Cirobayesca

IMG_2576Escribía Ramón Rocha Monroy en “Libros recomendables” (Los Tiempos, 19.9.2014 y La Prensa 22.9.2014):
Por invitación de la Vicepresidencia integro la comisión coordinadora de las 200 obras que se editarán para conmemorar el Bicentenario de Bolivia hasta el 2025. En la última reunión se han conformado tres comisiones y decidí adscribirme a la Comisión de Historia, con un ojo puesto en la Comisión de Literatura. Lo hago porque las sugerencias principales que llevo son históricas, y entre ellas hay al menos cinco libros que deberíamos integrar a dicha Biblioteca. Ellos son:
Cacerías, de Ciro Bayo, un autor español que recorrió el país de Tiwanaku al río Madre de Dios y dejó sorprendentes datos que recogió a su paso. Se le conoce el libro Chuquisaca o La Plata perulera, porque vivió allí de 1893 a 1895, cuando todavía era sede del gobierno, pero este original apenas pude hojearlo en el escritorio de Miguel Sánchez-Ostiz, quien escribe un libro importante sobre el personaje y procura desde hace varios años seguir sus pasos. Se lo dio Mariano Baptista, con su habitual generosidad y es un tesoro que no puede perderse por la calidad de sus observaciones.

Ciro_Bayo_web.31195557_stdHacía una semana que habíamos estado conversando en mi habitación de El Dorado acerca del libro que sobre Bayo en Bolivia escribo desde hace años sin que hasta ahora haya concitado mucho interés por parte de nadie. El editor boliviano al que se lo ofrecí no quería crónicas ni ensayos, sino novelas y cuanto más delirantes, mejor, con nazis y extraterrestres por el fondo del lago Titikaka… lástima, eso no es lo mío. Estuvimos hablando mucho rato, despué de cenar con Homero Carvalho en el Rincón Español, de Ciro Bayo, de sus viajes y de los nuestros, de empeños y proyectos literarios. Afuera hacia frío y las luces hacia El Alto titilaban. Bayo estaba sobre la mesa, en sus libros, en la pantalla del ordenador, en los cuadernos de notas…  El único español que tuvo curiosidad por recorrer lo que había sido la América española hasta hacia unas décadas. ¿Aventurero? Algo más y sobre todo algo menos o cuando menos un curioso aventurero que no duda en dedicarle un poema al obispo de su ciudad… Dos días después Ramón publicó en La Prensa un artículo en que recoge algo de lo vivido y conversado ese día:

“Miguel Sánchez-Ostiz.- Hay casos intensos de pasión por Bolivia en España, que a veces no aquilatamos como se merecen. Aquí llegó Andrés Segovia y dio un concierto en el Teatro Achá, como llegó el gran penalista Luis Jiménez de Asúa, invitado por el rector de la UMSS, Arturo Urquidi. Homero Carvalho insiste en que llegó Unamuno y entonces Miguel Sánchez-Ostiz dice que aquí estuvo Ramón del Valle Inclán en una troupe de teatro que recorría los países vecinos, como lo hicieron los Travesí, que llegaron de España y se quedaron para siempre en nuestro ameno valle.

Miguel llegó por novena vez a Bolivia. Fue jurado del Primer Premio Internacional de Novela Kipus, que culminó con éxito el 1º de septiembre con un jurado de campanillas, presidido por Luis H. Antezana Juárez e integrado también por el poeta y periodista paceño Rubén Vargas. Los tres coincidieron en premiar a Gonzalo Lema por su novela “Siempre fuimos familia”.

A Miguel lo visité en La Paz, en el Hotel Eldorado, donde el personal le tiene devoción y cariño, como toda la gente sencilla de esa grande y bella ciudad que a Miguel lo seduce. Lo llevé a El Alto por el Teleférico y entonces citó a Ramón Gómez de la Serna, con una frase muy suya, que hay en el mundo ciudades apocalípticas, y una de ellas es, sin duda, La Paz. No la ciudad del sur, carente de personalidad como cualquier otro barrio de residencias lujosas del mundo, sino la vasta Hoyada del centro, las laderas y El Alto. Con qué gusto subimos en teleférico y apreciamos el paisaje y cómo nos regodeamos paseando por la Avenida Panorámica de esa ciudad tan elevada. Le digo a Miguel que poco más allá están los brujos, que viven en pequeñas casetas de calamina y contesta que ya sabe, que siempre estuvo allí, mucho antes que construyeran esa araña maravillosa que tejerá su red infinita en siete líneas entre El Alto y los cien barrios paceños.

