Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

 

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada… en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados… ¡Platillazo! ¡Tuba!… si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

Y volver, volver…

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Ya estoy tardando, pero no renuncio a hacerlo más pronto que tarde, como quien se mete espuela a sí mismo, jinete de alma perdida que se hunde en la noche (la de vueltas que le he dado al relato de Irving desde que lo leí de niño).

Kay llakikuna, kay phutikuna,
amaña kaypi kachunchu.
Amaña ima llakipas kachunchu.

Estas penas y tristezas / que ya no estén más aquí. / Ninguna tristeza se quede aquí.

Esto copio De Ina Rösing, la autora de Las almas nuevas del mundo callawaya (Análisis de la curación ritual callawaya para vencer penas y tristezas). Nada que ver con la fotografía que es de la feria dominical de La Ceja, de El Alto, por donde estaba el librero de batalla y derribo al que una chola como las de la imagen le increpó impaciente: «¡¿Pero cuándo me vas a traer mi Flavio Josefo!». Y volver, volver… Chuquiago marka, encrucijada y fuga (título provisional) mi crónica de esa ciudad que te agarra y no te suelta que, ahora sí, ahora va a ver la luz, en su sitio además, la ciudad de La Paz, Bolivia.

No solo me he acordado de los rituales callawayas para espantar el susto (algo que hacían los curanderos del Pirineo navarro a finales del XIX) y recuperar el alma, sino de una conversación con Víctor Hugo Vaca Guzmán, maestro charanguista, en Sucre, un pozo de información sobre usos y costumbres de la población originaria de Chuquisaca.

A lo dicho, y volver, volver, volver…

Recacoechea y su ciudad

juan-recacocheaAmerican Visa fue la primera novela boliviana que leí, en mi primer viaje a La Paz (junio de 2004). Inolvidable por tanto. La compré por el apellido del autor porque me remitía a los de la tierra fronteriza en la que vivo y de la que procedían los ancestros de Juan de Recacoechea, según él mismo me contó en un encuentro para mí memorable que tuvimos en La Paz: Cuando te ríes a carcajadas con alguien, gracias a su ingenio y a su visión lúcida y escéptica, inteligente, de las cosas, es más que probable que no le olvides jamás.

Esa primera novela la leí en un cuarto ciego de un alojamiento siniestro del barrio del Rosario, por donde pulula el protagonista de su novela y por donde lo hacía, y se nota mucho, el autor, que demostró conocer su ciudad como la palma de la mano, tanto que a veces pienso si el verdadero protagonista de sus novelas no es otro que La Paz, sus barrios más populares (y menos populares), sus calles abigarradas, pasajes y callejones siniestros, sus recovecos y la fauna variopinta que la habita.
El Reca, un novelista que se metía donde no se mete nadie, digamos, algo balzaquiano. La hoyada no era un pozo, al menos para él y su capacidad de invención. Lo menos que se le puede pedir a un novelista es que sepa de qué escribe.
De ahí que me parezca un reduccionismo fácil y perezoso calificar a Recacoechea como un escritor de novela negra y sólo eso, porque tengo para mí que es algo más.
Convengamos que sus tramas puedan ser “policiacas”, pero con ellas trataba asuntos graves de la realidad social y política boliviana largamente denunciados, como son la inmigración, el trabajo precario, el expolio de obras de arte, los crímenes políticos y no políticos que no se resuelven jamás, la corrupción, la miseria, la impunidad del más poderoso… La biblia copta, La abeja reina…
Y sigo, Toda una noche la sangre me parece una novela soberbia acerca del asesinato del jesuita Lucho Espinal a manos de paramilitares y no paramilitares, una forma de explicarse la mentalidad de esos personajes sobre los que ha caído un manto de olvido, se escriba sobre ellos lo que se escriba.
Quiero creer que Recacoechea sabía del valor de la escritura, más allá del aplauso volátil de la tribu literaria. Eso me pareció al leerlo, al escucharle, y así lo escribo… y me voy riendo, ay, Reca, tenías cosas geniales, gracias, hombre.

