La Paz, en el día del peatón.

Hoy en La Paz es el día del peatón, de modo que las calles estaban desiertas de vehículos y ocupadas por gente a pie, bicicletas, patinetes… Solo que, en cuanto te apartabas del centro, las calles que sueles ver atestadas de gente, comerciantes y vehículos estaban  extrañamente solitarias, como muertas, y los tendales cubrían los puestos de mercaderías. Muchos mendigos y muchos borrachones, en grupo y en activo reñidor, o durmiendo la mona por la aceras. El mendigo afroboliviano de la puerta de la iglesia de San Francisco, se había cagado ostentoreamente encima, pero no cejaba en su empeño de tender una mano a la caridad del peatón, el fraile y el turista, mientras que con la otra hacía esfuerzos por despegarse del cartón sobre el que estaba sentado. Acróbata. Me he subido hacía la Segurola con intención de comprar algo de hoja de coca, buena para el tristeo solitario y los chaquis del alma, pero todas las cocanis  habían desaparecido, incluso el hombre mayor de la León de la Barra, al que le compro habitualmente, tenía el chiringuito cerrado.  Ignoro el motivo porque otros domingos estaba abierto. En la Segurola he encontrado abierto el puesto de una cocani  de edad y malhumorada,  y cuando le estaba pidiendo un cuarto de libra, se me ha echado encima un borrachón que, a juzgar por las mataduras y heridas que le cubrían  la cara, tenía  una noche intensa a sus espaldas, al grito de «¡Money, moneyı», momento en el que la cocani ha cogido un cuchillo que tenía a mano en uno de los tambores y le ha largado un punchazo que el otro ha esquivado trastabilleando… animación, mucha, porque la cocani ha aprovechado el barullo para pesarme de menos, como corresponde y es admitido. Día del peatón. A casa, a verlas venir.

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Callejero paceño

Esta mañana me eché a la calle para comprar ají picante (mucho), bien lavado y molido. Fui a comprárselo a una casera de la Max Paredes que hace unos años me enseñó como prepararlo para incorporarlo a los guisos de arroz y otros, y me ha proporcionado cada semana mi nostalgia boliviana. La mujer, en el setentena, ha estado muy simpática y me ha explicado sus métodos de moler ají en batán para que salga limpito. La recordaba afable, pero hoy me sonreía coqueta mostrando una dentadura profusamente decorada con estrellitas y corazoncitos de oro. A las buenas hemos quedado, me ha dado la manita y me ha encomendado al Señor para que me proteja en mi viaje. De eso me he acordado un rato después cuando en la plaza de San Pedro he oído las soflamas apocalípticas de dos predicadores al paso que biblia en mano amonestaban, desgañitándose, a todos y sobre todo a nadie, como perdidos sin remedio, desde el llamado Kiosco de los Mariachis. Sobre la plaza caía un sol abrasador.

Hay veces que patear La Paz, aturde. Estos días, por ejemplo, a ritmo de petardos, gritos, matracas –hechas con botellas vacías de refrescos y piedras–, bloqueos… Hoy merodee por las calles Burgoa, Lara y Boquerón, muy de mercadeo callejero, de piso de cantos rodados pulidos por el roce, embalajes de cuerda y paja, azules las chawiñas, los mandiles, las tribunas y los tendales… azul cielo, paceño. Casi todos los puestos estaban cerrados y las caseras sentadas en el suelo cortando las calles con unas grandes banderas bolivianas de lado a lado. Luego han cortado el centro de la ciudad, petardo va, petardo viene, con una marcha de miles de comerciantes al detall… A las protestas bolivianas hay que mirarles las trastiendas, a todas, y en muchos casos hacer orejas de mercader.