No hay rincón secreto de La Paz que Miguel no conozca y en eso ha revivido los pasos de otro español, Ciro Bayo, quien estuvo en Bolivia y la recorrió de Sucre a Riberalta y Cachuela Esperanza, donde vivió en el auge de la goma. Miguel se fue en un viaje anterior a buscar la cabaña donde vivía Bayo y no pudo encontrar ni ruinas, pero vi un libro para mí nuevo del escritor español, “Cien cacerías”, donde habla de su maravillosa forma de husmear en el alma secreta de nuestro país alto y bajo.

No es el único extranjero que se deslumbró en La Hoyada. Allí en el Jatun Qhatu, la estación del Teleférico, vimos a muchos turistas gringos que bajaban a esa extraña ciudad y de inmediato se nos vino a la memoria lo que contó Homero Carvalho, que Allen Ginsberg estuvo en La Paz en los 60s y dio testimonio de ello en versos maravillosos. Con lo tranquila que era la Hoyada en esos años y con lo agitada y apocalíptica que es hoy.

El cariño de Miguel por Bolivia se extiende a capitales europeas. Me cuenta que en un anticuario le mostraron un cofre de fotos donde aparece de forma inconfundible la ciudad de Sucre y la Escuela Normal de Maestros, junto a un señor de barba, una jovencita boliviana y una niña. Miguel no dudó en identificar al personaje, nada menos que Georges Rouma, fundador de la Normal. ¿Dónde irá a parar ese cofre? Pues al Archivo Nacional de Sucre, a través de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, a la cual me honro en pertenecer.

El Grupo Editorial Kipus aguarda esta obra de Miguel Sánchez-Ostiz, la tercera sobre Bolivia en la vasta producción del escritor navarro, que incluye a Ciro Bayo y ya lleva como 300 páginas en el original que pude ver en una computadora. Una corrección más y estará lista para este año.

Sí, hay muchas páginas escritas sobre Bayo en Bolivia y sobre los escenarios recorridos en los años que allí vivió, entre Sucre y la barraca San Pablo, en el Madre de Dios, más arriba de Riberalta, a donde fui en dos ocasiones. No fue ese el único libro de Bayo que me regaló Mariano Baptista, también el Por la América desconocida. En el Archivo Nacional seguí la pista de sus colaboraciones de prensa, de su revista El Fígaro, y de su “colejio” de la calle de Las Educandas… en Riberalta hablé largo y tendido con el nieto de Salvatierra, el gomero para el que trabajó Bayo… en Villa Bella…Captura de pantalla 2014-09-23 a las 09.22.37

Así pintó el día… (diario volátil)

DSC_0008Así ha pintado el día. No ha llovido, caían cuerdas. La vista desde la ventana acongojaba. Día bueno para el trabajo, por el silencio más que nada, pero esas nieblas, esas nubes agarradas a lo que queda de bosque otoñal, nada como quien dice… En la prensa, lo de todos los días: profesionales de la justicia que en el ejercicio de su cargo prevarican sin recato y hacen política al servicio de la monarquía, funcionarios uniformados que mienten con desverguüenza  para encubrir actuaciones delictivas, el maleante que nos gobierna de jira americana a ver si allí, demasiado ocupados con las rebabas del narcogobierno,  cuelan sus mentiras de chichinabo, la imparable violencia machista… ¿Sigo? No, para qué.  Día de la Inmaculada, dogma de fe, abstracción (o lo que sea) y patrona de militares, charanga y mojiganga…  Y lo peor, o casi, ha sido la vieja canción de Paco Ibáñez sobre ese poema, grande, de Gabriel Celaya, que me ha repiquetedo a lo largo de la tarde,
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
¿De verdad que ya nada esperas? Eso es mucho decir y más desesperar. ¿De verdad que existimos fieramente y más ciegamente afirmamos? Poesía necesaria. Me siento incapaz de escribirla. La leo y me emociono, y admiro a sus autores, del pasado y del presente, pero… Poesía necesaria, cuando la furia nos nubla la vista y el asco nos puede.  Y de Celaya a la lluvia antigua y sucia de O. W. Milosz en su lejano cementerio de las islas Lofoten, y a la del chileno Teillier, poesía y lluvia. El viaje de la poesía, a cubierto. Poesía como madriguera de los malos tiempos… La cueva y la intemperie, el hermoso título de Ramón Rocha Monroy, con gusto se lo habría robado, así se lo he dicho.

