Redes sociales

Se ha ido el año. Mejor de lo que esperaba, al menos por los libros publicados y por los que van a publicarse el año que viene: Diario volátil, Chuquiago. Deriva de La Paz (edición española), Diablada boliviana, Cirobayesca ídem… Trabajos y empeños, no todos cumplidos, y muchas horas metidas en las redes sociales, hay que reconocerlo, hecho malabarista de evanescencias, sabiendo que resulta patético ese debatirse como alguien en peligro de perecer ahogado por la riada de la inexistencia y pide socorro.
No hay día que, viendo las estadísticas de las páginas de redes sociales en las que paricipo y su pobre alcance, no me diga si  merece la pena prestar atención y gastar tiempo en estos asuntos. Al margen de que hay días que viendo el aluvión de lapos, rebuznos, innobles aplausos de las causas más sucias, no me diga que prefiero no enterarme de nada.  Para algo o alguien que merece la pena, es asombroso el engaño en el que participas. Hay una edad para todo. El tiempo me apura como nunca. Así que creo que voy a limitarme a publicar en este blog lo que son borradores de dietarios o de libros en marcha, como el viaje alrededor de mi antro y otros: la work in progress famosa. Se lo debo a los lectores que desde hace mucho me siguen. Textos para lectores, no evanescencias. No colaborar al deterioro de la lectura y de la escritura que corre pareja a las redes sociales. A nadie puede extrañarle la imponente salud de la que goza el aforismo.

Redes sociales

John Carlin en una entrevista para El Periódico, acerca de Catalunya.

-En la era de las redes sociales, un periodista como John Carlin no tiene Twitter. ¿Por qué?

-Yo tuve Twitter hasta hace un año. Pero decidí que la vida es demasiado corta para invertir tiempo en lo que para mí no tiene ningún valor particular. Me dijeron que era bueno para promocionar mis artículos. Yo la verdad es que no lo vi. Consumía tiempo y te metes en peleas absurdas con gente desconocida. Me pareció una pérdida de tiempo total.

No sé lo que ha escrito Javier Pérez Andújar en un artículo sobre el cansancio o aburrimiento de las redes sociales, publicado en El viejo topo porque solo está anunciado.
A mí, como escritor, las redes sociales me han hecho ganar algunos amigos, conocer gente valiosa y enterarme de asuntos de los que, de otra manera, no me hubiese enterado, y para etsar en relación directa con gente que está lejos … y creo que perder mucho tiempo; no desde luego ganar lectores de mis libros o artículos –los textos de este blog incluso– porque lo que manda es el texto corto, cuanto más corto, mejor, y aquello que ya viene bendecido por el aplauso mediático mayoritario. Las herramientas informáticas de estadísticas no engañan.
A veces comparo las redes sociales con las nasas, ese arte de pesca en el que no sé si es o no sencillo que entre la presa, pero sí que tiene la salida imposibe. En las redes sucede algo parecido, no es imposible salir, pero sí difícil, que es peor. Tienes miedo a la inexistencia, a perder esas relaciones que te hacen creer que no vives tan aislado, tan fuera de todo, en una geografía cada día más difusa. Y es que mientras estás dentro, conectado, aplaudido, con me gustas y abrazos sinceros –y apoyos a mi trabajo que agradezco mucho–, tienes la existencia asegurada. Abducido. Desde luego para promocionar mi obra no me han servido. Desgastan y la capacida de atención y concentración necesaria para escribir novelas o textos complejos, se ve tocada. Te puede esa facilidad de la inmediatez y de la imagen y el comentario aforístico no siempre afortunado. Poco a poco vas perdiendo contacto con el libro y hasta con la calle. ¿Exagero? No creo. Y por lo que se refiere a los padecimientos públicos, raras veces reparas en que tus indignaciones justicieras no pasan de ser otra cosa que bulla o camorra de mentidero que tal y como se encienden, se apagan.
A propósito de apagar. ¿Los llamados «apagones digitales» son necesarios de cuando en cuando o pierdes con ello más de lo que ganas? ¿Qué pierdes? ¿Qué ganas? Cada cuál con su historia. No voy a responder por otro.
¿Y qué pasa cuando necesitas tiempo, más tiempo quiero decir para tus trabajos, y a la vez descansar de una agenda mediática que te acogota a diario? ¿A quién le cuentas que se te ha echado la vida encima y tienes pendiente mucho por hacer? ¿A quién que esa bronca diaria en la que llevas años participando de hoz y de coz te ha dejado baldado?

