Cirobayesca

IMG_2576Escribía Ramón Rocha Monroy en “Libros recomendables” (Los Tiempos, 19.9.2014 y La Prensa 22.9.2014):
Por invitación de la Vicepresidencia integro la comisión coordinadora de las 200 obras que se editarán para conmemorar el Bicentenario de Bolivia hasta el 2025. En la última reunión se han conformado tres comisiones y decidí adscribirme a la Comisión de Historia, con un ojo puesto en la Comisión de Literatura. Lo hago porque las sugerencias principales que llevo son históricas, y entre ellas hay al menos cinco libros que deberíamos integrar a dicha Biblioteca. Ellos son:
Cacerías, de Ciro Bayo, un autor español que recorrió el país de Tiwanaku al río Madre de Dios y dejó sorprendentes datos que recogió a su paso. Se le conoce el libro Chuquisaca o La Plata perulera, porque vivió allí de 1893 a 1895, cuando todavía era sede del gobierno, pero este original apenas pude hojearlo en el escritorio de Miguel Sánchez-Ostiz, quien escribe un libro importante sobre el personaje y procura desde hace varios años seguir sus pasos. Se lo dio Mariano Baptista, con su habitual generosidad y es un tesoro que no puede perderse por la calidad de sus observaciones.

Ciro_Bayo_web.31195557_stdHacía una semana que habíamos estado conversando en mi habitación de El Dorado acerca del libro que sobre Bayo en Bolivia escribo desde hace años sin que hasta ahora haya concitado mucho interés por parte de nadie. El editor boliviano al que se lo ofrecí no quería crónicas ni ensayos, sino novelas y cuanto más delirantes, mejor, con nazis y extraterrestres por el fondo del lago Titikaka… lástima, eso no es lo mío. Estuvimos hablando mucho rato, despué de cenar con Homero Carvalho en el Rincón Español, de Ciro Bayo, de sus viajes y de los nuestros, de empeños y proyectos literarios. Afuera hacia frío y las luces hacia El Alto titilaban. Bayo estaba sobre la mesa, en sus libros, en la pantalla del ordenador, en los cuadernos de notas…  El único español que tuvo curiosidad por recorrer lo que había sido la América española hasta hacia unas décadas. ¿Aventurero? Algo más y sobre todo algo menos o cuando menos un curioso aventurero que no duda en dedicarle un poema al obispo de su ciudad… Dos días después Ramón publicó en La Prensa un artículo en que recoge algo de lo vivido y conversado ese día:

“Miguel Sánchez-Ostiz.- Hay casos intensos de pasión por Bolivia en España, que a veces no aquilatamos como se merecen. Aquí llegó Andrés Segovia y dio un concierto en el Teatro Achá, como llegó el gran penalista Luis Jiménez de Asúa, invitado por el rector de la UMSS, Arturo Urquidi. Homero Carvalho insiste en que llegó Unamuno y entonces Miguel Sánchez-Ostiz dice que aquí estuvo Ramón del Valle Inclán en una troupe de teatro que recorría los países vecinos, como lo hicieron los Travesí, que llegaron de España y se quedaron para siempre en nuestro ameno valle.

Miguel llegó por novena vez a Bolivia. Fue jurado del Primer Premio Internacional de Novela Kipus, que culminó con éxito el 1º de septiembre con un jurado de campanillas, presidido por Luis H. Antezana Juárez e integrado también por el poeta y periodista paceño Rubén Vargas. Los tres coincidieron en premiar a Gonzalo Lema por su novela “Siempre fuimos familia”.

A Miguel lo visité en La Paz, en el Hotel Eldorado, donde el personal le tiene devoción y cariño, como toda la gente sencilla de esa grande y bella ciudad que a Miguel lo seduce. Lo llevé a El Alto por el Teleférico y entonces citó a Ramón Gómez de la Serna, con una frase muy suya, que hay en el mundo ciudades apocalípticas, y una de ellas es, sin duda, La Paz. No la ciudad del sur, carente de personalidad como cualquier otro barrio de residencias lujosas del mundo, sino la vasta Hoyada del centro, las laderas y El Alto. Con qué gusto subimos en teleférico y apreciamos el paisaje y cómo nos regodeamos paseando por la Avenida Panorámica de esa ciudad tan elevada. Le digo a Miguel que poco más allá están los brujos, que viven en pequeñas casetas de calamina y contesta que ya sabe, que siempre estuvo allí, mucho antes que construyeran esa araña maravillosa que tejerá su red infinita en siete líneas entre El Alto y los cien barrios paceños.