En el día del Tata Santiago

P1120619Los rancios de la camisa azul abrían sus virguerías literarias de efeméride con un rebuscado y solemne anacronismo: «En el día del señor Santiago», es decir, hoy. Yo prefiero hacerlo del Tata Santiago boliviano que enmascara a Illapa, el dios andino del rayo, el trueno, la lluvia, la venganza, la justicia y demás imposibles raras veces vencidos. Hoy, hace unos pocos años, estaba una vez más en Guaqui, en la iglesia y santuario de Santiago, el de la Iglesia católica y el de los yatiris del lago, más lejos, en una ladera que domina un amplio panorama con el Titikaka como fondo, que ofician sus  propios ritos  en las alturas alrededor de cruces y piedras o apachetas que les son sagradas.
Los retablitos del Tata Santiago son muy comunes entre las familias de campesinos y comerciantes que el 25 de julio acuden a su santuario a bendecirlos y a llevar gladiolos a su capilla,  encender velas, pedirle favores y grabar sus peticiones a punta de navaja en las paredes renegridas de humos, cubrirse con maná o pétalos, lucir chales de lujo y joyas de oro viejo, procesionar por las calles, comer pescados del lago en los puestos callejeros, challar y beber cerveza…
En su capilla, bajo la imagen, he visto ofrendas de todas clases, cartas al más allá, piedras que han pasado por challas poco ortodoxas, aerolitos tal vez, azúcar, arroz, pétalos, huesos, envoltorios… y en uno de los muros había un cartel que decía que estaba prohibido encender velas negras, que allí se acude  a hacer el bien y no a desear el mal, algo que sin embargo va  con las penumbras de la naturaleza humana y con quien se siente burlado, estafado, agredido y no encuentra justicia ni reparación… que los cielos arreglen lo que no hay manera de arreglar desde la tierra con  las manos del trabajo. Los yatiris de las negruras y los descalabros mortales no están allí, sino en la carretera de Oruro… metían miedo hasta de lejos y eso que andaban jugando al balón, pero esta es otra historia.

IMG_1537Y lo mismo hacen, otros devotos o los mismos, poco importa, el 3 de mayo, pero esta vez en el templo de los yatiris, con otros rituales y otras oraciones en las que los latinajos aproximativos se mezclan con el castellano rudo y el aymara. ¿Devociones? ¿Supersticiones? Lo mismo me da porque en el fondo de desamparos,  precariedades y reveses de la perra suerte es el mismo. De los gajes del humano vivir se trata, que son muchos.

IMG_8606¿Regresaría? Sin lugar a dudas, el 3 de mayo y el 25 de julio, y en cualquier fecha, pasaría por el cementerio, vagaría por la ladera desde la que se divisa el lago, entraría, miraría, escucharía rezos, murmullos, olería el aceite hirviendo de las sartenes donde fríen pescados, el humo del palo santo, el incienso, la cerveza… y lejos, me pararía a escuchar el silbido del viento entre la llareta y la paja brava, o el silencio, la luz.
–¿Pero no ha ido usted a Guaqui suficientes veces, hombre, que el tiempo apremia? –me pregunta insidiosa mi sombra.
–No, nada está nunca demasiado visto ni vivido, no al menos para mí, ni en Guaqui ni en parte alguna.

Haizegua

Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía  hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

captura-de-pantalla-2015-08-20-a-las-09-14-32Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]

 

Haizegua, para la revista Siwa.

dsc_00401Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y a andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]

 

 

 

El “Juan Fernández”

