Ciro Bayo y Pío Baroja, en La Paz.

Mañana tengo que hablar de Ciro Bayo y de Pío Baroja en la carrera de Literatura de la UMSA paceña, gracias a la generosidad de la profesora Ana Rebeca Prada. No sé si me sobra soroche o me faltan ganas para hablar de ese asunto, o va a ser hacerlo de algo que me va quedando cada día más lejos porque los reclamos de mi tiempo y mi escritura son otros. Cierto que les he dedicado a ambos autores varios trabajos, el último Cirobayesca boliviana, sobre la estancia de Ciro Bayo en Bolivia, pero también es cierto que Baroja me interesa cada vez menos y que de Ciro Bayo me interesa más su enigma biográfico que sus estrictas páginas literarias sobre Bolivia. ¿Por qué se siguen leyendo esos autores o por qué siguen estando presentes en el panorama literario español tan proclive a celebrar el pasado y cicatear el presente? Tal vez sea de eso de lo que merezca la pena hablar; sin contar con que hacerlo de esos dos escritores a estudiantes bolivianos de hoy sea poco menos que relatar empresas de extraterrestres. Mañana se verá.

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El entierro de la sardina

la-mascara-y-los-doctores-1928 «El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval», sostenía Larra, que se mató un lunes de carnaval, con un fondo de griterío de máscaras y destrozonas, por mal de amores en la leyenda y novelería romántica o por desesperanza de un país a la deriva, enmascarado de mugres y mala fe generalizada, en el discurso civil del país siempre imposible, siempre a la deriva, siempre fallido. Francisco Umbral, que le dedica su Anatomía de un dandy, tan denostada por los hispanistas asebolados, viene a decir algo así como que Fígaro muere por asco de las cosas y dolor de España. Hoy no se mata nadie por España, hoy se muere en España, mucho, pero de otras cosas, a causa del mal gobierno, sobre todo, con o sin estadísticas enmascaradas. Hoy se muere de indigencia, de atención médica deficiente por falta de recursos y de propia mano, cuando no hay futuro ni presente; hoy florecen las muertes civiles, invisibles. Hasta de asco es difícil morirse del todo, por mucho y muy intenso que se sienta, pero nunca lo suficiente como para tomar la calle.

Larra en Carnaval, en la danza de la trampa, la burla y el engaño, pero de salón, algo alejado de ese carnaval madrileño de máscaras grotescas, brutales, violentas que le entusiasmaba a Gutiérrez-Solana y tras él, en su precisa huella, y en la de Goya, a Edgar Neville: Domingo de carnaval, una joya. Baroja también habla del carnaval en algún lado, como teatro de excesos de salón que le ponían malo, no sé si de envidia o de fobia puritana; también Cansinos-Assens lo hace, pero como escenario del ajuste de cuentas, y de poner el orden patas arriba. Erudiciones fules al vuelo. [Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 29.2.17, aquí enlazado]

Fastos barojianos

barojabienCon el 60 aniversario de la muerte de Pío Baroja vuelven los fastos barojianos en esta cultura nuestra de la conmemoración, el evento y las funciones culturales institucionales.  Alguno se extraña de que mi nombre no aparezca por ninguna parte relacionado con Baroja. Soy conflictivo, dicen, ellos sabrán por qué,  y que mis trabajos nada valen, es una opinión, molesta, pero opinión.
Para mí Baroja es una página de mi vida ya pasada. Creo que, al margen de haber escrito cientos de páginas, soy sin duda el escritor en lengua castellana que más paginas ha escrito sobre el autor y su obra, lo digo sin jactancia, solo porque es verdad, molesta por lo visto, pero verdad (reto a cualquiera a comprobarlo), y porque nadie lo va a decir en mi lugar: biografías, estudios de aspectos parciales, conferencias, artículos, reseñas, prólogos, trabajos puntuales… ha sido tirar mi tiempo y mis ganas por la ventana: trabajos inútiles y ya perdidos, por ninguneados a conciencia por los bonzos de la cultura política española, pues en estos términos es preciso hablar ya. Escribí una extensa biografía, Pío Baroja, a escena, (destruida), la más completa me temo, nada. Escribí un ensayo exhaustivo, hasta la minucia dijeron, sobre Baroja y la Guerra Civil, Tiempos de tormenta. silencio, mi trabajo de edición de su mejor novela inédita, Miserias de la guerra,  silencio también, o casi… eso aburre a cualquiera, y luego los malos modos, la mala saña, las mentiras, las insidias, los vetos, las zancadillas, los insultos… como digo, eso cansa a cualquiera, es muy triste en  lo personal y afectivo, y al final te obliga a pasar página, y a olvidarte de Baroja para siempre… de la gentuza que lo tiene patrimonializado ahora mismo es más difícil.
En este país escribir algo crítico en dirección contraria a las devociones comerciales y culturales no te reporta nada bueno. No hay que apartarse de la línea oficial, académica o industrial, hay que repicar como un doctrino la papilla de los devocionarios y de las funciones organizadas en loa del estafermo, que en eso han convertido con sus incensarios y novenas a Pío Baroja. De lo contrario estás fuera.