 

 

Retablitos del Tata Santiago

En los chamarileros y vendecositas del barrio del Rosario, de La Paz, además de mucha artesanía para turistas,  hay profundidades, oscuridades insondables en las que lo mismo encuentras máscaras de diablada orureña que guardatojos mineros, piezas de arqueología, verdaderas o falsas, que armas de guerras perdidas, telas antiguas que adornos de platería… En alguna ocasión he visto a campesinos ya mayores acudir a vender sus cositas, sus cuatro posesiones, un cinturón, una bolsa antigua de coca, unos peces de plata baja, prendedores, para recibir a cambio cuatro perras… y era triste verlo. A veces aparecen libros y en algunos de esos tabucos suele haber  retablitos de devoción doméstica que los evangelistas han pasaportado para mejor vida. Fue una evangelista la que me dijo que desde que creían en la religión verdadera, ya no tenían retablitos; a cambio, dejó la Biblia que estaba leyendo para intentar endilgarme unas piezas de arqueología erótica positivamente falsas. Cosas. Algunos de esos retablitos del Tata Santiago, abogado para todo, que se ve han sido muy rezados, están hechos sobre piedras del rayo. La del de arriba no sé si es del rayo, pero pesa siete kilos. Me lo deshicieron en la aduana en busca de pichicata. Ahora lo tengo en mi cuarto de trabajo y es un eficaz recordatorio de Bolivia y sus días intensos y felices.

En el día del Tata Santiago

Hoy hace cuatro años estaba de nuevo en Guaqui. Día de ofrendas y de peregrinaciones familiares o comunarias al santuario del Tata Santiago, el dios Illapa también, en la cosmovisión andina, culto de sincretismo muy arraigado a ese señor del rayo arreglalotodo, al que pedir lo imposible, casas, coches, pleitos y hata venganzas, por eso está prohibido enceder velas negras en su capilla, porque ahí se va a hacer el bien, no a desear el mal… Día de procesión, muchas flores,  fritangas de pescaditos del lago, cohetes, challas, mixturas, bendición de imágenes, retablitos… «Padre, quiero recibirme en confesión…», me dijo una mujer mientras, otra porfiaba para que le bendijera el retablito de lujo… escapé a los altos, al santuario de los yatiris, preo esta fue otra historia.

Vaya aquí una oración de yatiri al Tata Santiago

Doctor San Agustín médico que estás a medio cielo
Señor de Saya
Santiago de España, Señor Santiago de Lampati
San Bartolomé de Chitulwayu
Señora Milagrosa La Merced de La Pampa de Tuli
Señora Asunta de Tawapalca
Señor de Exaltación de Obrajes
Señora Limpia Concepción de Sopocachi
Señora de La Paz de la Ciudad de La Paz
Señor Justo Corazón de Qallampaya
Señora Asunta de La Villa
Señor Santiago de la cuesta de K’ili K’ili
Señor de Las Nieves de Vino Tinto
Señora de Exaltación de Qañawiri
Señora de Exaltación de Sorat’a
Señora Santa Lucía de Jank’u Laymi
Señor San Pedro de Jachacachi
Señora de Exaltación de Warina
Señor San Miguel de Pucarani
Señora Santa Rosa de La Pampa de Ikiyaka
(Nu…) de Q’urupata
Señora Natividad de Qapaqasi
(Nu…) de Pumamaya
Señora Natividad de Wilaqi
Señora Copacabana de Copacabana
Señor Santiago de España milagroso de Waki.

 

Carnavalada andina

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Después de meses de trabajo, llego al orillo de un artefacto narrativo que empecé hace años, al hilo de unos carnavales vividos en La Paz, y que con el tiempo se ha convertido en una agridulce carnavalada y en un sombrío esperpento andino, con la expatriación no siempre posible, la muerte y su culto como fondo.  Pepinos traviesos (y aviesos), Ch’utas burlescos y por qué no, Chinas Supay y diablos diversos, pecados y pocas virtudes, algo que puede no ser muy riguroso, pero a mí me conviene que aparezcan, que para eso es esperpento. Dentro de unos días aparecerá en La Paz mi crónica de patiperreo urbano Chuquiago. Deriva de La Paz, esto que ahora acabo es otra cosa, es una pesquisa biográfica inspirada en un personaje de Blaise Cendrars, en La mano cortada, el Monocolard, su camarada de la Legión extranjera en las trincheras de la guerra de 1914,  a quien el autor se dirige diciendo: «Dime Monocolard, quién eres, iría al infierno por saberlo».

