Navideña (otra)

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De un mundo a otro en cuestión de nada. El último Onfray sobre la mesa, sobre las islas Marquesas, Gauguin, Victor Segalen, la plenitud y el declive de las civilizaciones… Noche de Navidad, otra, la de la luz nueva, del yo qué sé. No es noche de erudiciones, me sobran, todas. Hay gente que la celebra feliz, dichosa, algunos pensando que puede ser la última, a otros se los llevan todos los diablos con y sin macerar los sesos en uvas (Torres).

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Ahora, mientras escribía lo anterior,  con un anochecer de niebla helada, el Olentzero ha pasado  debajo de la ventana entre cencerros de ioaldunak –a quién le cuentas que vienen con sus hisopos de cola de caballo de otra guerra, la de espantar al invierno…– , charangas, albokas, cuernos, txalaparta, txistus, gaitas, acordeones y panderetas, y bichos, muchos, de caserío, cutos, ocas, ovejas, burros, bueyes, percherones, cabras…  y cada año más gente vestida de personajes de Ramiro o de José Arrúe, en  el cortejo del carbonero borrachón  y feliz que reparte regalos… No es día de ser cicatero con  la alegría de nadie, y menos con la de los críos.  Si viviera en Venecia, igual habría barcas de esas típicas debajo de la ventana, pero aquí hay otra cosa, el mundo rural, mítico y ancestral, identitario, dándose una vuelta por la ciudad, cada día más ajena a lo que fue, otra, no por fuerza la misma. Me doy cuenta de que estar, lo que se dice estar, no estoy en ninguno de los dos, ni en el rincón de lectura frente al mar ni en la ciudad de la niebla –así iba a titular Rafael Conte unas memorias que no escribió nunca porque no se atrevía–, que ando a la deriva por otra geografía, cuyo mapa levanto en mis papeles. Lo demás, ya iremos viendo…

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Manuel Valls, «el torero de vacas lecheras», según Michel Onfray

15134526060981La aparición, pues de eso se trata, de una aparición, de Manuel Valls hecho gurú, en la campaña electoral catalana,  y soltando enormidades aparatosas, me ha recordado las páginas que le dedica Michel Onfray en La cour des miracles. Carnets de campagne (2017), páginas 141 a 143, una recopilación de crónicas de la última campaña electoral francesa. Onfray es demoledor. Lo pinta desdiciéndose, perjurando, abjurando, abrazando lo que ayer era motivo de lapo, apuñalando a  sus padrinos y socios, y rematando la faena con un guiñolesco, dice Onfray, «ça, c’est la gauche»… Al final, tras todos sus intrigas y complots, Valls se quedó sin nada, algo que los cronistas españoles obvían, como si solo fuera un gaje de una carrera política esfumada, después de querer refundar el partido socialista (PSF) sin socialismo, porque el mismo nombre le resultaba anacrónico. Para los medios de comunicación españoles Valls era un español que tenía el mérito de haber llegado a alcalde de Evry –lo de la falta de «blancos» en el municipio, mejor para otra ocasión– y a primer ministro de Francia luego, algo parecido a una hazaña deportiva con mucho handicap encima. Pero nunca hablaron de lo que cita Onfray: que Valls es un personaje que, en 2005, afirmaba ir a votar NO en el tratado europeo, pero luego admitió que votó SÍ cuando vio que el NO podía ganar; que apuntaba como un fiscal feroz que intentar explicarse el terrorismo era apoyarlo; que se mostraba partidario de la gestación subrogada en una revista homosexual, Têtu, y en contra, en los medios de comunicación católicos … ¿Y este personaje regresa  a su ciudad natal a dar lecciones apocalíticas? Pues sí, porque es de una coherencia absoluta con el gran desbarre nacional. En nada desentona de los grandes contradictorios nacionales. Es uno más en la barraca de fenómenos en que se ha convertido la vida política española.

Apocalipsis, aquí y ahora

wandererAl embajador ruso en Ankara lo asesinan por la espalda mientras se dirigía al público de una galería de arte en las que se exponían fotografías. Una muerte en directo que ya ha hecho correr la tinta, encendido con fuegos de artificio las dichosas redes, provocado sesudas interpretaciones académicas, incluso filosóficas, que no explican nada, pero hacen ruido y sobre todo sosiegan. El victimario ha apelado a que se recuerde lo sucedido en Alepo y señala con su dedo al cielo, y el dedo es objeto de interpretación: un solo Dios, Alá, yihadista… ¿Justiciero? No, terrorista. Los cauces para hacerse oír o conseguir justicia son otros, como todos sabemos. El terrorismo solo puede ser de Estado, solo pueden practicarlo aquellos a los que no se les puede pedir cuentas, los que no pueden perder guerras ni abiertas, ni encubiertas, ni mucho menos salir perjudicados de su práctica violenta de la geopolítica. ¿Demagógico, conspiranoico? Mucho, no lo niego, pero la capacidad de digerir ruedas de molino tiene un límite. No sé nada de lo que hay detrás de las grandes noticias que a diario nos abruman.

