Desde Chuquiago

 Ese es el nombre aymara de la ciudad de La Paz y el título de la crónica urbana que ayer presenté en la Feria Internacional del Libro, fruto de nueve viajes a Bolivia. El regreso para presentar ese libro me ha deparado algunas sorpresas, no todas amables. La realidad no está para hacerte fiestas y cucamonas, al margen de que tus percances son eso, percances y pejigueras .

Hacía tres años que no venía a Bolivia. Entonces las quejas de miembros de la clase acomodada me entraban por una oreja y me salían por la otra porque sabía que sus negocios iban viento en popa, como habían ido desde la revolución de 1952 y antes. Ahora sin embargo, a personas asalariadas con las que tengo confianza y trato, les oigo hablar de paro, de alza de precios, de carencias de suministros, de bajadas de salario, de retirada de ayudas sociales en las empresas privadas, de los aguinaldos (pagas extras) en globo, del «esto o nada» de los contratos basura, y lo que era un clima de bonanza relativa y de mucha esperanza se ha convertido en uno de preocupación. Al Gobierno le preocupa mucho el asunto de la salida al mar y la confrontación eterna con Chile, y poco el progresivo estado de sublevación de los ponchos rojos de la región de Omasuyos, que fueron su sostén reclamador y violento, y ahora son muchos miles los movilizados en su contra por un motivo u otro. Ya no se trata de reclamaciones concretas, sino de afianzar un clima de descontento en muchos frentes.

A las clases populares, que se autodenominan medias, les preocupan los salarios, los precios, las precariedades que asoman aquí y allá, la ausencia de clientela por mucho que se mercadee hasta el delirio. El fantasma venezolano agita sus carracas en el fondo de la escena, aunque no sé muy bien cómo, al margen de la siempre interesada orquestación mediática; una carracas que, oh casualidad, están en manos de los miembros de una clase que se ha beneficiado económicamente del régimen de estos años y se ha enriquecido de manera ostentosa y palmaria.

Lo cierto es que cunde el descrédito del masismo, basado más en las acusaciones de corrupción generalizada en la clase dirigente, que encuentran su apoyo en tristes realidades, que en aceptar la precariedad de unas instituciones públicas que no han acabado de armarse, por falta material de tiempo tal vez.

Y enfrente, como es natural, los apoyos incondicionales al Proceso de Cambio, impulsado por el MAS, que enarbolan sus logros sociales, que sería injusto decir que no los ha habido. Pero no hace falta ser Chomsky para ver que la izquierda latinoamericana está en sus horas bajas. El discurso es siempre el mismo: poner en los platillos de la balanza los logros y las pifias del gobierno de turno, y que sea siempre mucho mayor el peso de estas. Veo gente que acogió con entusiasmo la llegada del MAS y de Evo Morales, representante indígena, y si no se han puesto descaradamente enfrente ­­–algunos por no haber recibido prebenda–, sí rezongan con el «no era esto, no era esto». ¿Qué era? No lo saben, casi nunca lo sabemos. Eso al margen de que los gobernantes suelen olvidar que tarde o temprano, los gobernados acaban cansándose de que sean siempre los mismos quienes dirigen sus destinos… con la salvedad de esos países donde los votantes apoyan a quienes los apalean, empobrecen, amordazan y esquilman.

También me he encontrado gente que sostiene la bonanza de la situación actual en que Pablo Iglesias dice que se ha inspirado en el Estado plurinacional de Bolivia para arbitrar una idea parecida para España… Con todos los respetos, eso me parece una melonada o un error de óptica, o desconocer de manera paladina en qué se materializa esa plurinacionalidad. Las realidades de los países no son ni similares, sus necesidades y anhelos no son idénticos, muchas veces ni parecidos.

Al fondo de la escena aparece aquel ángel de la utopía que dibujó Cioran, ese que en un primer momento toca trompetas de gloria y acaba empuñando una metralleta, la del autoritarismo, la del enrocamiento, y a su lado otro ángel, igual de negro, de una manipulación informativa de verdad retorcida.

