Siwa 5 (presentación por Pablo Cingolani)

unnamedEstoy contento de haber colaborado en ese número de Siwa sobre vientos, con un texto dedicado a haizegua, el viento sur que te hace andar como si no pisaras el suelo… ya aparecerá por algún lado.
El número se presenta hoy en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y Pablo Cingolani lo celebra desde Río Abajo, en Bolivia.
Burucua, Burucua: Burucua, José Emilio, escribió el prólogo a uno de los más bellos libros que he leído jamás: la biografía del Inca Pedro Bohorques, escrita por Ana María Lorandi, la gran y desconocida Ana María Lorandi, un libro titulado De quimeras, rebeliones y utopías, editado por la PUCP de Lima hace décadas, y sobre asuntos que valdría la pena no sólo seguir escribiendo libros sino ponerlas en práctica. Recuerdo que el hombre era profesor de Filosofía y Letras, cuando pasé por esas aulas.
Fabián E(steban) Luna, el orquestador anemo-arbòreo: él sabrá de que se trata. A mí me consta su amistad desde wawas. Nací el 29 de agosto de 1963. Él, el 20 de septiembre del mismo año. O sea, cronológicamente, 22 días después. Nuestras madres eran amigas, compañeras de colegio. Nosotros seguimos siendo amigos, desde entonces. Cualquier otra referencia puede opacar la importancia de ser amigos desde la cuna, o desde antes incluso.
Salvador Marcelo Gargiulo, SMG, el firmante de esta invitación y creador, editor, faro y brújula de eso llamado Siwa, a cuya presentación del número 5 nos convoca. Amigo de mi amigo antedicho, Fabián me lo presentó hace ya (casi) cuatro décadas. Vino añejo, entons. Diré de él: si hay alguien que aporte tanta belleza y tanta pasión al mundo de la edición literaria, recuperando ese aire pre-Gutenberg a la obra que se escribe, no que sólo se imprime, es el. 
Siwa, en el fondo de todos los baúles, es eso: una resucitación, súbita y trascendente como todas las epifanías, de la obra del escriba y su arte, la confección, la hechura, del libro mismo. Si no hubiera sido por eso, y es un decir, se hubieran perdido la Biblia y el Corán, los viajes de Marco Polo y peor aún: los de Heródoto, padre y madre de todas las geografías literarias donde Siwa, la Santa Siwa, se nutre. Honra, enaltece y abreva.
Por los motivos antepuestos y con suma alegría, es que desde estas montañas de los Andes, invito pues a todos los receptores de este correo electrónico a concurrir a tan magno evento como es la presentación, en esa Biblioteca Nacional de la República Argentina que supimos honrar tantas veces, de la quinta versión de Siwa. Diría don Heráclito: si vas, mejor, si no, salud!!!
Pablo Cingolani
Desde Río Abajo, Bolivia.

Notas en torno al arte de inspirar (Coluccini, Soriano y Cingolani)

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Notas en torno al arte de inspirar
 
(…)
 
Sobre Soriano, sobre el escritor argentino Osvaldo Soriano, no dejo nunca de proclamar, ni dejaré jamás de hacerlo: me inspiró. Me inspiró la vida.
En medio de la distancia con casi todo lo que, una vez, amaba.
En medio del desasosiego, que sumado a la distancia, provocaba en mí el desarraigo pasado y el nuevo arraigo que vivía, Coluccini –uno de los personajes de Soriano de su novela Una sombra ya pronto serás- fue una especie de ancla, muy cerril, muy indómita.
Coluccini, Cingolani: todos a Bolivia. (¡Todos-A-Bolivia!, como cuando volanteábamos, organizando ese memorial delirante en homenaje al Che Guevara en la Facultad de Filosofía y Letras, en la calle Puán, con el nieto del cacique Yanquetruz, la Vicky Polti, sobrina del mártir de Trelew, el Claudio Niro, que había estado secuestrado en la ESMA, y Martín Castellano, mi compañero y mi amigo).
Bolivia, como el nombre de un destino, el nombre del destino.
Bolivia, como un muelle de redención desde donde volver a volar, cicatrizando heridas.
Bolivia, el nuevo hogar donde soñar.
Bolivia, las cordilleras y las selvas.
No era tan así lo que soñaba el Coluccini de Soriano pero leerlo aquí, era más que una señal. Era una especie intrépida de bienvenida.
 
