Los abanicos

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«Dobla, dobla, dobla y tienes el abanico»: la solución del consejero de Sanidad de Madrid a la ola de calor en los colegios madrileños –en los que ha habido evacuaciones y medidas extraordinarias– igual no tiene ya cabida en la historia de la infamia pepera, esa que no cesa, pero solo por falta de espacio. Está visto que el desprecio es una forma del cainismo nacional, un diálogo imposible de amos a criados. ¡Qué nivel intelectual!

Así que cuando en la Asamblea, una diputada le entregó un abanico, el chuleta –eterno personaje de nuestro esperpento nacional- lo tiró al suelo. Mala crianza, o buena si de ensalzar los valores de la chulería se trata.

         Y es que ese gesto representa a la España de los chulos, los majos, las majas empeinetadas y los que brindan su faena a su tendido, seguros de gustar y de recibir el aplauso y el premio de su afición. Se vio en sede parlamentaria cuando días pasados sacaron a pasear a su capitano Spavento della Valle Inferna, el Bocazas (Giangurgolo), el Matasiete, el Matamoros, guapetón y camorrista…  Me guste poco o mucho Podemos, frente a la brillantez de Irene Montero exhibieron la zafiedad, como valor intelectual. No, esta no es la comedia del arte –a no ser que el arte sea el del Dos de Oros (birlar los caudales)–, sino la tragedia del sevillano patio de Monipodio, el del hampa, el crimen, el robo, que puso Cervantes en escena en Rinconete y Cortadillo. Novela que se puede leer en clave de «representación nacional», entonces y ahora.

 Hay otra España que padece olas de calor cuando toca y olas de frío cuando lo mismo y que no puede pagarse ni calor ni frio a voluntad, y dobla y dobla la cerviz y el espinazo, y se abanica o se abriga como puede. Este es el país que se abanica por decreto, porque no le queda otra. En un ambiente parlamentario tabernario, un poco de demagogia no choca y hasta refresca. Ladrones y mentirosos… se lo dijeron con pruebas desde la tribuna del Congreso y no se dieron por enterados. Se abanicaron con las hojas de un Código Penal a su medida.

         La ola de calor. Hay que abanicarse. De otro modo cómo digerir que pese a las reiteradas promesas del mentiroso profesional que nos gobierna, el que aseguraba que el rescate bancario no nos iba a costar un duro, la casi totalidad del dinero entregado de manera graciosa a la banca, para que no dejara de hacer negocios en propio beneficio, se haya esfumado de manera irrecuperable. ¡Paf! Magia. El país está anestesiado y no solo por el calor. El Banco Popular avisa a sus empleados que vigilen las miradas airadas de los clientes que entran en sus oficinas con reclamos legítimos, cuando en un país menos pacífico que el nuestro les habrían dado fuego a las barracas. Aquí no, aquí, Vientos del pueblo, el poema de Miguel Hernández ese que dice que Los bueyes doblan la frente, / impotentemente mansa, / delante de los castigos, se ha transformado por arte de magia en unas perpetuas florecillas negras, y al hermano banco le cantamos unos gozos perpetuos para celebrar su buena salud a costa de nuestros piños (como poco). Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España… resulta asombroso que este poema fuera en tiempos un himno de resistencia antifranquista, algo que tal vez debiera sonrojarnos, pero no, doblamos, doblamos, doblamos y nos abanicamos, y olvidamos, y nos vamos yendo. Somos los abanicos de nosotros mismos por mucho que los atropellos y la ira nos enciendan. Nos abanicamos y nos apagamos, nos hacemos sombra, por la cuenta que nos trae.

         Que le digan que se abanique a la periodista Cristina Fallarás, a la que le han metido 600 euros de multa por pisar la calzada de una calle que la propia policía tenía cortada, cuando participaba en una protesta por los asesinatos de periodistas en México, algo que demuestra que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana.  ¿Cómo te defiendes con eficacia del sinsentido y del abuso de autoridad cuando sospechas que tienes a la magistratura en tu contra, convertida en una pieza más de la represión institucionalizada? ¿A quién recurrir en un régimen policiaco? Al abanico, está claro.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 18.6.2017

 

Plazazelai, esta mañana

DSC_0057.jpegHacía tres semanas que no caminaba por Plazazelai, desde el portillo de Orabidea. Hoy lo he hecho muy a primera hora, cuando el fondo del valle estaba cubierto por una espesa capa de niebla. El camino estaba casi por completo en sombra, había mucha humedad, aromas diversos, muchas flores de hipérico, restos de dedaleras  y un intenso guirigay de pájaros. No me cansaré de decir que ese es un buen ejercicio para ir dejando por el camino todos los  murciélagos que puedas, que le aniden a otro, carajo. Cada día un poco más lejos. Mañana no ha llegado, pero hoy es hoy, lo diga Séneca o Marco Aurelio, autoridades. En unos días será el solsticio del verano, tal vez por eso me he acordado del poema «Solstici», de Miquel Martí i Pol, con el que cierro mi último dietario publicado, Rumbo a no sé dónde:

En soledad, pero no solitarios,
reconduzcamos la vida, con la certidumbre
que ningún esfuerzo caerá en tierra estéril.