 

Chuquiago

Chuquiago es el nombre aymara de la ciudad de La Paz. ¿De qué trata el libro? Pues del patiperreo por la ciudad a lo largo de varias estancias más o menos largas, entre el año 2004 y el 2013. Estos días, al hilo de mis conejeos, me he dado cuenta de que se me quedaron muchas cosas en el cajón y con ello de que la ciudad es inagotable, todas las ciudades: si «una vida no es suficiente para conocer la propia ciudad», que decía el poeta, para rato lo va a ser esa otra en la que estás por fuerza de paso. Cosas vividas, cosas vistas, libros leídos, gente, pintura, cine, mercados, cementerios, ruinas, paisajes inagotables… Esa calamina pintada de azul de la cubierta de Martín Sánchez me parece un acierto. Ese azul aparece muy a menudo iluminando el fondo de los callejones en los que me meto. Parafraseo a Joyce cuando habla de Dublín: «La Paz, tienes tanto que enseñarme».

Me hubiese gustado que este libro se hubiese publicado en España, como estaba previsto, pero no ha sido posible. Lástima. Hoy lo presento en la FIL de La Paz, en buena compañía con gente que admiro y estimo, sé que va a ser una fiesta.

La fotografía y su riesgo (paceños)

La Mélancolie… el precio de una foto aceptable de la entrada mañanera de la cárcel paceña de San Pedro, la cárcel más loca del mundo. Un tipo malencarado con tres galones en la bocamanga del uniforme y cara picada, aliento avinagrado me ha agarrado violentamente de la zamarra y mientras me zarandeaba, me ha espetado: «¡Está prohibido sacar fotos! ¡Tiráte de acá y que no te vuelva a ver…!» Y no sé qué más, pero «de las mil putas», y con un empujoncillo de propina. La plaza estaba llena de escolares uniformados o vacilantes, ellas, encima de unos zapatos de tacón de aguja de vértigo, abrazados, algunos, a sus instrumentos musicales para el ir y venir de sus machacones desfiles patrióticos. Horas y más horas de charangas y desfiles.

En situaciones de estas siempre me acuerdo de Leo Ferré y de su canción La Mélancolie

C’est se r’trouver seul
Plac’ de l’Opéra
Quand le flic t’engueule
Et qu’il ne sait pas
Que tu le dégueules
En rentrant chez toi

y tú te cagas en su muertos cuando regresas a tu casa… Es igual, ahí está la foto que quería de la entrada atestada del lugar.

Sacar fotos en las calles de La Paz es una especie de deporte de alto riesgo. Sé dónde sacar y dónde no, y a quién es inútil pedirle permiso. Habré sacado unos cuantos miles de fotografías a lo largo de diez viajes, pero no diré que no haya tenido incidentes: con policías, con maleantes, con coqueras, con comerciantes, con un afilador, con quien pasaba por allí o con ese al que el cuerpo le pedía sangre, sobre todo con este, en cuanto te veía con una cámara en la mano. Hubo una época en que estaba prohibido sacar fotografías de mercados y otros lugares. Lo cuenta Christopher Isherwood en El cóndor y las vacas.

Ahora sospecho que lo que está atrapado en la red de esos miles de imágenes es mi visión de un mundo que he intentado describir en Chuquiago, Deriva de La Paz y en Cirobayesca boliviana. Un relato fragmentario y unas piezas documentales que pueden hablar por sí solas, no lo dudo, pero a las que siempre les faltará mi relato: el por qué, las circunstancias, el momento, el humor de quien aprieta el disparador. Me he engañado pensando que esas fotografías sustituían con ventaja el cuaderno de apuntes o el diario de viaje. La fotografía de campaña nos está volviendo perezosos de mirada. Y aun así qué difícil resulta sustraerse a la tentación del enfoque y captura de lo que te maravilla, abruma o sorprende, una cosa es la teoría y otra la práctica.

 

