Empezar a olvidar (Pablo Cingolani)

pablo.2Hoy me llegó este mensaje de Pablo Cingolani, que me hace pensar en el tiempo no sé si perdido, pero si invertido en este blog y en empeños que suponían ir en la dirección contraria a la que acababa de emprender, y en el montón de libretitas de viaje cuya letra ya ni entiendo, diarios de viaje que se va a llevar el viento… “Ni me acuerdo” ¿Viajé para contarlo o lo hice para encontrarme con aquel joven que me estaba esperando  en Juan Fernández o en el agua de Magallanes? Ya no sé si escribir esto mismo es un error, fruto de una insatisfacción incurable o una herida que no va a cicatrizar jamás.
Pero mejor leer a Cingolani:

La vida es más rápida que mi deseo de escribir, de escribirla. Tenía un blog. No tengo un blog hace años. Lo que si tengo son decenas de bitácoras: cuadernos y libretas que revientan de datos, nombres de seres humanos, bares, plantas, insectos, lugares, volcanes, hojas de ruta y de coca, mapas, mojones, fechas, poemas, circunstancias. Los papeles se apilan en mi biblioteca, agrietados por álbumes de fotos y por piedras –colecciono piedras y, más velocidad aún, cada piedra cuenta una historia, cada piedra me cuenta, recrudece y atiza una historia, pero que no escribo, no puedo escribir, porque una nueva piedra y una nueva historia corren delante de mí y me secuestran, arrojándome de nuevo al camino, al vacío de una nueva bitácora que empiezo a llenar: Copacabanita, Huachacalla, Chipaya, Sabaya, Coipasa. Al menos, anoté sus nombres. Ahora sé que ya puedo empezar a olvidarlos.

El Winnipeg en Valparaíso

traversee-solidaireEl Winnipeg en Valparaíso, según  Juan Uribe-Echevarría, en su novela Sabadomingo.

Maturana no olvidaría jamás la llegada de aquellos dos mil setenta y dos refugiados españoles a Valparaíso en una clara y fresca mañana de septiembre.

En el muelle, junto a la mole oscura del barco con nombre canadiense se arremolinaban periodistas, fotógrafos, grupos políticos y culturales. Allí estaban representados el Frente Popular, el Comité de Recepción de los Refugiados Españoles, la Confederación de Trabajadores de Chile, la Liga de los Derechos del Hombre, la Asociación de Ex Combatientes Antifascistas, la Asociación de Artistas de Valparaíso, los anarquistas de la I.W.W., y algunos dirigentes deportivos a la busca de jugadores de futbol.

La colonia española, en su mayoría vascos y asturianos, vestidos de oscuro, como para un funeral, se movían en un sector aparte. Muchos mostraban una indisimulada preocupación. Eran comerciantes adinerados, partidarios del orden, a la espera de parientes a quienes la Guerra Civil rotulaba como extremistas peligrosos. Los diarios “serios” de Santiago habían abundado en noticias y opiniones alarmantes. Llegaba una partida de desalmados: ladrones, asesinos de monjas, de curas y hombres de bien; incendiarios, profanadores de tumbas. Verdaderos chacales. En folletos de propaganda aparecían milicianos sonrientes exhibiendo ataúdes y esqueletos mitrados en las puertas de las catedrales.

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Una banda ejecutó la Canción Nacional y la Marsellesa. Se repetían los vivas a Chile y al Presidente Pedro Aguirre Cerda, cuyo enorme retrato lucía en la proa del buque. En el puente del Winnipeg se apiñaba una multitud nerviosa y gritadora. Aquella variedad de rostros ibéricos se movía de un lado a otro portando grandes sacos y maletas, sin prestar mayor atención a la curiosidad y alegría de los de abajo. De vez en cuando algún grito poderoso hendía el aire:

¡Emiliano!      ¡Emiliano!… iAquí estamos!…¡Soy Fernando!… ¡Aquí está la Carmen y el nene! …

El aludido Emiliano, un español viejo, delgado y cetrino, con los ojos llenos de lágrimas, movía el pañuelo sin atreverse a gritar su saludo.

, Los obreros, estibadores y picasales observaban silenciosos a aquellos españoles y españolas, mal vestidos y famélicos. La visión de aquella triste humanidad despertaba en ellos un sentimiento confuso, una mezcla de curiosidad, compasión y recelo.. En el puerto solo conocían españoles duros, soberbios, enriquecidos en las tiendas, panaderías y agencias de empeños. Estos aparentaban ser “rotos” españoles, obreros, pescadores y campesinos que habían luchado por las ideas de avanzada social. Una voz ronca, proletaria, se hizo aplaudir, entre risas

–iVivan  los coños republicanos!

(Continuará)

muelleAhí estaba la estela del Winnipeg, en el muelle de Valparaíso rajado por el terremoto del año 2010, en el mes de mayo de aquel año.

