Navideña de Stevenson

Robert_Louis_Stevenson_paying_his_flageoletComo todos los años, releo por estas fechas el Sermón de Navidad, de Robert Louis Stevenson, en traducción de José Luis Gil Aristu, de quien hoy me acuerdo de una manera especial, y me he detenido en ese pasaje que cito:

«Y el hecho de haber vivido equivale sin duda –por hablar como un soldado–, a haber servido. Tácito nos relata cómo se amotinaron los veteranos en los bosques de Germania, cómo acosaron a Germánico pidiendo a gritos regresar a casa y cómo, tomando la mano de su general, aquellos veteranos, ausentes de su patria y agotados por la guerra, pasaron los dedos de aquel por sus encías desdentadas. Sunt lacrymae rerum [“También las cosas lloran”]: este es el cantar más elocuente de Simeón. Cuando un hombre ha vivido hasta una edad avanzada, lleva sobre sí las marcas del servicio. Quizá nadie lo vio en la brecha al frente de un ejército, pero al menos perdió los dientes en la lucha por el sustento».

¿Regresar a casa, regresar a dónde, haber servido, seguir vivo por ello? Hay combates que no admiten retiro. Estar o no satisfecho con uno mismo, reconciliado, en tregua… según Stevenson no se  trata tanto de ejercer virtudes y menos de ponerse en escena como alguien virtuoso, irreprochable: «Quizá fuera más modesto mostrarnos simplemente agradecidos por no ser peores». No está de moda, lo que se lleva es alardear de algún «vicio simpático» (a los que se refería Chesterton), la guapetonería, la listeza sin escrúpulos… no, no todo es así, esa es pintura negra e interesada, no todo es ruido y canallada, pero no sé si me lo digo para mejor pasar el trago, a modo de alivio homeopático, no sé… cuando sientes que vas arrastrado por una riada solo tratas de sobrevivir a su empuje y de no ahogarte.

 

Migraciones y estampidas

mm8390_140919_11747_1800x1200Imagino que cuando Ambrose Bierce escribió su entrada del Diccionario del diablo acerca de los inmigrantes y los calificó de «Persona desinformada que cree que un país es mejor que otro», no se refería a las estampidas migratorias que la hambruna o la muerte cierta empuja, sino que se trataba de una humorada vitriólica referida a las muy duras condiciones de vida que se encontraban los que dejaban atrás sus países y llegaban a la tierra prometida: nada o muy poco era como les habían asegurado. Un aviso de caminantes destinado más a disuadir a los buscadores de Jauja que a burlarse de ellos, por tanto.

Algo parecido escribió Robert Louis Stevenson en un memorable texto referido a la conquista del Oeste y la fiebre del oro, en el que habla de dos trenes que se cruzan en la pradera, el de los que van hacia el Oeste y el de los que de allí regresan. Los primeros van tan alegres, entusiasmados y festivos que no advierten que los segundos, los que vuelven al Este, baldados y con las manos vacías, les gritan y hacen señas de «¡Regresad, regresad!». Solo que enseguida las posibilidades del regreso comenzaron a hacerse imposibles, y ahora más que nunca. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 1.2.2017 aquí enlazado)

Navideña

535c0d5d8fff3c426da2ec6197d1679fDel espíritu navideño no sé si es mejor huir a la carrera o echarse en él con los brazos abiertos, admitir la tregua generalizada por muy dudosa que esta resulte, y sobre todo no ser cicatero con los gozos ajenos aunque esto sea de todos los días. La Navidad, como los toros, tiene sus detractores feroces y sus incondicionales fervorosos y militantes; puedes estar un rato con unos y otro con otros: «A medida que envejecemos, todos caemos en la tentación de censurar los placeres de nuestros prójimos», dice Robert Louis Stevenson en esa emocionante lección de ética que es su Sermón de Navidad, escrito en sus días de Vailima, los de la vida. Paciencia pues. Días de la luz nueva estos y de agua también nueva enseguida, los de Jano, el de las dos caras y las dos llaves… ¿Y eso a quién se lo cuentas en este siglo de horrores? Pues no sé, la verdad. No sé qué andaría escribiendo si no tuviera nada.

Días de tregua convencional y de píos deseos para acabar el año, entre el Dickens de la infancia, el Stevenson de la madurez y el «Gracias a la vida que me ha dado tanto…», de Violeta Parra, antes de que se fuera de propia mano, algo de lo que te acuerdas cuando puedes perder la vida por las buenas, pero que al día siguiente olvidas: «Esa cara sonriente, tan fácil de ensombrecer y tan difícil de volver a iluminarse», sigue Stevenson en su sermón. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 28.12.2016 aquí enlazado)