Fotografías y espejos

Estaba repasando (a la repesca de una cita) un viejo libro de crónicas de vida cotidiana de Pierre Mac Orlan, La petite cloche de la Sorbonne (1959), su vida, sus relaciones, la época de su juventud en Montmartre antes de la PGM y después, los pintores del Bateau-Lavoir, donde un Picasso con un pañuelo rojo y un mono azul de obrero era el único artista o poeta que no parecía un mendigo… cuando me he tropezado con la mención a uno de sus fotógrafos favoritos, Wlly Ronis, y a su «verdad» callejera y su poesía amarga de la calle de un París proletario que ya fue, el de Prévert y Les enfants d’Aubervillers… Aquí la famosa fotografía de la sindicalista Rose Zehner, en un mitin de 1938, en la fábrica Citroën en huelga, en solidaridad en ese momento concreto con «los compañeros de España…»

—¿Y la cita?, pregunta mi sombra.

Ah, sí, se me olvidaba, decía Mac Orlan que, a partir de cierta edad, si te da por recordarte de joven hecho un campeón, lo mejor que puedes hacer es irte a vivir al campo porque ahí no corres el riesgo de cruzarte por sorpresa con ninguno de esos espejos callejeros que te recuerdan la edad que tienes y el previsible estado en el que estás.

El muelle de las brumas

img_0051Compré este fotograma de El muelle de las brumas (1938) en París, a finales de enero de 1989, en una librería especializada en cine que había en el pasaje Jouffroy, al pie de las escaleras, junto a Museo Grevin. Desde entonces la he tenido al alcance de la vista en mi cuarto de trabajo. Me gusta mucho esa película y también la novela del mismo título, de Pierre Mac Orlan, en la que se basó (de lejos) el film. Tanto Marcel Carné, su director, como Jacques Prévert, su guionista, hicieron lo que les dio la gana, empezando por situar la taberna de los derrotados –El Lapin Ágile de Montmartre, junto al Château des Brouillards, que da título a una novela de Dorgelés– en Le Havre, una ciudad que, al principio, no dio permiso para que se rodara la película en sus calles para que el público no pensara que en Le Havre no había más que desdichados. La película tiene momentos memorables, no solo por la réplica famosa, aunque no la más famosa del cine francés como se ha dicho:

Jean (Gabin): T’as d’beaux yeux tu sais.

Nelly (Michelle Morgan): Embrassez-moi.

Jean Gabin, Pierre Brasseur, Aimos, Michel Simon, Le Vigan… y una Michelle Morgan que deslumbró con su mirada al director y al guionista: el contrapunto a la mugre de la época por parte de alguien que no era ajena a la desdicha.

Momentos muy intensos, de gran poder evocador y simbólico, como cuando Nelly que espía la llegada del amanecer dice: «Cada vez que amanece creemos que va a pasar algo nuevo… algo fresco… y luego el día cae… y hacemos como él».

Jean, el desertor, se queda con la ropa de un pintor suicida que tiene niebla en la cabeza, encarnado por un gran actor de vida agitada y oscura: Le Vigan, el amigo de las juergas monmartroises de L. F. Céline, en la rue Girardon y alrededores, colaboracionista activo durante la Ocupación –personaje de D’un château l’autre– y al final refugiado en la Argentina, en Tangil, plena Pampa, donde anduvo de taxista. Antes, como muchos otros, Le Vigan pasó por Barcelona y dio clases de francés. Entre sus alumnos estaba la esposa de Carlos Pujol (según me contó este).

Pierre Mac Orlan protestó de la aparición de este personaje porque no está en su novela y Carné le dijo: «¡Pero Pierre si ese es el único personaje de tu libro que queda en la película!», según cuenta en libro de memorias La vie a belles dents.

En otra escena aparece el escritor surrealista y de novela negra Léo Mallet con uniforme militar y la pipa en la boca… Poco después de firmar un manifiesto pidiendo la cabeza de Gil Robles refugiado en Biarritz y de saber que la ayuda oficial a la República española era inútil.