Rue des solitaires

13221059_1150862364946236_5116867257641907973_n1.- Esa es una calle muy frecuentada sobre todo por los que no lo son  y hacen de la soledad una impostura literaria de baja estofa. Pocos son los que no reivindican estar en ella domiciliados de fijo, nada de residencia secundaria, nada, por mucho que la miga de su vida sea el enredo, la madeja de dímes y diretes, la bulla de los acólitos, el cruce incesante de llamadas y mensajes… solitarios, sí, del mundo uníos, dejó dicho D’Ors de aquel escritor falangista que se murió en una sucia ciudadela disfrazada de vergel toscano… De no creer… sí, de mucho creer, tal vez demasiado… los cepos te esperan donde menos te lo esperas

2.- En la calle de los Solitarios, del barrio de Belville, en Paris, localizó Pío Baroja su novela El hotel del cisne (sobre la que escribió un magnífico ensayo Juan Pedro Quiñonero), pero en la que jamás hubo un Hôtel du Cigne, como sostiene Mainer. Yo ya dije donde y en qué circunstancia pudo ver Baroja un Hotel del Cisne, con su flamante enseña de neón, y no voy a repetirlo, porque para qué. Pasé por ella por última vez hace seis años. Estaba menos descalabrada a como la recordaba de otras ocasiones en las que, por razones familiares, anduve por esos rumbos… habían pasado unos cuantos años, la verdad. Dicho lo cual, esa novela crepuscular de Baroja y su historia es para mí de lo que más interés conserva su obra (y el ensayo de Quiñonero, que me parece ineludible y ofrece un copioso abanico de pistas a seguir en la novela y más allá de esta)

Camorra del condesillo

186508_3021474El peso de las leyendas. De la misma manera que jamás escribí una línea acerca de las enfermedades venéreas de Pío Baroja, pero a sus familiares les vino muy bien la indecencia para armarme una bonita camorra, ahora me gustaría saber en dónde escribí yo que los miembros de la Órden de Malta eran unos asesinos, gilipollas es posible (por algunos de los que he conocido), pero asesinos no creo, lo que no quita para que el conde de Casa Palomeque y falso barón de Espejo velado por el trago, se agarre a la infamia y se sirva de ella para ponerse digno y altivo, defendiendo un honor que le naufraga un día sí y otro también al pairo de unos metros de vino. Así las cosas, puedes llegar a aborrecer mucho no ya una ciudad, sino un paisanaje –Del bávaro matón  y del bobo que le azuzó para que, muy valiente, me atacara por la espalda, ya hablaré otro rato y de aquel que no estaba pero expande lo que los otros quieren oír a cambio de unos tragos, también–. Me gustaría saber, digo, dónde escribí tal cosa acerca de los miembros de la Orden de Malta para, de ser cierto, retirarlo, pero no así que el condesillo, a quien sus compinches de andada apodaban El Muñeco, caballero de honor y devoción,  es un redomado cretino y,  con pistolita o sin ella, un parásito social. Y adiós muy buenas. Todo tiene un límite.

Otoñal y barojiana

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Xantelerreca esta mañana.

