San Juan del Pie del Puerto

Hacía ni sé los años que no pisaba Donibane Garazi y eso que ahora está a treinta kilómetros de casa. Empezamos a frecuentarlo en 1975, cuando pasamos unos días de Semana Santa en Aincille, Chez Pecoïtz. Regresamos a menudo, bajando por Roncesvalles y Valcarlos, y menos veces por Ispegi porque es un puerto vertiginoso que invita poco. Pecoïtz, los dos o tres viejos cafés, Arrambide, la feria campesina de los lunes, la ermita de Bascassan y las parrafadas de su serora, … No recuerdo haber estado en los últimos veinte años. Me he encontrado un pueblo convertido en un asombroso termitero de jubilados de vacaciones que ocupaban terrazas y restaurantes, moteros en bandas y peregrinos a Santiago con sus mochilas y mochilones (abundantes «chinos»). Los antiguos comercios han sido sustituidos en masa por delicatessen, jamonerías, cosas típicas cuyo tipismo está siempre por ver, pimientos secos y de materiales varios para decoración, ovejas para lo mismo y mucha botella de vino de Irouleguy que supongo habrá mejorado. La farmacia donde vendían una deliciosa colonia de lavanda elaborada por el boticario con hierbas de la zona, es un comercio de sabores del mundo, del tajin para arriba. Creo que la última vez que pasé solía haber a la venta pacharán (a fin de cuentas Navarra es)… ahora whisky de malta destilado in situ y a doblón. Me cite o me deje de citar a Baudelaire, el cambio acoquina. Ya sé que todo cambia que es barbaridad, pero caramba. El encanto poético muy de Francis James del pueblo se ha esfumado, aunque la trucha del almuerzo estuviera deliciosa a modo casi de magdalena proustiana. A propósito de truchas, en un puesto de la feria del libro que se celebraba en el viejo mercado había un nutrido apartado dedicado a las truchas, la reina de los ríos, rezaba un reclamo. Truchas, caza, vasquismo, regionalismo, libros antiguos desparejados, cómics, poca cosa, que suele decir el aficionado que se va feliz para su casa con una bolsa corta dedos colgada de la mano.

Ese panfleto antisemita de Céline lo veo cada vez más a menudo en los mercadillos a un precio inferior al que tenía hace años, en estado calamitoso. ¿Tienen lectores hoy esas páginas de injurioso desbarre? Lo dudo, como no sea a título morboso o de estudioso. Céline, y su esposa luego, prohibieron su publicación. También el gobierno de Vichy hizo lo propio con Les Beaux draps. Céline intentó colar la idea de que aquellos salvajes delirios antisemitas eran en broma, pero cuando le vio la orejas al lobo le dijo a Morand que él sería de los diez primeros a detener y ejecutar (también tenía miedo a los soviéticos porque había sido invitado a ver las fosas de Katyn y temía acabar en una de ellas).

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