Freddy Márquez, un recuerdo

Me he acordado de Los Marqueses al leer un artículo del escritor boliviano Guillermo Ruiz Plaza (aquí enlazado).
Mi amigo Ricardo Camacho, poeta paceño, se acordará sin duda de la noche de tragos que estuvimos con Freddy Marquez en el estrepitoso Club del Recuerdo, algo asombroso, que conté en la «novela» Diablada boliviana… Aquella noche, Freddy bebía a morro de una botella de whisky y hablaba de su trabajo de abogado penalista, mientras debajo de la mesa había alguien con poca ropa encima, tanto que se quejaba de que todos los hombres la miraban y que hablaba sin parar del amooor, amén de unos viejos cholos con gafas de sol en la oscuridad, que parecían salidos de cuadros de Raúl Lara. En el estrado se sucedían en triunfo imitadores de artistas famosos de los años sesenta y setenta, y por la sala andaban señoras mayores vestidas de moteras y viejos ruteros de todas las rutas… Qué barbaridad, qué noche… Incluida la gamberrada que me hizo Ricardo comunicando al maestro de ceremonias que en la sala se encontraba el premio Principe de Viana de la Cultura, vítores, aplausos, botellas, un cholo me quiso sacar a bailar, «No es por maraco, es por el amooor..», un tumulto indescriptible… Allí no había nadie que volviese a cumplir más sesenta que cincuenta años. Los retretes estaban impracticables por inaccesibles, dada la cantidad de vejestorios que había dentro al jale de pichicata… Qué noche y luego que te inventas lo que cuentas.. ¿P’a qué?
Volví a encontrarme con Freddy Marquez en dos ocasiones, pero de día, él iba a lomos de su Harley (un día de Carnavales paceños) y otra en la puerta del Hotel El Dorado, pero no era lo mismo. Una vida, la suya, de verdad estrepitosa.

El Averno y el Callejón Caracoles (La Paz)

Al Callejón Caracoles, de La Paz, he vuelto de la mano de una publicación en red que trata del Averno, un antro clásico en el relato de la bohemia paceña, escenario de truculencias, crímenes, violaciones, del que habla Victor-Hugo Viscarra, El Vico, y otros escritores que en un momento u otro lo frecuentaron, Alfonso Murillo, que fue el primero que me llevó allí (al callejón no al antro porque ya estaba derribado), Ricardo Camacho, Ramón Rocha, Humberto Quino, gente de mi generación (quintos). En mis viajes a La Paz pasaba a menudo por su entrada porque estaba muy cerca del corazón del mercado Rodríguez camino de la León de la Barra, donde tenía un cocani estupendo, generoso y hablador (viejo, como yo) que vendía una hoja menuda de Yungas. El callejón estaba frente a los puestos de las floristas (y a un barbero nocturno y mala sombra) y a un paso de la casera que los sábados vendía un lechón asado maravilloso con camote, plátano, llajuita, y de un local del Ejército de Salvación de aspecto poco atractivo. En el otro extremo del callejón de empedrado muy irregular había una fragua ruidosa de martilleos en el yunque, en cuya negrura resaltaba el fuego o las chispas de la soldadura autógena. Flores, comistrajos al paso, ruinas, vendedores de lo inverosímil también (un gallo de pelea me quiso vender un borrachito), chelas heladas, panes como los de la infancia, que allí llaman marraqueta, pescados del lago, especias, broncas, borrachitos, aparapitas, caseras reñidoras o ensimismadas… Creo que el Callejón Caracoles y el Averno es un escenario de mi novela Diablada boliviana en donde alguien viaja mucho más abajo que el volcán de Lowry, hasta la cama del diablo de Tom Waits. Ese era mi barrio favorito de La Paz, entre la plaza de San Pedro (la cárcel más loca del mundo en donde entre a título de sobrino de un maderero gallego del Beni, a visitar a un político que llevaba preso no sé cuánto tiempo), el Mercado Rodríguez, el Uruguay y la Buenos Aires (diurna). Nunca me cansé de patear esa zona en la que algunos de mis amigos de entonces, gente mayor, veteranos de la revolución del 52, la de Paz Estenssoro y el MNR, no habían puesto los pies jamás. «Cuéntanos de tus callejones», me decían. Y les contaba, y se asombraban y reían con mis andanzas y encuentros. Cómo decir que echo mucho de menos aquellos días y aquellos viajes entre 2004 y 2017. Me siento baldado, acuciado por tareas pendientes y me acuerdo demasiado a menudo de un capítulo de Lord Jim, de Joseph Conrad
«Sus días de vagabundeo habían terminado, ya no más horizontes tan ilimitados como la esperanza, ni crepúsculos en selvas solemnes como templos, mientras bucaba fervorosamenteel País-Siemre-Por-Descubrir detrás de cada colina, al otro lado del río, cruzando el mar.»