Con Joseph Grimaldi y su carraca, a escena.

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Para festejar la muerte de tus enemigos hacen falta secuaces; en privado, a solas, es otra cosa… las campanas.

«Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.». John Donne

Ser virtuoso en escena no tiene más dificultad que encontrar el público adecuado, darle lo que pide, recoger el aplauso; entre bastidores es distinto, ahí hay sombras y luces, bajas, penumbras, callejones y el recuerdo una puerta que se puede cerrar a voluntad y dejar atrás, como exorcizaba Borges en «Alguien soñará»: Soñará que el olvido y la memoria pueden ser actos voluntarios, no agresiones o dádivas del azar.

Oh, el baile de las cuentas pendientes, condenadas a no ser saldadas jamás. Contabilidad nocturna que nunca cuadra, debe, debe, debe y nunca haber.

– Hay gente que vive vidas imaginarias.
– ¿Y tú cómo lo sabes?
– …
– Porque las frecuentas, ¿no?

Breve historia del circo, de Pablo Cerezal.

18670771_502296009894325_5605171763057277834_nConocí a Pablo Cerezal en Cochabamba, ahora hace cuatro años, en el Tunari, un comedero de El Prado, propiedad de uno que había sido agente secreto, formado en Cuba. Había un colosal piqué macho sobre la mesa. Me pasó entonces sus Cuadernos del Hafa,  y escribí algo sobre él en algún lado porque el libro me gustó mucho. En otros encuentros, Pablo  me contó de su vida y milagros, compartíamos filias literarias y fobias sociales o políticas. Tenía una pasión literaria contagiosa, por la lectura y por la escritura. Todo era viaje para él. Sé que Cerezal fue dichoso en Cochabamba y también que las pasó putas, sencillamente putas, o que se lo hicieron pasar. Tengo dicho que un país no lo conoces hasta que no haces cola en Inmigración, y Pablo y Sabah hicieron algo más que cola. Hubo gente que no fue nada generosa con él. Luego llegó Munay, su hijo, tan presente en este libro, como asidero de esperanza y vida mejor…

El circo de niños de la calle del que habla Cerezal y para el que trabajó en una ONG, lo vi actuando en la plaza años atrás. De los niños de la calle y sus tragedias me habló Gregorio Iriarte, una gran persona, y conocí a algunos de ellos en un refugio de Cochabamba, algo tremebundo: historias turbadoras que te ponen un nudo en la garganta a poco que las recuerdes, y que Pablo conoce mucho mejor que yo. Yo pasé y me fui, él estuvo,  a diario, contra viento y marea, más agitados que otra cosa, él hizo, que de eso se trata y que lo cambia todo. En este circo de Pablo Cerezal no hay impostura humanitaria alguna en busca del aplauso, hay testimonio, herida, memoria.

Dicho lo cual diré que si algo me admira de este libro, tejido sobre el dechado de su vida en Cochabamba, es que Pablo haya obviado las putadas que le hicieron y haya orientado su relato por otros derroteros, menos previsibles para mí y más luminosos, por mucho que del dolor y la mugre con la que se encontró en Cochabamba hable. Este relato está sostenido en la verdad de una vida relatada con evidente pasión literaria.  El talento literario está en que para que las páginas te conmuevan no hace falta saber lo que las sostiene o tienen detrás, y las empujan una palabra detrás de otra. De Cochabamba se habla en este libro, cierto, la ciudad, sus calles y mercados, o cuando menos en ese escenario se invoca la mejor vida, pero es de esta de lo que trata, en un soberbio ejercicio de ascesis. Cerezal no se dejó ahogar por la mugre.

Diablada boliviana

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Empecé escribiendo una Diablada boliviana y veo que cada día es más una «diablada hispano-boliviana»… no es tan fácil «pasarse a Indias», como hizo Pablos, el buscón, y desprenderse de ese presente que te tiene agarrado por las solapas cuando la vida ya va de vencida. ¿A qué ir a buscar golfos y tramposos al Ande cuando los tienes en la puerta de tu casa? Es tontería. Con la ayahuasca, puerta de tu revelación interior, o de lo que gusten, pasa lo mismo. Hasta en Zaragoza te la ofrecen, con chamán incluido. Tendrá menos glamour, pero es más barato.  ¿Si pudieras tú también te irías? Lo dudo. Esa es una fantasía lírica sin mucho futuro. La memoria va por donde le da la gana, vericuetos de feria, compadres conocidos y desconocidos. Veo a Pessoa echando goloso, sediento, un buen trago de vino en una bodega de la Rua dos Fanqueiros. Que se vaya otro. De hecho, el que se va es otro, otro el que bebe, otro el portugués, tú no eres nadie, ya no eres tú.