Escribo esta página un 30 de octubre, en el 59 aniversario del fallecimiento de Pío Baroja. Un día esplendoroso de otoño, de cobres intensos, amarillos luminosos, pardos y verdes; no uno de borrasca, como fue el de su entierro, en Madrid, en 1956. Lo hago desde el País del Bidasoa, el de su famosa República, sin frailes, sin moscas y sin carabineros, pero con su perpetuo Momentum castrophicum a cuestas, y sus chapelaundis, siempre necesarios, y sus chapelchiquis repulsivos, a cada cual los suyos. Y ahora que me fijo, lo evoco desde muy cerca del lugar donde pudo haber perdido la vida el escritor, el 22 de julio de 1936, de no ser por la intervención de un militar, descendiente de uno de los aristócratas que el propio Baroja puso en escena en ese mismo lugar, acompañando la entrada en España de Carlos VII de Borbón y Austria-Este: «ese patán agromegálico que apenas hablaba el castellano», lo crucificó Baroja, que luego se asombraba de que los carlistas le odiaran.

Un lujo de colores que piden el acordeón de sus elogios, que obligan a recordar sus propios pasos, de los que dio cuenta en muchas páginas memorialísticas. El otoño era sin duda su estación favorita, de la mano de Verlaine o de la de algún zorzico del país. Todo muy lírico, en la escena, con pocas sombras. La realidad, como siempre, fue siempre más sombría. La aventaba y conjuraba escribiendo. Un sentimental, así subió Baroja al tablado de papel, así lo ve su público, vagando por los bosques y collados de un país en el que vivió menos de lo que se supone.

De su generación, es el escritor que sin lugar a dudas sigue de verdad vivo, más que nada porque tiene la suerte de convocar lectores, barojianos o no, abonados a Baroja por devoción o por no tener mejor cosa que hacer, como dijo el vasco chileno Juan Uribe-Echeverría, que lo evocaba en la plazuela dedicada al creador de Shanti Andía, en Cerro Cordillera, Valparaíso, lejos, mucho, a donde Baroja pudo ir de refugiado, como aquellos otros que allí estaban evocándole, huidos de la represión franquista, y que si no viajó, eso dijo al menos, fue porque había demasiada agua entre el París que iba ser ocupado por los alemanes (a los que nunca vio entrar en la ciudad) y el lejano Chile de los aventureros de la costa, tal y como que le proponía, desde la Embajada chilena, Salvador Reyes, su admirador, cuyo libro Tres novelas de la costa (1934) leyó con pasión (a juzgar por sus subrayados…) en la calle de los Solitarios, esa en la que nunca hubo un Hotel del Cisne, el de los malos sueños, los de la edad y el miedo. Barojianos montaraces y barojianos «salonardos», como lo fue el propio Baroja, en esa otra vida social de la cordialidad pacífica, elegante. El escritor tildado de hosco y asocial no rehuyó ni los tugurios y cafetines del Madrid de La busca, ni los salones de los aristócratas. Tuvo que ser un contertulio ameno, como lo son algunos de sus personajes contrafigura, que les llamaban, tanto de joven como en sus temibles años crepusculares. Vueltas y revueltas de una vida cuyo trazo resulta apasionante.

Baroja es también el autor del que hay que hablar bien en público y merendar en privado, tren de mercancías entre amigotes del hampa académica y veloz y majestuoso clíper del opio o acontecimiento de literatura mundial en otras palestras, dependiendo del mercado, de la oportunidad, de la ventaja que se pueda sacar con ello… Muy barojiano.. No, él no creo que fuera así, pero es que hablando de Baroja todo resulta muy barojiano, hasta lo que no lo es.

¿Por qué se le sigue leyendo en una época en la que los lectores desfallecen? Porque lo ponen de lectura obligatoria en los colegios o lo ponían, y por algo más. Por el lector adulto, en sus horas por fuerza solitarias, en el tiempo de la remembranza que fue el de Baroja, se recuerda en el joven que buscaba refugio en la lectura y que por un momento se sintió Martín Zalacaín o Andrés Hurtado acogotado por el medio, buscando una salida, una puerta de escape: los rebeldes barojianos que crecían más en la imaginación de sus lectores que en las páginas literarias; y por esos otros que en el mapa de sus páginas buscan una guía para el viaje sin objeto del que se sienten protagonistas: «Bah, literatura amigo Thompson, sombras, sueños». Quién no ha soñado con esperar a una fugitiva, de noche, al pie de un acantilado, en una barca, y que le caiga una monja encima. ¿Surrealismo? No, aventura, cosas de los hombres de acción a los que les han hablado de Nietzsche, en un ahumado cafetín apretado de bohemios hambrones, en el paseo de los desmontes, con el Guadarrama nevado a lo lejos o en los barrizales de las Injurias.