Copio aquí el texto que me ha hecho volver sobre la huella de mis propios pasos:

El Averno

Víctor Hugo Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano escribió sobre lo que conocía; en su libro “Borracho estaba, pero me acuerdo”. Traza una cartografía marginal sobre el laberinto de las calles, mercados negros, las cantinas de mala muerte, lenocinios, cabarets y la cárcel, de personajes que funden sus almas con el alcohol barato, la delincuencia, y la marginalidad. Viscarra sobrevivía merodeando una ciudad de La Paz semiclandestina; la de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno, El Abismo y El Volcán; cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas costaban centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo.
Cuentan que en varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). El tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006

Relato del Averno

«Es una de las cantinas con categoría, en sus buenos tiempos era una verdadera antesala del infierno, allí hubieron infinidad de asaltos, violaciones y peleas, atracos y uno que otro asesinato (…) Don Víctor, dueño de El Averno, se esmeró en decorar apropiadamente su local haciendo pintar en sus paredes escenas sacadas de la Divina Comedia”

Carnavalada

Sudario no era, atuendo de mendigo o de roto tampoco, más bien disfraz de farrero de carnavales paceños de hace lo suficiente como para olvidar el estado civil de las personas que han contado en nuestra vida (falso), según decía Modiano con dos cascabeles de los suyos, también hace mucho. Los carnavales quedaron atrás, aunque ahora mismo escriba de un entierro de la sardina que lo es o quiere ser de la vida de unos viejos amigos que padecen el síndrome de Korsakoff, así que no hay fiarse mucho de lo que cuentan o dicen recordar. Sé de más de uno que ha perdido la vida tras una morterada de copas. En La Paz, al pintor Angles se lo llevó por delante un coche. Era un buen pintor. A uno de mis personajes se lo lleva por delante la mala saña de las máscaras que prefieren seguir la farra antes que atender a un herido. A cierta edad, la escritura es la de la tijera del olvido, la del desconocerse, la del dejar las cosas en claro y, a ser posible, acogerse al sagrado de esos días felices, como los del Carnaval de La Paz, que parece que fue ayer.

Sapo o rana

La última vez que jugué sapo fue en La Paz, junto a un tumbo (¿o era peral?) por el que andaban los colibries, en el patio de la casa de Ricardo Camacho, cerca del Cementerio General, antes de que aparecieran en escena los poetas Humberto Quino Márquez y Jaime Nisttahuz, memorable día, memorable… Jaime, después de mirarme detenidamente me dijo algo asombroso: «Eres el español más raro que he visto nunca». Ricardo sabrá, pero creo que estaba rica hasta el agua de los floreros. Al sapo o a la rana, muy literario juego de «las afueras», los merenderos –Casa Larrea por ejemplo– y los juegos de bochas, no doy una, no es lo mío.