A mi amigo Miguel (Ramón Rocha Monroy en Facebook)

A mi amigo Miguel
Cada vez que voy a La Paz desvío mi recorrido por los rumbos que frecuenta un amigo de Navarra, es decir, del Cementerio a la Illampu, a comprar buena coca, y luego calle abajo o sigo por la Sagárnaga hasta San Francisco.
Es curioso que siendo boliviano frecuentaba la zona sur, pero por seguir los rumbos de mi amigo Miguel ahora puedo decir que conozco La Paz profunda, donde encuentras cosas insólitas como aquellos restaurantes de comida kosher que tienen menú en hebreo y valerosos paceños y paceñas que hablan en ese idioma curioso para hacerse entender.
“A Bolivia no vengo por turismo, vengo en peregrinación”, me dijo Miguel Sánchez-Ostiz, escritor navarro, en su séptima venida a nuestro país. Recala en Cochabamba pero no sabe en qué momento ir a La Paz. Se conoce de memoria los mercados, los recovecos pero sobre todo los rostros aymaras que pueblan las miles de fotografías que ha tomado. No es fotógrafo, pero si uno revisa su blog encuentra las ilustraciones más sugestivas de los mercados bolivianos que acompañan su bitácora escrita (vivirdebuenagana.wordpress.com).
Este culto es común entre chukutas; son en cambio contados e ilustres los hermanos de otros países que aman el nuestro y no por sus paisajes sino por su gente, no la gente blanca sino la originaria que habita en los mercados cocinando manjares para estómagos recios y paladares abiertos. Mirar nuestro país con otros ojos y prestarle oído al fraseo cotidiano y popular hacen del blog de Sánchez-Ostiz una lectura intensa y deliciosa, tanto en las veredas navarras del valle de Baztán, donde vive, como en La Paz y Cochabamba, pero en sus sitios más auténticos y populares.
Miguel publica las fotos de dos ancianas y dice, por ejemplo: De entre los cientos de coqueras callejeras o no, de los alrededores de los mercados paceños estas dos, una de la calle Gallardo, frente a la salida de camiones de carga y pasajeros, y otra de la Segurola, junto a las vendedoras de entrañas y despojos.
O bien publica la fotografía de un viejo vendedor de hechizos y comenta: Como cada día que callejeo por los mercados paceños, de regreso he ido al callejón Jiménez a tomar un café al Pepe, un cafetín agradable, frecuentado por mochileros y por ex soldados israelís, raro en ese entorno de artesanías industriales, gringos de parranda, yatiris de buena y mala suerte. Ya no existe. He preguntado. “Se han ido”, me han dicho. Conocí a su dueño hace nueve años. Ahora es un comercio de artesanías. A cambio me he encontrado a ese vendedor de amuletos en un callejón que corre a un lado del mercado Uruguay, entre la Segurola de los maleantes que todavía montaban guardia mañanera y la Max Paredes de la quincallería de menaje, el barullo, la polución, los bocinazos… La Paz para mí inagotable.
Carpe diem: allá va Miguel por las calles de La Paz, a paso infatigable, y yo lo sigo por los mismos rumbos. Miguel observa y escribe: Lo que si estoy viviendo es la indignación de los bolivianos que, en tu calidad de español, te hacen participe de su indignación, de la manera más cortés o más hostil. No es grato. Tú no representas a ese país, ni a su repulsivo gobierno, no vives de la gorra rojigualda y de su pesebre… pero. Y en esa situación mostrar tu propia indignación cuenta poco porque suena a querer