Decapitación, emociones, bulos y redes sociales

Captura de pantalla 2018-08-21 a las 9.00.05

Lees esto, das crédito a quien lo publica, te emocionas, lo comentas y publicas a tu vez tu comentario, y resulta que es un bulo, y quien lo denuncia queda  como un campeón alborozado y satisfecho, que listo y lúcido soy  y qué lerdos sois los demás que habéis picado, cómplices además del fascismo iraní, enemigos de las amplias libertades del islam, izquierdistas islamófobos… Cosa de locos. Casa de locos la nuestra. Y un día es una cosa y otro, otra. Las redes sociales como arma de guerra, como ministerio en marcha de propaganda negra; hasta el dichoso gato o el plato de comistrajos publicado de manera  grosera puede tener intenciones ocultas, mensajes… Por Dios. Ayer un escritor conocido aparece en Twitter ofendido porque le habían censurado en facebook, algo que nos han hecho a todos en algún momento, por un motivo o por otro, y ahí seguimos, tragando, obviando que somos manipulados, haciéndonos ver –la soledad, ese pozo al que es mejor no asomarse–, huyendo de la inexistencia y perdiendo el tiempo, como se perdía en los carasoles pueblerinos o en los mentideros callejeros, aunque eso sí, a cambio se hicieran relaciones con los vecinos y se jugara a llevar la voz cantante. Lo mismo que ahora si te asomas a los repulsivos comentarios que tienen al menos larvado de lo que parece enfrentamiento civil como viento a favor:  unos contra otros, unos celebrando las victorias pírricas sobre los otros, insultando, agraviando, bandereando, porque está visto que sin enemigos no somos nadie, nada… Da gusto que ese sea tu país y ese tu tiempo.

Redes sociales

Se ha ido el año. Mejor de lo que esperaba, al menos por los libros publicados y por los que van a publicarse el año que viene: Diario volátil, Chuquiago. Deriva de La Paz (edición española), Diablada boliviana, Cirobayesca ídem… Trabajos y empeños, no todos cumplidos, y muchas horas metidas en las redes sociales, hay que reconocerlo, hecho malabarista de evanescencias, sabiendo que resulta patético ese debatirse como alguien en peligro de perecer ahogado por la riada de la inexistencia y pide socorro.
No hay día que, viendo las estadísticas de las páginas de redes sociales en las que paricipo y su pobre alcance, no me diga si  merece la pena prestar atención y gastar tiempo en estos asuntos. Al margen de que hay días que viendo el aluvión de lapos, rebuznos, innobles aplausos de las causas más sucias, no me diga que prefiero no enterarme de nada.  Para algo o alguien que merece la pena, es asombroso el engaño en el que participas. Hay una edad para todo. El tiempo me apura como nunca. Así que creo que voy a limitarme a publicar en este blog lo que son borradores de dietarios o de libros en marcha, como el viaje alrededor de mi antro y otros: la work in progress famosa. Se lo debo a los lectores que desde hace mucho me siguen. Textos para lectores, no evanescencias. No colaborar al deterioro de la lectura y de la escritura que corre pareja a las redes sociales. A nadie puede extrañarle la imponente salud de la que goza el aforismo.

Redes sociales

John Carlin en una entrevista para El Periódico, acerca de Catalunya.

-En la era de las redes sociales, un periodista como John Carlin no tiene Twitter. ¿Por qué?

-Yo tuve Twitter hasta hace un año. Pero decidí que la vida es demasiado corta para invertir tiempo en lo que para mí no tiene ningún valor particular. Me dijeron que era bueno para promocionar mis artículos. Yo la verdad es que no lo vi. Consumía tiempo y te metes en peleas absurdas con gente desconocida. Me pareció una pérdida de tiempo total.

No sé lo que ha escrito Javier Pérez Andújar en un artículo sobre el cansancio o aburrimiento de las redes sociales, publicado en El viejo topo porque solo está anunciado.
A mí, como escritor, las redes sociales me han hecho ganar algunos amigos, conocer gente valiosa y enterarme de asuntos de los que, de otra manera, no me hubiese enterado, y para etsar en relación directa con gente que está lejos … y creo que perder mucho tiempo; no desde luego ganar lectores de mis libros o artículos –los textos de este blog incluso– porque lo que manda es el texto corto, cuanto más corto, mejor, y aquello que ya viene bendecido por el aplauso mediático mayoritario. Las herramientas informáticas de estadísticas no engañan.
A veces comparo las redes sociales con las nasas, ese arte de pesca en el que no sé si es o no sencillo que entre la presa, pero sí que tiene la salida imposibe. En las redes sucede algo parecido, no es imposible salir, pero sí difícil, que es peor. Tienes miedo a la inexistencia, a perder esas relaciones que te hacen creer que no vives tan aislado, tan fuera de todo, en una geografía cada día más difusa. Y es que mientras estás dentro, conectado, aplaudido, con me gustas y abrazos sinceros –y apoyos a mi trabajo que agradezco mucho–, tienes la existencia asegurada. Abducido. Desde luego para promocionar mi obra no me han servido. Desgastan y la capacida de atención y concentración necesaria para escribir novelas o textos complejos, se ve tocada. Te puede esa facilidad de la inmediatez y de la imagen y el comentario aforístico no siempre afortunado. Poco a poco vas perdiendo contacto con el libro y hasta con la calle. ¿Exagero? No creo. Y por lo que se refiere a los padecimientos públicos, raras veces reparas en que tus indignaciones justicieras no pasan de ser otra cosa que bulla o camorra de mentidero que tal y como se encienden, se apagan.
A propósito de apagar. ¿Los llamados «apagones digitales» son necesarios de cuando en cuando o pierdes con ello más de lo que ganas? ¿Qué pierdes? ¿Qué ganas? Cada cuál con su historia. No voy a responder por otro.
¿Y qué pasa cuando necesitas tiempo, más tiempo quiero decir para tus trabajos, y a la vez descansar de una agenda mediática que te acogota a diario? ¿A quién le cuentas que se te ha echado la vida encima y tienes pendiente mucho por hacer? ¿A quién que esa bronca diaria en la que llevas años participando de hoz y de coz te ha dejado baldado?