Así pintaba la tarde

Estaba leyendo La noche que llegué al Café Gijón, un libro que me produce una tristeza enorme, como otros de Umbral, con páginas de hojarasca entre las que saltan a cada paso destellos luminosos de hallazgos verbales o juicios literarios certeros. Digo leyendo, hasta que tropiezo con un rabioso subrayado de cuando compré el libro en una librería desaparecida: «De las provincias, sí, hay que irse corriendo» (enero de 1978). Ni me fui ni en el fondo me he ido nunca, por muchas vueltas que haya dado. En esas estaba cuando han llamado a la puerta con golpes de aldaba, que para eso está. Era mi vecina Elurre Iriarte acompañada de un viejo, viejo amigo, el escritor vasco Anjel Lertxundi, Andu para los amigos y para siempre. Carajo, que me he emocionado. Hacía más de diez años que no le veía. Nos hemos puesto pelmicas hablando de forma atropellada de recuerdos de juventud y de jumentud, en aquellos años setenta: los primeros artículos de prensa, en Egin recién fundado, hasta que nos echaron, pronto la verdad, en Ere luego, los primeros libros, los veranos de Zarauz, los encuentros de Donostiastián, de Madrid, con Jorge, de Alberdania, de Barcelona cuando fuimos a presentar no sé qué y no apareció nadie y Gimferrer nos dijo que aquello parecía un poema de Joan Brossa… Carajo, insisto, qué suerte he tenido en la vida con mucha de la gente que he conocido y lo mucho que de ella he recibido. Será la edad, el tiempo del recuento y del descuento, el de las muescas que nos ha dejado el vivir como hemos podido, las pérdidas y las ganancias. La amistad hay que atraparla como al diablo, por la cola, y no dejar que escape a lo tonto, por rutina, por pereza porque mañana hay mucho tiempo y por el etcétera.
«Pues lo que uno busca en sus admiraciones, en sus amistades sinceras, es la corroboración de un deseo secreto: que alguien se salve del tiempo. Si no uno mismo, alguien, otro. Alguien querido o admirado, a ser posible».

Caray, qué lejos queda eso. Es la crónica de mi viaje del año 2008, cuando conocí a Iamjuan Carlos Ramiro Quiroga, que hoy lo rescata en sus redes sociales, gracias a sus informaciones sobre la noche de Jaime Saenz. Fue un viaje fantástico el de aquel año, me dejé por las breñas tantos kilos que cuando regresé a casa, mi madre me tomó por un aparecido. Y gracias a una boticaria afroboliviana de la Sanjinés que me dio remedios no me fui al otro barrio… Caray, Bolivia, forma parte de mí por muy lejos que ahora mismo esté y lo que allí sucede sea un desdiós que mete miedo.

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