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Rueda de la fortuna

Rueda de la fortuna. El Escarmiento. Los mismos que hace cuatro años te aplaudían, hoy te niegan el saludo cuando te los cruzas por la calle… Les han dicho… Les han dicho lo que querían oír, no otra cosa. Era de esperar, no eras de los suyos, estás manchado. Y luego te preguntan por qué te vas.

Cristina Fallarás multada

Trop c’est trop y quousque tandem y lo que sea… digas lo que digas, esta es un manifestación más de la dura realidad que vivimos.
Estas son noticias que indignan, que acoquinan, que te obligan a pensar que con esa ley retorcida en la mano y sin ella pueden hacer contigo lo que les de la gana.
Leyes que no parecen tener otro propósito que amedrentar a la ciudadanía, reprimir y acallar del todo la disidencia.
Ayer fue @Cristina Fallarás, mañana u hoy mismo puedes ser tú.
¿Cómo te defiendes con eficacia del sinsentido y del abuso de autoridad cuando sospechas que tienes a la magistratura en tu contra, convertida en una pieza más de la represión institucionalizada? ¿A quién recurrir en un régimen policiaco?

Juan Goytisolo, esa trinchera

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Juan Goytisolo, más que un escritor que vivía en Marrakech, era (es) una referencia constante y obligada frente a la que posicionarse a favor o en contra, a cada aparición pública de las suyas. Se vio cuando le concedieron el premio Cervantes y cometió el imperdonable pecado no ya de aceptarlo, sino de acudir vestido como lo hizo, algo que provocó la salida a escena de los Petronios del vestir y de la misma vida. Se ha visto ahora, con ocasión de su fallecimiento y de los funerales nacionales y elogios fúnebres que han seguido –la necrológica, ese género magistral de la literatura española–, y con los denuestos y críticas acerbas ad hominem que ha suscitado. Me he acordado de Luis Cernuda cuando escribe: Algo os ofende, porque sí, / en el hombre y su tarea; y también lo he hecho del país cainita que ha intentado exorcizar Goytisolo, ese en el que todos somos Abel para la ocasión.

Una concepción del país y de la vida de cada cual la de Goytisolo –a través de su obra lo veo– que resultaba intolerable para muchos, que no sé si lo leyeron o no; tal vez sí lo hicieron, en sus artículos siempre polémicos, y a la postre lo desdeñaron como «un profesional de la queja» y poco más, para no verse obligados a admitir que era el autor de una obra ingente. Abanderado de una renovación formal del relato y aborrecido por lo mismo, sus aproximaciones al mundo árabe e islámico han suscitado adhesiones y rechazos rotundos. Leerlo, para qué, si con los titulares y lo que diga nuestro gurú particular vamos sobrados. Hay actitudes y aventuras creativas que no se perdonan, todo es motivo de reproche, de achaque, de ninguneo. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 7.6.2017, aquí enlazado)

Goytisolo, Yemáa el Fnaa y la plaza de San Francisco, de La Paz.

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Leo que Goytisolo batalló para que la ONU declarase la plaza de Yemáa el Fnaa, de Marrakech, Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Una lástima que nadie batallase en forma para que la plaza de San Francisco, de la ciudad de La Paz, tal y como la conocí en el año 2004, fuera protegida con la misma declaración.
No me acuerdo si el pajpako de ese corro anunciaba el fin del mundo o un remedio amazónico contra la sífilis y la ceguera, o las dos cosas y alguna más por añadidura.
Ese corro era uno entre muchos, nocturnos y diurnos, de profetas y visionarios que lo mismo hablaban de los dinosaurios, que de la Biblia escrita por extraterrestres, execraban al blanco y al gringo y al español que les robó sus riquezas, apostaban por la espiritualidad andina y no por la de los judíos, payasos, lustrabotas, cambistas, pillos, carteristas, borrachitos y borrachones, profesionales de las marchas, dinamiteros, músicos, mendigos, abogados al paso atendiendo (y timando) a sus clientes, dirigentes campeisnos chicote al hombro,  caseras, yatiris con sus mesas de hoja de coca, reciris ciegos bajo sus paraguas para protegerse del sol inclemente, adivinadores del porvenir con sus sartenes de estaño fundido, caricatos, vendedores de lo posible y lo imposible, comederos al paso –fuegos de anticuchos, olores apetecibles, salteñas…–  bebederos lo mismo, urinarios.. algo asombroso, irrepetible.
Ibas de un corro a otro, y al menos en mi caso te resultaba difícil apartarte de allí. La foto la saqué en el 2008 cuando ya media plaza era un socavón y no hace justicia a lo que allí vi y viví. Lástima, ya digo. La plaza habrá ganado en diseño arquitectónico, pero aquel termitero abigarrado de voces, músicas, olores… ha desaparecido casi por completo.