Así fue, entonces, que fui creciendo. Leyendo (y releyendo) uno a uno todos los libros del gran Soriano. Allí, entre sus páginas, allí, entre sus libros, entre sus historias, me di cuenta de algo que aún me incita, aún me moviliza al extremo de escribirlo, y que no dejaré nunca de agradecerle: Soriano es el escritor más sensible, más querible, más entrañablemente propio, que tenemos los argentinos.
Ese famoso escribir como “cross a la mandíbula” que proclamó Roberto –el inmortal- Arlt, Soriano lo volvió pleno, no traumático (como la obra del susodicho), lo volvió simple, no complejo como la obra del inolvidable Roberto, lo volvió esperanza en la desesperanza –como toda la obra del genial Roberto Arlt-, el señor Soriano.
Hablo inevitablemente de Arlt. Si me torturan, yo diré: el mejor escritor argentino de todos los tiempos se llama Roberto Arlt. Si no me torturan, diría lo mismo. Arlt es el visionario. Arlt es el hombre que patea todos los tableros del ajedrez literario y de la pobre realidad de la cultura reaccionaria argentina, y escribe y escribe y proclama al escribir: vayansé todos al carajo. Aquí o se escribe lo que se padece, se escribe como se sufre, se escribe poniendo el cuerpo, la sangre, el honor, el orgullo y la gloria, o no se escribe. Y Arlt, mi tan amado Arlt, lo hizo. Y le costó las tripas, el cuero, los ojos, y se llevó su vida, escribiendo, escribiéndola, escribiéndonos.
 
Soriano es el hijo póstumo y ucrónico que Arlt nunca tuvo. Pero, en un juego borgiano de espejos, en un devenir bien argentino, Soriano es, a la vez, el heredero natural de Roberto y también la otra cara de su moneda: allí donde Arlt era oscuro, Soriano le echa luz con un humor sin cadenas, un humor invencible.
Allí donde Arlt era pesimista, Soriano convierte el pesimismo, en el ojo de la patria, un San Martín robotizado que vuelve desde Europa a liberar la Argentina de sus opresores, o crea un ejército de gorilas armados de AKs47 para liberar otras patrias, en África.
No hay pesimismo en Soriano: hay las ganas de mandar todo a la mierda, siempre, con el mejor recurso de todos: el humor, la ironía, el desatino, el despelote, el disparate, como diría otra voz fundamental e inspiradora en grado sumo como fue la de María Elena Walsh.
Soriano, en sus textos, proclama algo así, parafraseando otras proclamas de otros combates: Ustedes no nos vencen porque no nos pueden vencer porque ustedes no se ríen, ustedes sufren por sus millones, ustedes sufren por su poder. Nosotros, celebramos. Nosotros, reímos, Nosotros, no nos rendimos porque celebramos y nos reímos. Nosotros, somos así. Nosotros, somos el pueblo.
 
(…)
 
Bla, bla, bla: Ja, ja, ja!!!!!
 
(…)
 
Cuando yo sea presidente de la República Argentina, voy a mandar a hacer tres monumentos en la frontera con Bolivia.
El primero, estará en Pocitos, cerca a Yacuiba. Será un monumento a Coluccini, señalando el norte, hacia Santa Cruz de la Sierra, a donde quería llegar pero nunca llegó.
En La Quiaca, levantaría el monumento al propio Soriano, con un pucho en una mano y un gato en la otra. No sé si el gordo alguna vez estuvo ahí pero estoy seguro que, desde el cielo, se sentiría feliz.
En Aguas Blancas, en frente del majestuoso río Bermejo, se erguiría el tercer monumento, el monumento a la síntesis de la literatura nacional, con proyección patria grande, mirando hacia Bolivia, nuestra pedazo de patria grande más amado.
Allí, erguiría un monumento doble: Arlt y el gordo Soriano, abrazados, juntos, eternamente, mirando al río, mirando a la serranía, desmintiendo lo urbano. Arlt lo padecía, odiaba lo urbano. Soriano, no tuvo tiempo ni de expresarlo: se murió tan joven que da calambre.
 
