Farandola para un guiñol burlesco

 

h-3000-celine_louis-ferdinand_guignols-band_1944_edition-originale_autographe_5_41151LA época en la que Céline escribió y publicó Guiñol’s Band es una época turbia y confusa por encima de todas las de su vida. Es la época de la ocupación y de las deportaciones, del colaboracionismo y del mercado negro, de la resistencia y de la delación, del ánimo de justicia parejo al de venganza, de los amos del día camino de ser los vencidos del mañana. Es la época de su encuentro con Jünger, en casa de Paul Morand –los dos escritores se detestaron de inmediato–, y es la de las amenazas de muerte –«on pense à moi dans les ténèbres», escribirá… Roger Vailland, su vecino, se defenderá de haber proyectado matarlo–, de los falsos documentos de identidad y del permiso de armas, de los delirios de la huida, del inminente y anunciado apocalipsis hacia el que Céline va con los ojos bien abiertos, pero con los forros de la ropa rellenos de guita, luises, moneda contante. El apocalipsis tanto tiempo anunciado, porque Céline se pasó la vida anunciando el apocalipsis, la hecatombe, la gran nada, no otra cosa. La época de Guignol’s Band es en la que parece no haber tiempo más que para huir, para ponerse a salvo; pero todavía hay tiempo para chalanear con Denoël, su editor, el contrato de ese guiñol, para escribir incendiarias cartas al director en el periódico fascista Je suis partout, para merodear por Montmartre, para seguir una palabra detrás de otra en el empeño de no dejarse nada en el tintero, ningún rincón de la memoria sin revisitar, sin reinventar, nada.

El fondo autobiográfico, el material-memoria, de Guignol’s band son las estancias londinensas de Céline, ese Londres recordado y reinventado desde que su familia le envía adolescente a estudiar inglés para que pudiera convertirse en un buen hombre de comercio –ese fondo miserable, torpón, del petit boutiquier, que Céline llevaba dentro y que aflora por todas partes en su obra en forma de mezquindades de carcajada-, y sobre todo el de su trabajo en la embajada francesa durante la primera guerra, antes de que fuera licenciado del todo, inválido condecorado. Esa es la época revisitada veinticinco años después, la de la vida a grandes tragos, de las andadas en los bajos fondos de Londres, cuando él mismo teje la leyenda de haber conocido a Mata Hari en algún antro de los que visitaron Kessel o Mac Orlan, en compañía de un profesional del hampa, Joseph Garcin.

En Guiñol’s band se desata con violencia la rabia, la furia y la capacidad visionaria, la vena burlesca, sarcástica, la elaboración de la parodia de si mismo, héroe de guiñol –ese fue uno de sus mejores trucos literarios–, ahí está el asunto, héroe de guiñol, negro y secreto, impostor redomado en aras de un relato más verosímil que ningún otro, el del desastre sin reposo ni respiro; aquí la construcción de ese personaje pícaro y abusivo, hampón, crápula y hasta macarra de ocasión, que se ríe de todo y de todos, cruel casi siempre, abusivo, pocas veces tierno, desbordante de humor negro, el jinete solitario de la noche, el navegante igualmente solitario de la mugre, llegan a su culmen. No hay mejor océano que ese para navegar con el viento del verbo furioso, torrencial, en las velas. La suya es una vuelta de tuerca genial.  Guiñol’s Band fue saludado como una pieza magistral del surrealismo… no sé yo, no sé. No queríais taza, pues taza y media, parece decir con esta vuelta sobre las huellas de sus pasos, y lo dice explícitamente en el prólogo que encierra su mínima poética.

Todavía este Céline, este mitómano que inventa su propia biografía página a página, es el Céline legible, identificable -el esfuerzo de Carlos Manzano su traductor es colosal–, todavía podemos seguir las andadas del que se tira de cabeza en el dominio de la noche y ahí se pierde para regresar trayendo de la mano un cortejo de personajes cuando menos insólitos, delirantes, grotescos, pura barraca de feria.

