Sapo o rana

La última vez que jugué sapo fue en La Paz, junto a un tumbo (¿o era peral?) por el que andaban los colibries, en el patio de la casa de Ricardo Camacho, cerca del Cementerio General, antes de que aparecieran en escena los poetas Humberto Quino Márquez y Jaime Nisttahuz, memorable día, memorable… Jaime, después de mirarme detenidamente me dijo algo asombroso: «Eres el español más raro que he visto nunca». Ricardo sabrá, pero creo que estaba rica hasta el agua de los floreros. Al sapo o a la rana, muy literario juego de «las afueras», los merenderos –Casa Larrea por ejemplo– y los juegos de bochas, no doy una, no es lo mío.

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