escabullirte de una situación bochornosa y solo eso por mucho que pienses que el tuyo es un gobierno autoritario y encima lacayuno de los intereses norteamericanos que ha permitido una y otra vez desprecios a su soberanía. El titular del editorial de El País, “Trato intolerable”, parece decir mucho, pero aparte de ser certero, no acaba de redondear una condena que tiene responsables políticos, por esta ha sido una decisión política que desenmascara una actitud de prepotencia hacia latinoamérica y de sumisión de Estados Unidos. Las negaciones del ministro de Exteriores son propias de un trilero. No me extraña que aquí, por precaución, los mangueros rojigualdos hayan cerrado sus oficinas.
Ha traído un libro de Michel Onfray, nuestro filósofo de culto, que titula Teoría del viaje, y cita: Sigo con Onfray, en las páginas finales de su Théorie du voyage: “Algunos regresan de manera compulsiva a lugares ya visitados, reencontrando costumbres de sedentarios en el corazón mismo de la experiencia nómada”. Cierto, soy de esos, no me importa confesarlo. Y si lo hago es tal vez porque lo que busco en esos viajes no es satisfacer una pasión, ya vacilante, por “lo nuevo” como fetiche intocable, lo exótico o, como él dice, la “extravagante belleza” ni ese exótico expresionista de “lo otro”, tan falso, tan manido, tan mendaz en su discurso humanitario. Sé que en esas idas que son regresos, me pierdo algo, en algún lado, pero eso es tan continuo y desde hace tanto tiempo que ya forma parte de mí y de lo que escribo. Algo ha podido ser y no ha sido. Cuando se tiene el sentimiento intenso de que la vida está en otra parte, como escribía un Tabucchi embriagado de saudade, eso no tiene remedio. Sé algo más, que si no he terminado de escribir Las puertas de Valparaíso, ha sido por dos motivos, uno porque siempre he pensado que iba a regresar y que en ese nuevo viaje iba a ver y vivir lo que no había visto ni vivido en mi anterior viaje, y otro, que dar por terminadas esas páginas iba a ser cerrar por las buenas y para siempre unas puertas, una puerta que había tenido abierta. Viajes cerrados, libros abiertos… Y volver, volver… ¿A qué exactamente? Me temo que por mucho que me esfuerce no voy a dar con una respuesta satisfactoria. Entre tanto me engaño como puedo, emocionado, entusiasta, en ruta. Y al fondo, el verdadero argumento de la obra y uno de los vientos del viaje: el Tiempo.
Es la víspera de su llegada a Bolivia. Pasará cinco días en Cocha y luego a La Paz, a talonear hacia arriba porque es el mundo que le interesa. ¿Qué tiene La Paz para merecer semejante atención de un navarro?
No pensé hallar en un navarro tanto cariño por mi país, pero particularmente por La Paz. Recuerdo que escribí una nota larga sobre Jaime Saenz, para presentar la última edición de Felipe Delgado por Plural Editores y entonces Miguel escribe: De hecho si viajé en 2008 a Bolivia desde Chile fue para conocerle, porque había leído un artículo suyo sobre Jaime Sáenz que me había gustado mucho (al año siguiente me regaló todos sus libros de poemas en primeras ediciones).
La Paz ejerce una atracción, un magnetismo, una fascinación especial en quienes la visitan, lo mismo del interior del país que de otros países. Unos se inclinan por el paisaje, pero otros saben ahondar en la condición humana, y entonces la atracción es irresistible.

