, como hicieron otros, pero no, fue a votar, algo para él insólito, tal vez por miedo a que le multaran (miedo este que manifiesta en otros momentos). Para Baroja, además de toda una experiencia, aquel fue un día de suerte, no por nada, sino porque no tuvo que hacer cola porque un señor que estaba el primero de la cola le cedió el puesto, de manera que Baroja votó «sin esperar», él que temía tener que hacer una o dos horas de cola porque «hubo que ir a votar».

Antonio de Hoyos y Vinent (y los otros)

1-0 (1)De Antonio de Hoyos, marqués de Vinent,  se hablaba mucho en los ochenta como una gran cosa: más biografía que obra literaria, muy extensa en su caso. Villena le dedicó páginas tan informadas como entusiastas: «escritor sulfuroso». Todo un personaje, sin duda, con rasgos más simpáticos que otra cosa: su compromiso con el anarquismo no fue cosa de broma y le costó la vida. Algo más que una anécdota.

Pero ¿Lo releería ahora? Ni en broma. Mi gusto por los raros ha empalidecido mucho en los últimos años, tanto que los había dejado de frecuentar. Y así habría seguido siendo de no haber andado tras los pasos del  escritor Eugenio Noel por Bolivia, con su empresa andante de conferencias de españoleo y republicanismo.

Restos de su biblioteca andaban por el Rastro hace treinta años e incluso había  ejemplares en la de Negrillos, en Pamplona. Baroja también tenía ejemplares en Itzea y Pio II los enseñaba como una gran cosa, cuando era pacotilla pura. Se identificaban enseguida: encuadernados en negro con el hierro de una V con corona de marqués.

Escribe Eugenio Noel en aquellos años suyos de miseria, casas de empeño (hasta la navaja de afeitar y los calcetines), cobros del fondo de reptiles, desahucios y reclamos:

«Curioso caso el de este maricón y escritor Hoyos y Vinent que se dice anarquista, estilo de Baroja o así. Es gracioso este anarquismo aristocrático único en la historia de los disparates y disparidades políticas»

Y unas líneas de Pío Baroja a escena:

«De Hoyos y Vinent hablará cuando lo haga de las aportaciones de la literatura a la Revolución, “casos personales verdaderamente curiosos y lamentables” y dirá, tachando su nombre, que el exaristócrata andaba vestido con su mono, su gorra y luciendo una insignia anarquista y “empuñando una pistola” escribía en El Sindicalista de Ángel Pestaña.» [ Nota 756]

 

Eulalia de Borbón y Baroja

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Una de las «señoras de buen aspecto» a las que admiró Pío Baroja: la muy conflictiva infanta Eulalia de Borbón, retratada por el proustiano Boldini… también era proustiano, mucho, demasiado, el hijo de la infanta que andaba por París.

Baroja intentó, de muy barojiana y genética manera, que fuera la infanta la que encabezara la lista de peticionarios para su premio Nobel, asunto este en el que puso mucho más interés del que dijo. [Pío Baroja, a escena, reedición en 2019]

Javier Bello Portu (Un recuerdo)

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Javier Bello Portu (1920–2004), tolosarra, músico –director y compositor: El llanto de Zalacaín–, memorioso, lector, barojiano, amigo de la familia Baroja, estaba escribiendo una biografía de Baroja… y falleció sin concluirla me temo. Personaje. Vivía en Bayona. Le conocí subido a una escalera (él) en la primitiva librería El Parnasillo, de Pamplona, calle Paulino Caballero, junto al bar Oslo. Y de pronto se oyó un rugido: «¡Mentira!». Tenía en la mano uno de los tomos de las llamadas «memorias» de Pío Baroja, editadas por Planeta que habían aparecido unos pocos años antes. Nos presentaron y luego fuimos coincidiendo en un sitio y en otro, en las librerías sobre todo. En la de Gómez, plaza  del castillo, plaza, porches, en donde me hablaba, entre otras cosas, de los personajes barojianos de la República… Solía aparecer en las presentaciones de mis libros en Donosti o en Bilbao. Recuerdo una última cena –en una pizzería de  la calle Banderas de Vizcaya (entonces, de Bilbao–; una cena tumultuaria de escritores hoy famosos (algunos), letraheridos, gente de prensa, que acabó mal y no por cuenta de Javier Bello Portu, sino de unas indecentes burlas de apellidismo, cuestión esta que nadie quiere tocar, como decía Caro Baroja.  ¿A dónde habrán ido a parar sus papeles barojianos? Estaba enemistado, como solo lo pueden estar dos duelistas, con el crítico musical, barojiano hasta el final, el inolvidable Fernando Pérez Ollo, FPO, contra el que Bello Portu escribió un desternillante libelo musical a propósito del Miserere de Eslava… quisicosas de erudiciones de negra provincia, resueltas en enemistades, enconos, dobles juegos, banderías de incondicionales y otras cuestiones de culto y clero.