Píos deseos al acabar el año

A mis lectores: vayan, con el excepcional fotógrafo paceño Juan Quisbert, mis mejores deseos de ventura para el próximo año, porque contra todo pronóstico me sigo haciendo ilusiones, incorregible iluso que soy tal vez, pero sigo pensando que prefiero no amargarme ni la noche ni el día con negruras. Otros años solía escribir un texto ritual que titulaba a la manera militar «Y en esta situación terminó el año». No tengo muchas ganas de hacer balance. Diré que empezó el año en Arizkun, de Baztan, y está terminando en Madrid. Con días de luz y de sombra, muy nublados, y una hartadumbre intensa por causa de la pandemia, he publicado cuatro libros que han corrido la suerte que han corrido: Pío Baroja a escena, Otoñal y barojiana, Moriremos nosotros también y Viaje alrededor de mi cuarto (Novela desordenada)… mucho trabajo y mucha vida. Lo demás, a verlas venir.
Aun así, un traguito de melancolía no sienta mal con un poema de Gil de Biedma


Píos deseos para empezar el año


Pasada ya la cumbre de la vida,
justo del otro lado, yo contemplo
un paisaje no exento de belleza
en los días de sol, pero en invierno inhóspito.
Aquí sería dulce levantar la casa
que en otros climas no necesité,
aprendiendo a ser casto y a estar solo.
Un orden de vivir, es la sabiduría.
Y qué estremecimiento,
purificado, me recorrería
mientras que atiendo al mundo
de otro modo mejor, menos intenso,
y medito a las horas tranquilas de la noche,
cuando el tiempo convida a los estudios nobles,
el severo discurso de las ideologías
—o la advertencia de las constelaciones
en la bóveda azul…
Aunque el placer del pensamiento abstracto
es lo mismo que todos los placeres:
reino de juventud.

El poema de Gil de Biedma, escrito en plena juventud del poeta, o cuando menos algunos de sus versos cuando la vejez asoma: el aprender a estar solo y el orden… todo lo demás se adelgaza de mala manera con la edad… salvo en casos excepcionales, entre los que no me encuentro.

«La Paz es invencible!»

Las fotografías, con su leyenda, me las envía desde La Paz mi amigo Pablo Cingolani. Una no necesita explicación, la de la Pachamama sí. Al comienzo de la película Cementerio de elefantes, del boliviano Tonchy Antezana, hay una escena de unos albañiles que nocturno entierran en los cimientos de un edificio a una persona farreada, no se ve bien si viva o muerta, como ofrenda a la Pachamama. Leyenda urbana o innombrable tradición oscura del mundo aymara. No lo sé, pero hay una zona de La Paz (céntrica) donde es frecuente ver carteles de personas desaparecidas, calles que parecen desiertas, con imprentas, conventillos, antiguas casas patricias divididas en cuartos, pero que de noche cobran una vida intensa y pesada… el amigo Alfonso Murillo me hablaba mucho de ese asunto y Ricardo Camacho también.

¡Pero qué bien, qué a gusto, qué paz!

«¡Pero qué bien, qué a gusto, qué paz!» Eso se oía hace mucho y eso me he dicho esta mañana cuando bajé a comprar el pan, de Saldías, porque el de todos los días se había acabado, que es que anda mucha gente, eso dicen, de lo que me alegro, por los negocios del pueblo lo digo. He hecho una risas con la Lupe y luego me encontrado con mi pariente, el artista (pintor, músico, poeta…), y me ha enseñado sus últimas adquisiciones de máscaras africanas… los cuadros de su exposición veraniega ya los había visto. Cada cual vive en su mundo, aunque lo hagamos en la misma calle. Hemos charloteado un rato y luego he subido la cuesta tan feliz que parecía que le había echado «cariño» al café de esta mañana… ¿Por qué no decirlo? Va para diez meses que vivo en un pueblo con una gente estupenda. Igual es que yo he sido más de pueblo que de ciudad. Madrid dejó de gustarme cuando dejó de ser un pueblón galdosiano y se convirtió en un parque temático y en un abrevadero de guiris de parranda. Para ciudad, por ejemplo, La Paz, Bolivia, que es un desdiós, en cuyo aluvión de gente, puro Choqueyapu criminal cuando está de crecida, me gusta desaparecer… Baztan, Bolivia, carajo (mi abuela argentina era muy de carajos), qué dichoso he sido y soy. Unamuno se preguntaba quién vive más su vida si el que vive en un pueblo o en una gran ciudad… Vete a a saber. Cada cual la suya. A cierta edad y si tienes trabajos pendientes que peligran, importa poco el lugar donde vives mientras puedas trabajar. Fray Antonio de Guevara, en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, decía que para quien gustaba de la corte, irse al retiro de la aldea equivalía a empezar a cavar la fosa… No les diré, pero aquí sigo, sin ánimo alguno de moverme, aunque de cuando en cuando pegue un brinco para regresar por donde he venido. (Confesiones de un dromómano).