No hay rincón secreto de La Paz que Miguel no conozca y en eso ha revivido los pasos de otro español, Ciro Bayo, quien estuvo en Bolivia y la recorrió de Sucre a Riberalta y Cachuela Esperanza, donde vivió en el auge de la goma. Miguel se fue en un viaje anterior a buscar la cabaña donde vivía Bayo y no pudo encontrar ni ruinas, pero vi un libro para mí nuevo del escritor español, “Cien cacerías”, donde habla de su maravillosa forma de husmear en el alma secreta de nuestro país alto y bajo.

No es el único extranjero que se deslumbró en La Hoyada. Allí en el Jatun Qhatu, la estación del Teleférico, vimos a muchos turistas gringos que bajaban a esa extraña ciudad y de inmediato se nos vino a la memoria lo que contó Homero Carvalho, que Allen Ginsberg estuvo en La Paz en los 60s y dio testimonio de ello en versos maravillosos. Con lo tranquila que era la Hoyada en esos años y con lo agitada y apocalíptica que es hoy.

El cariño de Miguel por Bolivia se extiende a capitales europeas. Me cuenta que en un anticuario le mostraron un cofre de fotos donde aparece de forma inconfundible la ciudad de Sucre y la Escuela Normal de Maestros, junto a un señor de barba, una jovencita boliviana y una niña. Miguel no dudó en identificar al personaje, nada menos que Georges Rouma, fundador de la Normal. ¿Dónde irá a parar ese cofre? Pues al Archivo Nacional de Sucre, a través de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, a la cual me honro en pertenecer.

El Grupo Editorial Kipus aguarda esta obra de Miguel Sánchez-Ostiz, la tercera sobre Bolivia en la vasta producción del escritor navarro, que incluye a Ciro Bayo y ya lleva como 300 páginas en el original que pude ver en una computadora. Una corrección más y estará lista para este año.

Sí, hay muchas páginas escritas sobre Bayo en Bolivia y sobre los escenarios recorridos en los años que allí vivió, entre Sucre y la barraca San Pablo, en el Madre de Dios, más arriba de Riberalta, a donde fui en dos ocasiones. No fue ese el único libro de Bayo que me regaló Mariano Baptista, también el Por la América desconocida. En el Archivo Nacional seguí la pista de sus colaboraciones de prensa, de su revista El Fígaro, y de su “colejio” de la calle de Las Educandas… en Riberalta hablé largo y tendido con el nieto de Salvatierra, el gomero para el que trabajó Bayo… en Villa Bella…Captura de pantalla 2014-09-23 a las 09.22.37

Una historia boliviano-belga en fragmentos

IMG_2429Esta es una historia en fragmentos, los de una caja de fotografías que me regaló un buen amigo, chamarilero de la rúa de los Peregrinos –no confundir con El Astrónomo de la librería Los libros del Portal de Francia de la misma calle–. Cuando la abrí, una de las primeras fotografías que me aparecieron era sin lugar a dudas de la plaza de Armas de Sucre, hoy 25 de mayo, otras remitían a Bélgica. Unos meses después,  en Cochambamba, de noche, cuando le contaba ese episodio a Ramón Rocha Monroy, este me dijo: «Georges Rouma». Más tarde, otro amigo, Mariano Baptista, me añadió algunos datos brumosos sobre la niña que aparece en las fotografías y sobre quién fue su madre. Es una historia que empieza en Sucre a comienzos del siglo XX, cuando se funda la primera Escuela Normal del país, y termina en una chamarilería de Pamplona, junto a instrumentos musicales, uniformes, menudencias de adorno, pasando por el Camerún francés, por la ocupación nazi de Bélgica, por Biarritz, por el Congo Belga y por la campiña francesa. Entre esas fotos las hay del gigante Camacho, del pedagogo Rouma hurgando en los fósiles de un milodón, de barcos en el Titikaka, del puerto de Guaqui, del mercado de la calle Ravelo, de la primera Escuela Normal y de su patio colonial… No sé si alguna vez lograré escribir esa historia que regresa a la superficie cada vez que, como hoy, me tropiezo con la caja donde guardo esos cientos de fotografías. Las repaso y me doy cuenta de que de la vida de aquella niña que miraba asombrada el mundo a las puertas del mercado de la calle Ravelo, es esto lo único que queda.