(…)
 
¡Queríamos tanto a Soriano! Yo lo quiero cada vez más, lo extraño cada vez, cada minuto, un poco más. Extraño ese humor que como pirañas en las páginas se devoraban todo el hastío con el que la realidad busca demolerte. Gracias a la vida y a su invencible inventiva, quedan sus libros. Esta es una invitación a recorrerlos e internarse en la ruta Soriano hacia la felicidad ya que si leer, si la lectura de Soriano, procura placer y provoca alegría, no le demos más vueltas. Eso otra forma de definir aquello. La felicidad.
 
Nota a las notas: para ser sinceros, rescaté estas palabras de mis archivos secretos de Río Abajo, gracias a la inspiración que me brindó leer el texto de Sánchez-Ostiz titulado Las puertas, la autoridad, la rebeldía… y que termina así: “Acuérdate entonces de lo que te decía Coluccini, un día que anduvisteis por la parte de Balcarce: «¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!”. El mejor Coluccini, el mejor Soriano, la mejor de las inspiraciones. Vale.
 
Pablo Cingolani

Dylan, Dario y yo, por Pablo Cingolani

dariofoLa democracia, esa quimera, ese elefante ciego, regresaba a la Argentina, tras la mayor sangría de toda su historia. El aire se cortaba con daga o con hacha: cualquiera sabía, intuía que los uniformados que habían masacrado a una generación de  jóvenes, buscarían impedir su juzgamiento y el castigo que merecían por tanta fechoría. En ese cuadro político donde las sombras entorchadas acechaban y confundían a la luz colectiva, a alguien se le ocurrió traerlo a Dario Fo y a Franca Rame a Buenos Aires. Era el orwelliano 1984.

Actuaron en el teatro municipal General San Martín, uno de los otrora epicentros culturales de la urbe platense, y los fachos, como se estilaba, participaron del evento metiendo una bomba que estalló sin matar a nadie pero derribando todos los vidrios del edificio. Fo y su pareja Rame eran conocidos teatreros de origen italiano, anti clericales y satíricos en extremo, intragables para un sistema de hipocresías del mismo tenor. Tras que explotó la bomba, previa a la presentación de Dario y Franca, se decidió que el espectáculo programado, iba a continuar. Es más: también se decidió no cobrar la entrada.

Luisa R. era mi amiga y también era italiana. Ambos éramos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Adriana era otra amiga común. Todos lloramos cuando, meses atrás, el peronismo había perdido la primera elección de su historia. Luisa tenía una biblioteca memorable, una paranoia que le venía de un padre empresario, ligado a actividades oscuras (la mafia, la P2, andá a saber), y un gato-gato, sin credenciales. No me pregunten por qué, no lo sé: Luisa fue la traductora de Dario Fo y Franca Rame, tras que la bomba asoló el teatro donde se presentaron en Buenos Aires. Un millar de personas, una luz cenital iluminaba a los autores, una lucecita la iluminaba a ella. Lo demás era silencio, incertidumbre, temor de que otra bomba reviente, con todos nosotros adentro.

Hoy, dos noticias han sacudido al mundo del arte. Dario Fo ha fallecido y a Bob Dylan le han concedido el Nobel literario. Hace unos años, también se lo habían dado al irreverente Fo. Me alegra lo de Dylan, no por el premio, sino por él. Celebro la memoria de Fo, no por la muerte, sino por él.

La historia de su visita a la Argentina post dictatorial no terminó. Tras el evento, Luisa corrió a pedirme un favor que, a su vez, se lo habían pedido Franca y Dario. El favor era juntar firmas en un petitorio donde se denunciaban las prácticas aniquiladoras que dominaban dentro de las llamadas cárceles de máxima seguridad existentes en algunos países de Europa, como Italia, donde se pudrían antiguos combatientes de las Brigadas Rojas, o Alemania Federal, donde se castigaba así a guerrilleros de la RAF, la Facción del Ejército Rojo. Desde ya, lo hicimos, junto a otros militantes de la JP, la Juventud Peronista.

