Está en el aire…

Hace días que el otoño viene anunciándose en la espesura, de manera sutil sobre todo. De lejos se advierte un cambio en el color de las hayas, un matiz que va del verde al amarillo. Los viejos castaños son más rotundos y están cuajados de frutos. Hayas, sí, la madera que quemamos en nuestras casas, mal que le pese al hijo de la trampa y la tramoya (me acuerdo… y no sé si debiera), que de manera airada me dijo que era mentira. Sigo. El camino que hemos cogido esta mañana atraviesa un bosque de castaños supervivientes de una epidemia. Son colosales, como algunos robles también supervivientes de fuegos y talas. Por una razón u otra, estas últimas están siendo semanas sedentarias y no he salido apenas de casa. Mal asunto. Por mí lo digo. Los trabajos bien, pero no es eso. Esas horas de andar y de respirar y de mirar con detenimiento un tronco, un helecho que crece en un lugar improbable, el brezo en flor, de escuchar el correr del agua, no tienen precio… No es gran cosa, con eso hoy día no seduces ya a nadie –o casi… ahí están los conjurados–, qué le vamos a hacer, pero de tu bien vivir se trata, y de compartirlo.

La admirativa exclamación «¡Yo aquí que a gusto viviría!» es un clásico de los paseos rurales. Quienes lo dicen es más que posible que no aguantaran una semana en esas soledades. Una cosa es el mito Walden y otra la verdadera soledad, el apartamiento, que es duro, y más que paz provoca trabajos en los desvanes y mucho murciélago. La soledad y sus fantasmas. Una cosa es aborrecer el mundo en el que vivimos y sus formas de vida cotidiana, y otra pegar el portazo y largarse al bosque, sin pantallas y sin redes sociales en las que vivimos del todo atrapados. Una cosa es el emboscamiento del que habla Jünger y otra llevarlo por completo a la práctica: te dan caza enseguida, hagas o no de paco asilvestrado.

¡Pero qué bien, qué a gusto, qué paz!

«¡Pero qué bien, qué a gusto, qué paz!» Eso se oía hace mucho y eso me he dicho esta mañana cuando bajé a comprar el pan, de Saldías, porque el de todos los días se había acabado, que es que anda mucha gente, eso dicen, de lo que me alegro, por los negocios del pueblo lo digo. He hecho una risas con la Lupe y luego me encontrado con mi pariente, el artista (pintor, músico, poeta…), y me ha enseñado sus últimas adquisiciones de máscaras africanas… los cuadros de su exposición veraniega ya los había visto. Cada cual vive en su mundo, aunque lo hagamos en la misma calle. Hemos charloteado un rato y luego he subido la cuesta tan feliz que parecía que le había echado «cariño» al café de esta mañana… ¿Por qué no decirlo? Va para diez meses que vivo en un pueblo con una gente estupenda. Igual es que yo he sido más de pueblo que de ciudad. Madrid dejó de gustarme cuando dejó de ser un pueblón galdosiano y se convirtió en un parque temático y en un abrevadero de guiris de parranda. Para ciudad, por ejemplo, La Paz, Bolivia, que es un desdiós, en cuyo aluvión de gente, puro Choqueyapu criminal cuando está de crecida, me gusta desaparecer… Baztan, Bolivia, carajo (mi abuela argentina era muy de carajos), qué dichoso he sido y soy. Unamuno se preguntaba quién vive más su vida si el que vive en un pueblo o en una gran ciudad… Vete a a saber. Cada cual la suya. A cierta edad y si tienes trabajos pendientes que peligran, importa poco el lugar donde vives mientras puedas trabajar. Fray Antonio de Guevara, en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, decía que para quien gustaba de la corte, irse al retiro de la aldea equivalía a empezar a cavar la fosa… No les diré, pero aquí sigo, sin ánimo alguno de moverme, aunque de cuando en cuando pegue un brinco para regresar por donde he venido. (Confesiones de un dromómano).

Gorramendi y Bozate

Gorramendi y Bozate, y el ventarrón que no para. Tres meses ya a su vista y a saber hasta cuándo; pero como convine con una vecina: «como para quejarse». De nada. Es una forma de sobrevivencia, que dicen allá lejos, donde vete a saber cuándo podré regresar. La monja dicharachera que saca a diario la basura del monasterio y se queda admirada del paisaje que ve desde la infancia, es de la misma opinión. Ni somos los mismos de antes ni lo vamos a ser cuando esto termine. El antes se esfumó. No hace falta ser Gil de Biedma para sostenerlo ni escuchar alguna canción francesa de las que enardecieron nuestros veinte años. La nueva normalidad era un barullo oscuro. Pasó el tiempo de los filósofos y sus augurios, pasó el de que íbamos a salir mejores que la calamidad nos iba a hacer más humanos… causa sonrojo acordarse e ira asistir por fuerza al alarde de mala fe de algunos gobernantes con poder sobre algunos millones de ciudadanos.