Retablitos del Tata Santiago

En los chamarileros y vendecositas del barrio del Rosario, de La Paz, además de mucha artesanía para turistas,  hay profundidades, oscuridades insondables en las que lo mismo encuentras máscaras de diablada orureña que guardatojos mineros, piezas de arqueología, verdaderas o falsas, que armas de guerras perdidas, telas antiguas que adornos de platería… En alguna ocasión he visto a campesinos ya mayores acudir a vender sus cositas, sus cuatro posesiones, un cinturón, una bolsa antigua de coca, unos peces de plata baja, prendedores, para recibir a cambio cuatro perras… y era triste verlo. A veces aparecen libros y en algunos de esos tabucos suele haber  retablitos de devoción doméstica que los evangelistas han pasaportado para mejor vida. Fue una evangelista la que me dijo que desde que creían en la religión verdadera, ya no tenían retablitos; a cambio, dejó la Biblia que estaba leyendo para intentar endilgarme unas piezas de arqueología erótica positivamente falsas. Cosas. Algunos de esos retablitos del Tata Santiago, abogado para todo, que se ve han sido muy rezados, están hechos sobre piedras del rayo. La del de arriba no sé si es del rayo, pero pesa siete kilos. Me lo deshicieron en la aduana en busca de pichicata. Ahora lo tengo en mi cuarto de trabajo y es un eficaz recordatorio de Bolivia y sus días intensos y felices.

Carnavalada andina

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Después de meses de trabajo, llego al orillo de un artefacto narrativo que empecé hace años, al hilo de unos carnavales vividos en La Paz, y que con el tiempo se ha convertido en una agridulce carnavalada y en un sombrío esperpento andino, con la expatriación no siempre posible, la muerte y su culto como fondo.  Pepinos traviesos (y aviesos), Ch’utas burlescos y por qué no, Chinas Supay y diablos diversos, pecados y pocas virtudes, algo que puede no ser muy riguroso, pero a mí me conviene que aparezcan, que para eso es esperpento. Dentro de unos días aparecerá en La Paz mi crónica de patiperreo urbano Chuquiago. Deriva de La Paz, esto que ahora acabo es otra cosa, es una pesquisa biográfica inspirada en un personaje de Blaise Cendrars, en La mano cortada, el Monocolard, su camarada de la Legión extranjera en las trincheras de la guerra de 1914,  a quien el autor se dirige diciendo: «Dime Monocolard, quién eres, iría al infierno por saberlo».

En Luis Buñuel, novela, escribía Max Aub que el cineasta  hubiese querido dejar a su espalda un retrato dibujado a su gusto, pero que no lo logró porque «No permanece uno como lo que es –como lo que fue–, sino como lo ven  –como le vieron– los demás» y peor aun cuando con nuestra inestimable ayuda nos convierten en personajes imaginarios y juzgados como si fuéramos reales. De ahí la galería de espejos deformantes y mi cortejo carnavalesco…  con un final de yaraví, la música del ensimismamiento y el tristeo.

 

 

Goytisolo, Yemáa el Fnaa y la plaza de San Francisco, de La Paz.

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Leo que Goytisolo batalló para que la ONU declarase la plaza de Yemáa el Fnaa, de Marrakech, Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Una lástima que nadie batallase en forma para que la plaza de San Francisco, de la ciudad de La Paz, tal y como la conocí en el año 2004, fuera protegida con la misma declaración.
No me acuerdo si el pajpako de ese corro anunciaba el fin del mundo o un remedio amazónico contra la sífilis y la ceguera, o las dos cosas y alguna más por añadidura.
Ese corro era uno entre muchos, nocturnos y diurnos, de profetas y visionarios que lo mismo hablaban de los dinosaurios, que de la Biblia escrita por extraterrestres, execraban al blanco y al gringo y al español que les robó sus riquezas, apostaban por la espiritualidad andina y no por la de los judíos, payasos, lustrabotas, cambistas, pillos, carteristas, borrachitos y borrachones, profesionales de las marchas, dinamiteros, músicos, mendigos, abogados al paso atendiendo (y timando) a sus clientes, dirigentes campeisnos chicote al hombro,  caseras, yatiris con sus mesas de hoja de coca, reciris ciegos bajo sus paraguas para protegerse del sol inclemente, adivinadores del porvenir con sus sartenes de estaño fundido, caricatos, vendedores de lo posible y lo imposible, comederos al paso –fuegos de anticuchos, olores apetecibles, salteñas…–  bebederos lo mismo, urinarios.. algo asombroso, irrepetible.
Ibas de un corro a otro, y al menos en mi caso te resultaba difícil apartarte de allí. La foto la saqué en el 2008 cuando ya media plaza era un socavón y no hace justicia a lo que allí vi y viví. Lástima, ya digo. La plaza habrá ganado en diseño arquitectónico, pero aquel termitero abigarrado de voces, músicas, olores… ha desaparecido casi por completo.