Esos años, gastaba escuchando un discazo del sin igual poeta del rock: era una de las primeras grabaciones digitales de la historia y un concierto que Bob Dylan había ofrecido en el estadio Budokan, en Tokio, Japón. Era un disco doble, con un sonido extraterrestre y arrancaba con una versión de Mr. Tambourine man que te provocaba tanta alegría que te hacía saltar y gritar y sentir que eras feliz, simplemente porque esa voz desgarrada y esos acordes de la guitarra te demostraban que sí, que podías serlo, que la felicidad también era eso: un puñado de canciones, compartirlas con los amigos y soñar que todo era posible.

Con los petitorios y con las firmas, fuimos con Luisa y los compañeros a saludarlo a Dario. Terminamos tomando unos vinos con él, en una fonda. Apreció mucho el gesto que habíamos tenido, nos dijo que éramos valientes, esas cosas que se dicen entre compañeros de ruta y de lucha. Nosotros le contamos que la solidaridad era una sola y que en Argentina estábamos peleando por lo mismo: por la libertad de todos los presos políticos que seguían en las cárceles, a pesar que Alfonsín ya gobernaba.

Hoy, Dario Fo partió  para reencontrarse con Franca; no sé nada de Luisa hacen más de treinta años, los presos políticos argentinos fueron liberados, muchos de mis antiguos compañeros siguen intactos, con los ideales intactos, y el gran Bob Dylan está en todas las noticias, por el premio ese que le han dado. La vida sigue, como su música: tumultuosa, fértil, feliz.

 Pablo Cingolani

Buenos Aires, 13 de octubre de 2016

Coca quemada (por Pablo Cingolani)

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Tal vez no sea yo el más indicado para hablar de este asunto, pero como no comparto ni de lejos la animadversión y el enojo de amigos bolivianos –en la línea de Fausto Reinaga y otros– hacia el acullico, y estoy convencido de que la coca no es cocaína, y de que, en cambio, es beneficiosa para unos cuantos males, copio y pego un texto enardecido que me acaba de enviar su autor a propósito de una noticia que aparece en los medios de comunicación bolivianos sobre la destrucción de dos obras del pintor Gastón Ugalde.

Coca quemada

“Los europeos siguen demostrando que son unos bestias incurables: el supuesto faro de la civilización, de la civilización occidental, sigue demostrando su incomprensión, su odio, su temor, su desprecio y su ira contra todo lo que no sea, para ellos, digerible, procesable, entendible y aceptable desde su cosmovisión excluyente, esa que ha llevado al planeta a dos guerras mundiales ayer, en el siglo pasado, acompañada de un genocidio de escalas desconocidas contra judíos, gitanos, eslavos y homosexuales, millones de asesinatos que se agregaron a otros millones de asesinatos impunes que ya habían cometido siglos atrás en América, en Asia y en África en aras de una supuesta superioridad cultural que siguen exhibiendo, sin pudor y sin remedio, cada vez que pueden.

“Esa nueva ocasión de manifestar su racismo y su cinismo inmemoriales la tuvieron ahora contra dos obras de arte de un artista nuestro, de un artista boliviano, del artista Gastón Ugalde y dos de sus cuadros, elaborados en base al uso de hojas de coca, como soporte de su creación artística, una técnica que Ugalde viene utilizando hace décadas y que lo ha destacado en el ámbito de la cultura nacional e internacional con obras tan famosas como su retrato en coca del comandante guerrillero Ernesto Che Guevara, un icono de las luchas de liberación de todos los pueblos oprimidos del mundo, precisamente, contra ese colonialismo histórico ejercido por los europeos contra ellos.

“La noticia es escalofriante porque asegura que los cuadros, dos obras de arte, fueron quemados en una dependencia oficial del estado holandés, en los tenebrosos Países Bajos, cuyas atrocidades cometidas contra los pueblos del Extremo Oriente son bien conocidas. Las masacres y torturas ejecutadas por los neerlandeses contra la población local de la actual Indonesia son de dominio público, y sólo comparables con las que los belgas, sus vecinos, ejecutaron en el África, en el Congo.

“Sin embargo, el hecho de haber quemado las obras, nos retrotrae a uno de los sucesos más siniestros de la historia: cuando los nazis, especialmente los jóvenes universitarios nazis, guiados por esa declaración de insania titulada las 12 tesis contra el espíritu anti alemán, una noche de 1933, se dedicaron con despiadado esmero a quemar todos los libros que pudieron de autores que, según ellos, no representaban ese espíritu, el de ellos, el de la raza superior, la alemana, encarnada en el gobierno nazi, liderado por Hitler.