Así pintó el día… (diario volátil)

DSC_0008Así ha pintado el día. No ha llovido, caían cuerdas. La vista desde la ventana acongojaba. Día bueno para el trabajo, por el silencio más que nada, pero esas nieblas, esas nubes agarradas a lo que queda de bosque otoñal, nada como quien dice… En la prensa, lo de todos los días: profesionales de la justicia que en el ejercicio de su cargo prevarican sin recato y hacen política al servicio de la monarquía, funcionarios uniformados que mienten con desverguüenza  para encubrir actuaciones delictivas, el maleante que nos gobierna de jira americana a ver si allí, demasiado ocupados con las rebabas del narcogobierno,  cuelan sus mentiras de chichinabo, la imparable violencia machista… ¿Sigo? No, para qué.  Día de la Inmaculada, dogma de fe, abstracción (o lo que sea) y patrona de militares, charanga y mojiganga…  Y lo peor, o casi, ha sido la vieja canción de Paco Ibáñez sobre ese poema, grande, de Gabriel Celaya, que me ha repiquetedo a lo largo de la tarde,
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
¿De verdad que ya nada esperas? Eso es mucho decir y más desesperar. ¿De verdad que existimos fieramente y más ciegamente afirmamos? Poesía necesaria. Me siento incapaz de escribirla. La leo y me emociono, y admiro a sus autores, del pasado y del presente, pero… Poesía necesaria, cuando la furia nos nubla la vista y el asco nos puede.  Y de Celaya a la lluvia antigua y sucia de O. W. Milosz en su lejano cementerio de las islas Lofoten, y a la del chileno Teillier, poesía y lluvia. El viaje de la poesía, a cubierto. Poesía como madriguera de los malos tiempos… La cueva y la intemperie, el hermoso título de Ramón Rocha Monroy, con gusto se lo habría robado, así se lo he dicho.

Nostalgias bolivianas

No sé si son la misma cara de la misma moneda o dos de las muchas caras que puede tener el laberinto urbano, el del merdeo y el gueto, porque de guetos vamos hablando ya, porque en ellos vamos viviendo. Ayer tarde perdí una foto estupenda porque la escena me dejó boquiabierto. Con el último sol de la tarde, vi pasar por la plaza del Castillo a una chola de mi edad, con su chal, su borsalino, sus polleras de lujo, de unos colores dorados,  guindas y rojo fuego. Una aparición… maravillooosa, habría dicho el Ramón Rocha. Hoy, cuando regresaba de andar,  en una calle de la ciudad vieja, vieja calle de San Lorenzo, he visto este cartel, casi enfrente del ultramarinos Cochabamba, que en otra lugar, con o sin Huari o Paceña, prometía un festín. Nostalgia y emoción que ha quedado rota porque me ha salido de un portal un jito con un pitbull, sin bozal ni correa, al que el cuerpo le pedía sangre (al jito) y que me ha confirmado que en cuestión de perros peligrosos quienes representan una amenaza cierta son los dueños. Ignoro que mosca le picaba al jito, pero verme con una cámara en la mano le ha parecido una amenaza intolerable.  Mordemos. Estamos que mordemos. Pero el cartel, el cartel me ha hecho ver no ya cómo ha cambiado la ciudad antigua, menestral y mansa, sino cómo he envejecido, pero me he felicitado de no vivir en aquella otra ciudad de los curas, las monjas, los frailes, las cornetas y tambores de los cuarteles, aunque algo o mucho quede y no sea tan castizo como el de esa vieja monja que ha ido a la vieja cerería a por material profesional: Perorata del desahuciado la mía o del insensato o del enjaulado. Viejo, todo viejo, y pardo, como en el poema.

Mercado dominical

Nadie discute la frescura de eso grandes pescados que vienen del río Mamoré… el chicharrón de surubí es un gran plato.