         Y eso que a la vista de estas apretadas, avasalladoras seiscientas cuarenta páginas en ebullición, no puedes menos que preguntarte «¿Pero quién demonios lee a Celine?». No tengo la menor idea. Es para mí todo un misterio. Debe ser cosa de iniciados, de tenida de furiosos (tirando a domésticos). Lo mejor son los lugares comunes, el escritor fascista, antisemita brutal y minucioso (una de sus fobias llevada al delirio), eso sí, el magnífico prosista, qué prosa, eh, qué prosa: colgajos de calidad para excusarse de arrimarse a su prosa. Inimitable, además. La furia, su furia, su verbo, no se improvisa, no se copia. Para quedarse sin resuello no hay más que leer en voz alta alguna de estas escenas. No se parece a nada que recordemos. A nada.

         Detrás de este libro está el Céline que acumula luises de oro, que ya se teme lo peor –en ese momento su amigo, aunque esto,tratándose de Céline sea mucho decir, Antonio Zuloaga (y también el embajador Lequerica) se lo quiere traer a España–, que acumula patatas en la bañera, y es el mirón de los cursos de danza de su mujer Lucette Almansor. Detrás de este relato torrencial está el Céline enrabietado por la falta de éxito total de sus novelas anteriores, por la ocupación alemana, por los judíos, en general, y por las sandeces místico-célticas-esotéricas puramente nazis del nacionalista de la edad de piedra: materia con la que delirar un rato largo, alucinógenos de primera. Racista, xenófobo, chauvinista que toleraba mal que se hablara un francés deficiente, antisemita, se edulcore esto como se edulcore

         DSC_0053Hay también, ahí la magia de la literatura, su poder, un Céline que logra transformar la mugre, la codicia, la ambición desmedida, el rencor, el orgullo bobalicón, los delirios del que no bebe, que esa sí que es buena, en oro puro literario, en esa prosa entrecortada y asfixiada del fuera de sí, en ese borbotón prodigioso de lenguaje, en esas imágenes inesperadas del verdadero visionario, el que como Elías se va con ellas, en ellas se pierde y le lector con él.

         La primera edición francesa de este libro, terminado de imprimir en marzo de 1944, va ornada con una imponente fotografía (h. t.) de un mascarón de proa femenino, motivo curioso si pensamos que es un símbolo o un emblema de una enorme belleza (VD. Chesterton en «Un dickensiano»»), que sugiere todo lo que no hay, o no parece haber, en la obra de Céline, el viento del largo (valga el galicismo forzado), el de Baudelaire cuando escribe el fuir-fuir la bas, sobre todo para quien afirmó reiteradamente que en esta vida todo es feo, sucio, todo está irremediablemente degradado, no hay nadie, no hay nada que valga la pena. Sólo hay que vivir para contarlo y jugarse la vida en el empeño. Y perderla, y perderla. En su tumba, en Meudon, hay grabado un tres palos a toda vela.

Addenda de 2020: la fotografía es del edificio donde vivió Céline en Montmartre, rue Girardon, desde antes de la Ocupación  hasta su fuga en 1944, siguiendo la ruta del éxodo colaboracionista. La saqué un día de septiembre de 2010 que andaba de expedición celiniana.

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El muelle de las brumas

img_0051Compré este fotograma de El muelle de las brumas (1938) en París, a finales de enero de 1989, en una librería especializada en cine que había en el pasaje Jouffroy, al pie de las escaleras, junto a Museo Grevin. Desde entonces la he tenido al alcance de la vista en mi cuarto de trabajo. Me gusta mucho esa película y también la novela del mismo título, de Pierre Mac Orlan, en la que se basó (de lejos) el film. Tanto Marcel Carné, su director, como Jacques Prévert, su guionista, hicieron lo que les dio la gana, empezando por situar la taberna de los derrotados –El Lapin Ágile de Montmartre, junto al Château des Brouillards, que da título a una novela de Dorgelés– en Le Havre, una ciudad que, al principio, no dio permiso para que se rodara la película en sus calles para que el público no pensara que en Le Havre no había más que desdichados. La película tiene momentos memorables, no solo por la réplica famosa, aunque no la más famosa del cine francés como se ha dicho:

Jean (Gabin): T’as d’beaux yeux tu sais.

Nelly (Michelle Morgan): Embrassez-moi.

Jean Gabin, Pierre Brasseur, Aimos, Michel Simon, Le Vigan… y una Michelle Morgan que deslumbró con su mirada al director y al guionista: el contrapunto a la mugre de la época por parte de alguien que no era ajena a la desdicha.