“Hubo, hay, en la historia muchos más ejemplos de esta demencia que hoy es moneda corriente en el Oriente Medio y el Asia Central donde, por un lado, los yanquis y sus bombas destruyeron la biblioteca y el archivo nacional de Irak, un repositorio único que incluía testimonios de la civilización sumeria, la primera registrada en los anales humanos, y del otro, talibanes destruyendo los budas gigantes de Bamiyán y los nuevos demonios de ISIS arrasando con la histórica ciudad de Palmira, en Siria. Holanda, la tan cacareada y progresista Holanda, ahora puede ser sumada a la lista de naciones y grupos abominables destructores del alma humana y de su expresión más sensible: el arte.

“Falta aludir al hecho específico de que estos bestias aduaneros (de la paradojal cuna del esencial Vermeer y del no menos trascendental Van Gogh) hayan quemado dos cuadros hechos con coca, asociando el material artístico a la droga, a la cocaína, y a toda la parafernalia hipócrita y esquizoide  vinculada a ella. Creo que esto convierte el hecho de la destrucción inmoral de arte, también en una agresión a la cultura ancestral de los pueblos originarios de los Andes. La coca es una planta maestra ligada de manera indisoluble a los saberes y las tradiciones de dos países, especialmente uno, Bolivia, de donde, no casualmente, es oriundo el artista Ugalde.

“Este doble atropello cultural –la quema de las obras de arte porque estaban hechas con coca que para los censores pirómanos eran droga- nos debe seguir alertando sobre la necesidad histórica de que terminen de caer nuestros velos sobre la supuesta distinción entre una Europa abierta al diálogo intercultural y la cooperación para nuestro desarrollo con identidad –formulas y mas formulas que no dicen un carajo frente a tan devastadora prueba de desprecio por lo nuestro, lo genuinamente nuestro- y unos norteamericanos, cerrados y obstinados en seguir con su avasallamiento cultural y, de paso y como consecuencia de ello, con la permanente intromisión que significa la llamada “guerra contra las drogas”, impulsada desde Washington. Frente a las evidencias, frente al despropósito lacerante de los cuadros de coca quemados, no queda sino asumir que son todos lo mismo, que nos humillan por igual y que nada bueno podemos esperar de tanta ignominia.

“Reafirmemos nuestras convicciones más puras, empeñémonos –como quería Mariátegui- en que nuestra vida, nuestra lucha, nuestro arte no sean ni calco ni copia sino creación heroica y, como alguna vez dijo también Fanon: olvidémonos de Europa, de esa Europa que nos sigue escupiendo en la cara, y miremos otra vez, con orgullo y con fe renovada, hacia nuestras montañas, nuestras selvas, nuestros ríos venturosos, nuestras plantas sagradas como la coca. Allí está la materia prima y la inspiración de todo el arte que necesitamos, de todo el arte que construye comunidad y despliega la creatividad de pueblos dignos, nuestros pueblos. Solidaridad con Gastón Ugalde, mi solidaridad incondicional con Gastón Ugalde.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 24 de mayo de 2016

Juan Recio de León y Pelechuco (por Pablo Cingolani)

Rutas-DOrbigny-Andes-Foto-Dorbigny_LRZIMA20141121_0152_11Todos los caminos conducen a Pelechuco

Historia de confines, de afanes desmesurados, de gloria y riqueza abrasadora, de jugarse el cuero y la honra para lograrlo. Historia de límites, de límites que se superan, se desconocen o se vuelven invisibles: donde la realidad se mezcla con la fantasía, con el mito, con la leyenda, con el deseo, con la arena en los ojos, con el brillo en los labios. Historia de frontera y donde cada cual, con su osadía y su genio, es capaz de marcarla. Historia del fin del mundo que por esos azares de la misma historia, deviene su centro, su eje, su nervio vital; como la Roma imperial en su apogeo, debemos decir para enmarcar nuestra propia y pequeña y gran historia que buscamos narrar aquí: todos los caminos conducen a Pelechuco.