«¡El capitán se ha quedado solo a bordo!», exclama Quart-Vittel con el barquito que ha quedado destrozado en el tiroteo entre los gánsteres y Panamá, el bodeguero de ese fin del mundo.

A Mac Orlan le fascinó Michelle Morgan y escribió líneas hermosas sobre su película, ambiente y fondo, sobre la época de bohemia miserable y de hambre en la que está basado el relato: «El muelle de las brumas de Carné es un testimonio de la miseria, esa miseria sin brillo que se arrastra en los barrios bajos de las ciudades como una niebla impenetrable».

Jean, el desertor, convertido en pintor que pinta lo que se esconde detrás de las cosas, pertenece a la historia personal de Pierre Mac Orlan que este no contó nunca: «La gente no sabe lo que sucede entre medianoche y el alba», algo así dice Zabel el siniestro personaje encarnado por Michel Simon –otro amigo del Céline crepuscular en su casa Meudon cuando lse fotografían en compañía de una sonriente Arletty–. Película sombría, cierto, no del todo bien acogida en una época en la que los desertores no estaban bien vistos, pero en ella brillan los destellos de coraje de los que no se resignan a naufragar del todo en la desgracia… gracias a Prévert y a su poesía cierta. Mac Orlan fue más derrotista, lo admitiera o no.

Dignimont ilustra a Francis Carco

carco

La imagen de la cabecera de este blog es una viñeta de André Dignimont, de las que ilustran Les innocents (1924), de Francis Carco, escritor muy prolífico y de éxito rotundo en sus novelas, crónicas, recuerdos, poemas y canciones… Fue el escritor del hampa y de su argot, de los legionarios y la Colonial, de Montmartre, de la rue de Lappe, la de los bailongos y los cabarets de la perra suerte, de la bohemia, las calles oscuras de la prostitución, de los puertos del norte, y de un París casi ya por completo desaparecido en su urbanismo. Sus camaradas de los días felices: Dorgèles, Mac Orlan, Aragon –que le dedicó un poema memorable gracias a Jean Ferrat–, Paul-Jean Toulet, Gen Paul (el amigote de Céline), Derain, Vlaminck… Cafés, bares, bistrots, barrios descalabrados, tanto si son los arrabales como el vientre de la ciudad, son los escenarios en los que se mueven los hampones y gamberros de Les innocents. Épica de la desdicha y de la mala suerte la suya, como la de Mac Orlan, por mucho que lo disfrazaran de pintoresco sentimental.

El ejemplar del que está sacada la viñeta estuvo en la biblioteca de Fermín Negrillos, cuya sombra pasa por el Diccionario de las vanguardias. Negrillos fue un lector furioso en una ciudad de curas y militares, poco amiga de la lectura y los libros, y casi ciudadela todavía en la época en la que él leyó allí a Proust en primera ediciones, a Sade en las clandestinas de J.J. Pauvert o a Joyce en su primera edición argentina de Ulises, que no tengo ni idea de cómo pudo ir a parar allí. Durante años, Negrillos tuvo un permiso del gobernador civil de los alzados permitiéndole leer libros prohibidos habida cuenta de la furia por la destrucción y el expurgo de bibliotecas privadas que les entró a los amos de la situación en 1936. Lo tenía colgado en su biblioteca, diseñada por el arquitecto Víctor Eusa, miembro de la Junta Central de Guerra Carlista en los años más negros de la represión de la retaguardia, y responsable de esta. Esa biblioteca de la calle Eslava, fabulosa en su diseño y colosal contenido, era el escenario de las reuniones del sanedrín de los alzados, y luego vencedores muy enriquecidos, durante y después de la Guerra Civil, con el periodista Garcilaso a la cabeza: todo lo que la gente de orden, la de toda la vida, ha venido ocultando con tesón hasta ahora mismo. Escribas lo que escribas no se dan por enterados. Leyera lo que leyera, viajara a donde viajara, Fermín Negrillos fue un colaborador de los alzados y quien llevó en su coche a Garcilaso a Badajoz, pocos días después de la matanza para que este escribiera un reportaje de contra propaganda franquista que encunriera el crimen de Yagüe. La biblioteca de Negrillos se desbarató en los felices ochenta. (De La novela desordenada)