El “Juan Fernández”

El pailebote Juan Fernández, que no sé si si fue el del colono suizo Alfred De img_2595Rodt, pero sí que entró un día en puerto por haberse amotinado la tripulación en alta mar, lo compré en la plaza O’Higgins, de Valparaíso, hace doce años. Acababa de regresar de un  viaje accidentado a la isla de Juan Fernández, la de Alejandro Selkirk, al que ya muy mayor, en una taberna de Londres, sumergido en su bebida, se le oía decir refiréndose a Daniel Defoe: “Me robó mi historia”. El amigo en cuya casa vivía pensó que había perdido la cabeza. Y el taxista que me subió a Cerro Alegre con el barco en brazos me miraba raro por el retrovisor: “¿A dónde va con eso?” “A Navarra” “¿P’a donde cae?” “En el norte de España” “Ah…” y miraba y volvía a mirar.
Luego, he contado ya en algún lado, mi amigo y yo, con varias morteradas de pisco sauers, algunas botellas de Casillero del diablo de por medio y varias parrilladas, construímos poco a poco una preciosa maleta de madera que viajó dando tumbos hasta Pamplona con el barco dentro. Las asas eran de Carretero, un guarnicionero como para poema de Pablo Neruda… Las cosas, ese misterio.
Me gustaba mucho el cachureo dominical de la plaza y el diario de las calles adyacentes: una insripción del monumento a O’Higgins que habla de igualdad y de fraternidad, el recuerdo de la luz del otoño austral de varios viajes, en uno de los cuales escuché a un grupo que con voz recia y rotundos golpes de bombo  el tiempo que va pasando como la vida no vuelve más, una canción de más de treinta años atrás entonces, más de cuarenta ahora. ¿Y el barco? Ah, el barco ahí sigue, quieto, rodeado de ex-votos o reliquias, veo hasta una fotografía, veo, en la que asoman las jetas de dos novios de la muerte bolivianos, alemán uno, italiano y pistolero de Montejurra 76  el otro; una foto tomada en el pequeño puerto de Largo, el pueblo natal de Selkirk; una calavera de zorro del día que ví  asombrado cómo habían arrasado, en el pueblo de Azcona, el panteón de mi familia paterna, y todavía me pregunto qué habrían hecho con las momias, en fin, cosas; un frasco de pichicata de hace cien años, fabricada en un laboratorio de Barcelona y vendida, entonces por lo legal, como atestigua Ramón J. Sender, que trabajó de mancebo de botica en Zaragoza;  una velita que me dió una mujer en el cementerio de la Reinvierea, en Bucarest, junto con una bolsa de pastas (que me comí)  porque la viuda que iba de entierro me confundió con un mendigo…  ¿Y la isla? La isla allá lejos, en el recuerdo, en las páginas escritas y en la certeza de que tienes que vivir las tierras que pises como si no fueras a regresar nunca más.

Mensaje desde Valparaíso

Vista-Canas-incendio-Valparaiso-Chile_EDIIMA20140414_0058_13Un mensaje que me llega desde Valparaíso, donde se han quemado los Cerros en los que viven los más desfavorecidos, los hasta ahora invisibles, los que desaparecen en la bruma del invierno o en el barullo inquitante de la pobreza, más arriba de la Avenida Alemania, como dice la autora de la nota, ahí donde no estoy muy seguro que lleguen ni los del  “turismo solidario”. Cuando no puedes echar una mano eficaz, mejor callar. Es de temer que las cifras reales de daños y daminificados superen las oficiales que suministran las noticias:

No se preocupe señor turista, no se está quemando la Sebastiana.
El muelle Prat está protegido, al igual que los cafes-butiques del Cerro Alegre. Los bares del puerto y los pubs de Cuming siguen atendiendo,
fabricando ebrios en la ciudad con mayor tasa de alcoholismo en Chile.
Los fuegos artificiales se verán igual este año, porque los lindos miradores siguen en su sitio. El muelle Barón está lejos del fuego, así que el proyecto mall sigue en pie. Si incluso las casitas de colores se han salvado, las que arden hoy son las de color gris, esas que no salen en las postales.
Los que corren hoy, son los que siempre han corrido, corren todos los días pa’ tomar la micro, corren porque no tienen ascensor en su cerro, corren para llegar temprano al Van Buren y alcanzar un número. Los que corren hoy, con poquitas cosas, son los que menos cosas tenían para perder.
No se preocupe señor turista, el incendio está lejos del Grand Hotel Gervasoni, hoy se quema el conventillo de la peruana, las casas que brotaron como callampas en los cerros. Arden los barrios que no salen en su mapa, porque en él todo acaba en la Av. Alemania.
Tengo que decirlo: me indigna leerlo preguntando por los ascensores.
No entiendo que se alegre por la Plaza Victoria indemne, cuando ya son doce personas las que han muerto calcinadas. No entiendo que pregunte por la casa de Neruda, si a él ya no le sirve, pero a quinientas familias la suya sí.
Usted tiene otros 38 cerros que visitar el próximo verano, pero ahora son diez mil los evacuados que no tienen dónde ir… De qué nos sirve el patrimonio si no hay humanidad.”
María José Blanco Contreras

Nota: la imagen la he escogido al azar entre las cientos que están colgada en la Red: una vale por todas.