«¡Qué pronto se hace tarde!»

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Mejor solo que mal acompañado… e invisible mucho mejor, ni comparación, vamos. La ciudad te ofrece la posibilidad de estar lejos e ir a lo tuyo, en tu mundo, si es que lo tienes. Una frase hecha o un refrán, sirven de telón de fuego y cierran el escenario.

De la mano de Javier Pagola, un pintor que me gusta mucho, desde que nos conocimos, hace tanto, qué sé yo… otoño era, con viento sur y en Cuenca, con Antonio Pérez.  La vida, como una violenta riada. Íbamos a hacer, me acuerdo, un libro titulado de manera muy ramoniana, «Tugurio Impar«, con caracteres y personajes al vitriolo a los que sus dibujos iban no como anillo al dedo, si no como si fuera él quien dictara los textos: los protagonistas de un tiempo de farra que engendró este. El tiempo, ya digo… inclemente, por completo irremediable, mejor contar con ello cuanto antes.

Demagogia callejera

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A un lado de la calle estrecha, covachuelas de cartón habitadas, y al otro rutilantes escaparates de delirante decoración de lujo en la que hasta una calavera lo es. No es el extrarradio, sino el centro-centro de Madrid, y esa calle, al anochecer, se convierte en un campamento de sin techo. Ah, sí, y al otro lado del muro un local de «elite dental».

Para el Madrid de Carlos García-Alix

IMG_0112Apenas se puede adivinar en el esmerilado de la puerta el rótulo de «Venta de joyas y alhajas», palabra esta última esfumada, pero que, en esa calle de batalla y vida nocturna en la que la vida de barrio ya fue, con su luz pobretona y su interior en penumbra, me remite, más que al comercio actual de ropa barata, al escenario novelesco de una ciudad de hampones, maleantes, pobreza vergonzante, ruinas encubiertas, desbarates, fugas, atracos, expolios, casas de empeño… la del tiempo de su Honor de las Injurias. 

Otoñal

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Lejos de los días de los libreros de viejo y los funambulistas, lejos también, pero en el espacio del lujo de los otoños baztaneses. En el de los libreros de viejo, leía a Lezama en sus Tratados en La Habana, sus incitaciones gastronómicas, sus tentativas eruditas, su melancólico entusiasmo por las luces y las cosas del mundo en torno, poemas, pintura, música… Ahora escribo contra reloj y leo, a salto de mata, de Valparaíso. El otoño es otro con ser el mismo, otoño urbano, del extrarradio madrileño, con plátanos y que se desnudan abrasados por el calor. Echo en falta la niebla mañanera, el olor del humo, la lluvia fina, echo en falta, echaré en falta algo, esté donde esté, que me empujará a moverme de nuevo, hacia atrás, hacia ningún sitio.

Madrid, Gran Parada

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El payador patriótico del barrio que deleita a su parroquia con un selecto repertorio de enardecidas canciones, escuchaba hoy con atención a una anciana que le contaba lo mal que estaba la vida, todo… su guitarra negra no tiene nada que ver con la de Aldredo Zitarrosa. Un poco más lejos, bajo los pinos, y cerca de donde están enterrados restos de un búnker de la guerra civil, un chino maduro cantaba una canción dulce y melancólica enfrentado a un teléfono móvil…

El Madrid de las tascas

35223561_1905197499543225_1865903899857125376_nEl Madrid de las tascas, los figones, las bodegas de ir a por la frasca y las casas de comidas populares,  tiene los días contados empujado por el Madrid de las Tapas, las franquicias, las barras con estilo y clase, la minigastronomía… la mandanga… pero con estilo, insisto, orientado a ese turismo que se ha adueñado en un ir y venir febril del centro de Madrid. Vida cara, vida de medio lujo, encima. Madrid, ciudad proletaria, y ciudad donde el lujo es una marea.