 

Encomio de Miguel Sánchez-Ostiz

Lo escribió Ramón Rocha Monroy y lo publicó en Bolpress 30.5.2009

Si uno ve en Google, la editorial Seix Barral lo considera como el escritor de Navarra quizá más importante de todos los tiempos. Si uno accede al blog vivirdebuenagana.blogspot.com, comprueba que Miguel es un Voyeur amable y seductor, un fisgón de buena leche que desde hace varios años ha tomado a Bolivia como objeto de su mirada curiosa. Y ya se sabe, cuando un Voyeur te convoca a ver por el ojo de una cerradura, no hay quién se resista.Miguel Sánchez-Ostiz nació en Pamplona, en el viejo reino de Navarra, que es parte del País Vasco y, claro, de España. Escribió y publicó alrededor de 50 libros de poesía, novela, crítica de arte y literatura, y crónicas de viaje, que le hicieron merecedor de numerosos premios literarios, como el Premio Navarra de Novela Corta (1981), el Premio Euzkadi de Literatura (1990), el Premio de la Crítica de narrativa castellana (1998) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (2001). Su obra literaria es copiosísima y está registrada en numerosos sitios, entre ellos, Wikipedia. Sus libros más conocidos son: Pórtico de la fuga (1979), Los reinos imaginarios (1980) y De un paseante solitario (1985). En su larga lista de novelas se pueden señalar: Los papeles del ilusionista (1983); El pasaje de la luna (1984), expresión fiel de sus obsesiones provincianas; Tánger Bar (1987), pintura de un universo cerrado; La gran ilusión (Premio Herralde de novela 1989), sobre la amistad que se desvanece; Las pirañas (1992), crítica feroz pero dotada de un propósito moral; Un infierno en el jardín (1995); La caja china (1996); No existe tal lugar (1997), obra localista, evocadora y cargada de ensoñaciones que recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1997; La flecha del miedo (2000); El corazón de la niebla (2001) y En Bayona, bajo los porches (2002), dos novelas con las que iniciaba un ciclo narrativo sobre la historia reciente de España titulado Las armas del tiempo; y La nave de Baco (2004). Ha publicado abundante prosa narrativa y ensayística, como La negra provincia de Flaubert (1986), Mundinovi (1987) y Literatura, amigo Thompson (1989), en las que ensaya el uso de las memorias como recurso expresivo de la incertidumbre, así como La puerta falsa (1991), Correo de otra parte (1993), El árbol del cuco (1994), Veleta de la curiosidad (1994), El santo al cielo (1995), Las estancias del Nautilus (1996), Palabras cruzadas (1998), El vuelo del escribano (1999) y Derrotero de Pío Baroja (2000).

Lo que pocos saben es que Miguel está en Bolivia, que está tentado de establecer su base en Cochabamba, que vive fascinado por La Paz, que ha recorrido por Riberalta, Guayaramerín y Cachuela Esperanza, por Sucre y Potosí, y que prepara viaje por el antiguo Moxos y la Chiquitanía. Con algunas de sus agudas observaciones publicó el año pasado el libro “Cuaderno Boliviano”, Colección Alga de la Editorial Alberdania-Astiro, que presentará en la Feria del Libro de Santa Cruz, un fresco que contiene observaciones agudas, registros perspicaces, preguntas sin respuesta, pero sobre todo una percepción amable que recuerda la de Ciro Bayo, cuando vino, como Miguel, “a tratar de comprender a los bolivianos, ya fueran blancos, indios o mestizos”. En esa tónica escribe esta observación histórica y sociológica: “La indiada” es un concepto bien colonial y tal vez el primer gesto de desconocimiento del Otro, el que por medio de la palabra les arrebató su identidad individual, étnica incluso, convirtiéndolo en parte de algo amorfo y apartado. La expresión ha atravesado los siglos y llega hasta el presente en la boca del blanco y en el rictus del desprecio. “La indiada” eran muchas etnias distintas con culturas propias, muchas más de las treinta y seis actuales. Es uno de los primeros signos de racismo.” Sus observaciones más sugestivas para el lector boliviano se refieren al sentimiento de otredad que separa el cuerpo social de un país, y que parecería al borde de la esquizofrenia. Miguel dice que a los indígenas les “ha llegado la hora de contar y contarse”. “Sus relatos, al margen de las verdades oficiales largamente impuestas, están de entrada desautorizados por venir de quien vienen. Tienen que luchar mucho para lograr ser escuchados, al margen de los etnólogos, los antropólogos, los folkloristas. Hasta los escritores les dan la espalda.” En esa línea, Miguel se pregunta: “¿Por qué la Madre Patria no es la más solidaria a la hora de celebrar la transformación de sus hijas más desdichadas?” Y remata: “Conviene decirlo una vez más: España conquistó América, no la descubrió jamás. Ahora, tampoco.” Miguel no quiere ser como los europeos o los criollos blancos a quienes critica. Él quiere comprender a esos “invisibles” que nos rodean en Bolivia por todas partes y que nos resistimos a verlos.