Momentos muy intensos, de gran poder evocador y simbólico, como cuando Nelly que espía la llegada del amanecer dice: «Cada vez que amanece creemos que va a pasar algo nuevo… algo fresco… y luego el día cae… y hacemos como él».

Jean, el desertor, se queda con la ropa de un pintor suicida que tiene niebla en la cabeza, encarnado por un gran actor de vida agitada y oscura: Le Vigan, el amigo de las juergas monmartroises de L. F. Céline, en la rue Girardon y alrededores, colaboracionista activo durante la Ocupación –personaje de D’un château l’autre– y al final refugiado en la Argentina, en Tangil, plena Pampa, donde anduvo de taxista. Antes, como muchos otros, Le Vigan pasó por Barcelona y dio clases de francés. Entre sus alumnos estaba la esposa de Carlos Pujol (según me contó este).

Pierre Mac Orlan protestó de la aparición de este personaje porque no está en su novela y Carné le dijo: «¡Pero Pierre si ese es el único personaje de tu libro que queda en la película!», según cuenta en libro de memorias La vie a belles dents.

En otra escena aparece el escritor surrealista y de novela negra Léo Mallet con uniforme militar y la pipa en la boca… Poco después de firmar un manifiesto pidiendo la cabeza de Gil Robles refugiado en Biarritz y de saber que la ayuda oficial a la República española era inútil.

«¡El capitán se ha quedado solo a bordo!», exclama Quart-Vittel con el barquito que ha quedado destrozado en el tiroteo entre los gánsteres y Panamá, el bodeguero de ese fin del mundo.

A Mac Orlan le fascinó Michelle Morgan y escribió líneas hermosas sobre su película, ambiente y fondo, sobre la época de bohemia miserable y de hambre en la que está basado el relato: «El muelle de las brumas de Carné es un testimonio de la miseria, esa miseria sin brillo que se arrastra en los barrios bajos de las ciudades como una niebla impenetrable».

Jean, el desertor, convertido en pintor que pinta lo que se esconde detrás de las cosas, pertenece a la historia personal de Pierre Mac Orlan que este no contó nunca: «La gente no sabe lo que sucede entre medianoche y el alba», algo así dice Zabel el siniestro personaje encarnado por Michel Simon –otro amigo del Céline crepuscular en su casa Meudon cuando lse fotografían en compañía de una sonriente Arletty–. Película sombría, cierto, no del todo bien acogida en una época en la que los desertores no estaban bien vistos, pero en ella brillan los destellos de coraje de los que no se resignan a naufragar del todo en la desgracia… gracias a Prévert y a su poesía cierta. Mac Orlan fue más derrotista, lo admitiera o no.

Philippe Muray en su diarios

img_0387“Un journal qui se respecte ne peut être que d’outre-tombe”, escribía Philippe Muray en ese segundo tomo de los años 1986-1988. Diario póstumo ha sido cuando menos el suyo, pues falleció en el año 2006 y solo ahora se publica. Esos diarios han sido para mi un descubrimiento de estos últimos meses*, por la fuerza y originalidad del pensamiento puesto en el papel. Muray,  a quien solo conocía por ser el autor de un magnífico ensayo sobre Céline que se aparta de todos los lugares comunes que han caído sobre el escritor: ejemplar.  Pensar al margen de la cátedra… en su contra si es posible.  El diario como interlocutor, como receptor de soliloquios, más que como monólogo dirigido a una audiencia que solo ve en él un genéro literario y aprecia las cucamonas de la escena: cuaderno de a bordo del escritor que reflexiona sobre su oficio, su arte,  sus entrañas, las de su época, las imposturas sciales y culturales, deja constancia de sus exploraciones, sin cuidarse de si eso va a ser leído o no: un diario donde se dice lo que no puede ser dicho.

* Encontré el tomo I hace unos meses, en Bayona, en la librería de Gilbert Arragon, de saldo y derribo,  intonso,  por desbarate de toda la biblioteca de filosofía en el que había estado.

Passage Choiseul

Se lo he quitado a Javier Eder de su blog.

Y esa imagen del Pasaje Beresinas me lleva de nuevo a esas páginas de Viaje al final de la noche y de Muerte a crédito en la que Bardamu habla del pasaje de su infancia, una pequeña provincia atufada de la luz venenosa del gas, en la que todo el mundo se conocía, se espiaba y calumniaba hasta el delirio.