Celiniana

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La fotografía de Céline es inédita y la aporta Marc-Édouard Nabe en una entrevista publicada en sus Nabe’s NewsBagatelle pour un Klarsfeld, en la que aparece sin tapujos no Céline, sino el propio Nabe, escritor a contrapelo, provocador sin duda, pero con mucho más talento literario que el difunto Hallier. Curiosa la deriva de estos escritores que empezaron en Tel-Quel, como Philippe Muray o Nabe.  Muray escribió un Céline, editado por Seuil, que juzgo imprescindible –además de muchos ensayos más breves–, y Nabe una novela, Lucette, sobre la esposa de Céline, Lucette Almanzor, que me parece muy superior a la reciente biografía de David Alliot, Madame Céline, de la que BiblioObs se hacía eco titulando una información sobre ella diciendo que Céline padecía impotencia sexual.  Bien, así las cosas, con o sin panfletos antisemitas de por medio, Céline está lejos de haber pasado a las sentinas de la literatura, ese limbo de los clásicos. Céline y sus exégetas siguen provocando, irritando, cosechando aplausos, posicionando de manera ideológica, a veces inevitable, a sus lectores.  ¿Los tiene? Seguramente, pero también es una recurrente trinchera ideológica, un  pretexto, cómo, para hablar de antisemitismo que no se denuncia en múltiples y diarias manifestaciones sociales. Céline pro o contra, al margen de su petite musique, a eso se suele reducir un debate que raras veces es literario.

Céline y sus panfletos antisemitas

Captura de pantalla 2018-01-11 a las 23.03.36He comprobado que quienes hablan de Céline lo hacen muchas veces de oídas y poco de leídas, ya sean sus novelas mayores o sus panfletos antisemitas (ninguno que yo sepa traducido al castellano) u otros textos (por no hablar de la masa de su correspondencia), y repiten lugares comunes y anatemas ya muy desgastados.  El antisemitismo, lo mismo que el ser filojudío (en el grado que se quiera) es un asunto candente y complicado del que pocos son los que no  se escurren como pueden. A mí, el antisemitismo, por diversas razones, me produce asco e irritación.

IMG_0006Con Céline unas veces es una cosa y otras, otra, pero casi siempre la misma: su antisemitismo activo antes y durante la Ocupación, de cuyas consecuencias intentó escapar eludiendo, en la medida que pudo, acusaciones de colaboracionismo. Ahora le ha tocado el turno a los panfletos antisemitas, Bagatelles pour un massacre (1937), L’école des cadavres (1938) y Les Beaux draps (1941), y uno antisoviético Mea culpa (1937). Panfletos virulentos, escritos en un tono de exasperación casi teatral, a ratos, de exaltación otros, propagandísticos sin recato, que tuvieron en su época muchas ediciones, algunas ilustradas, tanto antes de la Ocupación como durante esta. Al margen, están los artículos de prensa que Céline dedeñó diciendo que eran meras cartas al director.  IMG_0001.JPG

La editorial Gallimard  iba a publicar esos panfletos, pero después de encenderse la polémica, se ha echado atrás***. Y es que ese de Céline, del antisemitismo, de las redadas, los campos, la deportación y los expolios a ella unidos, es un episodio no cerrado en la sociedad francesa,  por mucho que se saque pecho y cacaree su mestizaje y cosmopolitismo: Francia tiene diversos muertos en el armario, y tiene una France profonde en el corazón mismo de París. El antisemitismo es un hecho, lo fue y me temo que lo sigue siendo.

A mí no me hubiese importado ver esa edición de los panfletos convenientemente estudiados,  anotados, situados en su momento… ¿Pero cómo? ¿Cómo acercarse de una manera fría y solo académica a lo que, además de una prosa de prodigio, es una incitación al odio, a la vioencia, al desprecio y un monumento al racismo? ¿Cómo abstraerlos de la época de los campos de exterminio? Hay escrituras en las que tomas partido hasta sin darte cuenta y lo mismo absuelves de manera abusiva que alanceas en el papel lo que crees que no fue alanceado en vida. Como bien dice Le Monde, los panfletos están ahora mismo ampliamente accesibles en los libreros de viejo, más incluso que hace unos pocos años (por liquidación de las bibliotecas de sus lectores de época) y en la Red. El conocimiento cabal de la obra de Céline no sé si pasa por la lectura de esos panfletos. Para mí sí, porque no hay un Céline bueno y otro malo, pero esta es una opinión personal.