En Luis Buñuel, novela, escribía Max Aub que el cineasta  hubiese querido dejar a su espalda un retrato dibujado a su gusto, pero que no lo logró porque «No permanece uno como lo que es –como lo que fue–, sino como lo ven  –como le vieron– los demás» y peor aun cuando con nuestra inestimable ayuda nos convierten en personajes imaginarios y juzgados como si fuéramos reales. De ahí la galería de espejos deformantes y mi cortejo carnavalesco…  con un final de yaraví, la música del ensimismamiento y el tristeo.

 

 

Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

 

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada… en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados… ¡Platillazo! ¡Tuba!… si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

Y volver, volver…

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Ya estoy tardando, pero no renuncio a hacerlo más pronto que tarde, como quien se mete espuela a sí mismo, jinete de alma perdida que se hunde en la noche (la de vueltas que le he dado al relato de Irving desde que lo leí de niño).

Kay llakikuna, kay phutikuna,
amaña kaypi kachunchu.
Amaña ima llakipas kachunchu.

Estas penas y tristezas / que ya no estén más aquí. / Ninguna tristeza se quede aquí.

Esto copio De Ina Rösing, la autora de Las almas nuevas del mundo callawaya (Análisis de la curación ritual callawaya para vencer penas y tristezas). Nada que ver con la fotografía que es de la feria dominical de La Ceja, de El Alto, por donde estaba el librero de batalla y derribo al que una chola como las de la imagen le increpó impaciente: «¡¿Pero cuándo me vas a traer mi Flavio Josefo!». Y volver, volver… Chuquiago marka, encrucijada y fuga (título provisional) mi crónica de esa ciudad que te agarra y no te suelta que, ahora sí, ahora va a ver la luz, en su sitio además, la ciudad de La Paz, Bolivia.

No solo me he acordado de los rituales callawayas para espantar el susto (algo que hacían los curanderos del Pirineo navarro a finales del XIX) y recuperar el alma, sino de una conversación con Víctor Hugo Vaca Guzmán, maestro charanguista, en Sucre, un pozo de información sobre usos y costumbres de la población originaria de Chuquisaca.

A lo dicho, y volver, volver, volver…

Recacoechea y su ciudad

juan-recacocheaAmerican Visa fue la primera novela boliviana que leí, en mi primer viaje a La Paz (junio de 2004). Inolvidable por tanto. La compré por el apellido del autor porque me remitía a los de la tierra fronteriza en la que vivo y de la que procedían los ancestros de Juan de Recacoechea, según él mismo me contó en un encuentro para mí memorable que tuvimos en La Paz: Cuando te ríes a carcajadas con alguien, gracias a su ingenio y a su visión lúcida y escéptica, inteligente, de las cosas, es más que probable que no le olvides jamás.

