El muelle de las brumas

img_0155Compré ese fotograma de El muelle de las brumas (1938) en París, a finales de enero de 1989, en una librería especializada en cine que había en el pasaje Jouffroy, al pie de las escaleras, junto a Museo Grevin. Desde entonces la he tenido al alcance de la vista en mi cuarto de trabajo. Me gusta mucho esa película y me gusta mucho la novela del mismo título, de Pierre Mac Orlan, en la que se basó (de lejos) el film. Tanto Marcel Carné, su director, como Jacques Prévert, su guionista, hicieron lo que les dio la gana, empezando por situar la taberna de los derrotados (El Lapin Ágile de Montmartre junto al château des Brouillards) en Le Havre, una ciudad que, al principio, no dio permiso para que se rodara la película en sus calles para que el público no pensara que en Le Havre no había más que desdichados. La película tiene momentos memorable, no solo por la réplica famosa (aunque no la más famosa del cine francés como se ha dicho):
Jean (Gabin): T’as d’beaux yeux tu sais
Nelly (Michelle Morgan): Embrassez-moi
Jean Gabin,  Pierre Brasseur, Aimos, Michel Simon, Le Vigan… y una Michelle Morgan que deslumbró con su mirada al director y al guionista: el contrapunto a la mugre de la época por parte de alguien que no es ajena a la desdicha.
Momentos muy intensos, de gran poder evocador y simbólico, como cuando Nelly que espía el amanecer dice: «Cada vez que amanece creemos que va a pasar algo nuevo… algo fresco… y luego el día cae… y hacemos como él»
Jean, el desertor, se queda con la ropa de un pintor suicida que tiene niebla en la cabeza, encarnado por un gran actor de vida agitada y oscura: Le Vigan, el amigo de las juergas de L. F. Céline, en la rue Girardon y alrededores, colaboracionista activo durante la Ocupación –personaje de D’un château l’autre– y al final refugiado en la Argentina, en Tangil, donde anduvo de taxista. Antes, como muchos otros, Le Vigan pasó por Barcelona y dio clases de francés. Entre sus alumnos estaba la esposa de Carlos Pujol (según me contó este). Pierre Mac Orlan protestó de la aparición de este personaje porque no está en su novela y Carné le dijo: «¡Pero Pierre si ese es el único personaje de tu libro que queda en la película!» (La vie a belles dents).
En otra escena aparece el escritor surrealista y de novela negra Léo Mallet vestido de soldado y con la pipa en la boca… poco después de firmar un manifiesto pidiendo la cabeza de Gil Robles y de saber que la ayuda oficial a la República española era inútil.
«¡El capitán se ha quedado solo a bordo!», exclama Quart-Vittel con el barquito que ha quedado destrozado en el tiroteo entre los gánsteres y Panama, el bodeguero de ese fin del mundo.
Con todo, a Mac Orlan le fascinó Michelle Morgan, hoy fallecida, y escribió líneas hermosas sobre su película, ambiente y fondo, sobre la época de bohemia miserable y de hambre en la que está basado el relato: «El muelle de las brumas de Carné es un testimonio de la miseria, esa miseria sin brillo que se arrastra en los barrios bajos de las ciudades como una niebla impenetrable». Jean, el desertor, convertido en pintor que pinta lo que se esconde detrás de las cosas, pertenece a la historia personal de Pierre Mac Orlan que este no contó nunca: «La gente no sabe lo que sucede entre medianoche y el alba», algo así dice Zabel el siniestro personaje encarnado por Michel Simon (otro amigo del Céline crepuscular). Película sombría, cierto, no del todo bien acogida en una época en la que los desertores no estaban bien vistos, pero en ella brillan los destellos de coraje de los que no se resignan a naufragar del todo en la desgracia… gracias a Prévert y a su poesía cierta. Mac Orlan fue más derrotista, lo admitiera o no. [De La novela desordenada]

 

Philippe Muray en su diarios

img_0387“Un journal qui se respecte ne peut être que d’outre-tombe”, escribía Philippe Muray en ese segundo tomo de los años 1986-1988. Diario póstumo ha sido cuando menos el suyo, pues falleció en el año 2006 y solo ahora se publica. Esos diarios han sido para mi un descubrimiento de estos últimos meses*, por la fuerza y originalidad del pensamiento puesto en el papel. Muray,  a quien solo conocía por ser el autor de un magnífico ensayo sobre Céline que se aparta de todos los lugares comunes que han caído sobre el escritor: ejemplar.  Pensar al margen de la cátedra… en su contra si es posible.  El diario como interlocutor, como receptor de soliloquios, más que como monólogo dirigido a una audiencia que solo ve en él un genéro literario y aprecia las cucamonas de la escena: cuaderno de a bordo del escritor que reflexiona sobre su oficio, su arte,  sus entrañas, las de su época, las imposturas sciales y culturales, deja constancia de sus exploraciones, sin cuidarse de si eso va a ser leído o no: un diario donde se dice lo que no puede ser dicho.

* Encontré el tomo I hace unos meses, en Bayona, en la librería de Gilbert Arragon, de saldo y derribo,  intonso,  por desbarate de toda la biblioteca de filosofía en el que había estado.

Extraña pareja

DSC_0043Extraña pareja o la vida como una red de senderos que se cruzan de manera inextricable. Una imagen capturada al paso de un anticuario: Arletty con Ives Montand. No es la única que hay de ellos. La actriz inolvidable de Hôtel du Nord, amiga de Céline, quien escribió para ella uno de sus “guiones de cine”: Arletty, jeunne fille dauphinoise… Yves Montand y Jorge Semprun, películas, trabajos, amistad, PC… Cuando hizo memoria, Arletty acusó a Simone Signoret de haberla denunciado por colaboracionista… Trabajos de arqueología literaria.

ArlettyPor sugerencia de “le carabinier”:

Céline, el clochard de Meudon

11024661_813109985448062_8704141234288386895_nDe un Céline a otro… La fotografía la traigo gracias a Rafael Ciordia. No la conocía. Puesta en escena permanente o no, esa fotografía habla del descalabro de los años de su retiro en Meudon, a su regreso del exilio danés, tras amnistiado. Sus últimos tiempos, aquellos en los que Céline iba vestido como un clochard y escribió De un castillo a otro, Norte, Rigodon…  Y así aparece una  y otra vez en escena, debajo de sucesivas capas de ropa, llamando la atención, provocando la repulsión social más convencional, la del buen gusto y mal gusto… “Para vestir así hace falta mucho estilo”, dijo su amiga, la actriz Arletty. El que no han tenido sus imitadores que han utilizado ese disfraz como reclamo publicitario: Jean-Edern Halliier hace años, Houllebecq hace nada…

Passage Choiseul

Se lo he quitado a Javier Eder de su blog.

Y esa imagen del Pasaje Beresinas me lleva de nuevo a esas páginas de Viaje al final de la noche y de Muerte a crédito en la que Bardamu habla del pasaje de su infancia, una pequeña provincia atufada de la luz venenosa del gas, en la que todo el mundo se conocía, se espiaba y calumniaba hasta el delirio.