El pailebote Juan Fernández, que no sé si si fue el del colono suizo Alfred De img_2595Rodt, pero sí que entró un día en puerto por haberse amotinado la tripulación en alta mar, lo compré en la plaza O’Higgins, de Valparaíso, hace doce años. Acababa de regresar de un  viaje accidentado a la isla de Juan Fernández, la de Alejandro Selkirk, al que ya muy mayor, en una taberna de Londres, sumergido en su bebida, se le oía decir refiréndose a Daniel Defoe: “Me robó mi historia”. El amigo en cuya casa vivía pensó que había perdido la cabeza. Y el taxista que me subió a Cerro Alegre con el barco en brazos me miraba raro por el retrovisor: “¿A dónde va con eso?” “A Navarra” “¿P’a donde cae?” “En el norte de España” “Ah…” y miraba y volvía a mirar.
Luego, he contado ya en algún lado, mi amigo y yo, con varias morteradas de pisco sauers, algunas botellas de Casillero del diablo de por medio y varias parrilladas, construímos poco a poco una preciosa maleta de madera que viajó dando tumbos hasta Pamplona con el barco dentro. Las asas eran de Carretero, un guarnicionero como para poema de Pablo Neruda… Las cosas, ese misterio.
Me gustaba mucho el cachureo dominical de la plaza y el diario de las calles adyacentes: una insripción del monumento a O’Higgins que habla de igualdad y de fraternidad, el recuerdo de la luz del otoño austral de varios viajes, en uno de los cuales escuché a un grupo que con voz recia y rotundos golpes de bombo  el tiempo que va pasando como la vida no vuelve más, una canción de más de treinta años atrás entonces, más de cuarenta ahora. ¿Y el barco? Ah, el barco ahí sigue, quieto, rodeado de ex-votos o reliquias, veo hasta una fotografía, veo, en la que asoman las jetas de dos novios de la muerte bolivianos, alemán uno, italiano y pistolero de Montejurra 76  el otro; una foto tomada en el pequeño puerto de Largo, el pueblo natal de Selkirk; una calavera de zorro del día que ví  asombrado cómo habían arrasado, en el pueblo de Azcona, el panteón de mi familia paterna, y todavía me pregunto qué habrían hecho con las momias, en fin, cosas; un frasco de pichicata de hace cien años, fabricada en un laboratorio de Barcelona y vendida, entonces por lo legal, como atestigua Ramón J. Sender, que trabajó de mancebo de botica en Zaragoza;  una velita que me dió una mujer en el cementerio de la Reinvierea, en Bucarest, junto con una bolsa de pastas (que me comí)  porque la viuda que iba de entierro me confundió con un mendigo…  ¿Y la isla? La isla allá lejos, en el recuerdo, en las páginas escritas y en la certeza de que tienes que vivir las tierras que pises como si no fueras a regresar nunca más.

El Tata Santiago

P1120626En el día del Señor Santiago… escribían hace más de setenta años los falangistas estetas para adornar dibujos de ese camino de los peregrinos que nadie recorría hace cuarenta años, mientras sus compinches floreaban las cunetas y cometían todas las sevicias que les venían en gana con los detenidos y las detenidas. Tiempos, otros, estos sobre todo, que son los que vivimos y padecemos, en los que nos la jugamos, aunque nos asomemos a la historia cercana y lejana, y a sus luces y sombras y sus horrores. ¿Moralistas como dice Teodorov en La conquista de América, o apuntadores fiscales, poseídos por el momento de otra verdad de la historia que nos permite ganar la partida sin esfuerzo, o meros curiosos de los hechos, por encima de ellos, sutiles interpretadores, tal y como aparece Ernst Jünger en sus hagiografías? Diletantes de la justicia, la bondad y la verdad. Peligrosos. Dañinos a veces.

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Hoy hace un año estaba en Guaqui, en la orilla del Titikaka, entre ofrendas, peticiones, humos de velas, gladiolos, capillitas, comilonas, challas, confetis, procesiones y ceremonias de yatiris por el campo porque es el día del Tata Santiago, que unas veces va de blanco con sombrero de espadachín, caballero matamoros y mata indios de paso, supongo, ya puestos, y otras de carabinero, de militar con gafas Ray-Ban y hasta de Che Guevara. Santiago, Illapa, dios andino del rayo y la venganza, todopoderoso, el que te da lo que no te da nadie, lo que ni tu mismo puedes conseguir trabajando como una mula: la devoción boliviana por excelencia, en dura competencia con las vírgenes de Urkupiña y Copacabana. Su capilla era un humazo y un bisbiseo de rezos, y apenas se veía el cartel que prohíbe encender velas negras porque allí se va a hacer el bien, no a desear el mal o a hacerlo. Asunto este que no sé yo, porque debajo de la imagen, me consta, hay restos habituales de ceremonias que poco tienen que ver con el culto de la iglesia católica, sino con otra cosa que nos resulta tan incomprensible como risible, a pesar de practicar mojigangas muy parecidas (a ojos de antropólogo de barbecho), pero claro, a nosotros nos asiste la verdad, a ellos no, ellos viven en el error. El resultado sin embargo es muy parecido: el azar es caprichoso y difícil de dominar, invoques a quien invoques, ya sean dioses bienhechores o vengativos, enciendas velas de colores, quemes palosanto o mesas a la Pachamama, o te acerques a la milagrería a la que tengas devoción, empezando por la farmacopea de cabecera –la que puedas pagar y te receten doctores cada vez más escépticos–, sin la que ya no puedes vivir, y que crees, confías, pequeños dioses de bolsillo, que te alarga la vida, o eso, o qué más da, y que, oh milagro, tal vez te permita seguir follando hasta el borde mismo de la fuesa. Lo demás, milagro también, y de los buenos, o golpe de dados, más trucado que otra cosa.