Date cuenta: alguien lo escribió, más o menos así, en 1625. Hace casi cuatro siglos, un hombre —cualquier hombre, aunque éste se llamaba Juan Recio— le envió un escrito al Rey de España donde le decía: “Oye, Majestad, abrí los ojos”.

Estaba en Madrid, desesperándose por volver al Nuevo Mundo, pero con un nombramiento bajo el hombro: gobernador del Paititi y el reino de las Amazonas; estaba solo y afiebrado en la ciudad de la corte. De seguro, en alguna taberna brumosa, empujó con generosidad un tinto espeso y siguió escribiendo: “Oye, Rey, desde Pelechuco, pasando por San Juan de Sahagún (un vaho de nostalgia lo envolvió) y la ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe en el valle de Apolobamba y de allí a las dos iglesias de Uchupiamo e Inarama, navegando los ríos, pasando por el reino del Gran Señor del Paititi y el Amazonas, el mar y España están ahí, están a la mano… por allí no sólo es más fácil sacar todo el oro del Perú si no todo el oro del Paititi, todo el oro de las Amazonas, el oro, el oro, Rey…”.

Los burócratas del monarca no le creyeron, a pesar que el hombre —cualquier hombre, pero éste se llama Juan Recio y era de León— afirmaba haber sido maestro de campo y lugarteniente del gobernador y capitán general de dichas tierras —el segundo en los anales de la conquista, después de don Álvarez de Maldonado que fue el primero, y cuyo final fue tan desdichado como el de todos en esta historia. Ni mierda: no consiguió los títulos ni menos —después, cuando se las vio negras— que le reconocieran los gastos. Su rastro se pierde algunos años después de este escrito del cual presentamos un extracto. Su rastro se pierde en el olvido: en una sucia pelea callejera al salir de una pascana, en un barco con rumbo incierto, en los prostíbulos de Túnez, quién sabe.

Es otra vida imaginaria que pudo haber contado Marcel Schowb, pero la de Juan Recio ya no solo tiene entidad histórica —su Breve Relación (…) de las Provincias de Tipuani, Chunchos y otras muchas que a ellas se siguen del Grande Reino del Paititi, fechada en el año 1623, es una de las fuentes primarias más citadas por los estudiosos de la etnohistoria amazónica— sino que, con solo leer sus escritos, es sencillo comprobar que lo que narra es real y es la pura verdad.

Pelechuco estaba ahí, en su escondrijo de nieblas como anotó D’Orbigny; Nuestra Señora de Guadalupe fue el segundo intento frustrado de asentar una población permanente en el actual valle donde se localiza Apolo y también estaba allí; de las dos iglesias nombradas sobrevivió la comunidad quechua-tacana de San José de Uchupiamonas y ambas estaban situadas a orillas del río Tuichi, y de allí, navegando que es preciso —Tadeo Haenke escribió lo mismo 150 años después; la Geografía de la República de Bolivia de Luis Crespo, Secretario General de la Sociedad Geográfica de La Paz, de 1910 estableció que solo 11.089 kilómetros separaban a Pelechuco de Lisboa, vía Rurrenabaque y el Pará—, de allí, es tan fácil navegar a Europa, mi Rey, a casa, mi señor, a la gloria, mi monarca.

Pero Su Majestad no entendió y menos sus sabios y sus cartógrafos arrogantes que a Recio no le dieron ni el saludo. Historia de confines: seguro que Juan, decepcionado y triste, murió delirando con la imagen del país de las Amazonas anegada en sus sueños; esa misma imagen que cualquiera puede observar hoy mismo si se trepa hasta la Chunchu Apacheta de Pelechuco y mira hacia donde sale el sol, de donde viene el verde, las nubes y el calor y donde, hasta hoy mi dios, no pueden quedar dudas que para el que se anime es posible llegar desde allí hasta el Atlántico y de allí a Europa o a la China, si es cuestión de llegar a algún sitio.

Todo era posible para Recio: su sino estaba marcado en las cinco letras de su apellido. No solo tenía razón —hoy diríamos que poseía conciencia territorial— sino que se animó a escribirlo.