Me acuerdo… (14)

Me acuerdo de ese tremebundo cuadro de Arturo Borda, pintor y escritor boliviano. Se titula Filicidio y representa a un recién nacido, con un cartel de niño abandonado colgando del cuello, me dijo Ricardo Camacho, arrojado a un muladar donde una chancha se lo come. Está o estaba en el Museo de la Policía boliviana, en La Paz, entre truculencias varias. Borda, autor de El Loco, esa inclasificable obra literaria, murió tras beber un vaso de muriático por error (es lo que asegura la leyenda urbana que le sigue como buscapiés). El cuadro se lo regaló Borda a la Policía por haberle dado pasaporte para exponer en Buenos Aires…

A mi amigo Miguel (Ramón Rocha Monroy en Facebook)

A mi amigo Miguel
Cada vez que voy a La Paz desvío mi recorrido por los rumbos que frecuenta un amigo de Navarra, es decir, del Cementerio a la Illampu, a comprar buena coca, y luego calle abajo o sigo por la Sagárnaga hasta San Francisco.
Es curioso que siendo boliviano frecuentaba la zona sur, pero por seguir los rumbos de mi amigo Miguel ahora puedo decir que conozco La Paz profunda, donde encuentras cosas insólitas como aquellos restaurantes de comida kosher que tienen menú en hebreo y valerosos paceños y paceñas que hablan en ese idioma curioso para hacerse entender.
“A Bolivia no vengo por turismo, vengo en peregrinación”, me dijo Miguel Sánchez-Ostiz, escritor navarro, en su séptima venida a nuestro país. Recala en Cochabamba pero no sabe en qué momento ir a La Paz. Se conoce de memoria los mercados, los recovecos pero sobre todo los rostros aymaras que pueblan las miles de fotografías que ha tomado. No es fotógrafo, pero si uno revisa su blog encuentra las ilustraciones más sugestivas de los mercados bolivianos que acompañan su bitácora escrita (vivirdebuenagana.wordpress.com).
Este culto es común entre chukutas; son en cambio contados e ilustres los hermanos de otros países que aman el nuestro y no por sus paisajes sino por su gente, no la gente blanca sino la originaria que habita en los mercados cocinando manjares para estómagos recios y paladares abiertos. Mirar nuestro país con otros ojos y prestarle oído al fraseo cotidiano y popular hacen del blog de Sánchez-Ostiz una lectura intensa y deliciosa, tanto en las veredas navarras del valle de Baztán, donde vive, como en La Paz y Cochabamba, pero en sus sitios más auténticos y populares.
Miguel publica las fotos de dos ancianas y dice, por ejemplo: De entre los cientos de coqueras callejeras o no, de los alrededores de los mercados paceños estas dos, una de la calle Gallardo, frente a la salida de camiones de carga y pasajeros, y otra de la Segurola, junto a las vendedoras de entrañas y despojos.
O bien publica la fotografía de un viejo vendedor de hechizos y comenta: Como cada día que callejeo por los mercados paceños, de regreso he ido al callejón Jiménez a tomar un café al Pepe, un cafetín agradable, frecuentado por mochileros y por ex soldados israelís, raro en ese entorno de artesanías industriales, gringos de parranda, yatiris de buena y mala suerte. Ya no existe. He preguntado. “Se han ido”, me han dicho. Conocí a su dueño hace nueve años. Ahora es un comercio de artesanías. A cambio me he encontrado a ese vendedor de amuletos en un callejón que corre a un lado del mercado Uruguay, entre la Segurola de los maleantes que todavía montaban guardia mañanera y la Max Paredes de la quincallería de menaje, el barullo, la polución, los bocinazos… La Paz para mí inagotable.