Pío Baroja en el espejo de papel

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Baroja, según Bagaría, ilustrando un capítulo de «El tablado de Arlequín», en el primer número de la revista «España», enero de 1915. Revista en la que colaboró durante unos números y de la que se fue de manera brusca tras haber publicado un precioso trabajo dedicado al Circo, con ilustraciones de Bagaría también.
En 2007 pensaba que había dejado atrás a Baroja para siempre. No ha sido así. He vuelto a encontrarlo en sus espejos de papel, que fueron muchos y a examinar de más cerca biografías y autobiografías y alter egos o contrafiguras que sostienen mucho de los rasgos y episodios que el propio Baroja no llegó a trazar en sus páginas autobiográficas.
Baroja se convirtió tanto en un personaje literario o novelsco que no veo el motivo por el que no se pueda acercarse a sus peripecias vitales y a su obra desde la novela, desde ese territorio que se sostiene entre documentos y el cabe imaginar. ¿Por qué no?

Ciro Bayo y Pío Baroja, en La Paz.

Mañana tengo que hablar de Ciro Bayo y de Pío Baroja en la carrera de Literatura de la UMSA paceña, gracias a la generosidad de la profesora Ana Rebeca Prada. No sé si me sobra soroche o me faltan ganas para hablar de ese asunto, o va a ser hacerlo de algo que me va quedando cada día más lejos porque los reclamos de mi tiempo y mi escritura son otros. Cierto que les he dedicado a ambos autores varios trabajos, el último Cirobayesca boliviana, sobre la estancia de Ciro Bayo en Bolivia, pero también es cierto que Baroja me interesa cada vez menos y que de Ciro Bayo me interesa más su enigma biográfico que sus estrictas páginas literarias sobre Bolivia. ¿Por qué se siguen leyendo esos autores o por qué siguen estando presentes en el panorama literario español tan proclive a celebrar el pasado y cicatear el presente? Tal vez sea de eso de lo que merezca la pena hablar; sin contar con que hacerlo de esos dos escritores a estudiantes bolivianos de hoy sea poco menos que relatar empresas de extraterrestres. Mañana se verá.

El entierro de la sardina

la-mascara-y-los-doctores-1928 «El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval», sostenía Larra, que se mató un lunes de carnaval, con un fondo de griterío de máscaras y destrozonas, por mal de amores en la leyenda y novelería romántica o por desesperanza de un país a la deriva, enmascarado de mugres y mala fe generalizada, en el discurso civil del país siempre imposible, siempre a la deriva, siempre fallido. Francisco Umbral, que le dedica su Anatomía de un dandy, tan denostada por los hispanistas asebolados, viene a decir algo así como que Fígaro muere por asco de las cosas y dolor de España. Hoy no se mata nadie por España, hoy se muere en España, mucho, pero de otras cosas, a causa del mal gobierno, sobre todo, con o sin estadísticas enmascaradas. Hoy se muere de indigencia, de atención médica deficiente por falta de recursos y de propia mano, cuando no hay futuro ni presente; hoy florecen las muertes civiles, invisibles. Hasta de asco es difícil morirse del todo, por mucho y muy intenso que se sienta, pero nunca lo suficiente como para tomar la calle.

Larra en Carnaval, en la danza de la trampa, la burla y el engaño, pero de salón, algo alejado de ese carnaval madrileño de máscaras grotescas, brutales, violentas que le entusiasmaba a Gutiérrez-Solana y tras él, en su precisa huella, y en la de Goya, a Edgar Neville: Domingo de carnaval, una joya. Baroja también habla del carnaval en algún lado, como teatro de excesos de salón que le ponían malo, no sé si de envidia o de fobia puritana; también Cansinos-Assens lo hace, pero como escenario del ajuste de cuentas, y de poner el orden patas arriba. Erudiciones fules al vuelo. [Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 29.2.17, aquí enlazado]