Baroja con o sin lectores es objeto de un culto apasionado que ningún otro escritor de su generación concita (con el desprecio pasa lo mismo). Así, Francisco Nieva, en Carne de murciélago, en su crítica feroz de la cultura española, sostiene que el colmo del gozo bibliofílico sería «tener una novela de Baroja, encuadernada en piel de Baroja» (pág. 155). Devociones extremas que a mí ya me ponen en guardia.

«Baroja fue para los de mi generación –dice pomposo el don Batallas que está de guardia– un emblema de resistencia y rebeldía». Es posible, no lo dudo, pero basado más en una leyenda que en realidades contrastables. Baroja y sus rebeldías, Baroja anticomunista, anti demócrata, antirrepublicano confeso y contundente antes de la guerra civil, durante la guerra y después de esta cuando trataba con Aunós y sus policías. Hombre de otro tiempo, del antiguo régimen digamos. Inclasificable. Se nos escapa entre sus páginas, ahí creemos atraparlo y nos acaba enseñando nuestros propios fondillos.

acto-oficial1 El día que desaparezcan los barojianos será la señal de que la sociedad española habrá alcanzado su madurez e integración, sostenía en 1961 Luis Martín-Santos, tras decir de manera muy perspicaz que «la obra de Baroja es una vasta galería de inadaptados». Los barojianos no han desaparecido y la sociedad española vive horas sombrías. Reclamarse barojiano, como liberal o como archidemócrata, siendo lo contrario, es barato, y sobre todo viste. No te reclames nada, sigue por la trocha barojiana cuando su creador habla de vagamundos y de aventureros, de gente sentimental y sincera, y de esa otra que se echa en solitario a los caminos…

Con todo, fuera del rincón de lectura, en la rueda de la fortuna de la cosa pública, peligroso terreno el de Baroja, porque ahí no hay que apartarse de la cátedra y sus dictados, ni de la congregación de la doctrina barojiana, ni de la lectura canóniga de su obra, digo bien, canóniga. Qué poco tiene eso que ver con el Andrés Hurtado que encarna Baroja, ya al humo de las velas, en viajes de ida y vuelta, con el otoño, en sus Horas solitarias, mientras al otro lado del monte, en la iglesia de Urruña, el sol habrá ahora mismo dejado de iluminar la leyenda de su reloj de sol: «Vulnerant omnes, ultima necat».

* Artículo publicado en ABC Cultural, de Madrid, el 7.11.2015

** La segunda fotografía corresponde al paso de Pío Baroja por Salamanca en enero de 1938.

Gómez de la Serna y Baroja

ITZEA 8-11-05 013“… en prueba de mi afecto que quizas no sabe expresarse, que quizas es torpe, que quizás Vd. no vera pero que le tiene”… Baroja lo consideraba un charlatán y no perdió oportunidad de decirlo. Gómez de la Serna tenía éxito literario y social, muchos amigos, encanto, como su hermano Ricardo, él no o poco, o eso sentía, o de eso se quejaba.*

* Inicio con esta ilustración un blog, titulado Barojiana, en el que voy a reunir trabajos publicados sobre Baroja, junto a documentación gráfica y bibliografía comentada, propia y ajena.  Creo que a Baroja y a su mundo le he dedicado el tiempo y el esfuerzo suficientes como para que cuando menos los trabajos no queden del todo arrumbados.

