La fotografía y su riesgo (paceños)

La Mélancolie… el precio de una foto aceptable de la entrada mañanera de la cárcel paceña de San Pedro, la cárcel más loca del mundo. Un tipo malencarado con tres galones en la bocamanga del uniforme y cara picada, aliento avinagrado me ha agarrado violentamente de la zamarra y mientras me zarandeaba, me ha espetado: «¡Está prohibido sacar fotos! ¡Tiráte de acá y que no te vuelva a ver…!» Y no sé qué más, pero «de las mil putas», y con un empujoncillo de propina. La plaza estaba llena de escolares uniformados o vacilantes, ellas, encima de unos zapatos de tacón de aguja de vértigo, abrazados, algunos, a sus instrumentos musicales para el ir y venir de sus machacones desfiles patrióticos. Horas y más horas de charangas y desfiles.

En situaciones de estas siempre me acuerdo de Leo Ferré y de su canción La Mélancolie

C’est se r’trouver seul
Plac’ de l’Opéra
Quand le flic t’engueule
Et qu’il ne sait pas
Que tu le dégueules
En rentrant chez toi

y tú te cagas en su muertos cuando regresas a tu casa… Es igual, ahí está la foto que quería de la entrada atestada del lugar.

Sacar fotos en las calles de La Paz es una especie de deporte de alto riesgo. Sé dónde sacar y dónde no, y a quién es inútil pedirle permiso. Habré sacado unos cuantos miles de fotografías a lo largo de diez viajes, pero no diré que no haya tenido incidentes: con policías, con maleantes, con coqueras, con comerciantes, con un afilador, con quien pasaba por allí o con ese al que el cuerpo le pedía sangre, sobre todo con este, en cuanto te veía con una cámara en la mano. Hubo una época en que estaba prohibido sacar fotografías de mercados y otros lugares. Lo cuenta Christopher Isherwood en El cóndor y las vacas.

Ahora sospecho que lo que está atrapado en la red de esos miles de imágenes es mi visión de un mundo que he intentado describir en Chuquiago, Deriva de La Paz y en Cirobayesca boliviana. Un relato fragmentario y unas piezas documentales que pueden hablar por sí solas, no lo dudo, pero a las que siempre les faltará mi relato: el por qué, las circunstancias, el momento, el humor de quien aprieta el disparador. Me he engañado pensando que esas fotografías sustituían con ventaja el cuaderno de apuntes o el diario de viaje. La fotografía de campaña nos está volviendo perezosos de mirada. Y aun así qué difícil resulta sustraerse a la tentación del enfoque y captura de lo que te maravilla, abruma o sorprende, una cosa es la teoría y otra la práctica.

 

La Dulce Venecia (Diario volátil)

P1050002Estaba ahí hace nada y Ramón Irigoyen, a final de los setenta, cuando era vecino encantado del barrio, le dedicó uno de sus poemas de Cielos e Inviernos (1979), para mí uno de los dos grandes libros de poesía de la década de los setenta, el mejor de los de su generación desde luego. Ahora es otra cosa, al local me refiero. La ciudad cambia, tú envejeces, te acomodas como puedes a los cambios, los celebras, pero a oscuras, a puerta cerrada, te quedas traficando con tus recuerdos, confundes las cosas, loqueas y sonríes, porque sabes que en ese territorio eres inalcanzable, creas otro mundo que solo se parece de lejos al que fue, un mundo a tu medida, cada día distinto incluso, que no te pueden quitar. Son las especias intensas de la imaginación las que dan verdadero sabor al plato de grisalla cotidiana: “Soy el portavoz de un mundo perdido, presente para mí”, lo canta con ferocidad Léo Ferré en Et basta! A menudo escucho ese monólogo. Me reconforta… no es poco. Ahora mismo no es poco encontrar algo que te reconforte.

“El orden que atacaron…”

mayo1Más libros del derribo del Astrónomo, más embriagador olor a moho, una droga eficaz si se sabe usar. Este de Peter Weiss… ¿Quién se acuerda? ¿A dónde fue a parar? El, sí, pero también nosotros, ¿A dónde hemos a parar? Cómo, por qué, si esto no era lo previsto?. Peter Weiss, digo, en  Informes (1968), donde encuentro «Del diario de París» y estas líneas: «Un día se hizo el intento de rebelión, y sus resultados se guardaban en tres exposiciones […] Aquellas obras que pretendían desgarrar lo usado […] se presentaban puestas en conserva, en salas bien cuidadas, con sofás muy cómodos desde los cuales contemplarlas. El orden que atacaron, que pusieron en ridículo y cuya mentira denunciaron, los acogió con benevolencia, y las manifestaciones de los agitadores no habían logrado más que cobrar una gran dignidad una vez encerrados en las cámaras de tesoros de sus enemigos». La traducción chirría, pero es de Gabriel Ferrater, de modo que a misa. Lo que importa es el texto de Weiss, la manera en que señala que la rebelión acaba siendo dominada y digerida por la clase dirigente, hecha mercancía o espectáculo, en su propio beneficio. Léo Ferré ahora: dessinant les orages du Guevara/ Le Che crevé, crucifié, pourri déjà, même sur vos images. Avisos de caminantes. [Con las cartas marcadas]