Y volver, volver…

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Ya estoy tardando, pero no renuncio a hacerlo más pronto que tarde, como quien se mete espuela a sí mismo, jinete de alma perdida que se hunde en la noche (la de vueltas que le he dado al relato de Irving desde que lo leí de niño).

Kay llakikuna, kay phutikuna,
amaña kaypi kachunchu.
Amaña ima llakipas kachunchu.

Estas penas y tristezas / que ya no estén más aquí. / Ninguna tristeza se quede aquí.

Esto copio De Ina Rösing, la autora de Las almas nuevas del mundo callawaya (Análisis de la curación ritual callawaya para vencer penas y tristezas). Nada que ver con la fotografía que es de la feria dominical de La Ceja, de El Alto, por donde estaba el librero de batalla y derribo al que una chola como las de la imagen le increpó impaciente: «¡¿Pero cuándo me vas a traer mi Flavio Josefo!». Y volver, volver… Chuquiago marka, encrucijada y fuga (título provisional) mi crónica de esa ciudad que te agarra y no te suelta que, ahora sí, ahora va a ver la luz, en su sitio además, la ciudad de La Paz, Bolivia.

No solo me he acordado de los rituales callawayas para espantar el susto (algo que hacían los curanderos del Pirineo navarro a finales del XIX) y recuperar el alma, sino de una conversación con Víctor Hugo Vaca Guzmán, maestro charanguista, en Sucre, un pozo de información sobre usos y costumbres de la población originaria de Chuquisaca.

A lo dicho, y volver, volver, volver…

Recacoechea y su ciudad

juan-recacocheaAmerican Visa fue la primera novela boliviana que leí, en mi primer viaje a La Paz (junio de 2004). Inolvidable por tanto. La compré por el apellido del autor porque me remitía a los de la tierra fronteriza en la que vivo y de la que procedían los ancestros de Juan de Recacoechea, según él mismo me contó en un encuentro para mí memorable que tuvimos en La Paz: Cuando te ríes a carcajadas con alguien, gracias a su ingenio y a su visión lúcida y escéptica, inteligente, de las cosas, es más que probable que no le olvides jamás.

Esa primera novela la leí en un cuarto ciego de un alojamiento siniestro del barrio del Rosario, por donde pulula el protagonista de su novela y por donde lo hacía, y se nota mucho, el autor, que demostró conocer su ciudad como la palma de la mano, tanto que a veces pienso si el verdadero protagonista de sus novelas no es otro que La Paz, sus barrios más populares (y menos populares), sus calles abigarradas, pasajes y callejones siniestros, sus recovecos y la fauna variopinta que la habita.
El Reca, un novelista que se metía donde no se mete nadie, digamos, algo balzaquiano. La hoyada no era un pozo, al menos para él y su capacidad de invención. Lo menos que se le puede pedir a un novelista es que sepa de qué escribe.
De ahí que me parezca un reduccionismo fácil y perezoso calificar a Recacoechea como un escritor de novela negra y sólo eso, porque tengo para mí que es algo más.
Convengamos que sus tramas puedan ser “policiacas”, pero con ellas trataba asuntos graves de la realidad social y política boliviana largamente denunciados, como son la inmigración, el trabajo precario, el expolio de obras de arte, los crímenes políticos y no políticos que no se resuelven jamás, la corrupción, la miseria, la impunidad del más poderoso… La biblia copta, La abeja reina…
Y sigo, Toda una noche la sangre me parece una novela soberbia acerca del asesinato del jesuita Lucho Espinal a manos de paramilitares y no paramilitares, una forma de explicarse la mentalidad de esos personajes sobre los que ha caído un manto de olvido, se escriba sobre ellos lo que se escriba.
Quiero creer que Recacoechea sabía del valor de la escritura, más allá del aplauso volátil de la tribu literaria. Eso me pareció al leerlo, al escucharle, y así lo escribo… y me voy riendo, ay, Reca, tenías cosas geniales, gracias, hombre.