Esa primera novela la leí en un cuarto ciego de un alojamiento siniestro del barrio del Rosario, por donde pulula el protagonista de su novela y por donde lo hacía, y se nota mucho, el autor, que demostró conocer su ciudad como la palma de la mano, tanto que a veces pienso si el verdadero protagonista de sus novelas no es otro que La Paz, sus barrios más populares (y menos populares), sus calles abigarradas, pasajes y callejones siniestros, sus recovecos y la fauna variopinta que la habita.
El Reca, un novelista que se metía donde no se mete nadie, digamos, algo balzaquiano. La hoyada no era un pozo, al menos para él y su capacidad de invención. Lo menos que se le puede pedir a un novelista es que sepa de qué escribe.
De ahí que me parezca un reduccionismo fácil y perezoso calificar a Recacoechea como un escritor de novela negra y sólo eso, porque tengo para mí que es algo más.
Convengamos que sus tramas puedan ser “policiacas”, pero con ellas trataba asuntos graves de la realidad social y política boliviana largamente denunciados, como son la inmigración, el trabajo precario, el expolio de obras de arte, los crímenes políticos y no políticos que no se resuelven jamás, la corrupción, la miseria, la impunidad del más poderoso… La biblia copta, La abeja reina…
Y sigo, Toda una noche la sangre me parece una novela soberbia acerca del asesinato del jesuita Lucho Espinal a manos de paramilitares y no paramilitares, una forma de explicarse la mentalidad de esos personajes sobre los que ha caído un manto de olvido, se escriba sobre ellos lo que se escriba.
Quiero creer que Recacoechea sabía del valor de la escritura, más allá del aplauso volátil de la tribu literaria. Eso me pareció al leerlo, al escucharle, y así lo escribo… y me voy riendo, ay, Reca, tenías cosas geniales, gracias, hombre.

En el día del Tata Santiago

P1120619Los rancios de la camisa azul abrían sus virguerías literarias de efeméride con un rebuscado y solemne anacronismo: «En el día del señor Santiago», es decir, hoy. Yo prefiero hacerlo del Tata Santiago boliviano que enmascara a Illapa, el dios andino del rayo, el trueno, la lluvia, la venganza, la justicia y demás imposibles raras veces vencidos. Hoy, hace unos pocos años, estaba una vez más en Guaqui, en la iglesia y santuario de Santiago, el de la Iglesia católica y el de los yatiris del lago, más lejos, en una ladera que domina un amplio panorama con el Titikaka como fondo, que ofician sus  propios ritos  en las alturas alrededor de cruces y piedras o apachetas que les son sagradas.
Los retablitos del Tata Santiago son muy comunes entre las familias de campesinos y comerciantes que el 25 de julio acuden a su santuario a bendecirlos y a llevar gladiolos a su capilla,  encender velas, pedirle favores y grabar sus peticiones a punta de navaja en las paredes renegridas de humos, cubrirse con maná o pétalos, lucir chales de lujo y joyas de oro viejo, procesionar por las calles, comer pescados del lago en los puestos callejeros, challar y beber cerveza…
En su capilla, bajo la imagen, he visto ofrendas de todas clases, cartas al más allá, piedras que han pasado por challas poco ortodoxas, aerolitos tal vez, azúcar, arroz, pétalos, huesos, envoltorios… y en uno de los muros había un cartel que decía que estaba prohibido encender velas negras, que allí se acude  a hacer el bien y no a desear el mal, algo que sin embargo va  con las penumbras de la naturaleza humana y con quien se siente burlado, estafado, agredido y no encuentra justicia ni reparación… que los cielos arreglen lo que no hay manera de arreglar desde la tierra con  las manos del trabajo. Los yatiris de las negruras y los descalabros mortales no están allí, sino en la carretera de Oruro… metían miedo hasta de lejos y eso que andaban jugando al balón, pero esta es otra historia.

IMG_1537Y lo mismo hacen, otros devotos o los mismos, poco importa, el 3 de mayo, pero esta vez en el templo de los yatiris, con otros rituales y otras oraciones en las que los latinajos aproximativos se mezclan con el castellano rudo y el aymara. ¿Devociones? ¿Supersticiones? Lo mismo me da porque en el fondo de desamparos,  precariedades y reveses de la perra suerte es el mismo. De los gajes del humano vivir se trata, que son muchos.