La obra de Miguel es una fiesta de la prosa, sin retórica huera, más bien con ese estilo austero, a ratos ácido, a ratos humorístico, a ratos desconcertante, siempre seductor por su pensamiento nervioso y su mirada ávida que salta de un detalle al otro, sin demorarse en el paisaje o los sitios turísticos, pues lo suyo es la condición humana, la disposición del buen viajero por registrar aunque haya cosas que no entiende, pero jamás pontificar ni juzgar con ojos eurocentristas.

Pareciera que en seis décadas de vida no hubiera perdido la capacidad de asombro, incluso de pasmo, de los grandes viajeros que no vienen a juzgar ni a enseñar ni a predicar ni a evangelizar, sino a ahondar en los vericuetos del alma humana.

Miguel es un viejo hidalgo navarro que huye del mundanal ruido y de la concupiscencia de la fama. No busca el bombo ni el autobombo, sino el retiro propicio para seguir escribiendo. Aun así lo hemos sacado de sí mismo para que visite la Feria del Libro de Santa Cruz y nos ofrezca una charla sobre su experiencia de escritor y de viajero.

Nostalgias bolivianas

No sé si son la misma cara de la misma moneda o dos de las muchas caras que puede tener el laberinto urbano, el del merdeo y el gueto, porque de guetos vamos hablando ya, porque en ellos vamos viviendo. Ayer tarde perdí una foto estupenda porque la escena me dejó boquiabierto. Con el último sol de la tarde, vi pasar por la plaza del Castillo a una chola de mi edad, con su chal, su borsalino, sus polleras de lujo, de unos colores dorados,  guindas y rojo fuego. Una aparición… maravillooosa, habría dicho el Ramón Rocha. Hoy, cuando regresaba de andar,  en una calle de la ciudad vieja, vieja calle de San Lorenzo, he visto este cartel, casi enfrente del ultramarinos Cochabamba, que en otra lugar, con o sin Huari o Paceña, prometía un festín. Nostalgia y emoción que ha quedado rota porque me ha salido de un portal un jito con un pitbull, sin bozal ni correa, al que el cuerpo le pedía sangre (al jito) y que me ha confirmado que en cuestión de perros peligrosos quienes representan una amenaza cierta son los dueños. Ignoro que mosca le picaba al jito, pero verme con una cámara en la mano le ha parecido una amenaza intolerable.  Mordemos. Estamos que mordemos. Pero el cartel, el cartel me ha hecho ver no ya cómo ha cambiado la ciudad antigua, menestral y mansa, sino cómo he envejecido, pero me he felicitado de no vivir en aquella otra ciudad de los curas, las monjas, los frailes, las cornetas y tambores de los cuarteles, aunque algo o mucho quede y no sea tan castizo como el de esa vieja monja que ha ido a la vieja cerería a por material profesional: Perorata del desahuciado la mía o del insensato o del enjaulado. Viejo, todo viejo, y pardo, como en el poema.

Mercado dominical

Nadie discute la frescura de eso grandes pescados que vienen del río Mamoré… el chicharrón de surubí es un gran plato.

Esta mañana de silencio total me fui a los mercados a por algunas cosas que necesitaba. Por las calles del centro no había un alma, no porque hoy sea domingo, sino porque ayer fue el Corso de Corsos  y la ciudad tembló desde las ocho de la mañana hasta entrada la madrugada con miles de personas bailando al son de casi cien charangas que ocupaban varios kilómetros de calles, más petardos incesantes y  ritmos repetidos hasta pensar en hacerte derviche giróvago, por lo menos… Me gusta la música, pero matan los músicos si dan en muy tocadores (Padre Joseph Francisco de Isla en su Método racional para curar sabañones). Ayer tarde fui a ver a mi amigo Ramón Rocha Monroy que estaba en el hospital y, aparte de reírnos con ganas de nuestras cosas, algo que parecía ofender a las enfermeras, convinimos que estábamos hasta los mismísimos del estruendo atronador que entraba por la ventana y del folklore hecho espectáculo de riguroso pago. Se las ingenian para que, si no pagas, no puedas ver nada. Y un día te cansas, del folklore de tu casa… y de la ajena. Hay que poner demasiado entusiasmo o ser del gremio. En la fiesta loca o estás dentro, o abstente. Claro que si te gusta estar sentado horas y más horas como un pasmarote, bebiendo una cerveza detrás de otra, no tengo nada que decir. Por cierto, no tengo la seguridad de que hoy sea el llamado Domingo de Tentación… no tengo la seguridad de nada. Eso sí, hemos visto dos camiones repletos de gente muy adulta pintarrajeada de azul, como pitufos, iban de cara a las montañas, muy farreados, de ayer y de hoy. Interminables carnavales bolivianos.