Chuquiagomarka

9215742757_6fa170997b_oHoy, Martín Zelaya, periodista boliviano, ha publicado en Pagina Siete, de La Paz, un reportaje sobre Chuquiagomarka, uno de los libros bolivianos en los que he venido trabajando estos últimos años y que se publicará el año que viene. Este, dedicado a la ciudad de La Paz, no es el único libro boliviano: me queda por terminar una Cirobayesca, una novela boliviana carnavalesca y organizar algunos cientos de páginas de diarios de viaje. Ahora que los asuntos de la vida pública aburren más que nunca y amenazan con ahogarte a poco que descuides, es posible que sea un buen momento para esa tarea.
Chuquiagomarka (el nombre de la ciudad de La Paz en lengua aymara) es sobre todo una crónica de pateo ciudadano a lo largo de nueve viajes, entre 2004 y 2014, y un intento de responder a la pregunta ¿Por qué La Paz?  Veremos si he conseguido explicarlo. Con esas páginas no está agotada la ciudad ni mucho menos, ni en el libro ni para mí. Volvería hoy mismo y recorrería las mismas calles y nada sería igual a como fue, de eso estoy seguro, porque no habrá nada que no me entregue un detalle o un matiz nuevos, una sorpresa, todo lo que dejé para otro viaje, lo que voy a dejar sin duda para otro viaje. En La Paz tienes las sorpresas aseguradas: cementerios, tugurios, comedores, edificios de entrañas coloniales, callejones, mercados, cafés, clubs sociales, yatiris… y mucha conversación. Lo suficiente para acercarse a ella con verdadero apetito. De los amigos que allí dejé nada digo, espero encontrarlos de nuevo.

Primeras noticias de Chuquiagomarka en Pagina Siete, de La Paz, el libro que publicará Lupercalia Ediciones en unos meses http://www.paginasiete.bo/…/chuquiago-miguel-sanchez-ostiz-…

Cirobayesca

IMG_2576Escribía Ramón Rocha Monroy en “Libros recomendables” (Los Tiempos, 19.9.2014 y La Prensa 22.9.2014):
Por invitación de la Vicepresidencia integro la comisión coordinadora de las 200 obras que se editarán para conmemorar el Bicentenario de Bolivia hasta el 2025. En la última reunión se han conformado tres comisiones y decidí adscribirme a la Comisión de Historia, con un ojo puesto en la Comisión de Literatura. Lo hago porque las sugerencias principales que llevo son históricas, y entre ellas hay al menos cinco libros que deberíamos integrar a dicha Biblioteca. Ellos son:
Cacerías, de Ciro Bayo, un autor español que recorrió el país de Tiwanaku al río Madre de Dios y dejó sorprendentes datos que recogió a su paso. Se le conoce el libro Chuquisaca o La Plata perulera, porque vivió allí de 1893 a 1895, cuando todavía era sede del gobierno, pero este original apenas pude hojearlo en el escritorio de Miguel Sánchez-Ostiz, quien escribe un libro importante sobre el personaje y procura desde hace varios años seguir sus pasos. Se lo dio Mariano Baptista, con su habitual generosidad y es un tesoro que no puede perderse por la calidad de sus observaciones.

Ciro_Bayo_web.31195557_stdHacía una semana que habíamos estado conversando en mi habitación de El Dorado acerca del libro que sobre Bayo en Bolivia escribo desde hace años sin que hasta ahora haya concitado mucho interés por parte de nadie. El editor boliviano al que se lo ofrecí no quería crónicas ni ensayos, sino novelas y cuanto más delirantes, mejor, con nazis y extraterrestres por el fondo del lago Titikaka… lástima, eso no es lo mío. Estuvimos hablando mucho rato, despué de cenar con Homero Carvalho en el Rincón Español, de Ciro Bayo, de sus viajes y de los nuestros, de empeños y proyectos literarios. Afuera hacia frío y las luces hacia El Alto titilaban. Bayo estaba sobre la mesa, en sus libros, en la pantalla del ordenador, en los cuadernos de notas…  El único español que tuvo curiosidad por recorrer lo que había sido la América española hasta hacia unas décadas. ¿Aventurero? Algo más y sobre todo algo menos o cuando menos un curioso aventurero que no duda en dedicarle un poema al obispo de su ciudad… Dos días después Ramón publicó en La Prensa un artículo en que recoge algo de lo vivido y conversado ese día:

“Miguel Sánchez-Ostiz.- Hay casos intensos de pasión por Bolivia en España, que a veces no aquilatamos como se merecen. Aquí llegó Andrés Segovia y dio un concierto en el Teatro Achá, como llegó el gran penalista Luis Jiménez de Asúa, invitado por el rector de la UMSS, Arturo Urquidi. Homero Carvalho insiste en que llegó Unamuno y entonces Miguel Sánchez-Ostiz dice que aquí estuvo Ramón del Valle Inclán en una troupe de teatro que recorría los países vecinos, como lo hicieron los Travesí, que llegaron de España y se quedaron para siempre en nuestro ameno valle.

