Machu-Pichu, por Cecilio Guzmán de Rojas (Me acuerdo… y no sé si debiera)

Machu-Pichu por Cecilio Guzmán de Rojas. Saqué la fotografía del cuadro en casa de su hijo Iván Guzmán de Rojas, lingüista y matemático (y más, pero fallecido hace unos meses), en Sopocachi, La Paz, en una visita memorable y chusca con fuego de chimenea incluido. Iván era un gran tipo o así lo recuerdo. Fui en compañía de dos buenos amigos de aquellos días, René Arze Aguirre, historiador y exdirector de la Biblioteca Nacional (y Archivos), pesto que dejó por temor a la ley SAFCO, un hombre muy divertido, erudito, ingenioso, pero extraordinariamente cuitado y picajoso, y el inolvidable HCF Mansilla, o HCF tout court, ensayista a contrapelo. Fuimos a casa de Rojas y de su esposa provistos de dos botellas de vino francés porque creíamos que estábamos invitados a una cena, pero no había cena, sino una bronca doméstica por parte de la esposa escritora, Gladys Dávalos, ya fallecida, que nos maltrató a conciencia. Estábamos sentados en un burrito como monagos, en un habitación con muebles precioso que habían sido del pintor suicidado de dos tiros en Llajeta (por donde vive el poeta y amigazo Humberto Quino) mientras Iván intentaba que la conversación tuviera altura, acerca de su padre, la arqueología, los aymaras, las lenguas, la literatura. En fin, noche memorable, sin vino que recuerde. Todo esto pertenece al relato de mis recuerdos bolivianos sin medias tintas y sin reparos. Recordar lo vivido, pero con verdad, no con intención de contentar a nadie ni de hacer bonito.*
Arze es un apellido navarro y un antiguo linaje también navarro, anterior a la conquista de 1512-1522, muy anterior a la Conquista de América, además de dar nombre a un valle boscoso muy hermoso cercano a Roncesvalles. Viviendo en Arraiotz, un día fui al monte y desde la cumbre se veían a lo lejos los bosques de la parte de Arze. Me hizo ilusión acordarme de él y decírselo… nunca más supe de él. Le habría sentado mal el recuerdo, la referencia al bosque, qué sé yo lo que habría entendido. Él, que era historiador, podría haber entendido mejor que nadie el origen del linaje Arze que aparece en los primeros armoriales del reino de Navarra. Tratar con un picajoso es complicado. Sé que se molestó con Juan Carlos Calderón Romro, el mejor arquitecto boliviano sin duda, y todo porque este le dijo que mientras él había estudiado con los jesuitas, René, que tenía con una voz preciosa, lo había hecho con los Salesianos del Colegio Don Bosco, de la Colorados de Bolivia, calle donde había empezado nuestra amistad. Creyó René que era un desprecio de clase social, porque a fin de cuentas en aquellas reuniones dominicales coincidía gente de mucho dinero y saltatumbas como yo, que fui durante unos años su coqueluche. A fin de cuentas, René era sobrino de José Antonio Arze, fundador del PIR boliviano, a quien Nicolás Guillén, decían, había dedicado un poema que no he encontrado. Pudo haberse encontrado con nuestro parrandero mendicante Eugenio Noel, el días de revolución. Claro que antes del episodio de los bosques, tuvimos otra borrasca en una cafetería del Prado. Yo iba con una depresión de caballo y él estaba peor. Le dije en plan burro que se drogara más. Se lo tomó por la tremenda, cuando yo quería decirle que fuera a su médico y que le dieran otra medicación más apropiada, como me habían dado a mí para aguantar aquella galerna que padecíamos (ambos). Drogas son los antidepresivos, ¿o no?
Mansilla es otra cosa, le echo de menos, muy inteligente, mucho, divertido, genialoide, experto en la escuela de Frankfurt estudiada durante muchos años en Alemania, pensador a contracorriente en un momento en que lo originario cubría todo el horizonte boliviano. Tiene una obra ensayística amplia y sólida. Me niego a admitir que se le liquide como un facho. El día que nos encontramos por azar en las oficinas encubiertas de uno que andaba montando los servicios secretos de Evo Morales, nos quedamos pegados. Yo iba a por información sobre paramilitares fascistas y españoles en los golpes de estado boliviano, HCF a darles a no sé qué académicos raros una conferencia sobre no sé qué. Él creyó que andaba de personaje de Le Carré, yo pensé lo mismo de él. El de los servicios secretos me propuso agarrar una movilidad e ir a casa de un antiguo paramilitar, agarrarle del cuello cuando abriera la puerta y sacarle la información a hostias.
Con HCF me lo he pasado bomba. Un día coincidimos en el ascensor de su casa con el vicepresidente, elegante, y a mí me dio la risa. La última vez que nos vimos fue en la calle, frente a la Universidad paceña, en compañía de Alfonso Murillo y hablando de la corrupción boliviana, nos dijo que era la herencia más genuina que habían dejado los españoles, como había señalado, varios siglos antes, Guamán Poma de Ayala.

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