«Los humores eremíticos…»

«La barque du soir et les humeurs érémitiques» es un verso de un poema de Eric Poindron, poeta de lo insólito y los fantasmas literarios, unas veces gratos, otras inquietantes. Me quedo con esos humores, esas rumias, que no son producto de la amargura, sino de la decepción. Robert de Ventós habla de algo así en su Oficio de Semana Santa, pero estás en una edad en la que esas citas literarias que son referencias vitales, se escapan; ni las puedes concretar ni dar con su autor. De amargura y decepción habló Salvador Allende en su último discurso radiofónico; pero aquí no se trata de eso, sino de que el recuento de lo vivido entre escritura y publicaciones más el trato con autores, editores, periodistas y agentes arroja un saldo poco grato que invita a cerrar puertas y ventanas, y a ocuparse de lo que no es de niebla. Hace poco, uno que sabía de qué hablaba, resumía la sociedad literaria en un «hablar mal de los ausentes». Lo viví en directo en Bucarest, de modo que había quien no se atrevía a levantarse de la mesa para ir a mear. Denigrar, difamar, injuriar, calumniar incluso de manera impune.. son artes de las trastiendas escachafamas.
«Mi vida no sé en qué se ha sostenido», escribió Garcilaso de la Vega en un soneto amoroso, pero aquí se trata de una reflexión en la senectud de una vida a trancas y barrancas. Mi vida se ha sostenido, entre otras cosas, en los míos y en una obra literaria escrita contra viento y marea, y me temo que pocas capacidades a origen. En el crepúsculo ni me rindo ni arrojo el escudo, como Arquíloco, en busca de tiempos mejores porque otros no los hay.

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