Sobre la no publicación de los panfletos, Philippe Muray, un estudioso de Céline a quien dedicó un ensayo ineludible, sostenía en otro texto que «Los panfletos de Céline expresan en el mejor y en el peor de los casos! el inconsciente de las colectividades occidentales, como si la colectividad no quisiera saber lo que ha pensado desde hace dos mil años…» («Pourquoi y a t-il du Céline plutôt que rien?» Stanford, febrero 1983). En este sentido, los panfletos de Céline servirían para que el lector reflexionara no sobre lo que pensaba Céline en 1937-1941, sino lo que él mismo piensa hoy de los judíos. Incomoda reflexión, lo sé, y poco admitida.

*** La prensa española con mayor o menor fortuna se ha hecho eco de esa suspensión.

 

El cebo (Ladislao Vadja)

Había olvidado casi por completo la película. De hecho apenas  recordaba alguna escena, del asesino sobre todo y sus muñecos porque los curriños me han gustado mucho, desde niño. El título, mítico, como el de Vadja, y así repetidos. Mejor El cebo que Marcelino o que María, matrícula de Bilbao, películas de obligado cumplimiento casi con la que durante un tiempo me dio la perra de ser marino. Tal vez lo que más me ha interesado ha sido ver la actuación de Michel Simon, en el papel de Jacquier, el buhonero, acusado en falso del asesinato de una niña en un bosque: las torturas del inocente que no puede probar su inocencia, acosado por la policía y empujado al suicido: «No puedo confesar algo que no he hecho». Ese papel me ha recordado el que tiene en El muelle de las brumas, de Marcel Carné, donde encarna a un asesino que sostiene que poca gente sabe lo que sucede entre medianoche y el alba.

Y de ahí me he ido a Céline porque es en esos años, hacia 1958,  en los que Michel Simon recita con garbo y voz apropiada el comienzo patriótico de Viaje al final de la noche y lo graban en una sesión como la de la fotografía, con Arletty, la actriz genial en Hôtel du Nord. Una fotografía de esa serie me la pasó un librero de viejo de Bayona y venía, por el sello, del archivo de Michel Simon.

La digresiónes es lo que tienen, que vas de un lado a otro y raras veces el paseo no te merece la pena.

Michel Simon lee Céline (para celinianos empedernidos y si el enlace de Youtube se mantiene)

 

Extraña pareja

DSC_0043Extraña pareja o la vida como una red de senderos que se cruzan de manera inextricable. Una imagen capturada al paso de un anticuario: Arletty con Ives Montand. No es la única que hay de ellos. La actriz inolvidable de Hôtel du Nord, amiga de Céline, quien escribió para ella uno de sus “guiones de cine”: Arletty, jeunne fille dauphinoise… Yves Montand y Jorge Semprun, películas, trabajos, amistad, PC… Cuando hizo memoria, Arletty acusó a Simone Signoret de haberla denunciado por colaboracionista… Trabajos de arqueología literaria.

ArlettyPor sugerencia de “le carabinier”:

Céline, el clochard de Meudon

11024661_813109985448062_8704141234288386895_nDe un Céline a otro… La fotografía la traigo gracias a Rafael Ciordia. No la conocía. Puesta en escena permanente o no, esa fotografía habla del descalabro de los años de su retiro en Meudon, a su regreso del exilio danés, tras amnistiado. Sus últimos tiempos, aquellos en los que Céline iba vestido como un clochard y escribió De un castillo a otro, Norte, Rigodon…  Y así aparece una  y otra vez en escena, debajo de sucesivas capas de ropa, llamando la atención, provocando la repulsión social más convencional, la del buen gusto y mal gusto… “Para vestir así hace falta mucho estilo”, dijo su amiga, la actriz Arletty. El que no han tenido sus imitadores que han utilizado ese disfraz como reclamo publicitario: Jean-Edern Halliier hace años, Houllebecq hace nada…

Passage Choiseul

Se lo he quitado a Javier Eder de su blog.

Y esa imagen del Pasaje Beresinas me lleva de nuevo a esas páginas de Viaje al final de la noche y de Muerte a crédito en la que Bardamu habla del pasaje de su infancia, una pequeña provincia atufada de la luz venenosa del gas, en la que todo el mundo se conocía, se espiaba y calumniaba hasta el delirio.