«Las tascas de los alrededores de la Gran Vía»… las frecuentaba Julio Caro Baroja (don) en compañía de un amigo que  poeta y narrador fantasioso, gallego, de Mondoñedo, en cuya catedral decía tener el privilegio de poder entrar bajo palio, pero que había tenido, no sabía bien el erudito, qué problemas con las autoridades del Movimiento en aquel Madrid hambrón de la posguerra…

Madrid, ciudad de paso (Diario volátil)

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Madrid, en otoño, una luz, el borboteo del agua en el paseo del Prado, recién bajado del tren y el encuentro cálido con los tuyos y con un buen amigo que te lazarea por su mundo y sus escenarios de infanica y juventud, los compartimos, no son intercambiables. Los suyos fueron de vida, dura, los míos de puro paso. Melancolía… en escabeche, como aquella de la que se pitorreaba en padre Isla en sus Cartas de Juan de la Encina.

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Ventura de la Vega, el Hiloguy y el Luarqués, Carmen Martín Gaite, actores de teatro, Ganbela y su apetito inextinguible, G-Flai y su gorroneo bravo, insultante, pintores fallecidos… la redecoración ha acabado con todo… Ah, y Cafrune, Cafrune, se me olvidaba, invitado a la farra, el tiempo que va pasando, como la vida, etcétera, sí, pero te va matando, nos ha arrollado a todos: el carro del heno era un pulguero en dirección a un chirrión, a un muladar de Regoyos después de la corrida. Y sobre la ruina, el trato amistoso de quien con generosidad te da una mano.

P1150404Digamos que es en Alimentación Quiroga, esquina Huertas con Echegaray, donde el narrador de Cornejas de Bucarest compraba as latas de mejillones en escabeche que acostumbraba a comerse metido en la bañera mientras se relamía de la husma bibliofílica del día. Lo tenía muy fácil. Vivía enfrente, en el 22, piso segundo, piso galdosiano, de censantes, honrado comercio de la plaza, etcétera. Aquel mil hombres que no sabía qué hacer con su vida, no tenía ni idea de hacía donde se dirigía su viaje.

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No todo en Madrid es imagen del descalabro nacional ni mucho menos y eso que los taberneros castizos todavía se preguntan por el qué van a decir los turistas de la basura que asoma en las esquinas. Pues qué van a decir los turistas. Lo que ya saben, lo que vienen leyendo en los periódicos: que han llegado a un país de mierda gobernado por maleantes, en el que a la conquista económica y al saqueo a pedo de burra se le llama inversión extranjera; a un sólido mundo para ricos y solo para ellos se le llama emprendimiento y en el que la clase más pudiente no vuelve al lugar en donde estaba porque nunca se había ido: revolución de las tapas, mientras los que deberían armarla porque las tapas, esas tapas, no van a ir con ellos jamás,  son apaleados, sometidos por el miedo y como mucho queman unos contenedores… demagogia, bonita.

 

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Madrid, ciudad de paso, ciudad del pasado, ciudad de lo que fue, lo que pudo haber sido y no lo va a ser jamás, escenarios deteriorados, los tuyos, pimpantes los ajenos. Tienes la seguridad de que hagas lo que hagas no vas a tener un sitio: estar de paso. ¿Y qué importancia tiene esto? Ninguna dice la zorra al pie de la parra. ¿Para qué quieres un sitio en la piscina de las murenas? Al caer el día el poeta Hernández, acicalado, se dirige, calle de Serrano adelante, al copetín del día en el Círculo de Bellas Artes. ¿Habrías ido? ¿No? ¿Entonces a qué señalas?

Madrid, una luz amarilla de tarde, corriendo por las azoteas y los altos de las fachadas: la tuya, en esta ciudad, es un historia muerta y enterrada. Hay otra, ya otoñal, melancólica, de mucho lamerse las heridas y de reír en ese carro en el que dicen que nadie ríe, mezcla del heno y del cadalso.