Carlos Amorales, mariposas negras… 1979

 

MON5949De la fantástica instalación del mexicano Carlos Amorales a un poema de Reinos Imaginarios, fechado en 1979… ¿Me reconozco? Apenas. Solo en las mariposas negras, las chapolas de Fernando Vallejo, sinónimo de almas en pena y para mí de los fantasmas, las pifias y los agravios, los gatillazos, los bochornos,  los malos recuerdos de la duermevela… a cierta edad la noche es más corta de lo que debiera. Solo en el dormir hay misericordia, decía Carlos Fuentes. Treinta y cinco años pasan como pasan, del joven todavía veinteañero que fui  al tipo que le clavaron la etiqueta de vivir en “el otoño de su existencia”, y ahí sigo, por mucho que agite las patas… Mariposas, no negras, amarillas, anaranjadas, por bandos cerrados,  como pañuelos de seda inmovilizados en el aire, azules, grandes como la palma de la mano, en la pista de color teja entre Guayaramerín y Cachuela Esperanza… las prefiero, saldría en su busca ahora mismo.

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A mi amigo Miguel (Ramón Rocha Monroy en Facebook)

A mi amigo Miguel
Cada vez que voy a La Paz desvío mi recorrido por los rumbos que frecuenta un amigo de Navarra, es decir, del Cementerio a la Illampu, a comprar buena coca, y luego calle abajo o sigo por la Sagárnaga hasta San Francisco.
Es curioso que siendo boliviano frecuentaba la zona sur, pero por seguir los rumbos de mi amigo Miguel ahora puedo decir que conozco La Paz profunda, donde encuentras cosas insólitas como aquellos restaurantes de comida kosher que tienen menú en hebreo y valerosos paceños y paceñas que hablan en ese idioma curioso para hacerse entender.
“A Bolivia no vengo por turismo, vengo en peregrinación”, me dijo Miguel Sánchez-Ostiz, escritor navarro, en su séptima venida a nuestro país. Recala en Cochabamba pero no sabe en qué momento ir a La Paz. Se conoce de memoria los mercados, los recovecos pero sobre todo los rostros aymaras que pueblan las miles de fotografías que ha tomado. No es fotógrafo, pero si uno revisa su blog encuentra las ilustraciones más sugestivas de los mercados bolivianos que acompañan su bitácora escrita (vivirdebuenagana.wordpress.com).
Este culto es común entre chukutas; son en cambio contados e ilustres los hermanos de otros países que aman el nuestro y no por sus paisajes sino por su gente, no la gente blanca sino la originaria que habita en los mercados cocinando manjares para estómagos recios y paladares abiertos. Mirar nuestro país con otros ojos y prestarle oído al fraseo cotidiano y popular hacen del blog de Sánchez-Ostiz una lectura intensa y deliciosa, tanto en las veredas navarras del valle de Baztán, donde vive, como en La Paz y Cochabamba, pero en sus sitios más auténticos y populares.
Miguel publica las fotos de dos ancianas y dice, por ejemplo: De entre los cientos de coqueras callejeras o no, de los alrededores de los mercados paceños estas dos, una de la calle Gallardo, frente a la salida de camiones de carga y pasajeros, y otra de la Segurola, junto a las vendedoras de entrañas y despojos.
O bien publica la fotografía de un viejo vendedor de hechizos y comenta: Como cada día que callejeo por los mercados paceños, de regreso he ido al callejón Jiménez a tomar un café al Pepe, un cafetín agradable, frecuentado por mochileros y por ex soldados israelís, raro en ese entorno de artesanías industriales, gringos de parranda, yatiris de buena y mala suerte. Ya no existe. He preguntado. “Se han ido”, me han dicho. Conocí a su dueño hace nueve años. Ahora es un comercio de artesanías. A cambio me he encontrado a ese vendedor de amuletos en un callejón que corre a un lado del mercado Uruguay, entre la Segurola de los maleantes que todavía montaban guardia mañanera y la Max Paredes de la quincallería de menaje, el barullo, la polución, los bocinazos… La Paz para mí inagotable.