Enlace del blog Barojiana

Barojiana…

DSC_0091 DSC_0087Fortuna audaces iuvat… hace unas semanas, en un restaurante de Penha Garcia  –¿o fue en Perales antes de quedarme boquiabierto ante una procesión nocturna de la Semana Santa que parecía salir de una estampa de Regoyos?– me acordé de algunos de mis personajes literarios sin saber que me los iba  a encontrar días después, en la rúa de los Peregrinos, cuando yo mismo me entretenía en dar con las huellas de los huaqueros navarros a los que atraparon hace años en la torre Almenara, en Gata, dedicados a excavaciones arqueológicas clandestinas…
Mixtificaciones: palabra que Baroja usaba mucho como un arma arrojadiza contra todo el mundo, menos contra la imagen que le devolvía el espejo. Hace tiempo que no me ocupo de las andanzas de Baroja ni de los Baroja. Siento auténtica tristeza  por todo lo que está con ellos relacionado. Fue una pérdida de tiempo y de energías, una mixtificación, el ocuparme de la biografía de Baroja, los ensayos, los artículos, las conferencias, los trabajos de edición a él o a su mundo literario y familiar dedicados… Los cientos de horas para preparar la edición de Miserias de la guerra, cotejando originales, estableciendo el texto definitivo… Muchas páginas y no pocas de ellas silenciadas por la falta de decoro editorial o por la mala leche barojiana y de los “barojianos”. ¡Qué trabajos más inútiles! Y qué miopía la mía en lo personal. Los Baroja no quieren amigos, quieren lacayos, palmeros, devotos, incondicionales, gente que calle y trague sin rechistar, y baile al son que les venga en gana. Y eso, a cierta edad, se aguanta mal. El mundo académico se ha prestado al juego de una manera por completo acrítica, babosa y lacayuna: indecorosa. Lo puedo decir porque he reducido al mínimo mi relación con personas con él relacionadas, y ya nada tengo que perder ni temer en ese terreno. ¿Qué me van a quitar? Nada. Es un alivio. Corren días de acabamiento, de resumen, de cerrar el equipaje, las puertas y las ventanas. Hace poco repasaba con disgusto las páginas de mis diarios escritas en  los días de 2005 y 2006 pasados en Itzea trabajando en originales inéditos de Pío Baroja. Tarde o temprano verán la luz. A mí me han hecho ver con claridad esto que digo: esos trabajos de años han sido una monumental perdida de tiempo, lo único que tenía y lo que todavía me queda de manera que sé crepuscular. Lo que ya no estoy dispuesto a malgastar… y aquí sigo dándole vueltas a una carraca podrida.

Un juramento oscuro

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Hace unos meses, limpiando el ordenador, iba a tirar esta fotografía a la papelera, pero reparé en un pequeño, en un mínimo detalle: en la mano herida del personaje que aparece, brazo en alto, de frac (?) y con la cabeza gacha, a la derecha, bajo las puntillas de algún magistrado que no sale en la foto, aunque sí lo hagan D’Ors, Eijo Garay, el general Gómez-Jordana, Carrero Blanco, Juan Aparicio, José María Pemán (creo)… No me había fijado: es Pío Baroja.
Aquellos días de enero de 1938, cayó en Salamanca una fuerte helada y era fácil resbalarse y caerse en las calles casi a oscuras de la ciudad, como ya se había caído en Burgos unas horas antes. [Tiempos de tormenta, págs. 173 y sgs.]
A ese personaje de la mano herida se le ve abrumado, apesadumbrado y no creo que sea necesario señalar ni recalcar lo evidente. Tal vez esté dudando entre jurar, prometer o lo que sea costumbre. Tal vez esté deseando estar a muchos kilómetros de donde se encuentra en ese momento, en compañía de una gente que el pie de foto califica de: “Autoridades saludando brazo en alto en un acto oficial”. En realidad se trata del acto de constitución del Instituto de España, el 6 de enero de 1938.
El juramento redactado por D’Ors, decía: “Señor académico:  ¿Juráis en Dios y en vuestro Ángel Custodio servir perpetua y lealmente al de España, bajo Imperio y norma de su Tradición viva; en su Catolicidad que encarna el Pontífice de Roma; en su continuidad representada por el Caudillo, Salvador de nuestro pueblo?
“Responderá el Académico: ” Sí juro” [Boletín Oficial del Estado, Orden de  1 de enero de 1938, (Presidencia Junta Técnicadel Estado).
Y Baroja dice que dijo: “Lo que sea costumbre”; y dicen (Serrano Suñer) que dijo: “lo que manden”.
No sé lo que yo hubiese hecho de encontrarme a su edad y en su situación, pero entiendo bien que Baroja, ya que no podía hacerlo desaparecer del todo, intentara borrar las huellas o dar las menos pistas posibles de ese episodio que el tiempo y las trincheras convierten en algo bochornoso. Si la foto estaba en el copioso archivo fotográfico de Bera, o no la vi o no me la enseñaron, porque hasta ahora no había dado con ella ni había oído hablar o leído sobre esa estampa entre siniestra y grotesca. Lo intenté explicar en Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), pero esta es otra historia.