Mural en recuerdo del Gitano Osvaldo Rodríguez y de su canción más famosa dedicada a Valparaíso, junto a la librería Orellana, en la calle Esmeralda. Valparaíso 2010. Hoy no hay ni mural ni librería, aunque la calle siga siendo tan populosa como entonces. La sigo recorriendo en las páginas que releo, reescribo, revivo.

Álvaro Bisama, un afortunado biógrafo de Pablo de Rokha, tiene un buen artículo sobre esa librería insondable desaparecida. No sé quién me dijo que era la librería de la familia del pintor Gastón Orellana, un fantasma casi hoy día, que anduvo por el Madrid de los 50/60 y pasa por las páginas memorialísticas de Francisco Umbral, y a quien no sé por qué relaciono con Roberto Godoy, aquel chileno que pululaba a la sombra de Editora Nacional o aledaños, a finales de los setenta.

«Pero este puerto amarra como el hambre. No se puede vivir con conocerlo»

http://www.buenosairesreview.org/…/06/orellana-valparaiso/

Valparaíso de nuevo

Escribir sobre lo vivido (desde lo ya escrito) es vivirlo de nuevo. No de la misma manera, obviamente, pero reconforta encontrar en imágenes, notas de diario y páginas escritas hace años los motivos del encantamiento. Fue una escritura de crónica, lo es de la memoria.
La bahía de Valparaíso desde mi alojamiento en Playa Ancha, hace años.

Valparaíso, mon amour

Hacía tiempo que no escribía tan a gusto (pura y mala retórica porque ha sido un gozo escribir «Emboscaduras y resistencias» que publicará en breve Alberdania), pero he vuelto a las páginas escritas en y desde Valparaíso, y a los días allí vividos con entusiasmo, en un frente doble además. Me curo de ese modo de escribir ahora mismo de Madrid (me doy un respiro), porque la ciudad actual me agobia y enoja (gracias a sus gobernantes y a quienes les apoyan de manera combativa) que de la crónica vital y memorialista, doy sin darme cuenta en el libelo o en libro de combate. Con Valparaíso eso no pasa porque hablo de días que fueron para mí gozosos, lo mismo que las páginas literarias (ajenas) a ellos aparejadas.

Las puertas de Valparaíso

Cómo no vas a escribir de una ciudad en la que, a cada paso, te encuentras con reclamos como el de la fotografía. Empecé a escribir un libro sobre Valparaíso, al margen de mis diarios de viaje, en el año 2008, desde mi alojamiento de Playa Ancha, calle Levarte. Lo iba a titular Las puertas de Valparaíso, lo continué en el mismo lugar dos años después durante unas cuantas semanas. No encontré interés alguno por parte de los editores a los que acudí, un editor y una editora, que ni siquiera se dignaron considerar la lectura del libro. Una pena. No es que estuvieran agobiados de originales, no, sino que mi nombre les quemaba, no les traía cuenta. A unos por una cosa, a otros por otra. Lo demás, cuentos, habituales, preceptivos. Lo mismo pasó con Cuadernos Hispanoamericanos, a quienes ofrecí la publicación de unas cuantas páginas, como las que ya había publicado en una revista de Extremadura. Así es como lo dejas, lo vas dejando, se te cruzan otros proyectos, pero la ciudad, las imágenes van y vuelven por mucho que las fotografías, por ejemplo, se hayan desvanecido con tantas idas y venidas. Con la edad vas afinando algo importante: tragar sapos, tragas, porque no queda más remedio, pero que callar, eso ni p’a Dios, y mucho menos por la falsa elegancia del capón o del taimado. Cada cual a su juego. Yo, a lo mío. Tarde o temprano, ese libro verá la luz. Ahora, Valparaíso y sus trolebuses suizos regresa como remoto escenario de un nuevo artefacto narrativo, complejo, vitriólico, jolgorioso, «difícil de leer», que verá la luz en otoño próximo. Por el tema estaría bien presentarlo el 2 de noviembre.

Escaleras de Valparaíso (Sergio Larraín)

Sergio Larraín, Valparaíso, 1963.

Según Neruda quien haya recorrido todas las escaleras de Valparaíso habrá dado la vuelta al mundo. Ni sé la e veces que habría pasado por esas de la fotografía, aunque ahora las vea más de bajada que de subida, como un emblema de Emboscaduras o de declive imparable, eso, como todo, a ratos.

Ese Sergio Larraín que joven y exitoso fotógrafo lo deja todo y se retira a una pequeña población de la precordillera chilena para meditar y vivir de acuerdo con la naturaleza, al margen… gran sitio ese.

No se puede vivir sin conocerlo…

No sé cómo explicarlo, casi mejor escuchen, si les viene en gana, al Gitano Rodríguez: Valparaíso… amarra como el hambre.

Era la vista que tenía desde mi alojamiento en Cerro Playa Ancha, en los años 2008 y 2010.

Una larga espera a fuerza de recuerdos… no es mío, sino de Luis Cernuda, en circunstancias bien distintas, claro. Mañana. Volverás mañana, pero mañana es otro día, y has envejecido de mala manera.

Esta de Ángel Parra tampoco está nada mal

No me acuerdo cuál de los Parra vivía en la plaza de La Matriz (2004)

Mensaje desde Valparaíso

Vista-Canas-incendio-Valparaiso-Chile_EDIIMA20140414_0058_13Un mensaje que me llega desde Valparaíso, donde se han quemado los Cerros en los que viven los más desfavorecidos, los hasta ahora invisibles, los que desaparecen en la bruma del invierno o en el barullo inquitante de la pobreza, más arriba de la Avenida Alemania, como dice la autora de la nota, ahí donde no estoy muy seguro que lleguen ni los del  «turismo solidario». Cuando no puedes echar una mano eficaz, mejor callar. Es de temer que las cifras reales de daños y daminificados superen las oficiales que suministran las noticias:

No se preocupe señor turista, no se está quemando la Sebastiana.
El muelle Prat está protegido, al igual que los cafes-butiques del Cerro Alegre. Los bares del puerto y los pubs de Cuming siguen atendiendo,
fabricando ebrios en la ciudad con mayor tasa de alcoholismo en Chile.
Los fuegos artificiales se verán igual este año, porque los lindos miradores siguen en su sitio. El muelle Barón está lejos del fuego, así que el proyecto mall sigue en pie. Si incluso las casitas de colores se han salvado, las que arden hoy son las de color gris, esas que no salen en las postales.
Los que corren hoy, son los que siempre han corrido, corren todos los días pa’ tomar la micro, corren porque no tienen ascensor en su cerro, corren para llegar temprano al Van Buren y alcanzar un número. Los que corren hoy, con poquitas cosas, son los que menos cosas tenían para perder.
No se preocupe señor turista, el incendio está lejos del Grand Hotel Gervasoni, hoy se quema el conventillo de la peruana, las casas que brotaron como callampas en los cerros. Arden los barrios que no salen en su mapa, porque en él todo acaba en la Av. Alemania.
Tengo que decirlo: me indigna leerlo preguntando por los ascensores.
No entiendo que se alegre por la Plaza Victoria indemne, cuando ya son doce personas las que han muerto calcinadas. No entiendo que pregunte por la casa de Neruda, si a él ya no le sirve, pero a quinientas familias la suya sí.
Usted tiene otros 38 cerros que visitar el próximo verano, pero ahora son diez mil los evacuados que no tienen dónde ir… De qué nos sirve el patrimonio si no hay humanidad.»
María José Blanco Contreras

Nota: la imagen la he escogido al azar entre las cientos que están colgada en la Red: una vale por todas.