IMG_8606¿Regresaría? Sin lugar a dudas, el 3 de mayo y el 25 de julio, y en cualquier fecha, pasaría por el cementerio, vagaría por la ladera desde la que se divisa el lago, entraría, miraría, escucharía rezos, murmullos, olería el aceite hirviendo de las sartenes donde fríen pescados, el humo del palo santo, el incienso, la cerveza… y lejos, me pararía a escuchar el silbido del viento entre la llareta y la paja brava, o el silencio, la luz.
–¿Pero no ha ido usted a Guaqui suficientes veces, hombre, que el tiempo apremia? –me pregunta insidiosa mi sombra.
–No, nada está nunca demasiado visto ni vivido, no al menos para mí, ni en Guaqui ni en parte alguna.

Haizegua

Acabo de recibir una invitación de la revista argentina Siwa para escribir sobre algún viento. Lo voy a hacer sobre el del sur, ese haizegua atizaseseras que ha soplado estos días pasados en Baztan, viento que inquieta, invita al viaje, a alquilar el cerebro a los disparates y andar como si no pisaras el suelo.

Cuando una puerta se cierra, otra se abre, escribía  hace unas semanas. Algunas están siempre abiertas, salvo que tú las cierres, dando portazos encima, no diré que a mi edad todos los caminos están abiertos, pero los horizontes son anchos salvo que tú los achates y vuelvas la cara contra la pared, aunque también ahí, en las capas de cal y azulete del muro, hubiera mapas, puertas que te llevaban lejos, mares o cementerios, tanto daba.  Viajes, mundos, mapas, territorios, vidas, pájaros, pasos perdidos, muchos, exilios interiores, ausencias, extravíos de antes de darte cuenta de que no hay camino y que eso no tiene arreglo… Islas Flotantes, las de No existe tal lugar.

 

captura-de-pantalla-2015-08-20-a-las-09-14-32Una sombra ya pronto serás, de Héctor Olivera, sobre la novela de Osvaldo Soriano. Vías muertas y viajes en balde, empeños de pacotilla, fugas en las lejanías que son callejones sin salida: «lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada y quizás pronto nos íbamos a confundir con ella», se le oye decir a quien no se llama Zárate.

«¡L’aventura e finita!»

Tesoros esfumados, amigos muertos o fugados en el tiempo, circos en derrota, liquidaciones por derribo y cerrados por defunción de ganas, funambulismos sin red y sin maroma, ilusiones perdidas en malos envites, partidas de truco amañadas, pillerías de supervivencia, descaros y palos, muchos.

«¿Todavía va para Bolivia?» –pregunta quien no se llama Zárate tras la última batalla perdida.

«¡Imagínese, ahora más que nunca!» –exclama Coluccini con entusiasmo, como si la resurrección fuera más importante que el propio triunfo, la gran conquista.

Para dónde tirar, en qué vía muerta andas perdido, por qué malos caminos te metiste, qué errores graves sabes que no terminarás de pagar nunca y que van va a ir contigo en un equipaje que no puedes dejar en consigna alguna… si no sabes jugar al truco no juegues, porque lo tiene, y tú no sabes ni las reglas más elementales, ni cómo guardarte el as en la manga, admite que juegas con dados de plomo y dedos huéspedes…

Habla Coluccini, tierno, vibrante, vehemente desde la desdicha:

«¡Uuuh, nunca se entregue! Yo soy un viejo rutero. Siempre hay una última maniobra, un golpe de volante, un rebaje, un algo… ¡Pero nunca el freno! ¡Usted pise el freno y está perdido!»

Aunque sea una Bolivia de papel, aunque la aventura haya acabado, aunque el horizonte se haya achatado, lo dice Coluccini: hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco por mucho que el público pida otra, que acaba siendo la de la burla. Pide tú la espuela, para el camino, alarga el tranco y ¡ospa!… Cuando la aventura se acaba te vas para Bolivia, aunque esta ya figure en otros mapas. Regresar es irse, etcétera, no hay que pisar el pedal del freno, «guarda con los perdedores», etcétera… En cualquier esquina te venden «cualquier cantidad» de Bálsamo del Tigre (auténtico). [De Rumbo a no sé dónde, 21.8.2015]