Señales de humo

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Señales de humo… propias y ajenas, que se confunden con los días nublados y con la niebla cerrada, o que atufan, a ti o al prójimo, dependiendo  de cómo sople el viento. Así veo la publicación de notas en las redes sociales. A las mías me refiero.
En los mentideros se comparte en realidad poca cosa, el barullo del noticiero que se renueva y hace caduco al momento, la opinión cuntendete que no pasa del exabrupto liberador, el rumor, el infundio, la majeza del pico de oro, lo que todos sabemos de antemano, las consignas de la trinchera, sus dogmas y doctrinas… lo verdaderamente literario, que hay que leer por encima de las diez líneas, interesa poco. Lo puedes pintra como te convenga pero son una trampa en la que estamos tan a gusto, tal vez porque no tenemos otra cosa y evitamos de ese modo reflexionar sobre nuestra indigencia.
A quién le importa dónde y cómo vivo, lo que veo o dejo de ver desde mi ventana, convertido en materia de exhibición, todo lo que hasta ayer mismo era privado, compartible solo con aquellos con los que convivo, señalado apenas con un gesto de la mano y en silencio, como sugiere Paul Valéry en una  anotación de su diario; a quién mi hartadumbre de un tiempo que veo de mugre y del que intento salvarme como puedo recurriendo a luces, a  momentos y a horas de escritura y de lectura que cada vez me son más necesarias y me faltan. Llevo semanas echando cuentas de los trabajos pendientes y del tiempo que necesito para concluirlos, y pienso en el tiempo que gasto y mato en las redes sociales, y en de qué manera nuestra vida gira en torno a ellas, como si nuestra existencia dependiera de figurar en ellas y solo de eso. Y aquí sigo… un misterio.

Enredado

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La nasa es un antiguo arte de pesca, una trampa en la que es fácil caer, gracias al cebo, y de la que es casi imposible escapar. Me viene bien para apuntar unas reflexiones sobre mi uso de las redes sociales.

Convengamos que entre sus beneficios (cebos) está el enterarte de lo que de otro modo no te enterarías, el hacer amigos y relaciones, el encontrar lectores, el dejarte ver, el asomarte lo quieras o no a la vida de los otros… un poco de todo eso y algo más. Incluso es posible admitir que sin ellas tienes poca existencia porque la más física se ha adelgazado mucho.

Lo cierto es que las redes se llevan un tiempo que me es precioso, que enganchan y acaban dominándote. Hablo por mí, en las experiencias ajenas no me meto. No eres tú quien maneja la red, sino la pieza cobrada sin otro arte que el haberte dejado atrapar por señuelos varios, y el tiempo vuela.

Es cierto que gracias a la redes sociales he conocido gente que de otro modo no hubiese conocido, que he podido cultivar el trato o la franca amistad con algunas personas, que tengo un puñado de lectores, pero pienso que todo mi tiempo libre, y el que no lo es también, se va en la Red asomado a esta ventana, viendo qué pasa y qué se dice en el mentidero, y noto que el tiempo lo único que dispongo ahora, se esfuma.

Antes tenía tiempo para hacer cosas, a actividades manuales me refiero por ejemplo, ahora tengo la impresión de fabricar humo, de agitar las aguas siempre revueltas, el barro o el cieno de fondo con un objeto que me escapa como no sea el de hacer ruido y gritar «¡Eh, que estoy aquí!», sin más.

Antes escribía libros siguiendo un proyecto que requería atención e intensidad. Ahora escribo tuits, post, fragmentitos de no sé qué que llamo «diario volátil» por llamarlo de alguna manera… pompas de jabón, aerolitos que se pierden en la niebla de la Red.

Antes leía mucho más de lo que leo ahora, a libros me refiero, antes, antes… hubo un antes, de eso estoy seguro, como lo estoy de haber perdido capacidad de concentración y otras capacidades que me son necesarias, hasta muchas ganas he perdido.

¿Es culpa de las red o mía? Mía sin duda, en eso pocas trampas caben. Me engaño diciendo que los tiempos han cambiado y que la presencia del escritor es otra, pero no sé si de verdad los tiempos han cambiado y con ellos los lectores, la lectura, la escritura misma que se ha hecho urgente, abreviada, efímera, sin voluntad de permanencia, o si lo que ha sucedido es que en estos últimos cuatro años he envejecido asomado a la ventana, y aquí sigo, en la nasa, enredado y desconcertado.