De chorizos y leones

james-ensor-the-assassination-1890-trivium-art-history.jpegCristianos a los leones no sé, pero chorizos a los leones, sí, y uno detrás de otro además. A eso suena el destape de indecencias que vienen ocurriendo en las últimas semanas, los «chismes» del presidente de Gobierno en los que no quiere detenerse, porque tal vez sea atropellado por ellos.

Resulta asombroso este sarpullido de casos flagrantes que eran ignorados hasta la víspera por las instituciones, los partidos a los que pertenecen las víctimas, los medios de comunicación tan acuciosos siempre en la denuncia de atropellos gubernamentales y la propia policía. Resulta poco creíble que las instituciones ignoraran hechos o situaciones flagrantes que se remontan en casi todos los casos a muchos años atrás, los años de la impunidad, lo que era poco menos que del dominio público. ¿Cómo es posible que nadie en las instituciones del Estado supiera lo que ocurría con el fiscal Moix, dimitido cuando no le ha quedado más remedio, no antes? En este país hace ya mucho que se confunde lo que no es ilegal, por no perseguido con leyes ad hoc, con lo que es positivamente indecoroso, asunto este que parece no preocuparle a nadie.

El echar de cuando en cuando chorizos a los leones, le permite al presidente de Gobierno ponerse en escena de manera ventajosa, como un honesto a toda prueba que maneja con mano firme el circo, graderíos incluidos, claro.

Juguemos un rato a la play-station conspiratoria y pensemos en que hay alguien, no sé si arriba o en las trastiendas, que tira de la manta cuando le conviene y arroja a los leones cebos que le permiten poner sombra de por medio, al menos durante un rato. Cristianos de esa clase les sobran, sobran. No hay rincón que convenientemente iluminado no revele la existencia de un grupo de ellos, agazapado, idóneo para el numerito de la honesta picota. Como truco de ilusionismo político es mediocre, pero efectivo por lo visto, porque los protagonistas de ayer mismo se hacen humo o cuando menos ya no ocupan ni las picotas ni el proscenio del teatro bufo en el que vivimos. Pensemos en el inefable Bárcenas, con su look a lo Soprano, y sus famosos papeles. ¿Dónde está exactamente, a dónde se fue? Está, pero no está o cuando menos no como estaba cuando le tocó protagonizar picota de papel y toga.¿Hay o hubo Caja B en el PP o no? ¿Se financió el PP de manera ilegal, no de forma ocasional, sino por sistema? Sería muy raro que estas cuestiones fueran del todo dilucidadas, siempre hay un Mister X, al que no le quitan la máscara. De un juego virtual estamos hablando, no de imprevisibles resultados judiciales, a menudo sorprendentes tanto en la redacción de la sentencia como en la ejecución de esta, que permite a delincuentes peligrosos seguir en la calle a lo suyo, como si no hubiesen sido condenados de manera inequívoca.

Pero leones y cristianos de más o de menos, lo que resulta de verdad asombroso es que el país siga funcionando y no haya colapsado por extenuación. No tengo ni idea cómo, pero la nave va, no naufraga, las vías de la plastilina rajoyesca –El crudo del Prestige, ¿Se acuerdan? ¿No? Es igual– se escapan generosas a diario y se explican con bufonadas. Hay no sé qué misteriosa inercia que hace que la maquinaria siga funcionando como si no pasara nada o poco, todo a lo a trancas y barrancas que queramos, pero funcionando. Las estadísticas, esas que siempre benefician las pretensiones políticas de unos y perjudican las de otros, dicen que la ciudadanía confía apenas en la independencia de la magistratura en asuntos públicos o semipúblicos, y el país vive pendiente de ella. ¿Habrá algún país cuya vida pública esté más judicializada?

Este circo con leones de papel y tinta unos, entogados otros, adiestrados todos para devorar solo lo que manda el amo y sobrealimentados de presas de ocasión, es de sesión continua, no cierra ni conoce descanso; nos canse o deje de cansarnos es el nuestro, sus sufridos espectadores, que aplaudimos, sin quejarnos más que de manera preceptiva, un juego amañado de leones de empaque y de chorizos.