Carpe diem: allá va Miguel por las calles de La Paz, a paso infatigable, y yo lo sigo por los mismos rumbos. Miguel observa y escribe: Lo que si estoy viviendo es la indignación de los bolivianos que, en tu calidad de español, te hacen participe de su indignación, de la manera más cortés o más hostil. No es grato. Tú no representas a ese país, ni a su repulsivo gobierno, no vives de la gorra rojigualda y de su pesebre… pero. Y en esa situación mostrar tu propia indignación cuenta poco porque suena a querer escabullirte de una situación bochornosa y solo eso por mucho que pienses que el tuyo es un gobierno autoritario y encima lacayuno de los intereses norteamericanos que ha permitido una y otra vez desprecios a su soberanía. El titular del editorial de El País, “Trato intolerable”, parece decir mucho, pero aparte de ser certero, no acaba de redondear una condena que tiene responsables políticos, por esta ha sido una decisión política que desenmascara una actitud de prepotencia hacia latinoamérica y de sumisión de Estados Unidos. Las negaciones del ministro de Exteriores son propias de un trilero. No me extraña que aquí, por precaución, los mangueros rojigualdos hayan cerrado sus oficinas.
Ha traído un libro de Michel Onfray, nuestro filósofo de culto, que titula Teoría del viaje, y cita: Sigo con Onfray, en las páginas finales de su Théorie du voyage: “Algunos regresan de manera compulsiva a lugares ya visitados, reencontrando costumbres de sedentarios en el corazón mismo de la experiencia nómada”. Cierto, soy de esos, no me importa confesarlo. Y si lo hago es tal vez porque lo que busco en esos viajes no es satisfacer una pasión, ya vacilante, por “lo nuevo” como fetiche intocable, lo exótico o, como él dice, la “extravagante belleza” ni ese exótico expresionista de “lo otro”, tan falso, tan manido, tan mendaz en su discurso humanitario. Sé que en esas idas que son regresos, me pierdo algo, en algún lado, pero eso es tan continuo y desde hace tanto tiempo que ya forma parte de mí y de lo que escribo. Algo ha podido ser y no ha sido. Cuando se tiene el sentimiento intenso de que la vida está en otra parte, como escribía un Tabucchi embriagado de saudade, eso no tiene remedio. Sé algo más, que si no he terminado de escribir Las puertas de Valparaíso, ha sido por dos motivos, uno porque siempre he pensado que iba a regresar y que en ese nuevo viaje iba a ver y vivir lo que no había visto ni vivido en mi anterior viaje, y otro, que dar por terminadas esas páginas iba a ser cerrar por las buenas y para siempre unas puertas, una puerta que había tenido abierta. Viajes cerrados, libros abiertos… Y volver, volver… ¿A qué exactamente? Me temo que por mucho que me esfuerce no voy a dar con una respuesta satisfactoria. Entre tanto me engaño como puedo, emocionado, entusiasta, en ruta. Y al fondo, el verdadero argumento de la obra y uno de los vientos del viaje: el Tiempo.
Es la víspera de su llegada a Bolivia. Pasará cinco días en Cocha y luego a La Paz, a talonear hacia arriba porque es el mundo que le interesa. ¿Qué tiene La Paz para merecer semejante atención de un navarro?
No pensé hallar en un navarro tanto cariño por mi país, pero particularmente por La Paz. Recuerdo que escribí una nota larga sobre Jaime Saenz, para presentar la última edición de Felipe Delgado por Plural Editores y entonces Miguel escribe: De hecho si viajé en 2008 a Bolivia desde Chile fue para conocerle, porque había leído un artículo suyo sobre Jaime Sáenz que me había gustado mucho (al año siguiente me regaló todos sus libros de poemas en primeras ediciones).
La Paz ejerce una atracción, un magnetismo, una fascinación especial en quienes la visitan, lo mismo del interior del país que de otros países. Unos se inclinan por el paisaje, pero otros saben ahondar en la condición humana, y entonces la atracción es irresistible.