Raúl Lara Torrez (Me acuerdo)

Raúl Lara, Mariano Baptista Gumucio, me acuerdo… y no sé si debiera, pero en tiempo de despedida y cierre estamos y si no te acuerdas ahora, ¿cuándo? Al pintor boliviano Raúl Lara lo conocí en Cochabamba, en su casa-taller muy luminoso de Tiquipaya, en medio de su fantástica colección de arqueología preincaica y de objetos etnográficos preciosos, como las waka-waka que él pintaba. Fueron encuentros felices. En alguna ocasión con Ramón Rocha Monroy que tenía no sé qué cuentas pendientes con el matrimonio Lara porque no acudió a un almuerzo al que estaba invitado, y a una cena tampoco.
En otra ocasión fui a casa de Lara con Mariano Baptista (a quien está dedicado el cuadro que reproduzco), que se durmió cuando el pintor nos dio el pase del almacén de sus cuadros, muchos, demasiados, para que yo le escribiera el texto para un catálogo de una exposición antológica que se iba a celebrar en Santa Cruz de la Sierra. Nunca vi el catálogo y sospecho que mi texto no se publicó. Y es que la feliz amistad con el pintor terminó mal cuando me pidieron que apadrinara los estudios de ingeniería informática y turismo del hijo de la cocinera, en no sé qué país, creyendo que yo era un potentado, de modo que todas aquellas atenciones estaban orientadas a un fin benéfico. Hubo lío, ¿o no Ramoncito?, dijeron, se desdijeron y todo quedó en un malentendido, y para mí en muy mal sabor de boca que todavía dura, por mucho que me gustara y me guste su pintura, su mundo, su Van Gogh deambulando por las soledades mineras de Oruro, sus cholos de corbata y gafas de sol, sus buses, sus bodorrios, sus wacas-wacas, sus chinas Supay y sus «figuras» de diablada…
En los viajes vives episodios que te hubiese gustado no vivir y que dejas a un lado para que no te estropeen la imagen, el relato que a ti mismo te haces o, llegado el caso, que llega, te tomen la verdad de lo vivido por «jeremiadas» impropias del travel-writer que no eres, como decía aquel tramposete de pocos escrúpulos de Cochabamba, en la época en la que fue secretario de un jurado de premio literario amañado hasta el delirio, que fue «desamañado». Tiempo también este de liquidación de falsos afectos, por vinosos unos, por propios de Judas otros, y de ver en lo que de verdad hubo en lo vivido y lo que fue mera invención, decoración amable con objeto de que los episodios vividos a salto de mata fueran confortables y no del todo espinosos. Es lo que tiene vivir en un mundo imaginario. Bolivia… ¿Qué fue Bolivia?

Me acuerdo… de Mariano Baptista Gumucio.

Mariano Baptista… Me acuerdo de él con afecto y gratitud, mucho y mucha, por todas las atenciones recibidas en muchos viajes a La Paz, y las muchas risas que hicimos en un momento y en otro. Coleccionaba imágenes de la Mona Lisa. Estos  días de pateo urbano me he encontrado varias decorando de una manera u otra las paredes. En el 2017, en torno a aquel desastre de edición de Chuquiago por los maleantes de 3 600, no entendió que no quisiera almorzar con la indeseable agregada cultural del Embajada de España en La Paz, que para mí son gentuza o como tal se han comportado conmigo. Pena. 

Raúl Lara

Raúl Lara, pintor, boliviano, un recuerdo… Esa fue una buena relación que se vino abajo por un equívoco siniestro. Ramón Rocha Monroy sabe lo que pasó y tal vez lo haya olvidado, yo casi. Yo no tenía dinero para apadrinar a ningún estudiante y pagarle los estudios superiores. Tampoco conocía a nadie que pudiera hacerlo. Ni era ni soy una ONG. A Lara  lo conocí en su preciosa casa-estudio de Tiquipaya, un barrio de Cochabamba, en la que estuve varias veces invitado a almorzar o a tomar algo. En una ocasión vino a buscarme a mediodía  a mi alojamiento de la calle Lanza  para llevarme a su casa y en la recepción coincidimos con los K’Jarkas que (vejestorios) salían después de una noche muy larga de trago y farra dura que había durado hasta entonces. Iban ciegos y le confundieron con un escritor y a mí con un pintor, estaban besucones y con las narices muy tocadas. La última  vez que estuve en su casa fue viendo un pase de cuadros junto a Mariano Baptista que medio se durmió aburrido y eso que en su casa paceña tiene un buen cuadro de Lara. Se trataba de  escribir un texto para un catálogo de una exposición que iba a tener en Santa Cruz de la Sierra. Me dijo que me iba a hacer un retrato. No hubo ocasión, tampoco vi nunca el catálogo para el que le escribí aquel texto. Hoy, que repaso cuadros suyos, pienso que me quedó con su bonhomía (un hombre bueno) y con su arte. Solo que el tiempo pone las cosas en su sitio, salvo que las edulcores, y francamente se me han ido pasando las ganas de poner en escena lo vivido para contentar a quien me lea. Las cosas como las he vivido.

Ese cuadro, La Pérez Velasco (o La Pérez a secas), inspirado en esa plaza o encrucijada paceña por la que pasas a poco que merodees por sus calles a la husma. Toda la vida paca pasa de una manera o de otra por ese lugar. Eso sí, mejor lo hagas de día que de noche, porque de madrugada y por mucho bombillón que haya es un lugar de bronca, eso que los bolivianos llaman pesado: choros, chupacos, putas, travestis, pichicateros… A mi amigo el poeta García le han dado en ese lugar varias pateaduras. De día hay gente al ojeo, vendiendo comistrajos, esperando quién sabe qué, en pose de como quien no hace nada, bajo ese sol del altiplano que no calienta pero quema.