Carpe diem: allá va Miguel por las calles de La Paz, a paso infatigable, y yo lo sigo por los mismos rumbos. Miguel observa y escribe: Lo que si estoy viviendo es la indignación de los bolivianos que, en tu calidad de español, te hacen participe de su indignación, de la manera más cortés o más hostil. No es grato. Tú no representas a ese país, ni a su repulsivo gobierno, no vives de la gorra rojigualda y de su pesebre… pero. Y en esa situación mostrar tu propia indignación cuenta poco porque suena a querer escabullirte de una situación bochornosa y solo eso por mucho que pienses que el tuyo es un gobierno autoritario y encima lacayuno de los intereses norteamericanos que ha permitido una y otra vez desprecios a su soberanía. El titular del editorial de El País, “Trato intolerable”, parece decir mucho, pero aparte de ser certero, no acaba de redondear una condena que tiene responsables políticos, por esta ha sido una decisión política que desenmascara una actitud de prepotencia hacia latinoamérica y de sumisión de Estados Unidos. Las negaciones del ministro de Exteriores son propias de un trilero. No me extraña que aquí, por precaución, los mangueros rojigualdos hayan cerrado sus oficinas.
Ha traído un libro de Michel Onfray, nuestro filósofo de culto, que titula Teoría del viaje, y cita: Sigo con Onfray, en las páginas finales de su Théorie du voyage: “Algunos regresan de manera compulsiva a lugares ya visitados, reencontrando costumbres de sedentarios en el corazón mismo de la experiencia nómada”. Cierto, soy de esos, no me importa confesarlo. Y si lo hago es tal vez porque lo que busco en esos viajes no es satisfacer una pasión, ya vacilante, por “lo nuevo” como fetiche intocable, lo exótico o, como él dice, la “extravagante belleza” ni ese exótico expresionista de “lo otro”, tan falso, tan manido, tan mendaz en su discurso humanitario. Sé que en esas idas que son regresos, me pierdo algo, en algún lado, pero eso es tan continuo y desde hace tanto tiempo que ya forma parte de mí y de lo que escribo. Algo ha podido ser y no ha sido. Cuando se tiene el sentimiento intenso de que la vida está en otra parte, como escribía un Tabucchi embriagado de saudade, eso no tiene remedio. Sé algo más, que si no he terminado de escribir Las puertas de Valparaíso, ha sido por dos motivos, uno porque siempre he pensado que iba a regresar y que en ese nuevo viaje iba a ver y vivir lo que no había visto ni vivido en mi anterior viaje, y otro, que dar por terminadas esas páginas iba a ser cerrar por las buenas y para siempre unas puertas, una puerta que había tenido abierta. Viajes cerrados, libros abiertos… Y volver, volver… ¿A qué exactamente? Me temo que por mucho que me esfuerce no voy a dar con una respuesta satisfactoria. Entre tanto me engaño como puedo, emocionado, entusiasta, en ruta. Y al fondo, el verdadero argumento de la obra y uno de los vientos del viaje: el Tiempo.
Es la víspera de su llegada a Bolivia. Pasará cinco días en Cocha y luego a La Paz, a talonear hacia arriba porque es el mundo que le interesa. ¿Qué tiene La Paz para merecer semejante atención de un navarro?
No pensé hallar en un navarro tanto cariño por mi país, pero particularmente por La Paz. Recuerdo que escribí una nota larga sobre Jaime Saenz, para presentar la última edición de Felipe Delgado por Plural Editores y entonces Miguel escribe: De hecho si viajé en 2008 a Bolivia desde Chile fue para conocerle, porque había leído un artículo suyo sobre Jaime Sáenz que me había gustado mucho (al año siguiente me regaló todos sus libros de poemas en primeras ediciones).
La Paz ejerce una atracción, un magnetismo, una fascinación especial en quienes la visitan, lo mismo del interior del país que de otros países. Unos se inclinan por el paisaje, pero otros saben ahondar en la condición humana, y entonces la atracción es irresistible.