Será por eso que el personaje —esta vez no cualquier hombre, sino don Juan Recio de León— siempre me causó simpatía y son testigos algunos de mis amigos —Aliaga, Ibáñez— de mis afanes, primero para localizar el manuscrito de la Breve Descripción… en la Biblioteca Nacional de España y luego por leerlo, desencriptarlo, copiarlo, volverlo a leer, trazar sus huellas, arribar al río Beni, toparse con el Gran Reino de los Mojos, admirar la Fortaleza del Inca, navegar con él hasta el Atlántico, al Mar del Norte, la osadía.

Pobre Recio: tal vez se murió atragantado con una oliva, se cayó en el pozo de un aljibe o lo agarró una pulmonía una noche fría. Por eso —para rendir culto al coraje (Carajo: supongo que había que tener valor para enviarle un memorial al Rey para afirmarle que desde una ignota villa de sus desconocidas comarcas en América, una villa que había sido fundada en 1560 por unos frailes que la pusieron bajo la protección de Santiago, un poblacho perdido en medio de los Andes, se podía llegar al mar, a casa, a España, a la gloria…)— más abajo transcribo el documento que detonó esta especie de intrépido homenaje a cualquier hombre (aunque éste se llame Recio, Juan Recio), a cualquier hombre que siga sintiendo que la vida es eso: una frontera para pasar de largo, un límite al cual vencer, un más allá donde siempre habrá algo que encontrar como lo intuyó Recio desde Chunchu Apacheta, desde las alturas de Pelechuco, hace casi 400 años. Aunque sólo sea para volver a casa más rápido, como anhelaba el hombre.

Bueno, dejo la lata y aquí va el documento:

“OTRO MEMORIAL de Juan Recio de León

(…)

Copia de las leguas que hay desde todos los asientos de minas, villas y ciudades del Reino del Pirú hasta el pueblo de Pelechuco. La provincia de la Larecaja, Señor, en el Reino del Pirú, hace frontera y raya con los naturales y tierras del dicho descubrimiento; y por el pueblo de Pelechuco último de ella, al Norte, y en 16 grados de la Equinoccial, al Sur, y doce leguas de las minas de Carabaya, se hizo la entrada. Está este pueblo de Pelechuco casi al medio de todos los asientos de minas, villas y ciudades y las mejores provincias del dicho Reino, que es como sigue: Desde Potosí al dicho Pelechuco hay ciento veinticinco leguas; desde los Lipes, 170; desde La Plata, 130; desde Oruro, 85; desde Pacajes, 30; desde La Paz, 45; desde Chuchito, 25; desde el Collao, 20, 30 y 40; desde Arica, 70; desde Arequipa, 80; desde Locumba, Zama y Moquegua, 40; desde Paucarcolla, 20; desde el Cuzco, 50; desde Vilcabamba, 60; desde Huamanga, 120; desde Huancavelica, 100, 130, y Castro Virreyna, 130; Pisco, Ica, Nazca, 130; Lima, 200; Trujillo, 280; Quito, 490; que es lo más apartado de dicho Pelechuco; que cuando se haga difícil o trabajoso de subir la cantidad de Quito se puede remitir con el oro de Popayán al Nuevo Reino de Granada, o a Panamá, por el puerto de Buenaventura, que son seis días de navegación; y todo lo demás está tan acomodo para juntarse en el dicho Pelechuco, como está dicho; siendo asimismo los caminos y pastos mejores de todo el Reino y muy baratos de mantenimientos y acomodados de servicios. De todo lo cual carece Arica como es notorio, que es la causa de la gran careza de los fletes que desde Potosí corren hasta Arica y gastos que en ella se hacen; que serán bien la mitad menos los desde Potosí a Pelechuco, por las causas referidas.

(…)

En Madrid y Diciembre ocho de mil seiscientos y veinticinco años

Juan Recio de León”

Gracias a la gentileza de Luis Oporto Ordóñez, director de la Biblioteca y Archivo Histórico del Congreso Nacional de la República de Bolivia y al personal a cargo de las bóvedas, esta joya historiográfica llegó a mis manos. Solo actualicé los topónimos para hacerla más comprensible. Por si quieren saberlo, el original está en el British Museum. En este caso, lo tomé de la colección de Maurtua. No pude evitarme todo este río de palabras, todo este aluvión de sentimientos, todo este alimentar el cauce que me regresa una y otra vez allí donde termina el mundo pero que, como ven, para el bueno de Recio, no era más que el lugar a donde te llevaban todos los caminos, todas las huellas, todos los deseos. Todo es posible.