Bueno, estábamos en los mercados. Me gustan más los de Cochabamba que los de La Paz. Los de Cocha  empiezan, callejeros, alrededor del 25 de Octubre, en el centro (ya volveremos porque dicen que dan el mejor fricasé de Bolivia en unos comedores que parecen nichos de camposanto) y acaban en el zoco colosal de La Cancha y la antigua estación de ferrocarril. Mucho colorido, mucha bulla, mucho venteo de mercaderías y mucho apreciar la mejor puesta al tacto, donde dejan. Vendedoras de fruta, de verduras, de quesillos, de carbón vegetal para parrilladas, vísceras, pastas, zapateros al paso: “¡Los domingos no se trabaja!”, grita uno, “¡Pero se vende!”, le replica otro… Hay que dejar los escrúpulos en casa. Y eso que no todo es venta a pie de tubo de escape. Me he acordado de algo que decía una de mis abuelas: que los hombres no teníamos que ir a los mercados: “¡Os engañan, parecéis tontos!” Es posible. Regatear con una casera boliviana tiene su miga. Imbatibles, carajo, llevas todas las de perder. Los gitanos son más accesibles. Y aquí se precia y regatea mucho. Además, lo quieras o no, compras más de lo que necesitas y puedes razonablemente consumir. Los ojos te traicionan y más el saber que estás de paso, muy de paso.

El Triunvirato y las guarrindongadas

Esta entrada se la dedico a carcajadas a esa especie de ángel de la guarda de los fogones que es David de Jorge, en recuerdo paceño ya de sus guarrindongadas.

Ramón Rocha Monroy es aficionado a la gastrosofía (ha escrito mucho y bien sobre la cuestión) y a las sesiones suicidas de campo a base de platillos que dan en patios y boliches curiosos o a trasmano. Todavía tengo fresca una sopa de hígado que nos dieron en casa del campeón de pelota vasca de Bolivia el día que fuimos a visitar el cementerio israelita.

Esta mañana, antes de salir para La Paz, le tocó el turno al Triunvirato, un boliche paredaño a mi alojamiento en el que nunca había entrado. El cancerbero es un paralítico de pocas pulgas. Un comedero a la sombra y muchos exvotos e imágenes religiosas por las paredes deseando paz y amor, junto a una carta escueta y contundente. Cuando hemos llegado eran poco más de las once de la mañana, pero enseguida se han ido llenando las mesas de compadres y familias silenciosas con evidentes signos de haber chupado ayer domingo de lo lindo. Un silencio de reposo y calma. La sopa de la casa, el Triunvirato, tiene fama de ser milagrosa contra las uvas sordas.  Una leyenda urbana porque el plato es explosivo acompañado además de una llajua de locoto verde que, como decía Ciro Bayo, es un auténtico botafuego. Vida sana. Cada cual tiene los amigos que tiene y mi lazarillo cochabambino es un Tragantúa a quien saludan con cariño y alborozo en todos los boliches a los que vamos: “¡Ay, se nos perdió don Ramoncito!”, y le enseñan las fotos de los hijos y los nietos, que lo mismo pueden estudiar para ingenieros petroleros.

Pongamos sus componentes, más que nada por curiosidad científica: pulpito (también llamado cagalera), libro (ranga) y riñón troceado, y como he dicho la llajua verde  Tal vez no levante a los muertos, pero deja a los vivos en un ay. Me he acordado por fuerza de uno de los platos rumanos que más me gustaron: la ciorba de burta que al lado de este triunvirato es algo digno del Fauchon de la Madeleine. ¿De verdad que el secreto del viaje es no hacerle ascos a nada?