Esta mañana de silencio total me fui a los mercados a por algunas cosas que necesitaba. Por las calles del centro no había un alma, no porque hoy sea domingo, sino porque ayer fue el Corso de Corsos  y la ciudad tembló desde las ocho de la mañana hasta entrada la madrugada con miles de personas bailando al son de casi cien charangas que ocupaban varios kilómetros de calles, más petardos incesantes y  ritmos repetidos hasta pensar en hacerte derviche giróvago, por lo menos… Me gusta la música, pero matan los músicos si dan en muy tocadores (Padre Joseph Francisco de Isla en su Método racional para curar sabañones). Ayer tarde fui a ver a mi amigo Ramón Rocha Monroy que estaba en el hospital y, aparte de reírnos con ganas de nuestras cosas, algo que parecía ofender a las enfermeras, convinimos que estábamos hasta los mismísimos del estruendo atronador que entraba por la ventana y del folklore hecho espectáculo de riguroso pago. Se las ingenian para que, si no pagas, no puedas ver nada. Y un día te cansas, del folklore de tu casa… y de la ajena. Hay que poner demasiado entusiasmo o ser del gremio. En la fiesta loca o estás dentro, o abstente. Claro que si te gusta estar sentado horas y más horas como un pasmarote, bebiendo una cerveza detrás de otra, no tengo nada que decir. Por cierto, no tengo la seguridad de que hoy sea el llamado Domingo de Tentación… no tengo la seguridad de nada. Eso sí, hemos visto dos camiones repletos de gente muy adulta pintarrajeada de azul, como pitufos, iban de cara a las montañas, muy farreados, de ayer y de hoy. Interminables carnavales bolivianos.

Bueno, estábamos en los mercados. Me gustan más los de Cochabamba que los de La Paz. Los de Cocha  empiezan, callejeros, alrededor del 25 de Octubre, en el centro (ya volveremos porque dicen que dan el mejor fricasé de Bolivia en unos comedores que parecen nichos de camposanto) y acaban en el zoco colosal de La Cancha y la antigua estación de ferrocarril. Mucho colorido, mucha bulla, mucho venteo de mercaderías y mucho apreciar la mejor puesta al tacto, donde dejan. Vendedoras de fruta, de verduras, de quesillos, de carbón vegetal para parrilladas, vísceras, pastas, zapateros al paso: “¡Los domingos no se trabaja!”, grita uno, “¡Pero se vende!”, le replica otro… Hay que dejar los escrúpulos en casa. Y eso que no todo es venta a pie de tubo de escape. Me he acordado de algo que decía una de mis abuelas: que los hombres no teníamos que ir a los mercados: “¡Os engañan, parecéis tontos!” Es posible. Regatear con una casera boliviana tiene su miga. Imbatibles, carajo, llevas todas las de perder. Los gitanos son más accesibles. Y aquí se precia y regatea mucho. Además, lo quieras o no, compras más de lo que necesitas y puedes razonablemente consumir. Los ojos te traicionan y más el saber que estás de paso, muy de paso.

El Triunvirato y las guarrindongadas

Esta entrada se la dedico a carcajadas a esa especie de ángel de la guarda de los fogones que es David de Jorge, en recuerdo paceño ya de sus guarrindongadas.

Ramón Rocha Monroy es aficionado a la gastrosofía (ha escrito mucho y bien sobre la cuestión) y a las sesiones suicidas de campo a base de platillos que dan en patios y boliches curiosos o a trasmano. Todavía tengo fresca una sopa de hígado que nos dieron en casa del campeón de pelota vasca de Bolivia el día que fuimos a visitar el cementerio israelita.

Esta mañana, antes de salir para La Paz, le tocó el turno al Triunvirato, un boliche paredaño a mi alojamiento en el que nunca había entrado. El cancerbero es un paralítico de pocas pulgas. Un comedero a la sombra y muchos exvotos e imágenes religiosas por las paredes deseando paz y amor, junto a una carta escueta y contundente. Cuando hemos llegado eran poco más de las once de la mañana, pero enseguida se han ido llenando las mesas de compadres y familias silenciosas con evidentes signos de haber chupado ayer domingo de lo lindo. Un silencio de reposo y calma. La sopa de la casa, el Triunvirato, tiene fama de ser milagrosa contra las uvas sordas.  Una leyenda urbana porque el plato es explosivo acompañado además de una llajua de locoto verde que, como decía Ciro Bayo, es un auténtico botafuego. Vida sana. Cada cual tiene los amigos que tiene y mi lazarillo cochabambino es un Tragantúa a quien saludan con cariño y alborozo en todos los boliches a los que vamos: “¡Ay, se nos perdió don Ramoncito!”, y le enseñan las fotos de los hijos y los nietos, que lo mismo pueden estudiar para ingenieros petroleros.

Pongamos sus componentes, más que nada por curiosidad científica: pulpito (también llamado cagalera), libro (ranga) y riñón troceado, y como he dicho la llajua verde  Tal vez no levante a los muertos, pero deja a los vivos en un ay. Me he acordado por fuerza de uno de los platos rumanos que más me gustaron: la ciorba de burta que al lado de este triunvirato es algo digno del Fauchon de la Madeleine. ¿De verdad que el secreto del viaje es no hacerle ascos a nada?