*** Artículo de Pablo Cingolani publicado el La Razón, La Paz, 23.11.2014

Empezar a olvidar (Pablo Cingolani)

pablo.2Hoy me llegó este mensaje de Pablo Cingolani, que me hace pensar en el tiempo no sé si perdido, pero si invertido en este blog y en empeños que suponían ir en la dirección contraria a la que acababa de emprender, y en el montón de libretitas de viaje cuya letra ya ni entiendo, diarios de viaje que se va a llevar el viento… “Ni me acuerdo” ¿Viajé para contarlo o lo hice para encontrarme con aquel joven que me estaba esperando  en Juan Fernández o en el agua de Magallanes? Ya no sé si escribir esto mismo es un error, fruto de una insatisfacción incurable o una herida que no va a cicatrizar jamás.
Pero mejor leer a Cingolani:

La vida es más rápida que mi deseo de escribir, de escribirla. Tenía un blog. No tengo un blog hace años. Lo que si tengo son decenas de bitácoras: cuadernos y libretas que revientan de datos, nombres de seres humanos, bares, plantas, insectos, lugares, volcanes, hojas de ruta y de coca, mapas, mojones, fechas, poemas, circunstancias. Los papeles se apilan en mi biblioteca, agrietados por álbumes de fotos y por piedras –colecciono piedras y, más velocidad aún, cada piedra cuenta una historia, cada piedra me cuenta, recrudece y atiza una historia, pero que no escribo, no puedo escribir, porque una nueva piedra y una nueva historia corren delante de mí y me secuestran, arrojándome de nuevo al camino, al vacío de una nueva bitácora que empiezo a llenar: Copacabanita, Huachacalla, Chipaya, Sabaya, Coipasa. Al menos, anoté sus nombres. Ahora sé que ya puedo empezar a olvidarlos.

L’Arbalète

El Astrónomo, a quien echo mucho de menos, cuando se ponía pomposo los llamaba “solaces bibliofílcos”, pero en eso ando, con olor intenso a moho y a encierro que me hace pensar en alguna de esas casas cercanas al mar cuyos ocupantes fallecen y sus pertenencias son desbaratadas en chamarileros, encantes, salas oficiales de subastas… el derribo de muchas vidas. De ahí viene sin duda esta pequeña joya cuyas páginas intonsas  voy abriendo en esta tarde de nubes rápidas hacia el sur y de bandadas, lentas, de grullas hacia el norte que oigo y apenas distingo… veo, oigo, sí, grullas lejanas, muy altas, y el concierto para violín no.3, Op.7, de Vilvaldi. L’Arbalète, revista de literatura, publicada en Lyon, en plena Ocupación y en la inmediata posguerra. Las primeras páginas de Jean Genet, Antonin Artaud y los Tarahumaras, Sarte y Les autres, Henry MIller, Boris Vian, y esa pieza de teatro de combate de Ernest Hemingway, La quinta columna, el hotel Florida y el bar Chicote, el Madrid cercado y las Brigadas Internacionales…

Solaces biblofílicos, vueltas atrás imposibles, el Astrónomo no está, se fue, se le cayó la persiana encima, él me regaló la primera edición de Viaje al final de la noche, encuentros y desencuentros, desde la infancia, San Sebastián, el topo a su paso por Amara, la barca que alquilamos en el puerto y no sabíamos remar, Barcelona, barrio de Gracia, husmas librescas y comilonas de tragaldabas, noches de aldabas y aldabonazos, sirenas y puños cerrados, Pascual y su capital de tercer orden… Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos. No me hace falta leer a la petulante Simone de Beauvoir en La vieillese para saberlo. Leo breviarios del susto y me agarro como puedo a las andanzas de Conrad Killian, de Pablo Cingolani en el Altiplano boliviano o de Francis Lacassin y “La aventura en botas de siete leguas”… cualquier cosa con tal de salir del cepo de una época cenagosa. No hay tiempo perdido, hay pasos ganados, basta contarlos, aunque los hayas dado en el vacío o en la oscuridad para saberlo. Muchacho, no hay trinchera, hay negocios y no son tuyos… ¿Oyes, muchacho?… Nada, ni caso.