Es imposible saber con certeza si ha habido oficiales de la OTAN dirigiendo a los yihadistas en Alepo y cuál es con exactitud la participación de países occidentales en los bandos en lucha, de manera directa, suministrando armas y combatientes, o de manera menos directa y más opaca, urdiendo tramas a distancia. ¿Novelería de nuevo? Cierto, mucha, pero algo que resulta inquietante: no se pueden poner en duda las versiones oficiales de los hechos ni lo que podríamos ya llamar la “doctrina de civilización” imperante, y se dan por buenas sin pestañear todas las decisiones oficiales. ¿Soldados a Irak? Sí, más… para defender nuestros valores y para que de paso el negocio colosal del armamento no se detenga. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 21.12.2016, aquí enlazado)

*** La ilustración es The Wanderer, de George Grosz.

Fiesta nacional

plaza-de-las-ventas-1907 Cuando oigo hablar de la fiesta nacional me acuerdo de inmediato de la canción de Georges Brassens La mala reputación, esa de la que blasonan, como guapetones, sobre todo los que la tienen buena. Y es que la mala reputación viste más, en estas tablas de exhibición permanente sin las que ya no se concibe la vida. Si la tienes que pagar es otra cosa, porque sale cara.

Y no solo eso, sino que lo común es que, además de disfrutar de mala reputación, en cuanto nos dan ocasión pregonamos que seguimos caminos a contrapelo, en la famosa dirección contraria de Thomas Bernhard (otro patriota), tal vez para no reconocer que en realidad vivimos más sometidos que otra cosa, en libertad condicional y vigilada, y que en lugar de hablar con verdadera voz propia, coreamos consignas de una u otra trinchera, algo que nadie admite porque la imagen se estropea mucho. (Sigue en artículo publicado en Cuarto Poder, hoy 12.10.2016)

 

Mordaza a la disidencia

Michel Onfray, Ignacio Ramonet, Beatriz Talegón expulsada de manera abusiva de un plató de televisión. Voces disidentes, en mayor o menor grado, del discurso oficial que hay que tratar con la misma consideración que si fuera verdad revelada, sura coránica o artículo de fe. No corren buenos tiempos para la disidencia ni para la duda o la expresión de la perplejidad y del escepticismo del que nada se sabe. No importa la dirección, solo la disidencia, el no comulgar con la rueda de molino de lo correcto que los medios de comunicación y las redes sociales imponen.

Esa del correr de los buenos tiempos es una frase hecha. En realidad hace mucho que no lo hacen y van a ir a peor. Así las voces que te advierten de que hay que andarse con cuidado, mirar bien lo que se escribe y dónde, no desentonar, no incordiar a los nuevos amos del cotarro, que los hay, y buscan que aplaudas o calles. No hay que apartarse del común sentir. No hace falta leer a Žižek en su reciente Islam y modernidad, escrito y publicado antes de los atentados de París, para reparar en el generalizado entreguismo social a quienes dicen representar la seguridad y el orden, y encarnan en realidad lo policiaco y la violencia gubernamental, un estado de cosas que solo va a beneficiar, a corto y a largo plazo, a quienes nos someten. En otra dirección conviene no apartarse demasiado de los paladines e inquisidores de la libertad de expresión y del recto pensamiento de la izquierda virtuosa, vigilante, combativa, beata de sí misma, que tampoco admite mucha disidencia en sus filas, por no decir ninguna.

Una “españolada” de Michel Onfray

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Está visto que no hay mito ni devoción que cien años dure y que tarde o temprano llega la decepción y la sospecha. Leo estos días Le magnétisme des solstices, Le journal hédoniste V, de Michel Onfray –un falso diario porque como los anteriores se trata de una recopilación de artículos o textos de ocasión– y tras leer algunos textos brillantes, como por ejemplo «Appel à de nouveaux Diogène», basado en la vida y obra de D’Alembert, en el que no hace un elogio de la pobreza radical, al revés, solo en el caso en el que la riqueza limite la libertad, pero sí  fustiga a «la mayoría de los intelectuales –de ayer y de hoy– (que) desean exactamente lo contrario: servilismo de arrodillados delante de los poderosos, mentiras generalizadas para obtener sus fines, fascinación por la opulencia de los ricos bárbaros posmodernos» (p.156), me encuentro con una españolada en elogio de Savater, dirigida la público francés, que suena a hazañas de Pimpinela Escarlata y a devoción vinosa de amigo, pues no creo que jamás hubiese salido Savater por la venta de su hotel para burlar a sus guardaespaldas que montan guardia en el pasillo para irse a cenar con Onfray al restaurante Zalacaín a todo lujo. Onfray habla de un Savater víctima de la amenaza de ETA, pero silencia otro Savater que nada tiene que ver con lo que el propio Onfray escribe desde hace años. Lástima, por lo dos lo digo. [Con las cartas marcadas]