Miguel llegó por novena vez a Bolivia. Fue jurado del Primer Premio Internacional de Novela Kipus, que culminó con éxito el 1º de septiembre con un jurado de campanillas, presidido por Luis H. Antezana Juárez e integrado también por el poeta y periodista paceño Rubén Vargas. Los tres coincidieron en premiar a Gonzalo Lema por su novela “Siempre fuimos familia”.

A Miguel lo visité en La Paz, en el Hotel Eldorado, donde el personal le tiene devoción y cariño, como toda la gente sencilla de esa grande y bella ciudad que a Miguel lo seduce. Lo llevé a El Alto por el Teleférico y entonces citó a Ramón Gómez de la Serna, con una frase muy suya, que hay en el mundo ciudades apocalípticas, y una de ellas es, sin duda, La Paz. No la ciudad del sur, carente de personalidad como cualquier otro barrio de residencias lujosas del mundo, sino la vasta Hoyada del centro, las laderas y El Alto. Con qué gusto subimos en teleférico y apreciamos el paisaje y cómo nos regodeamos paseando por la Avenida Panorámica de esa ciudad tan elevada. Le digo a Miguel que poco más allá están los brujos, que viven en pequeñas casetas de calamina y contesta que ya sabe, que siempre estuvo allí, mucho antes que construyeran esa araña maravillosa que tejerá su red infinita en siete líneas entre El Alto y los cien barrios paceños.

No hay rincón secreto de La Paz que Miguel no conozca y en eso ha revivido los pasos de otro español, Ciro Bayo, quien estuvo en Bolivia y la recorrió de Sucre a Riberalta y Cachuela Esperanza, donde vivió en el auge de la goma. Miguel se fue en un viaje anterior a buscar la cabaña donde vivía Bayo y no pudo encontrar ni ruinas, pero vi un libro para mí nuevo del escritor español, “Cien cacerías”, donde habla de su maravillosa forma de husmear en el alma secreta de nuestro país alto y bajo.

No es el único extranjero que se deslumbró en La Hoyada. Allí en el Jatun Qhatu, la estación del Teleférico, vimos a muchos turistas gringos que bajaban a esa extraña ciudad y de inmediato se nos vino a la memoria lo que contó Homero Carvalho, que Allen Ginsberg estuvo en La Paz en los 60s y dio testimonio de ello en versos maravillosos. Con lo tranquila que era la Hoyada en esos años y con lo agitada y apocalíptica que es hoy.

El cariño de Miguel por Bolivia se extiende a capitales europeas. Me cuenta que en un anticuario le mostraron un cofre de fotos donde aparece de forma inconfundible la ciudad de Sucre y la Escuela Normal de Maestros, junto a un señor de barba, una jovencita boliviana y una niña. Miguel no dudó en identificar al personaje, nada menos que Georges Rouma, fundador de la Normal. ¿Dónde irá a parar ese cofre? Pues al Archivo Nacional de Sucre, a través de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, a la cual me honro en pertenecer.

El Grupo Editorial Kipus aguarda esta obra de Miguel Sánchez-Ostiz, la tercera sobre Bolivia en la vasta producción del escritor navarro, que incluye a Ciro Bayo y ya lleva como 300 páginas en el original que pude ver en una computadora. Una corrección más y estará lista para este año.

Sí, hay muchas páginas escritas sobre Bayo en Bolivia y sobre los escenarios recorridos en los años que allí vivió, entre Sucre y la barraca San Pablo, en el Madre de Dios, más arriba de Riberalta, a donde fui en dos ocasiones. No fue ese el único libro de Bayo que me regaló Mariano Baptista, también el Por la América desconocida. En el Archivo Nacional seguí la pista de sus colaboraciones de prensa, de su revista El Fígaro, y de su “colejio” de la calle de Las Educandas… en Riberalta hablé largo y tendido con el nieto de Salvatierra, el gomero para el que trabajó Bayo… en Villa Bella…Captura de pantalla 2014-09-23 a las 09.22.37